jueves, 15 de marzo de 2018

No envidies la suerte de otros

NO ENVIDIES LA SUERTE DE OTROS


(Todos los derechos reservados)

Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com


Encontré a Jorge una tarde mientras caminaba en una calle del centro de la ciudad de San Luis Potosí. Me dio gusto verlo y me detuve a platicar con él. Después de saludarnos le pregunté cómo había estado. Habían transcurrido varios meses de nuestro último encuentro y tenía un sincero interés por conocer qué había pasado con su vida o qué experiencias había tenido desde entonces.

Muy serio me preguntó si en realidad no había escuchado algo en relación con él, a lo que respondí enseguida que no y le pedí que me pusiera al día. Enseguida me contó que había sido víctima de un atentado a manos de una banda criminal, junto a un grupo de peritos y policías de la Procuraduría de Justicia.

Me sorprendió saber que él hubiese sido parte de las personas que sufrieron ese atentado, porque había sido un hecho muy conocido. Ignoraba que él hubiese estado en ese sitio en la noche de aquel suceso, aunque sabía que trabajaba para la Procuraduría y que con frecuencia atendía casos de personas descuartizadas por criminales.

Esa noche del atentado acudieron varios peritos y policías a investigar el caso de un vehículo abandonado con una hielera y un mensaje dirigido a un jefe policiaco. En éste se afirmaba que dentro de la hielera estaba la cabeza de su amante. Cuando el grupo se encontraba a unos metros de distancia del vehículo, hubo una fuerte explosión.

"Escuché un click y enseguida la explosión. Creo que alguien a distancia detonó una bomba", me contó espantado aún, a pesar de que habían pasado varios meses del incidente. A consecuencia del estallido del artefacto él sufrió heridas en varias partes del cuerpo. Un clavo se le introdujo en el abdomen, debido a lo cual perdió varios centímetros de intestino, durante su extracción; otro penetró en el pecho, en donde todavía se alojaba y desconocía si ahí lo dejarían o lo retirarían en una operación posterior; y uno más le pegó en un dedo de la mano.

"Mira, todavía lo tengo chueco. No se si así vaya a quedar. Lo mejor es que no me lo cortaron, porque estuve a punto de perderlo", me dijo.

Yo estaba impresionado por esa tremenda noticia. Después de expresarle mi dolor, nos despedimos con un abrazo de hermanos y nos deseamos lo mejor en estos días en que estábamos acostumbrándonos a que la violencia golpeara nuestras vidas o las de nuestros vecinos a cada segundo.

Poco después platiqué a mi esposa lo sucedido. "Mira --le dije--, bien dicen que no hay felicidad completa. Yo envidiaba la buena vida de Jorge. Hace poco lo vi estrenar una motocicleta Harley Davidson. Debió costarle unos 200 mil pesos y reconstruyó una casa antigua en el barrio de San Miguelito, en donde vive solo. Pero ahora que lo vi observé que estaba intranquilo, quizás por haber visto tan de cerca a la muerte o por el peligro que lo acecha por su trabajo.

“¡Imagínate que uno de esos clavos de la bomba le hubiera pegado en un ojo! Bien dicen que no hay que envidiar la suerte de otros, porque quizás otros envidian la de uno. Aunque nuestra vida sea pobre o modesta”, dije a mi esposa; y ambos nos miramos con una extraña mezcla de tristeza por la situación y de serenidad porque la violencia aún no metía su mano horrenda en nuestro hogar.

San Luis Potosí, S.L.P., a 14 de marzo de 2018.