miércoles, 1 de diciembre de 2010

Franquicia

FRANQUICIA

(Todos los derechos reservados)
Eduardo José Alvarado Isunza.
ealvaradois@yahoo.com


Un día, como parte de la confrontación entre distintas fuerzas por dominar los negocios criminales de la ciudad, ocurrieron distintos eventos en forma simultánea. Entre esos acontecimientos sucedieron los siguientes. Gente armada hizo presencia en el nudo de carreteras y de puentes vehiculares en la entrada oriente. Lo hicieron a pleno mediodía, cuando sucedía el cambio de turnos. Parecían expertos en acciones militares. Empuñando pavorosos rifles y ametralladoras avanzaron con paso firme hacia cuatro de las ocho entradas del Distribuidor Vial. Enseguida detuvieron la marcha de varios camiones urbanos, hicieron descender de ellos a sus ocupantes y obligaron a los conductores a atravesar cada uno de los vehículos sobre los accesos. Así, bloquearon el tránsito, mientras tronaban sus armas en el aire.

Aquellas ráfagas de fuego y sus operaciones apanicaron a automovilistas y peatones; y, al mismo tiempo, movilizaron a trabajadores de una empresa de televisión, cercana al sitio. Segundos después jóvenes pandilleros aparecieron en un acceso del Distribuidor. Con mantas rústicas, escritas en forma descuidada, acusaban a los policías federales de "acesinos". Un día anterior éstos habían matado a un muchacho por identificarlo como un vigía encargado de reportar sus pasos por radio a un grupo criminal. Un “halcón” en la jerga de nuestros días.

Simultáneamente hubo una persecución entre dos grupos en calles aledañas. Intercambiaron balazos y una persona murió acribillada justo frente a una escuela secundaria, cuya población se vio hundida en la psicosis. Todas estas acciones se desvanecieron en forma tan vertiginosa como sucedieron. Ni en las siguientes horas ni en los siguientes días hubo información oficial suficiente sobre estos acontecimientos. Más tarde, algunas escenas captadas por el noticiero de aquella televisora mostraron a los policías municipales y estatales frente a los pandilleros. No hicieron algo para retirarlos o para detenerlos. Estaban ahí para protegerlos. Intercambiaban sonrisas y saludos, como socios.

De lo que sí se informó con vastedad fue de la detención de una banda de secuestradores que acostumbraban escariar en el pecho de sus víctimas una letra, con la que se identificaba a un terrible grupo criminal. Su intención era presionar a sus familiares para el pago del rescate. En la aprehensión, su líder fue golpeado brutalmente por agentes de la Procuraduría. Luego su titular lo puso en manos del mejor juez dentro del Penal. Al día siguiente amaneció asesinado.

En el cuerpo totalmente destrozado a golpes, aquel juez dejó un categórico mensaje: “Esto les pasará a quienes usen nuestro nombre”. Ni el sujeto ni su banda habían pagado los derechos de uso de franquicia y marca comercial protegida. Por eso, fue ejecutado.

San Luis Potosí, S.L.P., a 1 de diciembre de 2010.

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