martes, 23 de noviembre de 2010

Miedo

MIEDO


Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com


Otra vez la ciudad despertó con un hecho de violencia. Esto ya no era novedad. Meses antes organizaciones criminales comenzaron a pelear barrio por barrio y calle por calle su derecho a dominar el mercado. Según la versión oficial un par de jóvenes habían sido asesinados en un pleito con desconocidos, como si hubiese sido a causa del paso por la banqueta. Uno de ellos fue masacrado en la puerta de su domicilio. Ambos recibieron las balas en la cabeza. Por esos detalles y por rumores entre policías, un veterano periodista tradujo aquello como una ejecución.

Era claro que miembros de una banda enemiga los habían liquidado. No podía distinguirse entre narcotraficantes, secuestradores, extorsionadores o cualquier otro tipo de delincuencia.

Ya en su escritorio, como haría un científico medieval al encontrarse con la verdad, a pesar de la amenaza de ser torturado y matado, escribió: “Un par de jóvenes fueron ejecutados anoche en la colonia Rural por criminales no identificados”. En su cabeza reproducía cada detalle de la brutal escena, cuyos pormenores debía conocer el público en cada una de sus circunstancias.

Y continuó: “Sobre los cadáveres arrojaron algunos mensajes escritos a mano con la leyenda:…”. Sabía perfectamente por qué la policía ocultaba aquella sanguinaria guerra entre mañosos con la mentira de que los asesinatos eran a causa de pleitos casuales. Muchos policías servían al mismo tiempo a los criminales y llegaban a alterar el teatro de los hechos para confundir a los investigadores.

Sus dedos apachurraban cada tecla con decisión, exponiendo sus datos con fría objetividad, como haría el sacerdote de un credo divino cuya trascendencia no debía mancillar con farsas o temores. Sus principios de servir con una conducta ética a una sociedad hundida en la bestialidad a través de un periodismo justo, le habían puesto antes en peligro.

El mensaje sobre los cadáveres decía: “…Esto les va a pasar a todos los que trabajen para los…”. En ese momento recordó las cabezas decapitadas que aparecían en hieleras, en cajas de cartón o arrojadas sobre las banquetas; los mensajes sobre mantas colgando en los puentes; los cuerpos descuartizados sin piedad; el médico a quien habían robado la piel con cuidadosa precisión; su viejo compañero que vivía ocultándose en casas de familiares o de amigos por publicar notas de criminales.

“…Esto les va a pasar a todos los que trabajen para los…”. Pensó en sus hijos y sus nietos. ¿A qué riesgos les condenaría por hacer del periodismo una religión o una ciencia? ¿Tenía caso correr más peligros que cuando escribía sobre otros delincuentes, como gobernadores, alcaldes, diputados o empresarios? “...Esto les va a pasar a todos los que trabajen para los…”. Reflexionó acerca de las consecuencias que tendría su decisión.

Entonces concluyó el párrafo con tres puntos suspensivos... El miedo comenzaba a poseerlo.

San Luis Potosí, S.L.P., a 23 de noviembre de 2010.

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