lunes, 1 de noviembre de 2010

Hay mujeres que no soporto

HAY MUJERES QUE NO SOPORTO



Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com


Hay mujeres que no soporto. Una de ellas: mi cuñada. Dan ganas de golpearla; me viene insoportable aguantarla más de cinco minutos. No entiendo cómo es que su marido la aguanta. Dicen que por que ya lo hizo como ella; igual de superficial y hueco. Por lo que he oído, él no sería así, porque antes de conocerla era un muchacho sencillo, de pueblo, incluso batallaba para comer. Había días que no comía por falta de dinero.

Pero apareció ella, esa mujer latosa, que le exigió vida de rica y ahora lo trata como esclavo. Será por haber sido ella quien lo conectó con algunas familias curras y le consiguió esos trabajos que ahora le dan dinero. No sabemos cuánto ni cómo, porque a duras penas terminó la Preparatoria. Creemos que viven del crédito, porque ciertamente cómo gastan en buenos zapatos, traen un coche que debió costarles una buena feria, cada ocho días andan de paseo de pueblo en pueblo, y visten ropa de la mejor, que, aunque sea de saldos, cuesta. Y, como quiera que sea, deben pagar. Según ella, él gana como un millón de pesos al año por vender casas de interés social. Y aunque nadie le crea, porque es buena de mentirosa, la duda existe. A mi no deja de parecerme extraordinario que alguien pueda ganar tanto dinero nomás por vender casas. Ni que fuera cirujano graduado en el extranjero o abogado tracalero, de esos que hay por centenares.

No está contenta si no le saca dinero para sus caprichos, que son muchos, que para extensiones del pelo, zapatos cada quince días o cada que pasa por un aparador, pura ropa de las Fábricas de Francia, aunque sea de remate, y hasta para las bubis. Y si ustedes no saben qué son las Fábricas, les diré que son una cadena de tiendas caras, de pisos de mármol, donde nomás los curros compran, y si uno llega a entrar allí lo vigilan desde que da el primer paso adentro. Debe andar uno por allí con las manos en los bolsillos, para tener la coartada de que uno nada ha tocado.

Con eso de las bubis anduvo jeringue y jeringue al marido y no estuvo satisfecha hasta que le pagó la cirugía. No estaba dichosa con sus chiches y las quería de modelo de revista. Y ni crean que hablamos de una mujer esmerada, que atienda su familia. Todo lo compra ya hecho en la cocina económica o en McDonalds o en Dominos, tiene sus chachas: una que asea la casa y otra que plancha, porque el marido todavía es de usar ropa de planchar, pero cómo va a ser ella quien planche, no vayan a maltratársele sus uñas de gel, y a los niños los avienta a sus cuartos o a la calle, no los quiere ni oír. Lo único que trae en la cabeza es dónde comprar, por cuáles plazas comerciales pasear, en que restorán comer o a cuál barecito visitar el fin de semana con sus amigas.

Es una mujer ignorante, que también a duras penas obtuvo certificado de Preparatoria; y eso porque las monjas del colegio donde estudiaba hicieron el favor de regalárselo. Pero eso sí, presume de muy culta y cuando hace algún comentario entretenido es porque lo oyó en algún programa de televisión. Dice que en la ciudad donde vive hay un barecito a donde acude con sus amigas a destensarse. Yo no sé de qué tensiones, puesto que ya les dije que no hace absolutamente nada. Pero ella dice que necesita quitarse de encima las presiones y por eso acostumbra irse de barecito con sus amigas. Nos dice que en el barecito hay una música muy rica. “Es europea”, cuenta muy sabrosa. Y yo me quedo: “¿A qué tipo de música podrá referirse con eso de europea? ¿Acaso electrónica, chillout, lounge, hard, rock, progresiva, flamenca, polkas? Porque decir solamente “europea” es decir mucho y nada, al mismo tiempo. Cree que con decir “europeo” ya es suficiente.

Miren que la otra tarde festejábamos a mi suegro. Estábamos comiendo en la mesa y junto a los tacos de papas gratinadas, carnitas de puerco, calabacitas con granos de elote, y salsas de diversos tipos de chiles, venían las conversaciones. “¿Cómo te ha ido en el trabajo?”, “¿y tu novia?”, “¿cuándo tenemos boda?”, “¿ya están esperando?” Pláticas de las que abundan en una mesa como en todas las que verdaderamente son familias. Y esta mujer insoportable, que viene con sus cosas, mientras resolvíamos unos acertijos que a mi suegro le vino decirles “sofismas matemáticos”.

“A ver”, dijo un primo de unos diecisiete, pecoso, clavado como todos los chamacos de su edad en la construcción del físico, que en sus ratos de ocio en la tienda hace bíceps con cajas de refresco. “Digan dos números pares que sumen un número non”. Y entonces aquí vino esta mujer con sus clásicas bobadas: “Voy a llamarle a Matías. Es rebueno para estas cosas”. Matías es su marido; no estaba con nosotros en el festejo. Como les digo, ellos no viven aquí mismo, sino en otra ciudad cercana, a unos doscientos kilómetros de distancia. Por mil explicaciones no estaba; una de ellas, que porque uno de los niños andaba malo, otra que porque debía atender una junta de negocios. A mí me parecía que más bien el cuate no quería venir, porque no aguanta lo que a su juicio es la mediocridad de la familia. O bien, quería descansar de ella. Como es buena de latosa debió haber dicho: “ándale sí, vete, yo aquí me quedo para no verte un buen rato”.

Tomó el celular y llamó: “¿Estás ocupado?” Todos bromeamos: “¿Está pujando?, no lo levantes, va a atorársele, cómo serás”. Pero ella ni abochornada; por el contrario, está acostumbrada a ser centro de atención. “Oye Gordo, es que aquí me preguntan (o sea: nótese que a ella era a quien preguntaban) por números pares que sumados hacen un número non”. Y mientras preguntaba, estiraba los dedos y miraba esas uñas de gel. De plano, ni por aquí le pasaba a la mujer que aquello era un desafío a la inteligencia, más que de operaciones primarias. Y mientras todos éramos un coro en la mesa: “Déjalo, ya lo distrajiste, vas a espantársela”. Colgó. “En un ratito nos llama, es que estaba haciendo unos jotqueis”, nos dice. “Uy, sí, ajá, como no” respondimos todos.

Pero ya sabíamos que dos billones más dos billones dan exactamente un numeronón. Y eso lo sabe uno sin necesidad de hablar tan lejos. Nomás escríbanlo en un pizarrón y les faltará espacio. Y así lo hicimos ver a la muy coco hueco. De nuevo el celular: “Ay, Gordo. Es que era una broma. Disculpa”. Y, después de colgar, nos dice, haciendo chiquitos los ojos y frunciendo la nariz: “Ya estaba haciendo cálculos”. Pero ella es persistente con tal de hacerse notar.

Esa noche nos recibió a la puerta de casa de mis suegros con un desplante que parecía de modelo de pasarela. Nomás el puro desplante, porque para nada parece modelo de pasarela. Llevaba colgadas en el pelo sus extensiones, muy de moda, principalmente en las adictas a la televisión y a los chismes de artistas, que ya son todo un decir. Le parecían de baba, largos-largos y lacios-lacios. Nada bien se veía la mujer. Y además chaparra, los pelos aquellos le hacían verse como pony. Ah, pero eso sí, toda soñada se sentía la mujer. Con eso que su programa favorito de televisión es el Fashion File. De veras no me explicó por qué le gusta ponerse esos hilos en la cabeza; y ni crean que eso es un asunto barato. Debe pagar mil pesos más o menos cada que quiere traer sus extensiones, cosa que sucede cada tercer día.

Nosotros seguimos jugando acertijos y ella prefirió desconectarse y hacerle plática a mi mujer. “Oye Gorda, ¿y tú, ya te compraste consolador?” Ya para entonces yo traía varios mezcales adentro, de modo que andaba desatado. Y, lo que nunca, empecé a vacilármela, porque habrán de saber que aunque no puedo soportarla, prefiero no desatar pleitos: “El mejor consolador es el dedo. A mí hasta pelos me salían en la mano”, dije. Y alcancé a ver cómo algunos reían, pero, hasta eso, muy comportadamente, muy discretamente. Como no queriendo molestarla, sobre todo porque allí había unos familiares que desean estar bien con ella para que los recomiende en el exclusivo círculo de los constructores de vivienda. Ustedes ni vayan a creerlo así, pero ella juega con eso y los otros brutazos le creen. “Además, ya tiene su mejor consolador”, dije todavía, señalándome allí mismo. Y continuamos resolviendo “sofismas matemáticos” con unos palillos en la mesa, pues ahora teníamos que sacar cuatro presos, representados por palillos, y hacer que las filas de un cuadrilátero, que representaba una cárcel, siguieran sumando nueve presos o palillos.

Pero ella estaba concentrada en dirigir acciones que pudieran convertirla en atracción de la fiesta. Su siguiente maniobra consistió en sacar del bolso una palm. Y comenzó a decirle a mi mujer: “Mira Gorda, aquí están todas las posiciones del Kamasutra”. Y comenzó a mostrarlas muy satisfecha. Entonces mi suegra mostró interés y pidió mirarlas. Le pasaron la palm y expresó muy efusivamente: “Mira Gordo, ya todas esas las hemos hecho. Uh, y eso es lo que andan aprendiendo. Están bien atrasadas”. Aproveché la circunstancia para tirarle otro llegue: “¿Cómo creen que van a presumirle a Doña Candy con eso, si sus padres conocieron al mismísmo señor Kamasutra? Es más, ellos le sirvieron de ejemplo. Si hasta desde el ropero se avientan”. (Doña Candy se llama Cándida, pero, como ven, de eso nomás tiene el puro nombre). Y agregué: “¿Y son monitos o fotografías? Porque si son fotos, entonces sí déjenme ver”. Entendió que su maniobra tampoco había prosperado y la palm volvió al bolso. Pero antes de eso, dije con ironía: “También traigo mi palm y medirá unos tres milímetros de grosor. Es mejor que la tuya, más plana y ligera”. Y mientras decía eso, sacaba del bolsillo trasero de mi pantalón unas hojas de papel en que tomo anotaciones. Y para rematarla, dije: “Esta ya es una nueva versión. La anterior que usaba eran boletos de camión”. Ví que sus ojos empequeñecían, como gata enojada.

No obstante, es una mujer que no declina en sus propósitos. Y estaba decidida a que esa noche fuera totalmente suya. De modo que arremetió con bríos. Ahora en su plan figuraba decir que los hombres no le gustaban por su físico. “Me parecen tan aburridos. Hasta creen que van a gustarme esos que tienen cuadritos en el estómago”, dice. Me quedé pensando si lo decía por mí; no es por presumir. Y agregó con aires de emperatriz: “A mí me gustan por traer un buen traje, oler a un buen perfume”. Zácale, eso calienta, pensé y me fijé en mis pantalones de mezclilla que uso toda la semana. “¿Le atorarán con traje?”, pensé y lancé un vertiginoso contrataque: “No me cayó nada bien Isabel Madow”, refiriéndome a la intervención de la modelo en el programa de Big Brother. “Vieja toxicómana; fumaba desde que amanecía, todo el día con el cigarrote en la mano, así estará por dentro, tiznada como chimenea”, agregué. Bajó los ojos y miró su propio cigarrillo. Pero, no se si ingenuamente o sabiamente, un tío terció: “De todas formas está bien buena”.

Parece que mis comentarios estaban molestándola, pues comenzó a hacerse chiquita, todavía más de lo que es, y a sostener pequeñas y muy discretas pláticas con algunas primas en su rededor. Los demás seguimos conversando de cuestiones intrascendentes, como de nuestros juegos de fútbol por la tarde de los sábados, de los avances que tienen los niños en su crecimiento y hasta de las buenas tardeadas que los jueves ofrece la banda de música en el kiosco de la Plaza de Armas.


Pasaron las horas y llegó el momento de retirarnos. Al día siguiente volvió muy temprano a la ciudad donde vive. Lo hizo sin despedirse, sin siquiera llamarle por teléfono a su hermana y decirle que después volverían a verse. Parece que seguía molesta. Ojalá no volvamos a tener pronto una reunión como la de esa noche, porque verdaderamente no la soporto. Por lo pronto, espero que no vaya a ofenderse cuando vea este relato dentro de un libro exhibiéndose en los escaparates de Sanborns. Y diga: “Ay, un libro de mi cuñis. Vamos a ver qué tal”. Sorpresa que tendría al verse como personaje. Sanborns es una de esas tiendas a la que ella no puede faltar más de tres días a la semana, porque sufre terrible depresión.

San Luis Potosí, S.L.P., a 3 de Diciembre del 2003.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Jajaja, gracias a dios, que me salvo de ser una mujer insoportable, con la jodidez que vivimos en san luis, ya si salgo los domingos a pasear es ganancia. Muy buen relato, me recuerda a mi tia, mi prima, la otra prima...

Anónimo dijo...

Dios mío tengo una cuñadita igual de mensa una vez hasta preguntó si en un restaurante servían mollejas de cerdo o de res!!

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