sábado, 23 de octubre de 2010

Altar de muerto

ALTAR DE MUERTO



Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

Allí está el altar. Levantado como una torre en la entrada principal. Me lo imagino como un zigurat de Ur. Hecho con tela de lo más blanco, impecable, planchada con esmero una noche antes por una mujer que le admiró. Sus telas semejan nubes del cielo. Una obra construida con devoción solamente a un ser angelical. Tiene sus correspondientes tres pisos. Uno representa el subsuelo a donde van los muertos, otro el suelo donde moran los vivos y otro el cielo donde dicen únicamente moran seres bondadosos.

Todo esto me lo explica Martha como si diera cátedra en sus grupos de primaria. Su conocimiento sobre los altares de muertos es casi enciclopédico. Me hace ver cómo el miedo a la existencia de un más allá extraterreno sigue encendido como brasa ardiente en el órgano de las creencias.

Martha es maestra. Siempre he creído que un enseñante debiera liberarse de esas fantasías. Tendrían que ser científicos. Martha habla de una “Gloria”. Es un sitio desconocido de lo existente a donde nuestras almas van al descarnarse. Lo dice como si fuese tratado de Euclides. Un sendero de hojas de cempasúchil crea una iluminada frontera mágica. Un andador de luz por donde caminará el muerto hacia su banquete. Una flama de sol naranja por donde vendrá el difunto en estado invisible a echar taco, fumar cigarro, mojar su lengua en ron huasteco y bailar merengue, mambo y chachachá.

Están allí sus ofrendas recién cocinadas en ollas de barro barnizado, velas igualmente blancas como simbolizando una vida sin manchas, cráneos de azúcar, cajetillas de cigarros y cuanto decían gustaba al muerto. Me extraña que hasta las moscas respeten ese altar de ofrendas. Mi mente científica me dice que es el frío que también las tiene tiesas como a nosotros y no su miedo a una potencia sobrenatural. Allí está su imagen. Su foto reflejada por un inteligente acto ilusionista sobre un espejo. Iluminada por un foco de cien watts. A su lado un libro que no escribió. Trata de asuntos educativos. Jamás se le conoció una idea elaborada en su cerebro y escrita por su mano. Es lo de menos. Importa que se haya dedicado al magisterio. Con eso puede admitirse que una persona de ese oficio todo hace en bien de la humanidad. Sabemos que no es así. En el magisterio hay pederastas, estafadores, corruptos, violadores y mediocres. Todo se perdona con la muerte. Aquel libro simboliza que dedicó su vida a predicar lo que otros habían conocido o experimentado. De él sólo supe cosas feas. Espero no las haya enseñado. Es una esperanza ilusa. No fue así. Fue maestro de abogados tracaleros, extorsionadores y abusivos. Un compañero fue de sus discípulos más aplicados. Se distingue por su voraz apetito por el dinero contante y sonante.

Encima de su foto una imagen de Nuestra Santísima Madre de Dios. Quizás impresa en Asia por manos infantiles esclavizadas. Como el molcajete de plástico donde hay una deliciosa salsa de jitomate y chiles. Platos, estos sí de barro barnizado, están al pie del altar. Piezas de una civilización casi de museo a causa de la cultura global del plástico y el desecho. Hay elotes cocidos, tostadas de maíz, panes de dulce y camote en caldo de piloncillo y canela. Como no fuese mi amigo, sino compañero de trabajo simplemente, desconozco si le gustaban esos guisos. O las gorditas de pollo entomatado, frijoles con queso, huevo con chile rojo y tacos de arroz con carne de puerco en salsa de chile cascabel (que llamamos “asado de boda”). Unas horas antes fueron devotamente guisados por secretarias de la escuela. Una botella de tequila puesta a centímetros de su foto. Quieren evitarle esfuerzo. Casi un cadáver forrado con cuero en sus últimos días. Pensarán que vendrá meneándose con dificultad, como perro fracturado por la calle.

Su alma vendrá tambaleándose por el sendero anaranjado de cempásuchil y verá su foto, proyectada en el espejo. Recordará su existencia encarnada. En el alcohol querrá olvidar sus despreciables acciones. Murió de cirrósis una noche. Fue conclusión de un día de disgustos. Había peleado en sesión del consejo. Recibió acusaciones de corrupción. Vendía o exigía caricias a cambio de exámenes de grado. Fue atacado por fuertes dolores.

Su esposa dijo en su velorio que el difunto sentía fuego en el estómago. Si yo fuese creyente pensaría que ya estaba siendo calcinado por flamas del purgatorio. Se ausentó de misa dominical. Aunque corrupto, creía en Dios. Prefirió quedarse en cama. Murió en ella. Sus compañeros más queridos impusieron su nombre a nuestro auditorio. Quienes desconozcan su historia pensarán que fue distinguido señor de luces. No sabrán que solamente seguía la brillante luz del dinero, de las botellas y de las medias de sus alumnas. Vendrá un día cuando el polvo se halla acumulado en la memoria. Y entonces se preguntarán qué de bueno hizo. Entonces una mano desconsiderada arrancará esa placa, impuesta en una farsa infame.

Pienso qué será más grande. Si la imbecilidad de nuestra gente o su hipocresía. Con sus honores buscan limpiarse de sus actos más despreciables. Creerán que otros harán por ellos eso mismo que ellos hacen por otros. Una historia escrita con la exaltación de hombres viles. Por olas vienen estos pensamientos, agitando a su paso las banderas de papel picado que simbolizan al viento. Veo su cruz en el suelo, hecha de tierra de su tumba. Me dan un taco de arroz con salsa cascabel y me lo como. Veo una gordita de frijoles y sacio mi hambre con ella. Todo me lo paso con café de olla, endulzado con piloncillo, calentándose en el anafre. Son ricos estos guisos que hicieron al muerto.

Y aquí está Martha a mi lado, echándose un elote cocido, hablándome de la “Gloria”. No le digo nada. Sólo pienso en las infamias de ese muerto. Mi lógica científica me dice que nunca vendrá y qué bueno será que suceda así. Ahora pienso que ese ser detestable reencarnó. Está en otros que aquí comen junto a mí. Devoran con sus bocas despreciables sus gorditas de carne deshebrada con caldillo. Diluyen ese abominable sabor de sangre en sus lenguas con tragos de ron en su recuerdo. Cuentan anécdotas suyas. Cuando embargó a una familia por una deuda. No dejó ni los juguetes de los niños.

En silencio escucho. Y me voy deseando que a ellos dediquemos el altar del próximo año.

San Luis Potosí, S.L.P., a 31 de octubre de 2007.

jueves, 21 de octubre de 2010

De los muertos

DE LOS MUERTOS

Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

Por temor a la burla muchos no aceptan que quienes mueren siguen en nuestro mundo. Sin embargo, ¿quién no está convencido de que quienes amamos nunca nos desamparan y vienen y van de entre los muertos en nuestra ayuda?

En realidad, no hay separación entre nuestros mundos, sino solamente una forma distinta de existencia de las cosas. Y es el amor y el apego el vínculo que comunica esos universos.
Me explicaré narrándoles mi propia experiencia.

Esto sucedió hace un año, en la víspera del día de muertos. Era 31 de octubre y muy temprano me disponía a colocar el altar. No podía hacerlo sola, porque esperaba a mi hermana, como acordáramos hacerlo.

Mientras llegaba, yo reunía algunos de los objetos que utilizaríamos en esa obra, entre ellos una foto de mi mamá. En eso timbró el teléfono y percibí una señal angustiante.

No contesté de inmediato y dejé que sonara dos veces más. A la tercera descolgué y pregunté intranquila:

—¿Quién?

Era la suegra de mi hermana. Sentí miedo, porque no era usual que ella hablara a casa.
—Anoche se llevaron a tu hermana al hospital. Le reventó la fuente —dijo.

Y agregó tratando de escucharse en calma:

—Acabo de volver. No dejan entrar a nadie a verla. Ella va lento y no puede dar a luz. La dejarán cuatro horas más para ver si en ese tiempo tiene al bebé.
Sus palabras me preocuparon. Me bañé rápidamente y enseguida prendí una veladora para orar a los santos para que todo saliera bien. Entonces fui a pedir por ella a la foto de mi madre.

Yo estaba realmente asustada y le apuré:

—Despierta, despierta. Tu hija ya está por aliviarse. Ve a ayudarla. No la dejes sola. Por favor, eres la única que puede estar allá. A nadie más dejan entrar a su cuarto en el hospital. Cuídala mucho, que no batalle.

Enseguida caminé hacia la salida de la casa y, de pronto, sonó el teléfono celular. Era mi cuñado:

—¡Felicidades! —me dijo y añadió emocionado: —Ya eres tía de una hermosa niña. Todo salió bien. Fue un parto normal. Ahorita no te conviene venir porque no están dejando entrar a nadie. Te marco más tarde para ponerte al tanto.

Él estaba feliz, porque no habían sucedido complicaciones y su bebé había nacido perfectamente, a pesar de los problemas que mi hermana había tenido durante los primeros meses de embarazo.

Mi mamá había escuchado mis ruegos y había corrido a proteger a su hija. Tomé una silla y me senté frente a su foto para conversar con ella. Enseguida sentí su mano en mi hombro y su voz susurrándome en el oído.

—No te preocupes. Ella está bien —oí claramente que decía.

A pesar de que esa era una situación extraña, no sentí miedo ni escalofríos. ¿Cómo puede una persona sentir temor al encontrarse junto a sus muertos más amados?

Como yo tenía la cara cubierta con las manos, me sorprendió que al retirarlas ante mis ojos apareció una foto en la cual mi hermana sonreía con una bella tranquilidad.

También le sonreí. Me levanté y acomodé la silla en la mesa. Enseguida me puse a adornar el altar.

Quité y puse, moví aquí y allá. Luego de un rato, por fin quedó. Mi mamá estaba al frente con su foto. Mis demás abuelos y tías complementaban el sitio con sus fotos. Quedó bonito, lleno de flores de cempasúchil.

Al día siguiente, ya primero de noviembre, fui a ver a mi hermana en cuanto supe que llegó a su casa y a dar la bienvenida a la nueva integrante de la familia. Estaba tan pequeña, frágil y delgada.

Todos peleaban por descubrirse un parecido entre sus gestos y por ver de cuál de ellos había sacado más rasgos. Yo solamente la vi y me quedé callada. No tenía caso buscar eso. La cargué y la pegué a mi pecho.

Luego pregunté a mi hermana cómo había estado todo:

—Salió perfecto. Mi mamá estuvo conmigo todo el tiempo. No me dejó sola. La vi afuera del cuarto y lo único que hice fue persignarme y encomendarme a ella y a Dios. Después me pasaron al quirófano, me pusieron una inyección en la espalda para bloquearme. Pensé que me dolería, pero no sentí nada.

Después contó cómo la prepararon en el quirófano y cómo la animaban los médicos en su trabajo de parto:

—Puje… puje, señora.

Pujaba, pero la niña no salía.

—Me dolía tanto que cerré los ojos y me dije: “¡Ay, Dios, que salga!”.

Finalmente el médico le dijo que él mismo tendría que ayudarla, porque la niña no nacía. Enseguida se recargó sobre su barriga y así fue como finalmente salió.

En aquel cuarto había dos médicos y dos enfermeras. Pero también había otra persona que no formaba parte del grupo. Era mi mamá. Ella estuvo durante todo el parto y no se movió para nada de allí.

Estuvo riéndose como siempre hacía. Nada más vio nacer a la niña y enseguida desapareció, desvaneciéndose como una nubecita de vapor en una mañana luminosa.

—Eso ha sido lo más hermoso que he tenido en mi vida —dijo mi hermana—. Vi nacer a mi niña y vi nuevamente a mi madre, en el mismo lugar y al mismo tiempo.

Yo me quedé callada. No supe que decir. Me dieron ganas de reír y de llorar al mismo tiempo. Pero no podía hacerlo, porque arruinaría aquel momento de enorme felicidad en la familia. Habíamos perdido a mi mamá, pero también habíamos ganado un ángel.

Ya el 2 de noviembre arreglé la casa para recibir a mis tías que vendrían a rezar a mi mamá. Al llegar ellas nos acomodamos frente al altar y oramos buena parte de la noche.

Después se fueron y quedé sola. Tenía la esperanza de volver a verla, aunque fuese un ratito o cuando menos sentir su aliento detrás de mis orejas. Así estuve concentrada por una hora, hasta que me ganó el sueño.

Fui a mi recámara a dormir con la esperanza de que cuando menos me diera un beso, como siempre hacía. Al otro día desperté pensando en si iría a visitarnos y me preguntaba por qué yo no la habría visto, como sí lo hiciera mi hermana.

Sólo observé que había unas manchas y unas morusas de comida en el mantel del altar. Todo aquello me animó al saber que las personas no dejan de estar con nosotros cuando mueren.

Vienen y van entre los mundos para ayudarnos, como si fuese su ocupación en ese estado. Ahora sé que mi mamá siempre estará con nosotros para ahuyentar las amenazas o las dificultades y protegernos de cualquier daño, como aquella vez.

Por eso digo que nuestros muertos jamás dejan de estar entre nosotros. Eso todos lo sabemos, aunque no lo aceptemos en forma abierta.

De verdad que la muerte sólo es un estado de la existencia: quienes mueren jamás se van y siguen apegados a quienes aman, según sea la intensidad del amor que expresan o les sea expresado.

Quienes mueren sólo transmutan su propiedad. Son seres de ambos mundos. De eso estoy convencida, porque me ha sucedido así, como han visto.

San Luis Potosí, S.L.P., a 23 de marzo de 2010.