viernes, 24 de septiembre de 2010

Un muchachito torturado

UN MUCHACHITO TORTURADO


Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com


Escribo desolado estas palabras, con una extraña sensación en la garganta. Temprano alguien me mostró un video espantoso. Un muchachito desnudo aparece sentado en el piso, con un trapo cubriendo su cara, aterrorizado, adolorido, quizás en la frontera de la locura, con el dolor transpirando por cada uno de sus poros, perturbadas cada una de sus células. Pide a sus familiares pagar rescate a sus captores.

A través de su voz quebrada, como una frágil flor en un campo azotado por una intempestiva ráfaga de viento helado, sus bestiales captores piden 6 millones de pesos. Obedece cada indicación de esos inhumanos seres, como si él fuese un becerro destinado a degüello en un horrendo rastro para dar gusto a los amantes del sabor de carne y sangre.

Sin forma de oponerse, sin la capacidad física, intelectual o psicológica de hacerlo, repite cada palabra dictada por aquellos monstruos. Es apenas un muchachito incapaz de enfrentarse y pelear contra esas desquiciadas fuerzas vomitadas de algún agujero del universo habitado por seres abominables.

Después de hacerlo le golpean. Su hermoso cuerpo recibe incontables cinturonazos, en su bella cara, en su lindo pecho, en su suave espalda, en sus estupendos brazos. Me dicen que también le patearon la cara (mi horror y mi angustia me impidieron ver tan sádica e injusta flagelación).

Inútilmente implora perdón con su voz toda de niño. ¿De qué les pide perdón este precioso muchachito? ¿Qué les ha hecho? Su único pecado fue pertenecer a una familia en donde algún patrimonio económico pudo formarse.

Su cuerpito se enrojece por los cuerazos aplicados por un torturador cobarde y repugnante, sin una pequeña partícula de piedad o de amor en su genética, un espantoso producto de la naturaleza. ¿Quién será este carnicero, qué infancia tendría para carecer de emociones y golpear tan salvajemente a ese estupendo muchachito?

Imagino que en cada golpe que azota desahoga su propia furia. Quizás él mismo haya sido violado por algún hombre de neuronas enfermas o su madre haya sido una sádica mujer que gozara castigándolo, nomás por molestarle cambiar sus pañales.

Siento que con cada trueno el universo cruje y se estremece. Pero en el cielo ni una señal aparece. Nuestras entrañas se desgarran. No pude ver más y me aparté del monitor. Enmudecí un rato, sin pensamientos, hundido en el vacío. Mis sentidos me impedían admitir que esas crueldades tuvieran lugar entre nosotros. O solamente desconocía que eso y cosas peores sucedieran en las casas de las calles por donde camino.

Sentí algo raro en la nariz y de mis ojos salió agua. Pensé en mis propios hijos. Por un momento sentí que aquel bello muchachito fuese mi propio hijo que apenas ha dejado de ser niño. Fui al baño a ocultarme. Medité en cómo era posible que sobre nuestro mundo existieran ese tipo de gargajos. Podrían ser nuestros vecinos. Pensé en cómo y hasta dónde el dinero nos ha bestializado.

Entonces creí que en nuestro país debería haber pena de muerte para despedazar lentamente a esos desalmados, cercenarles pacientemente cada uno de sus miembros, inyectarles veneno en sus venas malditas, hacerlo con la misma insensibilidad como esos depravados han procedido con otras personas.

Pensé en cómo deberíamos matar a esa clase de brutos sin capacidad de experimentar asco o repudio para consumar acciones como la operada contra aquel muchachito.

Fue un rayo de locura el que nubló mis juicios. Enseguida pensé que ese castigo terminaría bestializándonos a todos, o bien lo utilizarían como pretexto para masacrar inocentes. Reconocí cómo aquellas máquinas de tortura son utilizadas por otros para matar campesinos alzados, quebrar huesos de obreros rebeldes, moler a golpes los cuerpos de estudiantes marchando hacia sus horizontes.

Todos los torturadores y secuestradores son costales de carne sin sentimientos, utilizados inmoralmente por otros descuartizadores. Sería mejor matarlos haciéndonos justicia nosotros mismos, como han hecho varios pueblos.

¿Quién sería ese muchachito? ¿En dónde le agarrarían? ¿Quiénes serían sus familiares? ¿Qué sentirían su padre y su madre al verlo en esas infames condiciones? ¿Cuánto se destrozaría el alma de ellos al verlo tan maltratado y ofendido, desnudo, con sus cuerpito enrojecido y los músculos molidos por los golpes? ¿Cómo podían tener el ánimo de cinturonearlo con tanto odio, cuando yo jamás he sido capaz de pegar una nalgada a mis propios hijos? ¿Qué les había hecho él para golpearlo con furia?

Me hice todas estas preguntas luego de ver aquellas horribles imágenes tomadas por alguien y después transmitidas por alguien más por correo electrónico. Sólo espero que aquel muchachito, bellísima creación de la naturaleza, se encuentre ya con sus padres, durmiendo nuevamente entre las suaves y cálidas sábanas de su cama, viajando su imaginación con las alas de una mariposa que vuela entre las flores.

¿Cómo hacemos entender a todos los torturadores y secuestradores que cada vez que atacan, vejan, golpean o masacran a alguien, al mismo tiempo desaparece una luz del universo?

San Luis Potosí, S.L.P., a 23 de septiembre de 2010.