martes, 13 de julio de 2010

Itochu Corp

ITOCHU CORP
(Todos los derechos reservados)


Eduardo José Alvarado Isunza


ealvaradois@yahoo.com



I
Por causas desconocidas, cierto día recibí en mi correo electrónico un mensaje, desde una dirección que no identifiqué entre mis contactos. Llegó directo al cajón de basura. Tuve conocimiento de su contenido, porque acostumbro cerciorarme de los mensajes que allí van a depositarse antes de tirarlos. Me ha pasado que, a veces, llegan a esa zona mensajes de amigos míos, quizás porque, como envían ataques masivos contra el régimen de la porquería capitalista, otras personas los reportan como “spam”.
Revisé las direcciones y los asuntos de los mensajes depositados en la sección de basura y encontré uno que me interesó. Decía más o menos así: “Empresa japonesa busca representantes en América”. Debido a que mis condiciones económicas son apremiantes, como las de casi todos quienes vivimos de un sueldo miserable, abrí el correo antes de destruirlo.
Según recuerdo, esto traduje del mensaje en inglés:
“Nuestra empresa Itochu Corp es una de las más importantes productoras de acero de Japón y tiene clientes en todo el mundo. Buscamos representantes en América para cobrar nuestra facturación. Como por cuestiones legales, debemos esperar en Japón hasta tres meses para cobrar un cheque del extranjero, necesitamos personas que cobren esos cheques en bancos de América y los depositen en nuestra cuenta. Usted ganará importantes comisiones solamente por cobrar nuestras facturas y enviarnos el dinero.”
Enseguida pedían datos personales, como nombre completo y dirección postal. Firmaba Mr. Eizo Kobayashi, presidente y ejecutivo en jefe de “Itochu Corp”. Pensé que nada perdería en responder, proporcionándole a esa persona toda esa información. Me imaginé como empleado de una importante empresa japonesa en América. Quizás hasta me pedirían viajar a ciudades de los Estados Unidos y de Canadá a cobrar su facturación. O posiblemente sus clientes radicarían incluso en Brasil, Argentina o Venezuela, donde hay mujeres muy lindas.
¿Quién no se ha imaginado como representante de una empresa multinacional con facturación en todo el mundo? Me sentía entusiasmado porque por primera vez en mi miserable existencia recibía un soplo de la dichosa fortuna. Yo que ni siquiera me he sacado reintegros de lotería, veía en aquel momento una generosa concesión de las caprichosas fuerzas del azar. Aunque ciertamente lo sucedido era inexplicable, porque ya les he dicho que aquella dirección de “Itochu Corp” no estaba entre mis contactos.
Llevado por el deseo de saber cómo sería esa corporación, a qué estaba dedicada y en dónde residía, escribí su nombre en un motor de búsqueda de Internet. Encontré una liga que me llevó al portal electrónico de “Itochu Corp”. Miré sorprendido que se trataba de un gigante empresarial del Japón. Y también conocí a su ya mencionado presidente por una fotografía que allí estaba en una de las secciones de esa página. Sin embargo, me extrañó que no existiera ninguna forma de hacer contacto, vía correo electrónico.
Tan pronto como envié aquella información personal que pedían, recibí otro mensaje de Mr. Kobayashi. Esto me decía en español:
“Estimado Eduardo José Alvarado Isunza:
“¿Cómo estás haciendo hoy? Espero muy bien. Debido a tu nueva cita, quisiera que entraras en contacto con nuestro cliente para el pago. Este estoy en respeto a la fuente que hicimos a su compañía. Debemos todavía recibir el pago y puesto que a esta gran compañía te has designado para actuar como representante para recibir fondos en nuestro favor de la compañía en tu jurisdicción, esta es la razón por la cual nosotros deseamos los fondos enviados a ti.”
Enseguida me proporcionaba los datos de su cliente, un tal Mr. Stewart Butu, cuya dirección era 4190 Young Street en Toronto, Ontario, Canadá. Y añadía:
“Intentar por favor cerciorarse de que lo alcanzas hoy y consigues de nuevo a mí. Transmitiremos otros clientes a la información del contacto ti tan pronto como tu recogido ésta y remitídote a nosotros de modo que poder comprobar tu capacidad en este trabajo. Habríamos decidido que él nos envía el cheque pero aquí en nuestro país, tomamos hasta cerca de 30 a 60 días hasta los cheques internacionales claros y esto ahora tiene causa nosotros los muchos de pérdida por últimos meses. Debido a esto, quisiera que lo entraras en contacto con hoy.”
Deduje que tendría algún traductor del japonés al español, por los obvios defectos de escritura en nuestra lengua. Solicité a Mr. Kobayashi copia de la factura de su cliente Mr. Stewart Butu; y éste me envío inmediatamente una escaneada por correo electrónico. Pertencía a la empresa “Benxi Steel Company”, radicada en 15 Xiwai Dajie Xinxing Dongxiang Zhouji Huaqiao, Beijing, China. Por diferentes productos de acero, sumaba 15 mil 800 dólares.
Pasaron los días y no hice nada. Tenía exceso de trabajo. Pero más que eso, seguramente algo en mi interior me decía que debía tomar aquello con prudencia.
— “Si es cierto que esto es serio, seguro volverán a contactarme”— pensé. Pasaron los días y cuando ya casi olvidaba aquella propuesta, sonó mi celular. Mi mujer tenía una voz emocionada. Me informó que por correo postal había llegado un sobre a nuestro domicilio. Ella lo abrió y encontró en su interior un cheque por 49 mil 900 dólares. Como un rasgo que ha escrito nuestra historia conyugal es la precariedad, ella casi lloraba. Me dio algunos detalles del documento.
Le conté brevemente de qué se trataba. Más tarde, ya en casa, ví el cheque y mi mujer me animó a cobrarlo. Estaba girado a mi orden por Stephen Gould Co. Este girador estaba ubicado en 35 SO de Jefferson Road, Whippany, NJ 07981. Pertenecía su cuenta a JP Morgan Chase Bank, N.A., en Columbus, OH. Pasaron días sin atreverme a ir a una oficina bancaria a cobrar el cheque. Temí que aquello fuese una operación ilegal. Quizás dinero relacionado con una banda internacional de criminales. O son narcotraficantes o vendedores de armas o traficantes de personas, comenté con mi mujer.
Pensaba que no sería sencillo ir con un ejecutivo bancario y pedirle pagarme el cheque. Ni siquiera tengo cuenta bancaria como para pedir depositarlo en ella, como no sean mis tarjetas de débito donde es depositado mi sueldo. Me veía detenido por agentes federales en el momento de querer cobrar el cheque, armados con poderosos rifles. No aguantaría esa vergüenza. Estudiaba mi agenda personal y rascaba en mi cabeza para recordar el nombre de algún conocido que estuviese relacionado con bancos.
Por fin, me vino el nombre de un amigo, dedicado a la contaduría. Tengo estupenda relación con él y seguro cuando menos me daría buen consejo para hacer algo. Estaba electrizado por tener una suma tan grande de dinero en mis manos y no quería dar un paso arriesgado. Mi amigo, quien es experto en negocios y contaduría, de seguro me diría cómo proceder sin arriesgarme a mí a o mi familia. Como están las cosas, me imaginaba que llegarían policías federales por la noche y se introducirían violentamente a casa por puertas y ventanas, creyéndome a mí pieza de una pandilla internacional de criminales. No podía hacer pasar por esa terrible experiencia a mi mujer y a mis niños.
II
Con la comisión por la cobranza de aquel cheque por 49 mil 900 dólares, a cargo de “Itochu Corp”, mi mujer y yo nos imaginábamos disfrutando de una buena temporada. Quizás la mejor que hubiésemos tenido en nuestra vida de casados. Por lo menos debían pagarme un diez por ciento de comisión y eso significaría casi 5 mil dólares, que al tipo de cambio serían unos 50 mil pesos mexicanos.
Nos soñábamos en Los Cabos, disfrutando del avistamiento de ballenas en Navidad y gozando de un sol caliente, mientras escuchábamos a The Dave Brubeck Quartet y su memorable “Take Five” en nuestra pequeña sala de estar, conversando sobre lo que haríamos con el pago de nuestra comisión. Compraríamos a los niños todo un guardarropa y todavía nos quedaría dinero como para pasear varios fines de semana en San Miguel de Allende o Guanajuato.
Ella me animaba a ir al banco enseguida a cobrar el cheque de Stephen Gould Co. Sin embargo, no estaba seguro de cómo hacerlo; y así pasaron varios días, con el documento guardado en un cajón. Como les decía, debía cerciorarme de que el cheque era bueno y que podía cobrarlo fácilmente en cualquier oficina bancaria.
De modo que acudí con mi amigo, experto en asuntos contables y operaciones bancarias. En su oficina, le comenté lo sucedido y le mostré el cheque a cargo del JP Morgan Chase Bank. Lo estudió detenidamente.
—Se ve todo correcto— me dijo. Pero me advirtió que probablemente fuese parte de una cadena de negocios del narcotráfico.
—Quizás usen esto para blanquear dinero— comentó y agregó:
—Sería mejor que dieras parte a la policía. ¿O te atreverías a cobrarlo y aguantar lo que venga?
Como 50 mil pesos mexicanos de comisión significan más o menos mi salario de siete meses y con esa suma de dinero gozaríamos de una temporada que jamás había dado a mi familia, decidí correr el riesgo.
—¿Qué puede pasar? Yo no estaría haciendo algo ilícito. Solamente estaría cobrando un cheque de otra empresa y recibiendo una comisión. ¿No crees?— dije a mi amigo.
Entonces tomó su teléfono celular. Revisó su agenda y marcó un número. Habló con una persona que también yo conocía y que habían pasado años sin saber de él. Se saludaron efusivamente y hablaron de cosas ordinarias. Ambos quedaron de verse al día siguiente en el café, junto conmigo. Ya en esa reunión y después de platicar sobre lo que habíamos hecho en años sin vernos, le platicamos los detalles de la operación que deseaba hacer. Le mostré el documento y después de estudiarlo observó que era bueno.
—Sería mejor cobrarlo en una casa de cambio y no en el banco. Incluso te pedirían menos de comisión y no tendrías que abrir una cuenta— nos dijo.
—¿Y se prestarían a un negocio de blanqueo de dinero? Suponiendo que eso fuera— preguntó mi amigo contador.
—¿Y de qué crees que viven?— respondió irónicamente este otro, más experto en operaciones bancarias y transferencias de dinero.
Pedí su opinión para construirme un juicio más sensato de aquello en que estaba introduciéndome.
—Estoy seguro que están blanqueando dinero. Esta sería la primera operación y después seguirán enviándote otras transferencias. ¿Quieres seguir adelante?— me preguntó con sinceridad.
Me sentí como personaje de una historia de película. Podía haber riesgos, pero debían jugarse.
—Finalmente la vida es un riesgo— respondí.
—¡Te gusta la adrenalina!— comentó mi amigo el contador.
Enseguida el experto en transferencias de dinero tomó su teléfono celular y marcó a un conocido suyo, con quien jugaba golf en el Campestre, propietario de una casa de cambio. Hicieron cita para el día siguiente. Nos despedimos y fui rápidamente a un ciber a pedir una copia escáner del documento en cd y el envío del archivo a mi correo electrónico. Eso para tener sus resguardos por si fuese necesario.
Al día siguiente nos encontramos en la casa de cambio. Pidió cobrar el cheque y el propietario del establecimiento nos pidió varios días para enviarlo al banco girador en Estados Unidos.
—¡Es una cantidad muy grande! Sólo puedo hacerlo hasta que sea autorizado y depositado en nuestra cuenta ese dinero. ¿De qué se trata?— preguntó con prudencia.
Le expliqué todos los detalles de esta historia y tampoco este otro experto vio algo irregular. O quizás no me lo dijo. Supongo que ya es extraordinario que una poderosa corporación japonesa no tenga modo de hacer una cobranza pronta con operaciones interbancarias. Ahora que recuerdo, quizás ví un asomo de ese pensamiento en sus inquisitivos ojos, una genética de sus antepasados, quienes hacían ventajosas acciones comerciales con caravanas del desierto en Medio Oriente.
Así fueron pasando los días sin que yo cobrara el cheque a favor de “Itochu Corp”. Mr. Eizo Kobayashi comenzó a impacientarse.
—Todavía estoy esperando para recibir noticias ti sobre el cheque de mi cliente enviado a ti. Te necesito por favor informarme cuando hizo tu promesa del banco de lanzar los fondos a ti. Aguardo tu contestación— escribió en un correo con su curiosa sintaxis.
Esto no estaba saliendo tan fácil y rápidamente como pensamos. Ahora me pedían fotocopias de mi credencial de elector y comprobantes de domicilio. Siguieron pasando los días sin que yo pudiese cobrar el cheque. Una mañana establecí comunicación con el dueño de la casa de cambio y éste me informó que el cheque estaría en condiciones de ser pagado en cuestión de horas. Me preguntó si me llevaría los casi 50 mil dólares en efectivo, menos su comisión, si necesitaría un guardia o si los depositaría en una cuenta. Si sería esto último, debía darle el nombre del banco, el número de la cuenta bancaria y otros datos para efectuar la transferencia.
Envié rápidamente un correo electrónico a Mr. Kobayashi, quien ya para entonces todos los días demandaba su dinero. Le pedí aquella información que me solicitaban. En su siguiente mensaje me indicó los detalles de la transferencia. Debía depositar los 49 mil 900 dólares, menos mi diez por ciento y los gastos de operación, en la cuenta 601/9099656 de A. Diabate, a cargo del Garanti Bank, ubicado en Laleli Branch, Istanbul, Terkey. Su dirección exacta era Bul Bul Mah, Buyuk Sishane Sokak No. 17, Beyoglu 34000, Istanbul.
III
Días antes de que el propietario de la casa de cambio que intervendría en el cobro del cheque de 49 mil 900 dólares de Stephen Gould Co me informara que estaba por pagarse el documento, platiqué por chat con otro amigo mío en Dallas, Texas. Pedí su opinión y me sugirió actuar con prudencia.
—¿No crees que es bastante extraño que una empresa japonesa de ese tamaño te contactara por correo electrónico, nomás como por puro azar, y vayas a ganar casi 5 mil dólares simplemente por cobrar un cheque, sin moverte siquiera de casa?— reflexionó.
Su análisis me hizo temer todavía más por la clase de negocios en los que estaría involucrándome. Ofreció investigar entre conocidos suyos si habían escuchado algo de aquel Mr. Eizo Kobayashi. Al día siguiente de esa conversación, un mensaje suyo se abrió repentinamente en mi computadora, mientras estaba ocupado en mis quehaceres cotidianos.
—Tengo noticias de tu negocio. Debes tener cuidado. Se trata de una banda internacional de estafadores y operan de esta forma. Envían mensajes masivamente por correo electrónico a cuentas que, por razones desconocidas, tienen dentro de una base de datos. Acá ya han picado varios peces.
Su maniobra descansaba en un antiquísimo truco, actualizado por las vertiginosas y globales relaciones humanas que suceden gracias a la Internet y las tecnologías aplicadas en la transferencia de datos. Simplemente rascan en un impulso tan arcaico de nuestra especie, como la ambición. Un aspecto prehistórico del carácter que ni chips ni gadgets de última generación han podido extirparnos. No somos tan diferentes de los primeros hombres, como no sea porque ahora usamos dispositivos bluetooth y wireless y llevamos una oculta cibervida en el espacio virtual. Pero nuestros impulsos siguen siendo bastante primitivos. Es decir, la serpiente bíblica moviéndose por banda ancha y cables de fibra óptica, por decirlo metafóricamente.
Según mi amigo, ya que alimentan la ambición de alguien a través de sus mensajes por correo electrónico y ese alguien proporciona detalles de su identidad e información postal, esta banda de estafadores hace como conmigo: enviar un cheque falso por una fuerte cantidad de dólares y hacer creer a su víctima que solamente por su cobro ganará una apetitosa comisión, además de ofrecerle constantes operaciones de esa clase.
Después de enviado el falso cheque al domicilio postal, comienzan a presionar a la víctima para que lo deposite en una cuenta bancaria de su propiedad, retire los fondos por la suma de la operación y enseguida los deposite en una cuenta de los criminales, como la que me indicaban a mí, radicada en Estambul.
—Es algo semejante a la muy conocida técnica del “pacazo”— agregó mi amigo.
—Lo que ellos no saben es que mi cuenta está en ceros— agregué y manifestamos nuestro estado de ánimo a través de escribir los símbolos “ja, ja, ja” en la ventana del chat.
Enseguida me puse a investigar en la Internet a través de los motores de búsqueda sobre la identidad de Mr. Einzo Kobayashi. En menos de 40 segundos aparecieron más de 16 mil ligas con ese dato. Casi todas referían sobre la existencia de una gigantesca corporación japonesa, dedicada a infinidad de negocios, y el nombre de Mr. Kobayashi como uno de los hombres más poderosos en su pirámide jerárquica. Incluso encontré información suya en la Wikipedia.
También localicé infinidad de sitios con mensajes electrónicos de Mr. Kobayashi, redactados en términos muy semejantes al enviado a mí. Supuse que aquello sería un robo de identidad. Alguien, en algún punto del planeta, utilizaba el nombre de Mr. Eizo Kobayashi y de “Itochu Corp” para estafar personas ambiciosas e ingenuas con esta especie de “pacazo” cibernético.
Ya entonces anticipaba que el documento de Stephen Gould Co sería detenido en cualquier momento. Sin embargo, esperé a saber a dónde me llevaría esta aventura. Recordaba lo que me dijera mi amigo el experto en contabilidad.
—Te gusta la adrenalina—, me dijo. A lo que había respondido:
—Es el único placer que disfruto sin pagar.
Pasó un fin de semana más sin tener noticia de los propietarios de la casa de cambio que operaban el cobro del cheque. Muy temprano, el siguiente lunes recibí en mi correo un desafiante mensaje de Mr. Kobayashi. Decía más o menos así:
—Si no depositas mi dinero hoy mismo, te denunciaré al FBI.
No negaré que sentí su amenaza como una víbora en mi espalda. Sin embargo, en las siguientes horas me informaron que el documento había sido detenido por el gobierno estadounidense.
—Es falso o robado. No sabemos todavía por qué causa lo han retenido— me dijo el hombre de la genética árabe de los negocios por teléfono.
Sentí esfumar mis planes por ir con la familia a mirar ballenas en el Mar de Cortés y mis sueños de convertirme en representante de una poderosa corporación japonesa, que viajaba constantemente de Río de Janeiro a Montreal, como en menos escala hacían algunos afortunados conocidos míos simplemente por colocar medicinas. Me disculpé con el hombre de la casa de cambio por sentirme yo mismo responsable de haberle metido posiblemente en un problema.
Luego de colgar el teléfono, envié un mensaje a Mr. Kobayashi, dándole esa misma noticia y agregándole yo que había reportado al FBI su cuenta en Estambul. Nunca más volví a saber de él. Sin embargo, las siguientes noches fueron de cierta tensión para mí. Antes de dormir estudiaba la escena callejera desde la ventana, tratando de advertir si agentes del FBI o brazos de esa banda de criminales me cazaban. Incluso por las madrugadas me despertaba, inquieto por la idea de que alguien podría estar acechando afuera.
Si por cualquier cosa el gobierno no ha cerrado este asunto, espero que estudie esta historia y comprenderá mi situación. Otra cosa que me altera es dudar de que el cheque haya sido efectivamente detenido.
—¿Estás seguro que no lo cobraron? Acuérdate que son árabes— me dijo mi amigo el experto en contaduría.
Como sea, creo que nada se compara con vivir en paz.

San Luis Potosí, S.L.P., a 11 de enero de 2008.

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