jueves, 22 de julio de 2010

El extraño caso del Sr. Tragauñas para una reflexión sobre la locura

EL EXTRAÑO CASO DEL SR. TRAGAUÑAS PARA UNA REFLEXIÓN SOBRE LA LOCURA

(Todos los derechos reservados)

Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

I

Hace unos días visité al encargado de comunicación social de una dependencia gubernamental y me sorprendió ver clavada con tachuelas en una de las paredes de su oficina una página de un periódico de este pueblo con una reseña sobre algunos simpáticos locos de la ciudad.

Como no había sido escrita por especialista en el tema ni por autor serio, en realidad no se trataba de un estudio profundo de la cuestión ni tenía más pretensiones que el de entretener a algún iletrado comprador de periódico mientras boleaba sus zapatos en algún sillón del centro de la ciudad o desechaba sus fluidos corporales en el baño.

En una ciudad en donde el analfabetismo afecta incluso a los egresados de las universidades, poco puede exigirse sobre las capacidades de lectura de su población o una mayor crítica sobre los temas de su predilección. Recuerdo, por ejemplo, cómo un reciente ejercicio escolar descubrió que un alto porcentaje de habitantes de esta ciudad creen en fantasmas, seres sobrenaturales y artes adivinatorias.

De modo que las frecuentes ocurrencias del autor de este banal artículo acerca de los locos del pueblo llegaban a ser festejadas como si hubiesen surgido de la pluma de M. Foucault o K. Kosik. (Entiendo que una enorme cantidad de habitantes de esta ciudad incluso ignoran la existencia de científicos eminentes, como los mencionados).

Por varias razones me sorprendió mirar aquel frívolo artículo clavado en una de las paredes de una oficina gubernamental. Una de ellas tenía que ver con el hecho de que quizás el encargado de ese despacho había mirado en su autor a un genial pensador del tamaño de J. Lacan o de A. Heller y que había encontrado muchas más verdades que en ellos (suponiendo que un funcionario de nuestras mediocres administraciones públicas llegara a conocerlos).

Otra razón por las que golpeó mis sentidos descubrir dicho escrito en aquel cubículo (mismo que hasta ese día ignoraba, pues no está en mis ocupaciones leer periódicos provincianos) fue que conocía perfectamente la personalidad de su autor, por lo que entonces exclamé como en automático:

—Aquí falta la mejor historia de los locos de nuestra ciudad. ¡Es la propia biografía de quien ha querido reseñarla!

Como los signos que nos han revelado la enfermedad de quien escribía esa crónica son populares, el funcionario reprimió una carcajada y únicamente estiró los labios. Bien que conocía algunos detalles de la personalidad patológica y perversa del autor de aquella insustancial nota periodística con pretensiones de ensayo.

—Quiere que le ayudemos con financiamiento para emprender un trabajo al respecto—, se disculpó el funcionario.

Este dato no me sorprendió; más bien acabó por confirmarme cuánto es difícil transformar el ECRO de un sujeto (como diría E. Pichón) sin ayuda de un profesional y sin la propia voluntad de hacerse otro tipo de individuo. Dicho personaje sólo había sabido vivir como parásito, medrando de su oficio periodístico y obteniendo dinero en grandes cantidades de los funcionarios gubernamentales, mientras el resto del mundo sufría por conseguir unos pesos para sobrevivir.

Por garabatear algunas alucinaciones venidas de las oscuras regiones de su locura o de sus eternas borracheras, como la referida, este personaje obtenía dinero público para vivir sin trabajar.

¿Cuáles eran algunos de los síntomas que a todos revelaban la gravedad de sus patologías? Uno de ellos tenía que ver con la extraña manía de cortarse las uñas con los dientes o incluso con herramientas de corte, como los cúter. Cierta vez, hace muchos años, lo observé rebanarse las uñas con una navaja de ese tipo, como si fuese sacapuntas de lápiz, hasta sangrarse los dedos.

Por esta razón a nuestro desquiciado personaje se le conoce ampliamente con el seudónimo de “El Tragauñas” (también se le ha conocido con otros motes, como el no menos ingenioso de “La Garlopa”, pues por esa manía parecería que en su boca trae ensamblado un cepillo de carpintero).

Siempre me ha intrigado aquel detalle de su personalidad y debe buscarse en la “Historia de la locura” de M. Foucault o en “Algunas reflexiones sobre el yo” de J. Lacan alguna pista que explique por qué una persona siente las uñas de sus dedos como si fuesen una entidad diabólica que debe cercenarse de tajo, aunque ella misma se cause daño.

Esta pista tiene el mismo valor simbólico que el que tendría el de alguien que creyéndose poseído por algún demonio él mismo termina prendiéndose fuego o despellejándose para arrancarse esa entidad de su propia piel.

Por tanto, decía que su propia biografía debía ser la más valiosa de cualquier reseña de locos de nuestra ciudad, aunque no dejaba de ser simpático que un loco escribiera precisamente sobre otros locos. Esto nos llevaría a establecer una hipótesis con valor heurístico de que estos enfermos tienen conciencia de esas patologías, aunque no las aceptan como propias. Es decir, el loco juzga a los demás como locos; en tanto él mismo se mira como “no-loco”.

Aunque hasta la fecha no he encontrado un psicólogo de nuestra Universidad que de explicación razonable a esta conducta, no falta quien especula que todas las patologías tienen origen en la infancia del sujeto. Con S. Freud se diría que nuestro personaje quedó atrapado en las fases del desarrollo infantil (anal, oral y fálica), debido probablemente a un obsesivo amor por su madre o a un acto sexual de ella que le conmocionó.

Quizás la haya observado en un encuentro sexual y ese recuerdo le cause dolor al extremo de querer arrancarse las uñas. O sea, padece un grave complejo edípico por alguna causa que sólo él mismo podría descubrir, tras largas sesiones de terapia psicoanalítica.

No dejan de tener sensatez esos diagnósticos que sobre su personalidad se hacen con frecuencia en los cafés a donde acuden científicos, políticos y artistas. Me confesó un psicólogo que cierta vez compartió tragos con nuestro sujeto a estudio y que hubo detalles de su conducta que también le impactaron. Por ejemplo, mencionó cómo éste tomaba un vaso con agua de la mesa y se echaba su contenido a la cabeza y enseguida se lavaba rostro y manos, en vez de hacerlo en el sitio socialmente establecido para refrescarse o limpiarse.

Parecía un evidente signo clínico de odio social generado en la infancia, pues necesitaba mostrar su rebeldía frente a las reglas establecidas. Aún sí, su bipolaridad es grave, pues finalmente ha terminado sucumbiendo ante ellas. Por ejemplo, con frecuencia expresa críticas hacia el modo de vida pequeño burgués y sin embargo vive en una zona residencial de la pequeña burguesía en una vivienda que pudo adquirir de hacer negocios corruptos con el gobierno.

Aquel día, ya totalmente borracho, terminó confesándole al especialista un detalle de su psicología que le reveló la gravedad de su situación emocional:

—¡Mi mamá tenía unas piernotas!— le dijo, mientras con los músculos de su cara hacía una mueca de éxtasis y buscaba reproducirlas con una expresión de sus manos.

Debido a su reprimida homosexualidad también adquieren bases sólidas aquellas hipótesis sobre su complejo de Edipo y sus castraciones infantiles como variables independientes o casuísticas de sus patologías. No es que sea malo ser homosexual; en realidad, quien escribe está de acuerdo en que cada quien debe disfrutar su propia sexualidad.

Lo patológico es reprimirla, ocultarla, hacerla surgir cuando se está bajo los efectos de alguna droga, como el alcohol, como sucedería en su caso. De esta conducta hay quien recuerda cómo cierta vez, luego de una prolongada noche de borrachera, intentó besar al director del periódico para el cual trabajaba y cómo éste terminó arrojándolo entre las sillas para librarse de su intento.

Es posible que en ese esfuerzo inconsciente por ocultar su homosexualidad, algunas veces tratara de hacer espectáculo de su masculinidad. Una periodista me ha dicho que su recuerdo de este personaje viene de su infancia y del tiempo en que su familia era vecina del “Señor Tragauñas”. Su imagen de él es verlo acostado semidesnudo en una cama con una mujer, apenas cubierto por una sábana, viendo el televisor y rascándose sus órganos reproductivos.

Esto sucedía porque había ubicado esa cama en el sitio destinado a la sala y a propósito dejaba abierta la puerta de entrada a su casa, de modo que cualquiera que caminara frente a ella podía verlo acostado en la cama, desnudo y con su acompañante. ¿Otro símbolo de su castración infantil?

Lamentablemente este loco no es de naturaleza inofensiva o sus extravagancias son simplemente jocosas, como otros memorables enajenados que nos han acompañado en nuestra ciudad, como “El pesero”, “Sujey”, “Juan Antonio Perfecto” o “Guanpole. Este es un loco peligroso y perverso que se oculta bajo el disfraz de intelectual y de estratega político.

Curiosamente al poco tiempo de haber publicado su crónica sobre algunos locos de la ciudad, el “Señor Tragauñas” fue designado encargado de comunicación social de todo el gobierno. Entonces muchos comenzaron a preguntarse si acaso también quien lo designó estará enfermo.

Quizás sea cierto, como propone J. Lacan, que no existe el “no-loco”. En tanto seres duales (es decir: animales socialmente adaptados) todos tenemos algo de locos. Sin embargo, los más peligrosos son quienes ocupan cargos de poder porque arrastran a todos en su locura.

II

Algo debe haber en mi ciudad que con frecuencia uno se tropieza en las calles con personas que conversan con el aire o manotean el viento como si dieran indicaciones a un ser invisible sobre alguna dirección o algún suceso.

Hay quienes creen que es a causa del aire. Contiene alguna espora, todavía ignorada por nuestros científicos, por cuya respiración vengan a producirse alteraciones en el cerebro de los frágiles.

Otros encuentran los orígenes de esa extraña conducta en el agua. Como nuestra ciudad se construyó sobre suelos ricos en minerales, podría ser que éstos quebraran las neuronas, como hace el flúor con los dientes.

Como yo procedo de las ciencias sociales, opino que esas personas que, de pronto, pasan gritando junto a nosotros o hacen banquetes en el suelo más bien fueron víctimas de algún ataque en algún momento de sus vidas.

Otra hipótesis a por qué vemos personas como si huyeran de un campo cuajado de pilas de sacos de huesos, como los de esas fotos de la 2ª guerra, es que la dialéctica de la existencia les reventó la sinapsis.

Uno de esos casos es el del “Señor Tragauñas”, quien (como una cosa extremadamente absurda) se desempeña como encargado de comunicación social del gobierno del estado, desde hace unas semanas.

Ya en la parte I dimos algunos detalles de su locura. Sin embargo, faltan muchos más por ser presentados en este esfuerzo que nos impusimos con una intención enteramente científica.

Nuestro objetivo con este ensayo es mostrar cómo también es necesario incluir exámenes psicométricos, junto a los toxicológicos y a los de no antecedentes penales, en la ley de la administración pública.

Con algo así blindaríamos a nuestros sistemas de gobierno, de por sí endebles y sometidos al embate de seres corruptos. Con aquellas pruebas cerraríamos la puerta del poder a individuos locos, drogadictos y hampones.

Si usted ignora quién es el “Señor Tragauñas” puede pasearse un día por la Plaza de Armas y seguro por ahí lo hallará. Pregunte a los boleros o a los policías y ellos podrán identificárselo.

Es un individuo de unos 57 años, con una gorra de beisbol puesta al revés (como “Memín Pinguín” o uno de esos miembros de la “Familia Burrón”, ambos personajes de las historietas mexicanas de los 50s).

En su estrafalario e invariable concepto de estética del vestido tiene lugar privilegiado el uso de pantalón de brinca charcos –curiosa adaptación masculina del femenino pantalón Capri.

También puede estar rascándose los testículos, como hacen los chimpancés de zoológico para matar el tedio. Como es un loco no estudiado en clínica, se desconoce si se trate de una manía o a consecuencia de un hongo.

Como sucede con esos tipos que andan manoteando el viento y hablando con criaturas invisibles, asimismo nuestro personaje permanece como autista, con la boca abierta, dialogando entre los árboles con algo así como dios.

Mientras está en ese trance no establece conexión con el mundo real. Algún conocido puede acercarse a saludarlo y éste sólo extiende su mano en el espacio, como si fuese un Monseñor con miedo a rasgar la fragilidad del cielo.

Después de hablar con esos seres fantásticos que le transmiten sus ideas, comienza su función de tragarse compulsivamente las uñas, conducta de donde proviene el seudónimo que el pueblo le ha impuesto.

Quienes lo padecieron como profesor en sus días de escolares (¡porque el “Señor Traguñas también fue catedrático universitario!), cuentan con sarcasmo cómo sufrían en el salón esa manía de rascarse los genitales y escupir uñas.

Sería bueno reflexionar acerca de cuántos locos hemos padecido ya sea como catedráticos o como funcionarios universitarios. Entre aquellos sobresalen el “Dr. Monroy” o “El Chicharronero”, y entre los últimos más de un rector.

Quizás ahora será un poco más difícil disfrutar de esa contribución del “Señor Tragauñas” a nuestro circo de perturbados. Como les decía, de unas semanas a la fecha ya despacha como funcionario del gobierno del estado.

Esta cuestión es mucho más delicada para nuestra sociedad, porque un desquiciado callejero que come tortas de aire como si lo hiciera en un banquete en los Campos Elíseos, es inofensivo para nuestras vidas.

En cambio no lo son estos locos hechos funcionarios, porque consuman actos detestables. No sólo usan el patrimonio público de manera privada. También urden políticas, leyes y programas con ideas estúpidas.

Ya “El Señor Tragauñas” había ocupado el cargo de asesor de otros locos hechos gobernadores, como uno de nombre Horacio y otro de nombre Fernando, en cuyos regímenes abundó el consumo de drogas y alcohol.

Quizás la deplorable situación en que vivimos la debamos a esas administraciones integradas por locos. Entre los empleados de la Casa de Gobernadores son memorables las fiestas de pervertidos de aquellos.

Les recuerdan bañándose desnudos en la alberca de esa mansión pagada por un pueblo miserable, totalmente intoxicados por el alcohol y las drogas, saltando y gritando como afiebradas ninfas acuáticas.

Para una documentación sobre la locura y el poder mencionemos que el “Señor Tragauñas” transcribía los mensajes dictados por seres etéreos en sus trances autistas y éstos luego eran repetidos por sus amigos gobernadores.

Entonces sus chifladuras no dejaban de tener más impacto social que el de ver sus comunicados divinos a grandes titulares en los periódicos. Ahora este pueblo tendrá que padecer sus perturbaciones desde el desempeño público.

Volvamos a nuestra hipótesis acerca del origen de la locura de este perverso y peligroso personaje. Ya planteamos que no creemos que ésta sea ocasionada por el aire que respiramos o por el agua que bebemos.

Tampoco tiene que ver en su enfermedad algún cisticerco que le esté devorando los sesos. Lo suyo es de naturaleza enteramente psiquiátrico. Quienes le conocen bien se remontan a los lejanos años de su infancia.

En eso existe un debate sordo entre quienes dicen que su daño fue ocasionado por haber visto a su madre en un encuentro sexual que le afectó, como ya habíamos dicho; y otros que hablan de un sacerdote.

Estos últimos dan anécdotas precisas de que el actual “Señor Tragauñas” servía a los 5 años de edad como acólito de un “Padre Juanito” en la brava colonia Centenario.

Por esas versiones, pensamos que dicho sacerdote debió ser un truhán, como tantos pederastas que regentean los templos católicos y viven como zánganos de las inocentes creencias de un pueblo analfabeto.

Mientras aquel niño echaba incienso a los santos, era atacado por el “Padre Juanito”. Así terminó convirtiéndose en esa criatura maniática, misógina y bipolar que conocemos con el seudónimo del “Señor Tragauñas”.

Es posible que su tendencia a adoptar poses pontificales, a orar como si sus frases procedieran de seres impalpables y a perderse en el autismo como si escuchara a los ángeles, sea una recreación de aquella infancia perdida.

No habita el mundo real, como todos los demás. Habita en aquel templo en donde fue violado, porque volver a la realidad le causa daño, sería reconocerse como víctima y reconocerse ahora como victimario.

Con quien habla entre las ramas de los árboles o en las nubes es con el “Padre Juanito”. O más bien, éste se transfirió al cuerpo del “Señor Tragauñas”, desapareciendo por completo su propia identidad.

Ante lo que nos encontraríamos no sería ante un personaje de Borges, sino ante un paciente de Freud. En su caso no existen fantasías ni mitificaciones. Es el más puro caso de la psiquiatría.

No estamos ante una circunstancia metafísica o ante un hecho que escape a la explicación científica, como él y sus amigos gobernadores afectados por el gusto literario quisieran que sucediera con los problemas del mundo.

Pretenden que los complejos asuntos del universo tienen pura existencia platónica, pues así escapan a los dolores que les causa reconocer que sus locuras son efecto de una causa. A ésta buscan esconderla entre castillos retóricos.

Si fuese un extraviado insignificante, el caso del “Señor Tragauñas” sería solamente asunto de literatura, como son los de otros locos a quienes vemos en las calles con los ojos incendiándose por un fuego interno.

Sin embargo, ha quedado dicho que sus versos, como antes, resuellan en la nuca del gobernador. Por eso, debemos evitar que nuestros sistemas de gobierno sean vulnerados por la locura de quienes llegan al poder.

III

Del “Señor Tragauñas” cuentan de cuando se inició como escribano de anodinos y superficiales discursos de los gobernadores. Sucedió cuando un loco de nombre Horacio asumió el poder político de esta región en el año de 1993.

Como en este retrasado país el gobernante civil es investido en un ritual como si fuese descendiente de una entidad sobrenatural, una de las cosas que ahí suceden es la pronunciación de discursos como si fuesen llaves mágicas del cielo.

Es como si tales bichos anormales, ungidos por la inmaterial sustancia del poder, pudiesen comunicarse con seres metafísicos a través de un lenguaje preciso y con ello hicieran puentes de ondas hacia ese reino supranatural.

Junto a los trajes que vestiría para trabajar convenientemente como cuasi dios, aquel orate pidió a un grupito de seres afectados por el lenguaje poético hacerle un discurso apropiado, con el cual hablar a tan elevadas dignidades.

Precisamente el “Señor Tragauñas” se hallaba entre dos o tres exquisitos, adictos a un habla afectada, la cual expresaban como si fuesen monitos de ventrílocuo sentados en las rodillas de potencias metafísicas.

Nuestro desquiciado personaje vio así materializados sus anhelados sueños de infiltrarse al primer círculo de cortesanos de Palacio; y, con ello, de ascender de nivel social, pues su infancia estuvo caracterizada por la precariedad y el maltrato.

Era tan grande su odio a su clase de origen que incluso sentía vómitos cuando le invitaban un café, pues asociaba dicha bebida con su época de privaciones cuando no comía más que esa pócima y caldo de frijoles.

Hasta maldecía a los pensadores socialistas o a los guerrilleros y activistas sociales, creyendo que la materialización de esa utopía afectaría sus delirios de riqueza. O que lo obligarían a trabajar realmente llegado un gobierno así.

—Invéntate una nota de que en Rusia matan escritores —ordenó un día en la redacción del periódico para el que trabajábamos— Pinches marxistas de mierda —agregó con fiereza como si fuese agente de gobernación o hijo de burgués.

Con Horacio, el nuevo perturbado gobernador con quien había hecho amistad mostrándose como gusano, vio la oportunidad de enriquecerse, cosa que logró hacer como hacen casi todos de quienes llegan a ocupar un lugar en el poder.

Entre sus negocios figuró el de colocación de forjas y herrajes en diversos sitios, como la Calzada de Juárez, gracias a los extraordinarios contratos autorizados por su amigo, el disparatado, alcohólico y pervertido jerarca.

Ya para entonces poseía una modesta construcción en el exclusivo fraccionamiento de ricos, ubicado entre los cerros del oriente de la ciudad, a través de extorsiones a funcionarios y andar de limosnero.

—Consígame unos durmientes o no vaya a quejarse después —exigió cierta vez al dirigente sindical de ferrocarriles. Quería emplearlos como vigas de su residencia a fin de imprimirle efectos de rusticidad.

Este detalle, así como otros referidos en esta historia, ilustran con justicia la psicología de este personaje. Es un ser corrupto cuyo único propósito en su existencia ha sido escapar de su origen social, como si su pasado fuese el infierno.

No es ilegítimo que alguien busque mejorar su existencia; lo ilegítimo son los medios empleados. En su caso no ha sido el verdadero trabajo un medio para salir de la miseria; su medio ha sido la extorsión, el robo, la calumnia, la depravación.

Así, llegó el día en que con retazos prosódicos de cada uno de sus amanerados poetas, el orate mandatario remendó su discurso y habló al presidente, personaje de mayor jerarquía en esa extraña pirámide al cielo.

Esa vez, su cabeza rozaba el Topos Uranus. Tratando de ganarse el afecto de este soberano de mayor potencia, el nuevo amo de la región pronunció su discurso, imitando el tono y la cadencia oratoria de aquel a quien adoraban.

—Felicidades, gobernador. Muy bueno su discurso —le dijo Carlos, el presidente, con falsa cortesía al término de la ceremonia en que Su Majestad ascendió al trono, afortunadamente por un breve tiempo de cuatro años.

Emborrachado por whiskey, alcohol al que siempre ha sido afecto, y por los hipócritas elogios del jefe superior, Horacio corrió como una mujer loca a transmitir esas felicitaciones a sus amanerados poetas.

—Le encantó el discurso al presidente —le dijo al “Señor Tragauñas”. —Desde ahora tú los harás—. Lo mismo confió a un cuentacuentos de mediana fama.

Todos se agarraron felices de las manos e hicieron extraños movimientos, como si fuesen bailarinas haciendo rondas infantiles. En su éxtasis no alcanzaban a descubrir el engaño de que habían sido víctimas del otro más perverso.

Después de la ceremonia el presidente acudió a saludar a la familia política del trastornado gobernador, a cuyo suegro recién fallecido debía realmente esa posesión. Y a sus cuñados, Carlos dio una opinión distinta.

—¿Quién le haría ese discurso a Horacio? —preguntó burlándose y enseguida agregó como si sus formas de balbucear le hubiesen revelado sus verdaderas personas: —¡Parecía de afeminados!

No estaba muy lejos de la realidad. Todos eran amariconados, aunque ocultaban sus verdaderos gustos sexuales con matrimonios monogámicos. Enfatizaré de nuevo que acepto la diversidad sexual, más no la impostura.

Este fue el origen del “Señor Tragauñas” como escribano de los intrascendentes y aburridos discursos del maniático que gobernó a esta región. Después lo sería también de Fernando y ahora volvió con “El Doctor”.

Por cierto, de este último no se sabe bien si es a su esposa a quien el perturbado “Señor Tragauñas” debe el puesto de comunicador oficial, porque ella es quien verdaderamente gobierna al Estado con arranques de loca histérica.

Si es así, este ser misógino y despreciable debió cautivar a esta mujer con sus profundas reflexiones acerca de “Las mil y una noches”, lectura a la que siempre ha sido afecto junto con las rondas de Mambrú, como si fuesen tesis científicas.

Con esto damos otro dato significativo que desvela aquellas personalidades de quienes ocupan cargos de poder civil en nuestro país. Ellos no son personas de ciencia o de filosofía, ocupadas en hallar soluciones de fondo a nuestros problemas.

En vez de eso, quienes gobiernan han sido y son criaturas que hallan en la anécdota, en el onirismo y en las canciones infantiles argumentos a sus actos, cosa que nos muestra el estado de alucinación en que se encuentran hundidos.

Pero como decimos líneas arriba, el “Señor Traguñas” no sólo es un ser obsesivo compulsivo, a consecuencia de actos sexuales cometidos en su contra o de otros de su madre que casualmente presenció. O de ambos simultáneamente.

Tampoco es solamente un ser corrupto capaz de consumar cualquier acción detestable para agradar a quien tiene el poder, como empinársele, y ascender en la pirámide social sin trabajar, a diferencia de cuantos hacen por ganarse un pan.

Junto a todo eso es también un ser misógino y ególatra. Son venerables su odio hacia las mujeres y su amor por sí mismo, como refieren quienes han sido víctimas de sus patologías y de sus perversiones.

—Me preguntan por qué tengo un mal concepto de este personaje. Si es porque me ha hecho algo o por qué cosa —me comentó una periodista que también le conoce.

—Y les hablo de cuando lo escuché quejarse una vez por haber perdido el premio de periodismo. “¡Cómo que esta pinche vieja me ganó, si yo soy el único que sabe escribir en este puto pueblo!”, le oí decir.

Es un ser amargado, cuyo odio a las mujeres y su amor por sí mismo son graves. En su misoginia y su narcicismo también se manifiestan los trastornos de este notable personaje de la historia de la locura en nuestra región.

¿Cuál es esa extraña maldición que nos ha condenado a ser gobernados por locos y maniáticos? ¿Acaso es imposible que al poder accedan filósofos y científicos y que en su lugar lleguen seres alucinados, como el “Señor Traguñas”?

San Luis Potosí, S.L.P., enero - marzo de 2010.

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