jueves, 29 de abril de 2010

Jubilación

JUBILACIÓN
(Todos los derechos reservados)

Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

Como sucedía en los últimos tiempos, esa mañana llegó malhumorada al salón de clase. Muy temprano había discutido fuertemente con su marido. Reñir estaba convertido en costumbre.
Desde recién casados le había disgustado levantarse con el sonido del despertador a las cinco de la mañana para preparar su propio aspecto, así como el desayuno y recoger cuartos antes de salir al trabajo; mientras tanto, él tomaba tiempo en cama para desmodorrarse y todavía ver un poco de noticias por televisión.
Por años había podido aguantarlo, a veces en silencio y otras con protestas que a nada conducían, y también dedicarse a las faenas domésticas a la vez de practicar su profesión.
Estaba claro que no disfrutaba ese doble desgaste como ama de casa y mujer trabajadora. Sin embargo, en los primeros tiempos él ejercía una extraña fascinación sobre ella y siempre había encontrado forma de convencerla.
Por su parte, él únicamente dedicaba su existencia a un empleo de burócrata en una oficina pública, donde actuaba con actividades cómodas y sencillas, de ocho horas diarias sentado frente a un escritorio, con espacio suficiente para tomar café, platicar con las secretarias, navegar por Internet y leer periódico.
Difícilmente colaboraba con las tareas domésticas y disculpaba su falta de compromiso con tales obligaciones bajo argumentos como atender comisiones sindicales, invitaciones a comer con sus jefes o simplemente irse a la botana con los compañeros.
—Más vale pedir perdón que disculpas —decía cínicamente cuando la plantaba con la comida y volvía entrada la noche.
Ella fue al matrimonio con la idea de convertirse en señora de casa. Hubiera preferido consagrarse como madre de familia, pero él casi la obligó a seguir trabajando en la escuela primaria oficial a donde había ingresado desde los diecinueve años, apenas concluida su formación como profesora en educación básica.
—Espera un tiempo a que nos emparejemos con los ingresos —decía él, un profesionista frustrado que había abandonado sus estudios en la Facultad de Economía por su carácter desordenado y comodino.
En aquellos días, ella estaba enamorada y así pasaban inadvertidos aquellos defectos. Pero, con el tiempo, esa conducta suya comenzó a hacerse visible; aunque debió soportarlo por evitar que un conflicto mayor desembocara en divorcio.
Tenía miedo a privar a sus hijos de la figura paterna o a ser juzgada por la sociedad como alguien incapaz de llevar un hogar como todo el resto de las mujeres. Sin embargo, era insoportable ahora siquiera tenerlo próximo.
Sentía asco del olor de su piel, una mezcla de grasa, cigarro y alcohol. Además, sus hijos ya estaban casados, habían partido a crear sus propios hogares y, en consecuencia, las condiciones familiares habían cambiado.
A los cincuenta años de edad, la jubilación estaba próxima y ella estaba dispuesta a poner punto final a sus problemas e intentar otra forma de vivir. A causa de las dificultades matrimoniales y las tensiones de la profesión magisterial, su carácter había sufrido una transformación dramática.
Por cualquier cosa gritaba e insultaba a los niños. No era más aquella maestra tierna que en un principio atendía pacientemente sus actividades en el salón de clase y todavía tenía tiempo para compadecerse e involucrarse con las historias personales de sus alumnos, con el propósito de ayudarlos a resolver conflictos.
Además, padecía frecuentes crisis emocionales. Ello podía manifestarse con manías que había ido adquiriendo, como estirar los dedos de los pies mientras veía televisión, mover insistentemente los músculos de la frente o las orejas o morderse el dedo pulgar de la mano, en donde había ya un callo. Era un manojo de nervios.
Así, la jubilación ofrecía una oportunidad para disfrutar, después de tantos años de presiones y jornadas dobles. Venían a su cabeza unas ganas enormes de tirarse a la cama por días enteros, sin tener a quien rendir cuentas; y también, por qué no, irse de vacaciones una temporada a la playa y echarse sobre la arena a disfrutar simplemente de la vista del mar.
Una noche antes de aquella mañana, como siempre, él había llegado a casa avanzada la noche y estaba impregnado con un detestable olor a cerveza. Ella no lo sabía, pero él bañaba su cuerpo en cerveza para disfrazar el perfume de sus encuentros con otras mujeres y así metía su cuerpo a la cama.
Esa noche ella no aguantó más y lo echó.
Horas después, en la mesa ella gritó fuertemente y exigió el divorcio, mientras arrojaba el vaso con leche al suelo. Él, conforme a su costumbre, intentó minimizar el incidente y hacerse gracioso, actitud que acabó por enfurecerla. Salió de la casa dando un portazo y fue a la escuela.
De modo que cuando Santitos, hijo de una madre alcahueta que jamás atendía sus llamados, metió el pie a un compañero y éste cayó de boca al suelo, rozando apenas con la cabeza el filo de un banco, ella explotó y jaló al niño por los cabellos con fuerza.
Éste lanzó un grito que sonó en toda la escuela y llegó hasta oídos de la directora. Varios profesores corrieron pronto a ver qué sucedía y, cuando fueron a asomarse por entre las ventanas del salón, todavía tuvieron tiempo de ver a la maestra con puños de cabellos en sus manos, con una expresión desencajada y gotas de sudor escurriendo por la frente.
Después de aquel suceso, ella no supo que la Comisión de Derechos Humanos investigaba su caso por actuar con violencia contra un niño y la sociedad estaba escandalizada.
Para cuando los periódicos hablaban de su caso, ella estaba internada en una clínica siquiátrica. Así pasó su jubilación dando clases con gis y borrador en la mano a alumnos invisibles.
Su marido se dedicó a gozar del mundo y sus placeres con el dinero de su pensión.

San Luis Potosí, S.L.P., a 9 de Agosto del 2002.

viernes, 2 de abril de 2010

Rosita

ROSITA
(Todos los derechos reservados)


Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

Para su edad, Rosita es demasiado callada. Recientemente cumplió siete años; y, sin embargo, ha mostrado una sorprendente adaptación a la soledad.
Como sucede con muchos niños y niñas de su edad, por ahora sus únicas amistades son sus muñecas. No tiene muchas, pero son suficientes para platicar, invitarlas a comer y compartir un sueño. Desearía tener más, cubrir su recámara con ellas, tener cuantas de ellas mira en los escaparates de las tiendas. Le han explicado que tal cosa es imposible, aunque no logra comprender por qué.
Rosita pasa todo el tiempo en casa de sus abuelos y tampoco entiende por qué sus papás no están. Cada mañana y luego de un desayuno apresurado, sus abuelos corren a sus empleos y ponen llave a la puerta con intención de protegerla. Ella queda sola; y, sin embargo, ningún miedo tiene a los rincones de la casa.
Unos años antes, cuando tenía cuatro, descubrió que detrás del refrigerador sólo había polvo, telarañas y algunos pedazos de comida. Ninguna criatura espantosa, digamos, como supondrían otros niños. No podría decirles cuándo fue que Rosita comenzó a acostumbrarse a la soledad, porque siempre ha vivido bajo esa condición.
Al mediodía regresa su abuela con algo de comida, la lleva a la escuela y vuelve a su trabajo.
Además de acostumbrarse a convivir con los fantasmas que pueblan su soledad, suele desafiar poderosas máquinas que amenazan con aniquilarla, no porque dichas máquinas posean una naturaleza malvada o tengan por intención privar al mundo de la mirada tierna de una niña. Esto es porque las máquinas pasan veloces por la carretera próxima a la casa y si alguien cruza sin precaución puede morir aplastado, como sucede con frecuencia.
De aquel lado de la carretera se halla la escuela de Rosita y a veces, cuando ninguno de los abuelos puede volver por la niña cuando terminan sus clases, ya oscurecido, entonces ella toma sus propias decisiones. Con muy buena suerte, ha cruzado varias veces la carretera entre esas máquinas de fierro que corren a más de cien kilómetros y ha escapado ilesa.
Una tarde encontré a su abuelo y me dijo con ojos de tristeza:
—Pasé un trago muy amargo.
Y me platicó de Rosita. Él conocía del riesgo que corría la niña, por eso pidió al director de una escuela de este otro lado de la carretera que le admitiera en un grupo; habló maravillas de su nieta, de su buen comportamiento y aplicación. Pero cometió un error sin tener conciencia: pidió a otro conocido una tarjeta.
Esto disgustó al funcionario, aunque no se lo dijo con franqueza, y lo hizo dar varias vueltas. Ya cuando estaba por iniciar el año escolar y para terminar con tanta insistencia, se sinceró:
—Mire, aquí mando yo y no hay lugar para su niña.
El abuelo se amorató del coraje, deseó lanzar fuego y quemar al fulano de un soplo, pero no reclamó y volvió a inscribir a Rosita en la escuela de aquel lado de la carretera.
Otra vez, todas las mañanas corren los abuelos a sus trabajos, ponen llave a la puerta y Rosita queda sola con sus muñecas y con las sombras de los muebles.
Con el sol en mediodía vuelve su abuela y deja a la niña en la escuela con un brinco en el alma. Se va con el deseo de volver a tiempo por su nieta y ayudarle a cruzar la carretera; o con la esperanza de ver su mirada, cuando ambos abuelos regresan ya oscurecido.



San Luis Potosí, S.L.P., a 3 de Septiembre del 2002.