sábado, 13 de marzo de 2010

El billete de lotería

EL BILLETE DE LOTERÍA


Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com


Tomaba café, leía sobre hermenéutica en una viejísima casona del centro de la ciudad y trataba de descifrar cómo esa propuesta había sustituido a la fantasiosa metafísica. En eso una mujer veterana se aproximó a mi mesa.

Estaba solo, subrayando las hojas, tratando de desentrañar esa madeja ontológica de Gadamer, cuando la vieja se paró frente a mí. Como si hiciera un trabajo aburrido, me puso frente a los ojos una sabana con billetes de lotería.

—Juega hoy —me dijo.

Debido a mis resistencias hacia los sorteos, entre ellas que me parecen una pérdida innecesaria de dinero, aunque sea poco, respondí que no, sin pensarlo mucho.

—Sólo cuesta cinco pesos —me animó.

Acepté, pese a mi costumbre de no jugar sorteos, porque la cifra me pareció despreciable. No perdía nada y, si no lo hacía, quizás perdería la oportunidad de ganar un premio. Por algo esa mujer estaba frente a mí.

—¿Y si alguien me la envió? —pensé.

Aunque tampoco soy supersticioso y más bien me causan risa todas esas creencias en seres sobrenaturales y potencias mágicas, en ese instante no quise provocar un movimiento vibratorio del que luego pudiera arrepentirme.

Guardé con cuidado el billete en mi cartera. Esa misma noche sería el sorteo y mi cerebro comenzó a idear todo tipo de cosas de lo que podría hacer con el dinero del premio, en caso de ganarlo.

No sería una bolsa muy grande, pues por eso el número tenía un pequeño precio. Sin embargo, por poca que fuese la cantidad sería suficiente para comprar, viajar, adquirir o darse un lujo de los que nunca he tenido.

Seguí con la lectura. Pero aunque tenía los ojos pegados en el texto, cuyas complejidades constituían un reto, mi cerebro navegaba entre un mar de imágenes creadas por objetos seductores y escenarios fascinantes.

Viajé con mi mujer a Mykonos, una de las islas más cosmopolitas de Grecia, en donde el ser antiguo imaginó un mundo mítico. Desde la terraza de una casita nos lastimamos los ojos hasta llorar con alfileres de luz del Egeo.

Moviéndose entre las crestas plateadas del mar emergía Mykono, hijo del solar Apolo. Mataba gigantes entre las olas con fuerza de Hércules y sus cuerpos quedaban convertidos en piedras enormes.

Caminamos por sus estrechas y enroscadas callejuelas, de donde debió tomar forma la leyenda de Ariadna. En mi cabeza “El planeta imaginario” de Debussy /Tomita era una música para pueblos submarinos de las Cícladas.

Junto con una tribu de homosexuales y gente desnuda, caímos en Platis Yalos de donde nos embarcamos en una kaikia hacia algunas islas vecinas. Hablaban en todas las lenguas sin que nosotros pudiésemos entender mucho.

Cenamos en “Kounelas”, una casa sin techo con una higuera en el centro. Mi mujer pidió pescado. Yo preferí yogur con miel por ser vegetariano y porque oí al pez vivo lanzar exclamaciones de dolor mientras era asado en las brasas.

—¡Ufff! —escuché decir al pez quemándose en la parrilla.

Otro día conocimos la isla de Delos, por siglos el principal centro religioso, hasta que cayó destruido por Miltríades en el año 88 antes de nuestra era, y nos paralizamos con las ruinas de los templos jónicos.
Mone quiso unos peces tatuados en la cadera con Sofía. Era una muchacha romana que despreciaba Mykonos por las hordas de turistas que le contaminaban. Prefería vivir en Creta y soportaba los tumultos por el dinero.

—Con lo que gano en un mes aquí tengo para vivir un año en Creta —nos dijo.

Yo di un enorme salto en el tiempo y me vi navegando a bordo de un crepitante navío de madera, junto al temible pirata Barbarroja, quien arrasó a la isla en el año 1537, apenas 16 años después de la caída de Tenochtitlán.

Casi me veía entre los turcos arrasando a la ciudad, cuando en eso mi viaje fue interrumpido por la llegada de un amigo dedicado a las ciencias sociales. Me preguntó qué leía y nos pusimos a platicar de hermenéutica.

—¿Cómo es posible que todavía existan personas que busquen la ontología del ser en un origen divino? —nos preguntamos.

Como a la hora nos fuimos, ya que nos habíamos agotado estudiando cómo sería esa hermenéutica ontológica que sustituiría a la vetusta y obsoleta metafísica, sin explicarnos totalmente a qué se refería Gadamer.

Solo con mis sueños, en el camino hice otro viaje. Ahora nos dirigimos hacia Phi Phi Lei, en donde fue filmada la película “La playa” con Leonardo di Caprio. Nos imaginé tirados sobre el polvo de coral de Ma-Ya Bay.

Veía las aguas aturquesadas del Siam y escuchaba una orquesta de diminutos seres acuáticos interpretando “Porcelain” de Moby. Me hallaba en aquella comunidad imaginada por Alex Garland, autor de la novela.

Mone estaba totalmente paralizada; su espíritu por lo general sereno parecía fundido en los enormes macizos rocosos, totalmente cubiertos de vegetación, que constituían una barrera de ese último paraíso del planeta.

Fuimos a una laguna marina de aguas transparentes. Pasamos horas conviviendo con pueblos de peces multicolores. Ni hambre tuvimos, llenos de edén, distantes del miserable pedazo de universo que vivíamos.

Aquella inmensidad era alucinante. En mi cerebro las notas de “Passages” de Philip Glass ofrecían un marco sonoro a aquella monumental expresión de la naturaleza y provocaban llanto y suspiros a mis entrañas.

Nos veía como gente del nirvana, envueltos por un misterioso e indescifrable código cuya interpretación era imposible. Estábamos inmersos en un paraje de otro universo que hacía añicos todo anterior concepto de realidad.

Sólo podíamos conformarnos con contemplar aquel lenguaje, admirar en silencio sus sólidos, hechos de las ideas más puras. Pensé en la teoría de Platón sobre ese punto y pensé que él debió estar en Phi Phi Lei.

—Este es el sitio del logos —pensé.

Llegué a casa y comí rápidamente, pues debía ir a dar clases. No platiqué nada con mi esposa para no entusiasmarla con los viajes que haríamos de ganarnos el premio. De suceder aquello, sería una dichosa sorpresa para ella.

Caminé rumbo a la Universidad y debí atravesar por un peligroso trecho de calles donde abundaban drogadictos, narcotraficantes y ladrones. Me tropecé con un grupo de ellos jugando futbol a mitad de la calle.

Recordé que ya habían robado laptops, celulares, relojes y carteras a algunos de los estudiantes. Encogí la espalda, metí la cabeza entre los hombros, intentando pasar inadvertido.

Enfoqué los ojos en el fondo de la calle, tomé fuertemente la cartera donde solamente existía el billete de lotería y unas pocas monedas. Creyéndose Ronaldinho, Messi u otro futbolista famoso, corrían detrás de la pelota.

Sería una tragedia que me robaran, si con el billete premiado disfrutaría de un “Agnolotti de maíz dorado, con trufas negras” en el "Per Sé" de Nueva York o una burbujeante botella de "Dom Pérignon" en "Les Jules Vernes" en plena Torre Eiffel de París.

Me tranquilicé cuando estuve frente a la escuela. Pasó la noche del sorteo de lotería y no revisé la lista sino muchos días después. Mientras tanto, yo seguía viajando con mi mente por lugares divinos.

Un día finalmente me decidí a revisar la lista del sorteo. Lo hice por Internet. Nervioso y emocionado busqué la lista. Había llegado la hora en que sabría cuál era la cifra que había ganado. A esa hora ya podía estar viajando sobre Bangkok.

Salivé como el perro de Pavlov cuando noté que ni siquiera un premiecillo equivalente a 5 dólares había ganado. Resignado rompí el billete en cachitos y con esto mis sueños. Me resigné a seguir morando en este horrible pedazo de planeta.


No volvería a jugar lotería. Tenía que concentrarme en estudiar hermenéutica y ganarme unos pesos, aunque con eso moriría sin conocer las maravillas del mundo.

San Luis Potosí, S.L.P., a 13 de marzo de 2010.

5 comentarios:

GATO CON PANTUFLAS dijo...

ESTIMADO SEÑOR EDUARDO, DEJEM FELICITARLO POR TAN RECREATIVO BLOG,ME HE DETENIDO A LEER SUS POST, PERO EN ESPECIAL ESTE, DEL BILLETE DE LOTERIA, ME SENTI UN POCO ATRAIDA EN LO QUE COMENTA, POR QUE AL IGUAL QUE USTED COMO REDACTA EN EL, YO SOY DE NO CREER MUCHO PERO SI DE SOÑAR, Y AVECES, AUNQUE LOS SUEÑOS NO SE ALCANCEN, NO ME CANSO DE HACERLO. Y CREAME, AUN SIN OBTENER NI UN MINIMO PREMIO, CON TAL DE SOÑAR SIGO COMPRANDO ILUSIONES DE 5 PESOS ENTRE RASCADITOS Y CACHITOS.
UN SALUDO ENORME DESDE TUXTLA, GUTIERREZ, CHIAPAS. ABRAZOS Y SUERTE.

Moléculas de Cafeína dijo...

Muchas gracias por el comentario "Gato con pantuflas". Por cierto, es bastante imaginativo ese nombre. ¿A qué se debe? Me provocó una sincera sonrisa su comentario sobre las ilusiones puestas en rascaditos y cachitos. No nos queda más. Le saludo con afecto y espero seguir viéndola en este café.

GATO CON PANTUFLAS dijo...

pues aca estamos nuevamente Señor Fernando, visitando tan lindo cafe, en serio, me provoca una satisfacion tomar una tacita de mi irremediable adiccion a la cafeina mientras leo sus relatos, lo felicito, es usted muy sugestivo e ingenioso. Respecto a "gato con pantuflas" siempre he tenido una predileccion hacia los felinos, en especial a los gatos, me fascinan. Un dia me detuve a preguntarme, ¿si existe un gato con botas, por que no habria de existir un gato con pantuflas? Y ese gato quiero ser yo!
Bueno, espero no haberlo aburrido con mi comentario...me voy de su cafe con una gran alegria. Saludos y abrazos.

gato con pantuflas dijo...

Pues aca de nuevo visitando tan lindo cafe, que por cierto me satisface tomar una tacita de mi adiccion a la cafeina mientras leo sus relatos.
Respecto a "gato con pantuflas" siempre he tenido una predileccion hacia los felinos, en especial a los gatos.Un dia, me detuve a pensar ¿por que si existe un gato con botas, no habria de existir un gato con pantuflas? ¡y ese gato quise ser yooo!!
Bueno, espero no haberle aburrido con mi comentario, seguire leyendo sus relatos, la tetera esta ya lista para regalarme mas y mas tacitas de cafe mientras.
saludos y abrazos.

Moléculas de Cafeína dijo...

De nuevo muchas gracias, "Gato con pantuflas" por visitar el sito y por tus gentiles comentarios. Muy ingenioso tu nombre. Ys he visitado tu sitio y está excelente. Pasaré en un rato más por ahí para deleitarme con la lectura.

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