viernes, 26 de febrero de 2010

Un buen muchacho

UN BUEN MUCHACHO


Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com


A veces uno dice cosas a sus hijos que deberían pensarse con serenidad y corregirse si hubo una equivocación, porque quizás les afectarán como personas. Digo esto suponiendo que efectivamente un hijo sea una posibilidad de humanizarnos, a partir de como actuamos y cuanto decimos.
Y no es que quiera pintarme como padre ejemplar aquí con ustedes. Tengo muchos defectos y seguramente he tenido muchos errores en mi relación con mis hijos, una relación que dicen que es “educativa”. A saber si sea verdad.
No cometeré ese error del narciso que llevamos dentro, gracias a las aguas de la egolatría en que chapoteamos, de sentirme un ejemplo de buen padre. Solamente quiero compartirles una reflexión de una cosa que me sucedió.
Ese incidente fue apenas hace unos días. Más concretamente fue con uno de mis hijos. El más pequeño de ellos y que tiene 13 años. Era domingo y él había recibido a un amigo más o menos de su edad en casa. Iba por él para jugar futbol en las canchas.
Tenían un inconveniente. Mi niño había perdido su balón o más exactamente una mujer en las canchas se lo había arrebatado, según eso porque le habían dado un pelotazo y se vengó quitándole su balón. Ya saben cómo anda de neurótico el mundo.
Cuando su madre y yo supimos de eso nos dio mucho coraje y pensamos buscar entre el vecindario a esa mujer abusiva que había cometido una fechoría de esas contra nuestro hijo. Pero él nos pidió no hacerlo porque es noble.
Quién sabe de dónde sacó esos principios de evitar conflictos. Nosotros decimos que es así porque así somos nosotros y eso le enseñamos. Pero qué más puede uno decir de uno mismo. De modo que no quiero ofenderles, viéndome muy vanidoso ni ponerme muy salsa.
Entonces mejor voy directo a lo que quiero platicar. Decía que su amigo y él querían ir a jugar futbol a las canchas, pero no había balón. De todas formas fueron allá, pensando que habría otros niños jugando y los juntarían a echar cascarita.
Volvieron pasado un rato porque no encontraron más niños y entraron a la casa a jugar videojuegos. No sé si estaba triste o así lo ví por no haber encontrado con quien jugar futbol, el caso es que le dije que en mi cartera traía dinero y que podía tomarlo para comprar un balón.
Eran apenas cien pesos que había juntado con mucho esfuerzo, porque todo lo que ganaba se nos iba en mantenerlos y darles un poco para una golosina o una diversión. Esos cien pesos ya llevaban guardados en mi cartera varios días, algo así como siete días, y pensaba que con otros cien pesos que juntara compraría unos pantalones de mezclilla, porque los que traigo ya tienen hoyos.
O quizás comprarle a él unos zapatos nuevos para su futbol. Usaba unos que le había comprado hacía como año y medio y estaban despegándose de la suela. Y él mismo me había pedido unos nuevos de color blanco que podía llevar a su escuela.
Hice cuentas y recordé que en unos días recibiría un dinero extra por un trabajo que había realizado y que me debían. Me dio las gracias y entró a su recámara con su amigo. Después de un rato salieron y fueron a comprar su balón.
Comenzaron a pasar varias horas y me preocupó, principalmente porque vivimos en un vecindario donde a veces hay balazos en las madrugadas y sé de la existencia de narcomenudistas que viven dentro de casas muy modestas, de clase media, pero eso sí con Mustangs o Eclipses último modelo, muy parados encima de las banquetas.
Fui a buscarlo. Estaba en las canchas con sus amigos y regresé tranquilo. Pero debí volver cuando mi mujer me dijo que debíamos salir a comprar alimentos para cenar. Ya no lo hallé. Pensé que había vuelto por una ruta distinta a la que yo había hecho. Tenía razón. Encontré al niño en casa y organizamos la salida a comprar alimentos.
Algo pasó por mi cabeza que me hizo preguntarle por el balón y mi niño respondió con sinceridad y entereza que lo había prestado a su amigo. Entonces me enojé. No así como enfurecido, porque aprendí a controlar mis niveles de neurosis.
Años atrás me habría convertido en un energúmeno. Creo que antes si habría explotado. Y es que les he comentado que estaba atesorando esos cien pesos, que me había sido muy difícil guardar, y comprar con ellos otra cosa necesaria.
—¿Crees que saco dinero muy fácilmente, que así nomás lo levanto de las banquetas? Van a regresarte ese balón como basura— le reprendí.
Caminamos cuatro calles en silencio y veía que el niño estaba incómodo, angustiado por su decisión, luego de mis regaños. Pasaron varios minutos, unos quince, cuando alguna misteriosa potencia sopló un buen pensamiento adentro de mi cerebro. Entonces abracé a mi niño y él pasó discretamente uno sus dedos por sus ojos. Lo besé y le pedí disculpas.
Otro día me cayó el veinte de que la suya era una de las más bellas acciones que había visto en un ser humano, más ahora que vivimos concentrados en el egoísmo y todos nos creemos centro del universo. Su gesto mostraba desprendimiento hacia las cosas materiales y me enseñaba que en él vivía un nuevo ser colectivo. Recordé que su amigo era huérfano y vivía con familiares que le daban poca atención.
—Discúlpame, por favor. Eres un niño noble y de buenos sentimientos. Estoy orgulloso de ti—, le dije apenado.
Frente a mis ojos estaba concretándose una esperanza del viejo sueño comunista y yo mismo estaba derrumbándolo a martillazos, jalado inconscientemente por esa fuerza neurótica de la posesión individual de las cosas.
Por eso, les digo que un padre debe corregirse, aceptar cuando la riega y tener valor de disculparse con sus hijos, bajo el supuesto de que así no será destruida una posibilidad de humanizarnos. Claro que debemos entenderla como sólo una posibilidad, porque es obvio que vivimos una realidad compleja.

San Luis Potosí, S.L.P., a 4 de octubre de 2007.

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