martes, 19 de enero de 2010

Los novios

LOS NOVIOS



Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

No podía aceptar como cierto lo sucedido con las mujeres en el pueblo de San Miguel, a pocos kilómetros de esta ciudad, siendo ésta una de las más importantes de México y con un notable desarrollo económico.

Antes de oír el relato de lo que ocurría a poca distancia por boca de alguien que había hecho su servicio social como profesora en esa comunidad, creía que las formas de tratar a las mujeres habían cambiado en nuestro país.

Pensaba que el desarrollo de las fuerzas capitalistas había derrocado la milenaria dictadura patriarcal sin hacer un disparo y que, por fin, habían podido establecerse relaciones más humanitarias entre hombres y mujeres.

Ahora sé que aquella idea mía sobre una mejoría en la vida de las mujeres era completamente ingenua y que siguen siendo vanos los esfuerzos por mejorar sus condiciones de existencia o han dado muy pobres resultados.

También me pareció irónico que las violentas formas de conducta de los hombres hacia las mujeres ocurrieran en un pueblo que tenía por nombre el de San Miguel.

¿Cómo era posible que pudieran consumarse actos detestables en contra de seres humanos en un sitio consagrado a un santo y que éste permaneciera inmutable frente a las atrocidades? ¿Acaso también era misógino?

A decir de la experiencia que me compartieron, esto es lo que sucedía en San Miguel. Por exigencia estructural del relato proponemos los nombres de María y de José a los personajes.

Lo hicimos así por ser dichos nombres centrales en la historia de la familia católica y porque finalmente se dice que nuestro pueblo mexicano es ferviente seguidor de ese credo.

Un día María y José decidieron casarse, luego de llevar una no muy prolongada y eso sí muy pública relación de novios. No muy prolongada, porque en el pueblo existía la tradición de no hacerlo así y que además fuese notoria.

Toda relación entre hombre y mujer debería ser breve; apenas con el tiempo suficiente para conocerse y saber si podían formar una familia. De lo contrario, podía hacérsele mala reputación sobre todo a ella.

Y como debía ser pública o vigilada por todos los ojos de la población, los novios debían evitar callejones oscuros o entrar juntos a alguna vivienda que no fuese de sus respectivas familias.

Para ello, debían conversar debajo de un farol que permitiera verles manos y cuerpos; o bien, las parejas debían hacerse acompañar de algún menor o de alguien conocido que les vigilara o diera noticia en caso de manoseo.

Todas las mujeres de ambas familias se reunieron en casa de María el día que José pediría desposarla. Desde luego, iban felices, porque alguien se encargaría de ella.

Pero sobre todo llevaban el propósito de aplicarle uno de los exámenes más importantes de la ceremonia; una prueba a partir de la cual se construiría toda historia matrimonial.

Consistía en comprobar la virginidad de ella, más no la de él. Para eso, el pueblo disponía de un conocimiento de dimensiones divinas; de un instrumento infalible que ni siquiera la ciencia humana habría podido imaginar.

No existen documentos que refieran al momento de su elaboración o que indiquen el nombre de su inventor. Lo único cierto es que el pueblo dispone de ese instrumento para saber de la virginidad de la novia y su resultado es ley.

A ellas sólo queda encomendarse a San Miguel, aunque estén ciertas de jamás haber conocido íntimamente a un hombre. No es que no puedan casarse si son declaradas “no vírgenes”, sino lo grave son otras consecuencias.

Luego de reunirse las mujeres de ambas familias en un cuarto, donde deliberan sobre el resultado del examen y tras de darlo a conocer públicamente, el novio puede casarse con una “no virgen”, pero sin hacerle fiesta.

Tampoco está obligado a dar obsequios al padre de la novia, como un animal y una botella de alcohol. Puede simplemente llevársela a vivir con él, cosa que agradecen sus familiares, porque ya nadie la querría para mujer.

Así, el día de la petición a María le fue aplicada la prueba, como inevitablemente sucedía con todas las mujeres de San Miguel. Consistía en hacer un círculo con un listón de la cabeza a la mandíbula, en forma vertical.

Enseguida buscaba hacérsele pasar el mismo círculo de listón en forma horizontal de la cabeza hacia el cuello. Si la cabeza entraba, el sínodo de mujeres declaraba virgen a la novia; de lo contrario la juzgaban como “no virgen”.

María estuvo toda la noche rezándole a San Miguel. Le prometió mandas, rosarios, veladoras, todo cuanto pudiera agradarle. Sin embargo, su cabeza no entró en el círculo hecho con el listón.

Sintió un temblor de tierra cuando recibió el fallo inapelable del jurado que le impedía tener boda con fiesta. José la miró con compasión. Ella evitó sus ojos. Aún así, él dio a conocer sus deseos de hacerla su mujer.

Como las costumbres del pueblo son imperturbables, ambos hicieron pareja sin jolgorio y sin regalos. Los padres de ella agradecieron que ella encontrara pareja, pese a no tener lo más sagrado de una mujer.

Sin embargo, este hecho dio noticia a todos los hombres de la comunidad de lo sucedido entre María y José y por culpa de la prueba del listón cayeron las habladurías sobre ambos. Su vida fue haciéndose un infierno.

José debía soportar burlas sobre su hombría y chismes sobre la rectitud de una mujer que no había llegado virgen a hacer familia. Poco a poco fue cayendo en el alcoholismo y haciéndose violento con María.

Muchos años después de sufrir aquel ejercicio detestable contra su cuerpo y contra su vida, y cuando ya entre ambos habían procreado cinco hijos, José llegó borracho a casa.

Enloquecido por los celos la golpeó y con una fuerza descomunal puso la cabeza de María contra un tronco donde cortaba leña. Enseguida tomó un machete que ataba al cinto y lo levantó para decapitarla.

Quería terminar con el desprestigio que lo había acosado desde que se unió a ella, como si fuese una maldición. Los niños lloraban aterrorizados. Casualmente ahí estaba la muchacha que hacía servicio social como profesora.

Ella le hizo ver a José del terrible acto que estaba por consumar. Éste bajó el machete y soltó la cabeza de su mujer. Quién sabe cuál habrá sido la palabra que le hizo tener un destello de cordura.

En San Miguel otras mujeres siguen sufriendo cotidianamente los resultados de la prueba del círculo del listón. Si son declaradas “no vírgenes”, prefieren huir del pueblo antes de ser asesinadas.

San Luis Potosí, S.L.P., a 19 de enero de 2010.

5 comentarios:

aLiKHaNDRa dijo...

… Cruel y Cruda realidad …
Es increíble que se siga, condenando a la mujer
Por una simple membrana, cuando muchas mujeres
Ya no nacen con ella …
Y mas tonta una prueba de liston…

Gracias por compartir lalo
Un verdadero placer leerte

Xoxo

Pd: te agrego a mi blog

Moléculas de Cafeína dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Anónimo dijo...

Gracias por compartir esta historia.

Y al respecto, me permito dar una opinión: Sabemos del alto grado de violencia que se ejerce en contra de las mujeres, no obstante, seguimos reproduciendo estos roles: la virginidad como donación al varón esposo, el casamiento como legitimidad femenina, pues si no te casas te señalan solterona e irrealizada. La maternidad como obligación; la negación del placer sexual femenino. Y tantas otras cosas más. Hay tanto por hacer y poca voluntad y sensibilidad

Elvia dijo...

Hola Eduardo:

El relato me parece interesante, es increíble como aun predominan prácticas de antaño, donde a la mujer se le sigue valorando como un objeto, mismo que sin su "virginidad" es totalmente devaluado, casi que el varón hace un favor al aceptarte como pareja, otorgando con ello un poder a él para sobajarte, denigrarte e incluso como se menciona llegar al grado de quitar la vida.

Siendo que cuando decides unir tu vida a la de una persona, es simplemente para compartir lo que tú realizas, lo que te gusta e interesa, sin pretensiones de querer cambiar a la persona y mucho menos juzgar, lo importante es "amar" sin importar el pasado, viviendo sencillamente un presente que forjara tal vez un futuro pleno.

Te felicito Eduardo y te reitero mi admiración, al trabajo que desempeñas en diferentes facetas.

Anónimo dijo...

cruda realidad , es inpensable que en esta epoca sigan pasando estas cosas, y que por una tonta prueba de liston van a creer las personas en la virginidad, eso es ridiculo, pero la culpa la tiene la mujer por dejarse y por no conocer mas alla de sus fronteraz, digo si tan solo se acercaran a un medico les diria que eso no esta cientificamente comprobado.
este es un comentario para las mujeres, ¡no se dejen, no sigan siendo ignorantes¡

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