viernes, 29 de enero de 2010

La corbata del maestro

LA CORBATA DEL MAESTRO

Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

Nuestras vidas son un campo sembrado de conflictos. Parecería como si esa fuese la lógica de la existencia. Justo cuando nos da la impresión de que la vida transcurre apacible y agradable y que podemos recrearnos en el color del atardecer, de pronto cae un problema encima. Y no diré que confrontarse a obstáculos sea una especie de ceremonia de iniciación para traspasar el umbral que nos separa entre la carnalidad y la espiritualidad, porque soy tremenda aunque amablemente ateo.
Por alguna cosa que personalmente desconozco, a menudo aparecen problemas o situaciones que demandan una definición.  No siempre son conflictos que nos lleven a tomar una decisión crucial, como hacer una bomba con sosa cáustica en una botella de refresco y arrojarla contra el corrupto empresario convertido en gobernante o contra sus igualmente cerdos policías.
Y, sin embargo, esos pequeños conflictos pueden reclamarnos complejos momentos de definición. Son momentos en que se decide entre las convicciones y el sometimiento, entre el salario y agachar la cabeza. Sólo uno sabe de qué dimensión ética y política son esas situaciones cotidianas de un hombre ordinario, aquel que difícilmente obtiene dinero suficiente para sostener su familia con sueldos de muerto de hambre.
Sucede que soy uno de esos hombres comunes, como tantos que andan a pie por la ciudad o se mueven por medio de camiones urbanos. Por varios motivos desde hace muchos años me he dedicado a la enseñanza en instituciones de educación superior. Uno de esos motivos tiene que ver con el desempeño en una actividad que considero una de las más nobles de cuantas existan, aunque ciertamente muy mal reconocida. No sólo es miserable su paga, sino que deben soportarse incluso conspiraciones de alumnos y jugarse prestigio personal y empleo. Aún así existe una relación con la creación intelectual humana que no puede obtenerse en otras faenas. Por ejemplo, no me vería como policía ni como soldado, destrozando cráneos, sacando vísceras de otros semejantes para llevar comida a casa, defendiendo con mi cuerpo el poder de un criminal o violando mujeres para amedrentar a otros igualmente miserables como yo.
Quiero decirles que me he especializado en la enseñanza de la pedagogía. No me pregunten cómo llegué a ese espacio del conocimiento. Tenía razón John Lennon cuando decía que la vida era aquello que nos sucedía, mientras estábamos empeñados en hacer otras cosas. Quizás sea mejor decir que fue la propia vida que me llevó a la pedagogía y no que yo avancé concientemente hacia ella. Esto me da impresión de que he sido un trapo a merced del movimiento de la vida.
Pues ya con esto he dicho varias cosas de mí: una, que estoy dedicado a la enseñanza; y otra que trabajo como humilde campesino una parcela del conocimiento, denominada pedagogía, en una universidad de pueblo. Es importante decirles todo esto, porque de lo contrario no me entenderían. De pronto me vi parado frente a una disyuntiva, justo cuando disfrutaba mis tardes libres con la contemplación de carpas en el estanque del patio y de peyotes de mi pequeño trozo de tierra con xerófilas, mientras descubría un nuevo mundo sonoro en Jamiroquai.
Fue uno de esos momentos en que uno puede respirar un minuto de tranquilidad y creer que ya todo sucederá agradablemente, cuando me cayó un asunto que vino a trastornarme, como un rayo en cielo sereno, parafraseando a mi máximo ídolo Carlos Marx. Me encontraba en la zona de firma de asistencia de la Universidad en que trabajo, cuando advertí junto a la lista de profesores un memorando de la dirección. Consistía en una orden al profesorado masculino para comenzar a usar corbata a partir de una fecha determinada.
De inmediato experimenté una sensación desagradable y no porque fuese neurótico y tomase con exageración una cosa que para muchos sería bastante trivial. Verán que para mi eso no constituía una frivolidad. Aquello representaba un acto de poder contra mi cuerpo y mi voluntad a decidir sobre mi propia imagen. Muchas ideas comenzaron a fluir en mi cerebro, aunque guardé silencio con prudencia y sólo me conformé con firmar de enterado aquella instrucción, venida desde lo más alto de la cúpula de mando de mi Universidad.
Aquí comentaré algo de mi atuendo personal y de mi decisión a elegir un tipo de disfraz o aspecto para sumergirme en la cotidianidad de la existencia. Generalmente utilizo unos baratos pantalones de mezclilla, que su desteñido y deshilachado muestra ya el uso de años. Como hago una guerra personal contra la servidumbre al automóvil, sólo ando a pie o en camión si voy de tiempo corto, situación que me obliga a usar zapatos deportivos. Acostumbro usar playeras ligeras para soportar el calor y moverme con comodidad por la ciudad. O sea mi vestuario sería propio de una etnia urbana.
Tampoco tengo algo contra el uso de la corbata o del traje. Me parece que son simplemente piezas de un disfraz distinto. Éste lo emplean con frecuencia empresarios criminales y políticos corruptos, cínicos y depravados, que ahora cada vez más concentran en uno ambas funciones de político y empresario sinvergüenza, abusivo y delincuente. También se utiliza para una fiesta de pompa y circunstancia, como cuando se casaron mis parientes o cuando yo mismo cometí el error juvenil de casarme por primera vez, y lo hice embutido en esmoquin de fino casimir inglés, generosamente obsequiado por mi padre antes de morir. O bien veo que lo usan igual vendedores de tiendas de lavadoras, refrigeradores y seguros. Quien quiera usar un tipo de disfraz para engañar, disuadir, convencer o embellecer un cuerpo en proceso de descomposición y que constantemente produce desechos, que lo haga. No me importa.
Pero sí me importa que me ordenen ponerme algo encima. Si no estoy en la cárcel para que me impongan un grillete y me obliguen a comer de un menú de carne, tortillas y fruta podrida. Y que además lo haga contra mis convicciones. Porque verán que en mis grupos digo a los estudiantes que hay dos modelos a seguir en la pedagogía: uno es el proyecto del poder y otro el proyecto de la construcción democrática. Uno y otro tienen profundas y notables diferencias.
En el proyecto educativo del poder sus elementos básicos son la prescripción, la orden, el silencio, la imposición de una lógica o de un conocimiento, la formación del sujeto en la enajenación y el estereotipo. En cambio en el proyecto educativo de la construcción democrática sus ingredientes son la elaboración colectiva de los códigos, la tolerancia y convivencia con la multiplicidad, siempre que no haya alguien que aproveche esa atmósfera para imponerse a los demás,  la búsqueda de acuerdos y consensos, el respeto al disentimiento y otras cosmologías.
Disculpen si he incurrido en un discurso de carácter técnico. Debía decirlo así para explicar cómo era que me encontraba ante una disyuntiva frente aquella prescripción, dada tan verticalmente desde la dirección de mi Universidad a la que todavía entendía como espacio de la diversidad y de la pluralidad. Si no atendía aquella indicación de aparecer frente a mis estudiantes con corbata a partir de la fecha señalada, podía ser visto como un infractor de la norma y ser excluido del grupo. Eso significaría perder el empleo y una fuente de ingresos para mi familia. Si lo hacía, entonces aparecería frente a mis estudiantes como un predicador más, como esos merolicos que igual aparecen como candidatos a puestos políticos, como vendedores de perfumería o como promotores de mentiras religiosas.
Aquí me preguntaba qué caso tenía que mis estudiantes pasaran horas de absurda lectura de textos teóricos que hablaban de las bondades de un proyecto educativo de carácter democrático, si su profesor sucumbía frente al primer apretón de tuercas de quienes en ese reducido espacio tenían el poder. Me preguntaba por igual sobre su juicio a mi actitud. Igual me preguntaba cómo soportaríamos en casa una quincena más con un salario de muerto de hambre. Fue entonces que decidí en una posible solución, frente a las muchas que me burbujeaban en el coco.
Así el día que debíamos presentarnos con corbata, llevé puesta la mía. Sólo que además llevaba colgados del cuello dos carteles Uno que podía apreciarse en el pecho, decía: “Uso esta corbata sin mi consentimiento”; y otro en la espalda decía: “Me han impedido mi derecho a decidir”. Mientras no fui llamado a dirección, conversé con mis estudiantes sobre lo sucedido. Hubo unos que comprendieron y otros que no. Muchos ni siquiera entendían por qué tanto cuete por usar un pedazo de trapo en el cogote. Pero yo me sentí tranquilo. Consideraba aquello como una batalla política en defensa de mi derecho a decidir sobre mi cuerpo e imagen. Después de clase fui llevado a dirección. Allí discutí sobre todo eso que ya les he dicho. Me comunicaron que se había cancelado la instrucción de usar corbata obligatoriamente. Respiré profundo. No habría una amenaza de mayor pobreza sobre la familia.
(En realidad imagino esto, sentado frente a la computadora. Todavía no se qué hacer. Escribo lo que desearía sucedería, antes que llegue el día de usar forzosamente corbata. Les digo que la vida es un campo sembrado de conflictos por donde uno debe atravesar sin saber por qué).

San Luis Potosí, S.L.P., a 3 de Mayo de 2007.

martes, 19 de enero de 2010

Los novios

LOS NOVIOS



Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

No podía aceptar como cierto lo sucedido con las mujeres en el pueblo de San Miguel, a pocos kilómetros de esta ciudad, siendo ésta una de las más importantes de México y con un notable desarrollo económico.

Antes de oír el relato de lo que ocurría a poca distancia por boca de alguien que había hecho su servicio social como profesora en esa comunidad, creía que las formas de tratar a las mujeres habían cambiado en nuestro país.

Pensaba que el desarrollo de las fuerzas capitalistas había derrocado la milenaria dictadura patriarcal sin hacer un disparo y que, por fin, habían podido establecerse relaciones más humanitarias entre hombres y mujeres.

Ahora sé que aquella idea mía sobre una mejoría en la vida de las mujeres era completamente ingenua y que siguen siendo vanos los esfuerzos por mejorar sus condiciones de existencia o han dado muy pobres resultados.

También me pareció irónico que las violentas formas de conducta de los hombres hacia las mujeres ocurrieran en un pueblo que tenía por nombre el de San Miguel.

¿Cómo era posible que pudieran consumarse actos detestables en contra de seres humanos en un sitio consagrado a un santo y que éste permaneciera inmutable frente a las atrocidades? ¿Acaso también era misógino?

A decir de la experiencia que me compartieron, esto es lo que sucedía en San Miguel. Por exigencia estructural del relato proponemos los nombres de María y de José a los personajes.

Lo hicimos así por ser dichos nombres centrales en la historia de la familia católica y porque finalmente se dice que nuestro pueblo mexicano es ferviente seguidor de ese credo.

Un día María y José decidieron casarse, luego de llevar una no muy prolongada y eso sí muy pública relación de novios. No muy prolongada, porque en el pueblo existía la tradición de no hacerlo así y que además fuese notoria.

Toda relación entre hombre y mujer debería ser breve; apenas con el tiempo suficiente para conocerse y saber si podían formar una familia. De lo contrario, podía hacérsele mala reputación sobre todo a ella.

Y como debía ser pública o vigilada por todos los ojos de la población, los novios debían evitar callejones oscuros o entrar juntos a alguna vivienda que no fuese de sus respectivas familias.

Para ello, debían conversar debajo de un farol que permitiera verles manos y cuerpos; o bien, las parejas debían hacerse acompañar de algún menor o de alguien conocido que les vigilara o diera noticia en caso de manoseo.

Todas las mujeres de ambas familias se reunieron en casa de María el día que José pediría desposarla. Desde luego, iban felices, porque alguien se encargaría de ella.

Pero sobre todo llevaban el propósito de aplicarle uno de los exámenes más importantes de la ceremonia; una prueba a partir de la cual se construiría toda historia matrimonial.

Consistía en comprobar la virginidad de ella, más no la de él. Para eso, el pueblo disponía de un conocimiento de dimensiones divinas; de un instrumento infalible que ni siquiera la ciencia humana habría podido imaginar.

No existen documentos que refieran al momento de su elaboración o que indiquen el nombre de su inventor. Lo único cierto es que el pueblo dispone de ese instrumento para saber de la virginidad de la novia y su resultado es ley.

A ellas sólo queda encomendarse a San Miguel, aunque estén ciertas de jamás haber conocido íntimamente a un hombre. No es que no puedan casarse si son declaradas “no vírgenes”, sino lo grave son otras consecuencias.

Luego de reunirse las mujeres de ambas familias en un cuarto, donde deliberan sobre el resultado del examen y tras de darlo a conocer públicamente, el novio puede casarse con una “no virgen”, pero sin hacerle fiesta.

Tampoco está obligado a dar obsequios al padre de la novia, como un animal y una botella de alcohol. Puede simplemente llevársela a vivir con él, cosa que agradecen sus familiares, porque ya nadie la querría para mujer.

Así, el día de la petición a María le fue aplicada la prueba, como inevitablemente sucedía con todas las mujeres de San Miguel. Consistía en hacer un círculo con un listón de la cabeza a la mandíbula, en forma vertical.

Enseguida buscaba hacérsele pasar el mismo círculo de listón en forma horizontal de la cabeza hacia el cuello. Si la cabeza entraba, el sínodo de mujeres declaraba virgen a la novia; de lo contrario la juzgaban como “no virgen”.

María estuvo toda la noche rezándole a San Miguel. Le prometió mandas, rosarios, veladoras, todo cuanto pudiera agradarle. Sin embargo, su cabeza no entró en el círculo hecho con el listón.

Sintió un temblor de tierra cuando recibió el fallo inapelable del jurado que le impedía tener boda con fiesta. José la miró con compasión. Ella evitó sus ojos. Aún así, él dio a conocer sus deseos de hacerla su mujer.

Como las costumbres del pueblo son imperturbables, ambos hicieron pareja sin jolgorio y sin regalos. Los padres de ella agradecieron que ella encontrara pareja, pese a no tener lo más sagrado de una mujer.

Sin embargo, este hecho dio noticia a todos los hombres de la comunidad de lo sucedido entre María y José y por culpa de la prueba del listón cayeron las habladurías sobre ambos. Su vida fue haciéndose un infierno.

José debía soportar burlas sobre su hombría y chismes sobre la rectitud de una mujer que no había llegado virgen a hacer familia. Poco a poco fue cayendo en el alcoholismo y haciéndose violento con María.

Muchos años después de sufrir aquel ejercicio detestable contra su cuerpo y contra su vida, y cuando ya entre ambos habían procreado cinco hijos, José llegó borracho a casa.

Enloquecido por los celos la golpeó y con una fuerza descomunal puso la cabeza de María contra un tronco donde cortaba leña. Enseguida tomó un machete que ataba al cinto y lo levantó para decapitarla.

Quería terminar con el desprestigio que lo había acosado desde que se unió a ella, como si fuese una maldición. Los niños lloraban aterrorizados. Casualmente ahí estaba la muchacha que hacía servicio social como profesora.

Ella le hizo ver a José del terrible acto que estaba por consumar. Éste bajó el machete y soltó la cabeza de su mujer. Quién sabe cuál habrá sido la palabra que le hizo tener un destello de cordura.

En San Miguel otras mujeres siguen sufriendo cotidianamente los resultados de la prueba del círculo del listón. Si son declaradas “no vírgenes”, prefieren huir del pueblo antes de ser asesinadas.

San Luis Potosí, S.L.P., a 19 de enero de 2010.

viernes, 15 de enero de 2010

Rodeado de imbéciles

RODEADO DE IMBÉCILES

Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

Estaba convencido de que el mundo era habitado mayoritariamente por imbéciles. O al menos en esa parte del mundo que le había tocado vivir. En esa categoría metía a quienes consideraba egoístas, frívolos, reaccionarios, ignorantes, abusivos, oportunistas, corruptos, hipócritas, ambiciosos. Esa clasificación era numerosa.
De unos días atrás había comenzado a hacerse más intolerante en su relación con esa clase de personas. Sin embargo, no era un tipo intransigente. En casa procuraba no causar problemas porque estaba convencido de que así contribuiría a crear una atmósfera saludable al desarrollo emocional de sus hijos. Observaba cómo comenzaban a irritarlo sus encuentros con los loser en la calle o en cualquier otro sitio al que acudiera. Para él esa expresión loser significaba sólo una cosa: “estúpidos”.
Debía luchar contra la ignorancia y el fanatismo en cada rincón donde estos males tuvieran manifestación. Así había empezado a distanciarse de muchas personas, incluidos familiares suyos, o antiguos compañeros de estudios, oficio y pasatiempo. Recordaba que su último rompimiento había sido con su suegro a causa de una serie de diferencias, entre las que estaba su pensamiento político.
No podía explicarse cómo ese señor, con estudios universitarios y con un salario de empleado, reproducía, con profunda convicción, el miedo que grupos de poder difundieran a través de cadenas de televisión en la última campaña en contra del candidato presidencial demócrata, juzgándolo como un “peligro para el país”.
Una tarde, mientras echaban tragos de mezcal, terminó reventado con la afirmación del suegro de que les meterían familias desconocidas y sin casa a las suyas, si votaban por ese candidato y ganaba. Respondió automáticamente, disparado por un resorte interno:
—Entonces nosotros seríamos una de esas familias que nos meterían a una casa, porque no tenemos casa.
El suegro se quedó callado.
Terminaron sus relaciones cuando, en un festejo de cumpleaños, aquella persona tuvo la ocurrencia de sostener que todos eran libres de pensar y tomar decisiones. Por el contrario, él argumentaba que somos producto social y nuestros pensamientos están recortados por ideas, estereotipos, prejuicios, imaginarios y posibilidades de actuación, todo embutido en nuestros cerebros con dosis de violencia.
En actitud filosófica, dijo:
—Pensamos y actuamos a partir de esquemas socialmente impuestos a través de una red de instituciones. Y eso de “sociedad” es un decir porque no es realmente toda la “sociedad”, sino personas con poder, quienes definen qué debemos pensar, cómo pensar, cómo debemos comportarnos y hasta cómo usar nuestro cuerpo. Esa lista de prescripciones es grande. Para ser libres, primero debe andarse por un proceso de liberación de la conciencia. Unos proponen la filosofía crítica y otros el psicoanálisis social.
Parecía profesor de pedagogía dando cátedra. En ese debate, al suegro pareció bueno defenderse con otra tesis.
—Entonces tú no crees en el libre albedrío— le dijo.
Respondió enseguida:
—Esa tesis no siempre ha acompañado a la civilización humana. Es una tesis platónica según la cual tenemos libertad de escoger entre hacer el bien o hacer el mal, como si eso fuera un acto de pura voluntad, más allá de situaciones concretas. Eso equivale decir que es la consciencia la que determina la existencia, cuando es evidente que es la existencia la que determina la conciencia.
Y agregó con arrogancia, como si estuviera en el salón de clases:
—Por cierto, dentro de la Iglesia hay quienes consideran esa cosa del libre albedrío como asunto del diablo porque ese argumento está dirigido a la conciencia de las personas y va contra la tesis religiosa de que dios se expresa en cada acto humano, como el del pensamiento. Según eso, nosotros somos solamente su voluntad y emanación. Usted debería saberlo porque cada domingo va a misa y hasta se confiesa.
—Vámonos, vieja— pidió el suegro a su mujer; y se fueron.
No volvieron a reunirse, salvo en contadas ocasiones como los cumpleaños de su mujer o de los niños. Tampoco quería verse sabiondo. Pero creía necesario mostrar cómo las personas ocupaban su cerebro con basura y sacudirlas por dentro, como quien pasa un trapo para recoger polvo de los muebles. Estaba estimulado por la idea de que en esa lucha vendría un momento en que la humanidad se libraría de miedos, angustias y fantasías.
Comenzó a tener este tipo de confrontaciones en casi todas partes. Echaba pedradas a sus compañeros de trabajo —entiéndase con eso a criticar indirectamente una actitud de alguien que nos incomoda. Dirigía ironías que herían a sus oponentes como navajas, como cuando un amigo defendía en el café al presidente de estilo fascista que pretendía someter a la infancia a exámenes antidoping.
—Vamos a empezar por ti —echó en pleno rostro a ese amigo aquella vez—, porque tu humo de cigarro me pone en riesgo de contraer cáncer pulmonar. ¿No te has dado cuenta que ya hiciste adicto a la nicotina a tu hijo?
Una mañana fue con su esposa al súper. Debían cruzar una avenida conflictiva. Siempre circulaban muchos carros y no había semáforo. Sí había, pero sólo advertía que había un crucero peligroso con luces ámbar y roja. Nadie hacía caso a los constantes accidentes que allí sucedían y al peligro de los peatones al cruzar, echando su propio cuerpo a los coches, para detenerlos. Y por “nadie” me refiero más específicamente a la autoridad municipal que tenía obligación de hacer algo para preservar la vida humana en el espacio de su jurisdicción.
Por fin, cruzaban entre una larga fila de coches cuyo avance detenía un semáforo de adelante, cuando el chofer de una camioneta intentó echarse de reversa, sin mirar detrás. Casi los embarra contra un vehículo. Con gritos y manazos hicieron ver al conductor que iba a machucarlos. Todavía iban reclamándole, cuando un sujeto por poco los atropella con su recién encerado coche, cuyo color refulgía con el sol. Éste salía del estacionamiento.
Apenas comenzaban él y su mujer a reclamar su conducta, cuando vieron cómo el sujeto tomaba una barra de fierro de abajo del asiento y hacía gesto de bajarse. Abrió la puerta y puso un pie en el piso. Un pensamiento relampagueó en su cerebro y le hizo ver que no podía quedar como un cobarde frente a su mujer. Con la rapidez de un flash, pensó en cuántas posibilidades tenía para defenderse. Por su mente pasó un pensamiento. Se vio atravesado por aquella barra y tirado en el pavimento en un charco de sangre. No había una piedra en el suelo para azotarla contra el cráneo de ese barbaján. Sólo miró su carrito de compras, hecho de muy delgadas varillas de metal.
Todo sucedía en segundos y sentía inyecciones de adrenalina por todas partes. Ya estaba dispuesto a arrojar su cuerpo contra el del sujeto, cuando inesperadamente el tipo trepó a su auto y se largó, mentándole todavía su madre con un movimiento del brazo. A metros de distancia vio una camioneta de policía y supuso que por eso el tipo se había ido.
—Te digo que estamos rodeados de imbéciles—, dijo a su esposa, todavía con fuertes dosis de adrenalina en la voz y en los nervios que lo electrizaban.
Ella lo miró con ojos de admiración y sorpresa. Jamás lo había visto pelear a puñetazos con otro. Ambos continuaron hacia el súper. Él todavía caminaba con un temblor en las piernas.
—¿Estás nervioso?— preguntó ella.
—Es la adrenalina. ¿Viste cómo huyó el cobarde?— respondió él.
—Sí. Era un cobarde— asintió ella, quien también había visto el camión de policía a unos metros.
Continuaron hacia el súper. Él puso una mano en la cintura de ella y ella pegó su cuerpo al suyo y puso cariñosamente su cabeza en su hombro. Aquello no deterioró su convicción de seguir enfrentándose a tanto estúpido que le rodeaba. Por el contrario, advirtió que sus niveles de tolerancia comenzaban a debilitarse.
Eso sí, tuvo cuidado de seleccionar sus encuentros y no volver a pelear con esa clase de brutos que avientan sus carros con total desprecio hacia los demás. Aceptó que en su ciudad su cuerpo y de cuantos andan a pie son un simple trapo a merced del veloz tumulto de coches manejados por imbéciles.

San Luis Potosí, S.L.P., a 18 de Septiembre de 2007.