viernes, 24 de diciembre de 2010

Navidad en tiempos de crisis

NAVIDAD EN TIEMPOS DE CRISIS

(Todos los derechos reservados)

Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com
 


Carranza parecía una estufa encendida. Series de focos habían sido puestos alrededor de los troncos de las palmeras en el camellón, debido a una tradición que obligaba a gobiernos laicos a adornar las calles con motivo de la celebración del nacimiento del supuesto hijo de dios.

Esa línea de luz contrastaba con franjas de oscuridad en las aceras. También escaseaban los adornos y el ambiente de austeridad era acentuado por una miserable presencia de imágenes alusivas a personajes bíblicos o de la temporada invernal, que pendían de algunos postes. A los ojos de quienes pasaban por ahí aquello era la visión de una hornilla en una cocina semioscura.

No era, sin embargo, la pobreza de adornos la causa por la cual caía una sombra de tristeza en esas fiestas. En la víspera había sucedido una devaluación de la moneda. Debido a eso, muchas personas y sus familias enfrentaban problemas para subsistir. Numerosos negocios estaban arruinados e infinidad de gente había perdido el empleo.

—¡Qué jodidos! Creen que con unos foquitos en las palmeras vamos a pasarla contentos —reprobó en silencio, luego de doblar por Muñoz y entrar a Carranza, encontrándose con esa hilera de palmeras iluminadas y observar cómo ésta iba perdiéndose a la distancia, fundiéndose en un punto de luz.

A las 8 de la noche del 24 de diciembre todavía circulaban demasiados autos por las calles de San Luis Potosí. Muchas personas estaban dirigiéndose aprisa a los centros comerciales, con la intención de hacer sus últimas compras; otras andaban rumbo a bares y restaurantes, donde beberían alcohol con sus amigos y brindarían por una fecha corrompida por el mercantilismo y sentimientos prostituidos. A pesar de las penurias, había quienes medio resolvían las presiones del consumo gracias a los aguinaldos que obtenían en sus empleos; o bien, pagaban con tarjetas de crédito y contraían nuevas deudas.

En la mayoría de las cabezas existía la idea de que debían obsequiar cosas y celebrar con vinos y manjares, a pesar de que sus conductas estuvieran gobernadas por la degradación. Ya verían como pagar el siguiente año. Era difícil sustraerse a las seducciones que los objetos ejercían sobre el ánimo de las personas. Como si hubiese unos hilos poderosos e invisibles que hicieran posible su funcionamiento, la maquinaria comercial gobernaba perfectamente y los aparadores de las tiendas ejercían su hechizo.

Más adelante detuvo el coche en un cruce y esperó la señal de pase. Llevaba encendido el radio y abundaban los anuncios con tonaditas navideñas. Todos invitaban a comprar, beber, comer, tener, celebrar. Miraba entristecido las palmeras cuando rompió el silencio en que iban.

—Parecen soldaditos —dijo.


¿Qué? —preguntó ella.

—Las palmeras. Mira. Son un ejército de soldaditos de luz. Creí que eran cerillos. Pero más bien parecen soldaditos en traje de gala.

Ella sonrió. Su expresión la hizo verse más hermosa. El labial color cereza y efecto húmedo transformaba su linda boca en un gajo de fruta. Su cara morena enmarcaba su sonrisa, sus dientes blancos y sus ojos gatunos. Iba guapa y perfumada.

—Pero faltan más adornos y luces. Mira cómo está oscuro. Es cierto que no hay dinero. Pero también roban mucho —afirmó y volvió a quedarse callado, sumido en sus pensamientos.

Ella portaba un recipiente con un guiso de rajas de chile con queso y crema. No era un platillo sofisticado, como aquellos que acostumbraban prepararse para festejar estas ocasiones. Pero sabía rico y no había para más. El último año habían sobrevivido de las clases que él difícilmente conseguía en colegios particulares y apenas obtenían lo necesario para alimentarse. Su negocio consistía en vender artículos de plata y oro que podían acomodar a crédito en oficinas de burócratas. También había quebrado, como muchos, con la devaluación de la moneda.

Ellos mismos dejaron de pagar la hipoteca de la casa. O comían o pagaban, esa era la disyuntiva. Optaron por lo primero con el riesgo de que el banco les arrojara de la vivienda. Con frecuencia sufría con la idea de toparse con la escena de hombres echando sus muebles y cosas familiares a la calle. Sobre todo le afectaba imaginar cómo impactaría en los niños ver sus camas y juguetes puestos a la intemperie por abogados y policías.

A pesar de esas dificultades, eran felices. Ella era solidaria y comprensiva. Todas las noches invocaba a sus santos para pedir protección. Los niños eran pequeños y todavía no muy exigentes, de modo que con cualquier obsequio resolverían sus fantasías de levantarse al día siguiente y encontrar un regalo, puesto al pie del árbol por mágicos y misteriosos personajes.

Sólo quedaba el auto que utilizaba en el quebrado negocio. El vehículo necesitaba un ajuste y llantas nuevas. Tendría que venderlo a cualquier oferta. No había forma de pensar en una cena con bacalao noruego, pavo relleno, galletitas untadas con caviar, pollo a la galantina, lechón a fuego lento, pistaches, quesos europeos, vino blanco alemán y alcoholes de marca, como esas cenas que anunciaban insistentemente por radio. Sería suficiente con rajas de chile con crema, frituras de bolsa, Cocacolas y aguardiente barato.

Además a casa de su madre irían sus hermanos y uno de ellos mantenía la tradición de esclavizar a ella todo el día en la cocina, con objeto de conseguir un guajolote relleno y horneado. Él no compartía esa idea, pero tampoco encontraba solidaridad en sus hermanos. En cambio, su madre parecía efectuar ese trabajo con gusto, como si esperase una bendición del cielo. Quizás solamente estaba resignada a ejecutar obedientemente esa labor para mantenerlos reunidos esa noche con ella. Sus hermanos llevarían también otros guisos; y ya, entre todos, disfrutarían una rica cena.

En el asiento trasero del coche viajaban sus dos hijos. Iban en silencio: el niño dormido y sujeto a una silla de viaje y la niña contemplando callada aquellas palmeras iluminadas y los coches. Al encender el pase del semáforo, quitó el pie del clutch. Lo hizo torpemente, de modo que el carro sacudió y hundió pronto el pie en el pedal para evitar un pare del motor.

Detrás escuchó una enfrenada brusca de otro coche y un pitazo. Afortunadamente no sucedió un accidente, sólo que el guiso salpicó y unas gotas del caldo mancharon el pantalón de su mujer.

—¡Oye, ten más cuidado! Mira como quedé. Siempre tengo que andar como chacha. Es la última vez que me ponen a guisar este día —dijo, molesta.

—Disculpa. Te ves tan bonita. El próximo año compramos pura botana, chiquita —y le besó con amor en los labios—. Con eso sería suficiente, nomás contigo y los niños —agregó.

Detrás de ellos tronó un desafinado concierto de claxonazos. Volvió a poner velocidad y arrancó. Avanzaron suavemente por el pavimento que parecía un estanque poblado con pescaditos de colores.

—¿Y tú qué crees, cómo le iría a mi mamá? ¿Habrán aceptado mis regalos?

Antes había vivido con otra mujer, con quien procreó hijos. No había sido un buen divorcio. Cuando comenzó a salir con su actual esposa, su ex mujer comenzó a ocasionar problemas para alejar 
de él a los niños. Un fin de semana los entregó con ropas mojadas con la intención de molestarlo. Utilizaba a los niños para impedir que se involucraran emocionalmente con otra mujer, como si estuviese en peligro su cariño.Un día decidió ausentarse por completo y dejar de verlos para evitarles complicaciones emocionales. Pero su recuerdo le deprimía constantemente y de esa tribulación sólo salía con ayuda de su mujer y de los hijos de ambos.

—Pues ojalá que bien. Aunque ya sabes cómo es ella y quién sabe qué cosas les haya dicho a los niños —respondió, regalándole su mirada de gatita.

Desde que los abandonara, procuraba enviarles obsequios en esta época para neutralizar sentimientos de culpa. Debido a la temporada, inevitablemente su recuerdo le afligía. Creía que sus regalos serían una forma de recompensarlos y alimentar en ellos un grato recuerdo de su padre. Sin embargo, ese año estaba limitado de dinero y sólo había podido enviarles unas baratijas, pocos billetes de baja denominación y una tarjeta.

También se había visto obligado a dejar de pagar la hipoteca del apartamento donde aquellos niños vivían con su ex mujer. No era una construcción grande ni lujosa. Pero en el último año había dejado de cumplir con eso que asumía como una obligación.

—¡Cómo me hubiera gustado enviarles más regalos! Tú sabes, deseo lo mejor para ellos. A ver si no me los avientan. Tantas cosas que hubiera querido enviarles —dijo entristecido.

Ella trató de animarlo:

—¿No dices que la felicidad no puede comprarse en una tienda? ¿Cómo puedes creer que unos regalos puedan hacer feliz a alguien o ganarse su cariño?

—Tienes razón. Así soy de contradictorio. Quisiera no serlo y no deprimirme por cuanto les falta. Pero no puedo. ¿Qué persona no puede ser contradictoria en una sociedad gobernada intencionalmente por fetiches?


—Ya crecerán y tendrán su propio juicio 
—acongojada intentó animarlo.

Él continuó abatido por el recuerdo de aquellos hijos a quienes ya no veía ni era posible mantener contacto. Siguieron callados, escuchando los mensajes que apuraban a comprar, desear, pedir, satisfacer, beber, hartarse.


Media hora después llegaron a casa de su madre. Todavía no estaban allí ni sus hermanos ni sus familias. Olía a infinidad de aromas y la estufa proporcionaba un calor agradable. Fueron a acomodarse en una mesa de la cocina, donde la señora llenaba las entrañas de un guajolote con carne molida de res, pasas, aceitunas y almendras. Impaciente se dirigió hacia un frasco de donde tomó un puño de almendras, las echó en la boca y preguntó:

—Y… dígame, ¿cómo le fue?

La señora miró a su hijo y restregó las manos en el delantal. Su movimiento expresó un dolor interno, un fuego quemándole las entrañas. En sus ojos apareció un brillo, como si alguien hubiese incrustado en ellos unos vidrios.

—Hazte una cubita.

En sus palabras anticipó lo sucedido y de inmediato sintió un alfilerazo en la nariz y aparecieron unas gotas de agua en sus ojos. Tomó una botella de brandy y preparó una bebida con refresco. Miró a su mujer y le ofreció. Ella aceptó y después ambos estuvieron mirándose y dando pequeños tragos. Luego, estuvo dispuesto a escuchar, pero la tristeza ya estaba hundiéndolo en un pozo.

—Me fue mal. Y, por favor, ya no les mandes nada. Déjalos con su madre, que sepa entendérselas. Déjalos que hagan su vida con ella, como pueda.

Y agregó:

—Los niños estaban felices por verme y corrieron por sus regalos. Me besaron y abrazaron. “Abuelita”, me dijeron. Tomaron sus regalos y trataron de abrirlos. Uno de ellos hasta frotaba sus deditos.

Relataba con la vista puesta en un punto en el infinito.

—Su madre les pidió devolverlos. Les dijo: “devuelvan esos regalos”; y ellos obedecieron. Le pregunté por qué hacía eso, que los niños no tenían culpa de sus diferencias. Y contestó que por dignidad. Dijo que un día encontró a los niños llorando, porque iban a echarlos del departamento, porque no pagabas la hipoteca y no sabías como sacarlos de ahí.

Todo eso lastimaba el alma de su madre.

—Le dije: “Es Navidad. No seas así de orgullosa. Hoy perdonamos todo.” Traté de hacerle ver que los niños no tenían culpa de sus problemas. Pero, es necia y orgullosa. Y pues… no aceptó.

Con voz entrecortada, recomendó a su hijo:

—Mejor olvídate de ellos. Los niños son suyos. Ya el tiempo les curará.

Él sintió una liga en la garganta y más desgarramientos en la nariz. Amaba enormemente a sus hijos. Pero debía aceptar distanciarse de ellos y dejar que la historia hiciera su trabajo. Tuvo deseos de llorar como si acudiera a sus entierros. Estuvo a punto de hacerlo y refugiarse en un sitio donde nadie lo viera. Podría retirarse al cuarto que ocupaba de soltero en casa de su madre, echarse en la cama que ella todavía mantenía con ropa limpia, dormirse hasta el día siguiente o quizás emborracharse.

Sin embargo, en labios de su mujer descubrió un terrón de azúcar. Enseguida vio a sus hijos entrando y saliendo felices de la cocina, sin tener conciencia de las cosas que sucedían a su alrededor y que ocupaban a las personas mayores. Y así ella y sus hijos le dieron ánimo para recuperarse.

Recordó los argumentos que su mujer le diera en el camino y de un sorbo bebió el contenido del vaso. Abrazó a uno de los niños y lo sentó en sus piernas, acarició su cara y olfateo su cabeza. Prometió no entristecerse más. Pero cada que veía las luces del árbol aparecía el recuerdo de sus hijos y sus ojos se humedecían y sentía nuevos alfilerazos en la nariz.

Esa noche confirmó su convicción de que no todo podía perdonarse en Navidad y que esa fiesta también se hallaba irremediablemente envenenada por sentimientos odiosos, como el deseo, el consumo, la frivolidad, el egoísmo y la venganza.

San Luis Potosí, S.L.P., a diciembre de 2003.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Viridiana

VIRIDIANA



Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com
 


Viridiana tenía unos ojos negros, expresivos y redondos, a través de los cuales miraba a la existencia en forma alegre y apacible. Sus ojos eran lo más destacable de una cara de luna llena. Era tranquila, callada y prudente.

Estudiaba pedagogía, aunque no era muy brillante. Como casi todas las personas en su grupo, hacía lo suficiente para ir pasando materias y obtener el grado de licenciatura. Con aquel título buscaría trabajo como profesora, oficio heredado por linaje y por relaciones políticas: su madre y uno de sus hermanos también estaban dedicados a la educación.

Así pasaría su vida con un buen trabajo. Quizás llegaría a casarse, tener hijos, luego jubilarse y disfrutar su vejez con una pensión del Estado, como soñaban con hacerlo millares de personas en este país. Sin embargo, sus proyectos fueron destruidos en un instante por un furioso manotazo.

Un lunes, cuando volvíamos a clases luego del descanso, supimos de lo sucedido con ella y su familia el domingo anterior. Gente armada y embozada había irrumpido violentamente en su casa. Un vecino narró cómo aquellos sujetos llegaron lanzando ráfagas de rifle AK 47. Él asomó su cabeza por una ventana y como respuesta recibió varios disparos. “Vi la lumbre de las balas rozándome. Apenas si tuve tiempo de echarme para atrás”.

Mientras uno de los sujetos destruía la cerradura de su hogar a golpes de marro, compinches suyos atravesaban sus camionetas sobre una avenida de importante circulación, con el objeto de impedir el tránsito, y otros más entraban a los negocios de la zona para arrebatar teléfonos celulares de clientes y viandantes. Con esa acción impedían a las personas pedir ayuda del Ejército, más no de la policía: esa fuerza pública sabía del movimiento y nada hizo para enfrentarla, según relataron algunas notas.

Ya dentro de su casa, los criminales la secuestraron a ella, a su madre y a uno de sus hermanos. En el grupo todos estábamos aturdidos al sentir cómo había pasado zumbándonos tan cerca aquel tajo y preocupados por su situación. Imaginé el dolor de su madre al ver el estado de sus hijos o de estos al ver a la desolación de su madre.

Algunos comentaban de un chateo con ella justo cuando aquellos criminales penetraron a su casa y cómo ella había dejado bruscamente encendido su mensajero de Internet. En los siguientes días hubo movilizaciones callejeras para demandar acciones de las autoridades y dar con su paradero. Durante nuestras marchas miré el escondido, horrible y miserable rostro de muchos humanos. Estos pitaban y vociferaban majaderías porque hacíamos lenta la circulación de sus coches en las calles por donde marchábamos para exigir del Estado una acción más decidida en contra de las organizaciones criminales.


Por su parte, los dueños de la Universidad en donde estudiaba se desentendieron del caso, pese a decirse marxistas y presumir una supuesta ideología socialista. Quizás porque ellos son también un grupo criminal. ¡Pobre Marx, cuantas barbaridades se han cometido y se cometen en tu nombre!

Poco a poco el tiempo fue haciéndonos olvidar aquello. De vez en cuando la recordábamos y sólo expresábamos algún comentario, hacíamos una mueca o encogíamos los hombros. Un año después de estos hechos y el recuerdo muy vívido en mi cabeza de sus redondos ojos negros y su cara de luna llena me llevaron a escribir su nombre en un buscador de Internet. Quería encontrar una nota que me dijera que en sus captores aún transpiraba un poco de compasión. Quería saber que seguía viva y que continuaban palpitando en ella sus deseos de dedicarse a la educación.

Ningún dato encontré de ella, salvo el de las notas de aquel día. Aún así, el brillo de sus ojos y su abierta sonrisa alientan mi esperanza de que esté escondida en algún sótano, sin moverse ni hacer ruido, protegiéndose de los demonios humanos que siembran el terror en el mundo.

San Luis Potosí, S.L.P., a 16 de diciembre de 2010.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Los días que vivimos

LOS DÍAS QUE VIVIMOS


Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com


Con genuina y fraterna preocupación a causa de los días que vivimos, uno de mis contactos reenvía, a través de su muro a quienes formamos su red de amistades en Facebook, una serie de recomendaciones de expertos para sortear exitosamente el ambiente de peligrosa y ascendente criminalidad en donde estamos hundidos.

Como existe un incremento en extorsiones y secuestros exprés que perjudica a personas inermes, en su mensaje nos advierte sobre el riesgo de llevar fotos de familiares en la cartera. En ella tampoco debemos cargar más de una tarjeta bancaria, ni tarjetas de presentación. Asimismo, no debemos traer credencial de elector. Y en el chip del teléfono celular debemos abstenernos de identificar los números de nuestros familiares con designaciones tales como: “papá”, “mamá”, “cielito”, “corazón”, “chuletita” y otros formas cariñosas de expresar nuestro amor.

Entonces pienso en mi propia condición y en lo que debería de hacer, a fin de protegerme de sufrir un secuestro exprés o de perdido un robo a partir del cual puedan caer todos mis datos particulares en posesión de una banda de criminales, yo que tanto camino por las calles nomás por distraerme con mis propios pasos (pues qué deleitación puede uno experimentar de esta costra de cemento, de contaminación y de autos que son nuestras ciudades).

Comparo mi realidad con la recomendación y respiro tranquilo. Creo que nada de lo sugerido me implica. Yo cargo a diario con cuanto tengo: una cartera con veinte pesos en feria, una memoria usb, un viejo celular, unos pantalones de mezclilla desteñidos y rasgados, y unos tenis llenos de tierra y de caca de animales callejeros que piso cuando camino distraído por las calles. Pero cuidado con prejuzgar: mi cuestión es de pobreza y no de tacañería.

Prefiero no traer conmigo identificación alguna; ni siquiera la de elector, porque es un gorro reponerla si la extravío o me la roban. Esto último ya me pasó una vez en el camión urbano. Un ladrón bastante fino, digamos muy profesional, muy discreto, me quitó la cartera con la credencial de elector en ella. Ni supe cuándo me la quitó. Sus dedos fueron algodón en mi bolsillo.

No me fastidió porque eso era mi única pieza de importancia, aunque debí hacer un trámite fastidioso para identificarme como mexicano en el organismo emisor. Sólo les faltó hacerme cantar el Himno Nacional para autentificar mi nacionalidad.

Calculo si será necesario aumentar a treinta pesos mi cantidad de dinero para el día, con objeto de prevenirme de algunos hipotéticos asaltantes y que éstos vayan a golpearme por no llevar conmigo suficiente dinero para cubrir sus deseos. He escuchado de personas que han recibido palizas por no encontrárseles dinero o cosas de valor consigo en el momento de caerles.

Aunque un incremento de ese tamaño a la cantidad de dinero en mi bolsillo constituirá un quebranto a la economía de mi casa, supongo que será prudente hacerlo. Total: por unos cuantos pesos ni más pobre ni más rico.

Sin embargo, ya reflexionándolo bien, reparo en que mi confianza descansa en suelo frágil. Está sentada sobre un débil optimismo en que los policías, con quienes desgraciada e inevitablemente tropezaré en cualquier momento en mi andar por las calles, no habrán de considerarme sospechoso por ser tan pobre al registrar mis bolsillos y no encontrar más centavos que para comprar unas galletas; y no dedicarme a la delincuencia organizada a causa de esta inopia, como único medio de ocupación y progreso material.

O en mi leve esperanza de que mi evidente miseria no tentará a cualquier otra banda de maloras a secuestrarme para exigir rescate a mi familia o que me maten por pura confusión, como aquellos pobres michoacanos, espantosamente masacrados nomás porque tuvieron el deseo de conocer Acapulco.

Son los riesgos de vivir en estos días.

San Luis Potosí, S.L.P., a 8 de diciembre de 2010.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Franquicia

FRANQUICIA

(Todos los derechos reservados)
Eduardo José Alvarado Isunza.
ealvaradois@yahoo.com


Un día, como parte de la confrontación entre distintas fuerzas por dominar los negocios criminales de la ciudad, ocurrieron distintos eventos en forma simultánea. Entre esos acontecimientos sucedieron los siguientes. Gente armada hizo presencia en el nudo de carreteras y de puentes vehiculares en la entrada oriente. Lo hicieron a pleno mediodía, cuando sucedía el cambio de turnos. Parecían expertos en acciones militares. Empuñando pavorosos rifles y ametralladoras avanzaron con paso firme hacia cuatro de las ocho entradas del Distribuidor Vial. Enseguida detuvieron la marcha de varios camiones urbanos, hicieron descender de ellos a sus ocupantes y obligaron a los conductores a atravesar cada uno de los vehículos sobre los accesos. Así, bloquearon el tránsito, mientras tronaban sus armas en el aire.

Aquellas ráfagas de fuego y sus operaciones apanicaron a automovilistas y peatones; y, al mismo tiempo, movilizaron a trabajadores de una empresa de televisión, cercana al sitio. Segundos después jóvenes pandilleros aparecieron en un acceso del Distribuidor. Con mantas rústicas, escritas en forma descuidada, acusaban a los policías federales de "acesinos". Un día anterior éstos habían matado a un muchacho por identificarlo como un vigía encargado de reportar sus pasos por radio a un grupo criminal. Un “halcón” en la jerga de nuestros días.

Simultáneamente hubo una persecución entre dos grupos en calles aledañas. Intercambiaron balazos y una persona murió acribillada justo frente a una escuela secundaria, cuya población se vio hundida en la psicosis. Todas estas acciones se desvanecieron en forma tan vertiginosa como sucedieron. Ni en las siguientes horas ni en los siguientes días hubo información oficial suficiente sobre estos acontecimientos. Más tarde, algunas escenas captadas por el noticiero de aquella televisora mostraron a los policías municipales y estatales frente a los pandilleros. No hicieron algo para retirarlos o para detenerlos. Estaban ahí para protegerlos. Intercambiaban sonrisas y saludos, como socios.

De lo que sí se informó con vastedad fue de la detención de una banda de secuestradores que acostumbraban escariar en el pecho de sus víctimas una letra, con la que se identificaba a un terrible grupo criminal. Su intención era presionar a sus familiares para el pago del rescate. En la aprehensión, su líder fue golpeado brutalmente por agentes de la Procuraduría. Luego su titular lo puso en manos del mejor juez dentro del Penal. Al día siguiente amaneció asesinado.

En el cuerpo totalmente destrozado a golpes, aquel juez dejó un categórico mensaje: “Esto les pasará a quienes usen nuestro nombre”. Ni el sujeto ni su banda habían pagado los derechos de uso de franquicia y marca comercial protegida. Por eso, fue ejecutado.

San Luis Potosí, S.L.P., a 1 de diciembre de 2010.

martes, 23 de noviembre de 2010

Miedo

MIEDO


Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com


Otra vez la ciudad despertó con un hecho de violencia. Esto ya no era novedad. Meses antes organizaciones criminales comenzaron a pelear barrio por barrio y calle por calle su derecho a dominar el mercado. Según la versión oficial un par de jóvenes habían sido asesinados en un pleito con desconocidos, como si hubiese sido a causa del paso por la banqueta. Uno de ellos fue masacrado en la puerta de su domicilio. Ambos recibieron las balas en la cabeza. Por esos detalles y por rumores entre policías, un veterano periodista tradujo aquello como una ejecución.

Era claro que miembros de una banda enemiga los habían liquidado. No podía distinguirse entre narcotraficantes, secuestradores, extorsionadores o cualquier otro tipo de delincuencia.

Ya en su escritorio, como haría un científico medieval al encontrarse con la verdad, a pesar de la amenaza de ser torturado y matado, escribió: “Un par de jóvenes fueron ejecutados anoche en la colonia Rural por criminales no identificados”. En su cabeza reproducía cada detalle de la brutal escena, cuyos pormenores debía conocer el público en cada una de sus circunstancias.

Y continuó: “Sobre los cadáveres arrojaron algunos mensajes escritos a mano con la leyenda:…”. Sabía perfectamente por qué la policía ocultaba aquella sanguinaria guerra entre mañosos con la mentira de que los asesinatos eran a causa de pleitos casuales. Muchos policías servían al mismo tiempo a los criminales y llegaban a alterar el teatro de los hechos para confundir a los investigadores.

Sus dedos apachurraban cada tecla con decisión, exponiendo sus datos con fría objetividad, como haría el sacerdote de un credo divino cuya trascendencia no debía mancillar con farsas o temores. Sus principios de servir con una conducta ética a una sociedad hundida en la bestialidad a través de un periodismo justo, le habían puesto antes en peligro.

El mensaje sobre los cadáveres decía: “…Esto les va a pasar a todos los que trabajen para los…”. En ese momento recordó las cabezas decapitadas que aparecían en hieleras, en cajas de cartón o arrojadas sobre las banquetas; los mensajes sobre mantas colgando en los puentes; los cuerpos descuartizados sin piedad; el médico a quien habían robado la piel con cuidadosa precisión; su viejo compañero que vivía ocultándose en casas de familiares o de amigos por publicar notas de criminales.

“…Esto les va a pasar a todos los que trabajen para los…”. Pensó en sus hijos y sus nietos. ¿A qué riesgos les condenaría por hacer del periodismo una religión o una ciencia? ¿Tenía caso correr más peligros que cuando escribía sobre otros delincuentes, como gobernadores, alcaldes, diputados o empresarios? “...Esto les va a pasar a todos los que trabajen para los…”. Reflexionó acerca de las consecuencias que tendría su decisión.

Entonces concluyó el párrafo con tres puntos suspensivos... El miedo comenzaba a poseerlo.

San Luis Potosí, S.L.P., a 23 de noviembre de 2010.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Cara robada

CARA ROBADA


Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

Un lunes temprano los perros encontraron un cadáver en los basureros de la ciudad. Sucedió cuando comenzaron a aparecer mantas con mensajes entre mafias. La noticia fue un golpe duro en el ánimo de sus habitantes. El cuerpo pertenecía a un sujeto de unos 40 años de edad, correspondía al sexo masculino, medía un metro con setenta y cinco centímetros, pesaba 80 kilos, sus músculos revelaban a una persona habituada al ejercicio y vestía con finas ropas, aunque de estilo deportivo. Estaba atado de pies y manos y el cuerpo tirado a un costado de un lujoso automóvil. Entre los insoportables olores de la basura todavía podía distinguirse el aroma de vetiver del cuerpo. Como no estaba putrefacto, evidentemente había muerto el domingo anterior. Tanto eso, como el perfume y sus ropas, revelaban cómo la víctima había dedicado sus últimas horas al descanso. Un dato más mostraba cómo había sido asesinado: alrededor del rostro, de la frente hasta la mandíbula, existía un fino corte, hecho con un bisturí o con un cúter: le habían robado la cara. Por la expresión de los músculos parecía haber sido operado vivo. Con las horas, familiares identificaron el cadáver e informaron que había pertenecido a un encumbrado médico. Por días, periodistas y policías trabajaron en la reconstrucción del homicidio. El médico asistía a un gimnasio. Ahí exprimía de sus entrañas el último miligramo de grasa. En su escritorio encontraron tarros y tubos de cremas hidratantes y antiarrugas; y un bolso con varios instrumentos de belleza. P
rocuraba estéticas, en donde pedía manicura y cortes de cabello. Le fastidiaban los pelos en la nariz y el crecimiento de las patillas. Era extremadamente cuidadoso de su imagen. Obsesivo en verse como un modelo. Estábamos ante el típico metrosexual. A los pocos días otro hombre apareció asesinado en el mismo sitio. A éste no le arrancaron la cara. Con una máquina de oficina graparon sobre el suyo el rostro del otro. De los homicidas nada se supo. Sin embargo, cuerpos masacrados continuaron apareciendo tirados en distintos rumbos, así como mantas con mensajes ofensivos entre criminales. 

San Luis Potosí, S.L.P., a 16 de noviembre de 2010.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Gusanos

GUSANOS


Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com
Cada historia que escuchamos acerca de las acciones criminales en mi país nos hace ver la dimensión de la gusanera bajo nuestros pies. Pisamos un débil cascarón que se horada con el tocamiento más simple y de cuyo interior brotan criaturas espantosas. Mi país fue hecho el país de los gusanos. Nos horroriza cada historia criminal que escuchamos de la viscosa complicidad entre políticos, empresarios, militares y policías. Conforme oímos detalles de la vida bajo nuestros pies o fuera de nuestros ojos, el umbral de asombro va extendiéndose hasta fronteras propias de la locura o de una imaginación pervertida. Nos juzgan paranoides cuando hablamos de la existencia de ese mundo habitado por seres abominables, cuajados de células diabólicas. Nos dormimos preguntándonos si tendrán razón quienes nos creen enfermos de psicosis. Pero cuando despertamos percibimos la presencia de esas criaturas monstruosas; las descubrimos resollando detrás de nuestra nuca; esperando pacientemente el minuto preciso en que seremos desollados en cualquier cuartucho de la ciudad con sus filosos dientes.

San Luis Potosí, S.L.P., a 13 de noviembre de 2010.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Ejecutados

EJECUTADOS


Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

Llegaron dos muchachos a la ciudad. Traían bolsas de heroína. A través de una compleja red de informantes fueron descubiertos por el procurador de justicia. Éste ordenó interrogarlos, pues no eran de un grupo con licencia para trabajar en la ciudad. Quería saber a quién pertenecían. Los muchachos fueron llevados por algunos policías a un baldío en la periferia. Ahí fueron desnudados y luego asesinados en el paroxismo de la tortura. Enseguida fueron nuevamente vestidos por sus ejecutores. Éstos entregaron los cuerpos al médico forense, junto con la versión de que los muchachos habían querido escapar. “¿Y por qué sus ropas no están agujeradas?”, preguntó el forense. Los policías nomás se quedaron viendo, sin saber qué decir. “No se preocupen. Ya habló el procurador. Es el más informado de la ciudad. Y dio indicaciones precisas”. Enseguida tomó su bisturí de trabajo. “Ni modo de desobedecer”, les dijo. Cuando terminó, los policías reconocieron el fino trabajo del cirujano y sonrieron a carcajadas: éste había hecho tantos agujeros en las ropas de los cadáveres como correspondían a cada uno de los orificios de las balas asesinas.

San Luis Potosí, S.L.P., a 10 de noviembre de 2010.

martes, 2 de noviembre de 2010

Cuatro cabezas

CUATRO CABEZAS


Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com


Después de varios años de haberse ido a los EEUU en busca de las oportunidades que no encontraran en su tierra, unos paisanos volvieron a ésta. Venían a bordo de una estupenda camioneta, que presumirían como producto de su esfuerzo. Hacían emocionados aquel viaje por encontrarse nuevamente con la familia y con las amistades que habían dejado en México. En la carretera, en un punto próximo a su destino, fueron detenidos por un grupo de delincuentes, quienes les quitaron su hermoso vehículo y su dinero. No les quedó más que seguir, ahora caminando al borde de carretera. Molestos por cómo eran tratados en su añorada tierra y lamentándose por su situación, kilómetros adelante fueron interceptados por otro vehículo, lleno de hombres armados. Éstos les preguntaron por qué caminaban. Al enterarlos de que habían sufrido el robo de su vehículo, el comando se alejó a toda velocidad. Un rato más tarde volvieron a ser alcanzados por estos últimos, quienes les llevaban una sorpresa: su preciosa camioneta y su dinero. La familia de paisanos se alegró inmensamente y volvió a creer en su tierra. También existían en ella grupos que protegían a las personas de bien y hacían justicia. Ya en casa de su familia y después de los interminables abrazos de bienvenida y suspiros arrebatados por la nostalgia, bajaron sus pertenencias. Entre ellas se encontraba una enorme hielera, en donde cargaban refrescos y comida para el viaje. Casi se mueren de un infarto cuando descubrieron un contenido macabro. Dentro del recipiente había cuatro cabezas humanas. Pertenecían a los mismos hombres que les habían robado su camioneta y su dinero. Repuestos del espantoso hallazgo, acudieron ante la policía a entregar las cuatro cabezas. Sin embargo, la autoridad los detuvo y consignó ante un juez, como presuntos responsables de aquellos bestiales actos. Pasaron semanas en prisión, hasta ser liberados por una buena defensa. Este fue el trágico retorno de estos paisanos. Tan pronto como fueron absueltos, volvieron a los EEUU jurando no regresar. ¿Quién lo haría en su juicio?

San Luis Potosí, S.L.P., a 3 de noviembre de 2010.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Hay mujeres que no soporto

HAY MUJERES QUE NO SOPORTO



Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com


Hay mujeres que no soporto. Una de ellas: mi cuñada. Dan ganas de golpearla; me viene insoportable aguantarla más de cinco minutos. No entiendo cómo es que su marido la aguanta. Dicen que por que ya lo hizo como ella; igual de superficial y hueco. Por lo que he oído, él no sería así, porque antes de conocerla era un muchacho sencillo, de pueblo, incluso batallaba para comer. Había días que no comía por falta de dinero.

Pero apareció ella, esa mujer latosa, que le exigió vida de rica y ahora lo trata como esclavo. Será por haber sido ella quien lo conectó con algunas familias curras y le consiguió esos trabajos que ahora le dan dinero. No sabemos cuánto ni cómo, porque a duras penas terminó la Preparatoria. Creemos que viven del crédito, porque ciertamente cómo gastan en buenos zapatos, traen un coche que debió costarles una buena feria, cada ocho días andan de paseo de pueblo en pueblo, y visten ropa de la mejor, que, aunque sea de saldos, cuesta. Y, como quiera que sea, deben pagar. Según ella, él gana como un millón de pesos al año por vender casas de interés social. Y aunque nadie le crea, porque es buena de mentirosa, la duda existe. A mi no deja de parecerme extraordinario que alguien pueda ganar tanto dinero nomás por vender casas. Ni que fuera cirujano graduado en el extranjero o abogado tracalero, de esos que hay por centenares.

No está contenta si no le saca dinero para sus caprichos, que son muchos, que para extensiones del pelo, zapatos cada quince días o cada que pasa por un aparador, pura ropa de las Fábricas de Francia, aunque sea de remate, y hasta para las bubis. Y si ustedes no saben qué son las Fábricas, les diré que son una cadena de tiendas caras, de pisos de mármol, donde nomás los curros compran, y si uno llega a entrar allí lo vigilan desde que da el primer paso adentro. Debe andar uno por allí con las manos en los bolsillos, para tener la coartada de que uno nada ha tocado.

Con eso de las bubis anduvo jeringue y jeringue al marido y no estuvo satisfecha hasta que le pagó la cirugía. No estaba dichosa con sus chiches y las quería de modelo de revista. Y ni crean que hablamos de una mujer esmerada, que atienda su familia. Todo lo compra ya hecho en la cocina económica o en McDonalds o en Dominos, tiene sus chachas: una que asea la casa y otra que plancha, porque el marido todavía es de usar ropa de planchar, pero cómo va a ser ella quien planche, no vayan a maltratársele sus uñas de gel, y a los niños los avienta a sus cuartos o a la calle, no los quiere ni oír. Lo único que trae en la cabeza es dónde comprar, por cuáles plazas comerciales pasear, en que restorán comer o a cuál barecito visitar el fin de semana con sus amigas.

Es una mujer ignorante, que también a duras penas obtuvo certificado de Preparatoria; y eso porque las monjas del colegio donde estudiaba hicieron el favor de regalárselo. Pero eso sí, presume de muy culta y cuando hace algún comentario entretenido es porque lo oyó en algún programa de televisión. Dice que en la ciudad donde vive hay un barecito a donde acude con sus amigas a destensarse. Yo no sé de qué tensiones, puesto que ya les dije que no hace absolutamente nada. Pero ella dice que necesita quitarse de encima las presiones y por eso acostumbra irse de barecito con sus amigas. Nos dice que en el barecito hay una música muy rica. “Es europea”, cuenta muy sabrosa. Y yo me quedo: “¿A qué tipo de música podrá referirse con eso de europea? ¿Acaso electrónica, chillout, lounge, hard, rock, progresiva, flamenca, polkas? Porque decir solamente “europea” es decir mucho y nada, al mismo tiempo. Cree que con decir “europeo” ya es suficiente.

Miren que la otra tarde festejábamos a mi suegro. Estábamos comiendo en la mesa y junto a los tacos de papas gratinadas, carnitas de puerco, calabacitas con granos de elote, y salsas de diversos tipos de chiles, venían las conversaciones. “¿Cómo te ha ido en el trabajo?”, “¿y tu novia?”, “¿cuándo tenemos boda?”, “¿ya están esperando?” Pláticas de las que abundan en una mesa como en todas las que verdaderamente son familias. Y esta mujer insoportable, que viene con sus cosas, mientras resolvíamos unos acertijos que a mi suegro le vino decirles “sofismas matemáticos”.

“A ver”, dijo un primo de unos diecisiete, pecoso, clavado como todos los chamacos de su edad en la construcción del físico, que en sus ratos de ocio en la tienda hace bíceps con cajas de refresco. “Digan dos números pares que sumen un número non”. Y entonces aquí vino esta mujer con sus clásicas bobadas: “Voy a llamarle a Matías. Es rebueno para estas cosas”. Matías es su marido; no estaba con nosotros en el festejo. Como les digo, ellos no viven aquí mismo, sino en otra ciudad cercana, a unos doscientos kilómetros de distancia. Por mil explicaciones no estaba; una de ellas, que porque uno de los niños andaba malo, otra que porque debía atender una junta de negocios. A mí me parecía que más bien el cuate no quería venir, porque no aguanta lo que a su juicio es la mediocridad de la familia. O bien, quería descansar de ella. Como es buena de latosa debió haber dicho: “ándale sí, vete, yo aquí me quedo para no verte un buen rato”.

Tomó el celular y llamó: “¿Estás ocupado?” Todos bromeamos: “¿Está pujando?, no lo levantes, va a atorársele, cómo serás”. Pero ella ni abochornada; por el contrario, está acostumbrada a ser centro de atención. “Oye Gordo, es que aquí me preguntan (o sea: nótese que a ella era a quien preguntaban) por números pares que sumados hacen un número non”. Y mientras preguntaba, estiraba los dedos y miraba esas uñas de gel. De plano, ni por aquí le pasaba a la mujer que aquello era un desafío a la inteligencia, más que de operaciones primarias. Y mientras todos éramos un coro en la mesa: “Déjalo, ya lo distrajiste, vas a espantársela”. Colgó. “En un ratito nos llama, es que estaba haciendo unos jotqueis”, nos dice. “Uy, sí, ajá, como no” respondimos todos.

Pero ya sabíamos que dos billones más dos billones dan exactamente un numeronón. Y eso lo sabe uno sin necesidad de hablar tan lejos. Nomás escríbanlo en un pizarrón y les faltará espacio. Y así lo hicimos ver a la muy coco hueco. De nuevo el celular: “Ay, Gordo. Es que era una broma. Disculpa”. Y, después de colgar, nos dice, haciendo chiquitos los ojos y frunciendo la nariz: “Ya estaba haciendo cálculos”. Pero ella es persistente con tal de hacerse notar.

Esa noche nos recibió a la puerta de casa de mis suegros con un desplante que parecía de modelo de pasarela. Nomás el puro desplante, porque para nada parece modelo de pasarela. Llevaba colgadas en el pelo sus extensiones, muy de moda, principalmente en las adictas a la televisión y a los chismes de artistas, que ya son todo un decir. Le parecían de baba, largos-largos y lacios-lacios. Nada bien se veía la mujer. Y además chaparra, los pelos aquellos le hacían verse como pony. Ah, pero eso sí, toda soñada se sentía la mujer. Con eso que su programa favorito de televisión es el Fashion File. De veras no me explicó por qué le gusta ponerse esos hilos en la cabeza; y ni crean que eso es un asunto barato. Debe pagar mil pesos más o menos cada que quiere traer sus extensiones, cosa que sucede cada tercer día.

Nosotros seguimos jugando acertijos y ella prefirió desconectarse y hacerle plática a mi mujer. “Oye Gorda, ¿y tú, ya te compraste consolador?” Ya para entonces yo traía varios mezcales adentro, de modo que andaba desatado. Y, lo que nunca, empecé a vacilármela, porque habrán de saber que aunque no puedo soportarla, prefiero no desatar pleitos: “El mejor consolador es el dedo. A mí hasta pelos me salían en la mano”, dije. Y alcancé a ver cómo algunos reían, pero, hasta eso, muy comportadamente, muy discretamente. Como no queriendo molestarla, sobre todo porque allí había unos familiares que desean estar bien con ella para que los recomiende en el exclusivo círculo de los constructores de vivienda. Ustedes ni vayan a creerlo así, pero ella juega con eso y los otros brutazos le creen. “Además, ya tiene su mejor consolador”, dije todavía, señalándome allí mismo. Y continuamos resolviendo “sofismas matemáticos” con unos palillos en la mesa, pues ahora teníamos que sacar cuatro presos, representados por palillos, y hacer que las filas de un cuadrilátero, que representaba una cárcel, siguieran sumando nueve presos o palillos.

Pero ella estaba concentrada en dirigir acciones que pudieran convertirla en atracción de la fiesta. Su siguiente maniobra consistió en sacar del bolso una palm. Y comenzó a decirle a mi mujer: “Mira Gorda, aquí están todas las posiciones del Kamasutra”. Y comenzó a mostrarlas muy satisfecha. Entonces mi suegra mostró interés y pidió mirarlas. Le pasaron la palm y expresó muy efusivamente: “Mira Gordo, ya todas esas las hemos hecho. Uh, y eso es lo que andan aprendiendo. Están bien atrasadas”. Aproveché la circunstancia para tirarle otro llegue: “¿Cómo creen que van a presumirle a Doña Candy con eso, si sus padres conocieron al mismísmo señor Kamasutra? Es más, ellos le sirvieron de ejemplo. Si hasta desde el ropero se avientan”. (Doña Candy se llama Cándida, pero, como ven, de eso nomás tiene el puro nombre). Y agregué: “¿Y son monitos o fotografías? Porque si son fotos, entonces sí déjenme ver”. Entendió que su maniobra tampoco había prosperado y la palm volvió al bolso. Pero antes de eso, dije con ironía: “También traigo mi palm y medirá unos tres milímetros de grosor. Es mejor que la tuya, más plana y ligera”. Y mientras decía eso, sacaba del bolsillo trasero de mi pantalón unas hojas de papel en que tomo anotaciones. Y para rematarla, dije: “Esta ya es una nueva versión. La anterior que usaba eran boletos de camión”. Ví que sus ojos empequeñecían, como gata enojada.

No obstante, es una mujer que no declina en sus propósitos. Y estaba decidida a que esa noche fuera totalmente suya. De modo que arremetió con bríos. Ahora en su plan figuraba decir que los hombres no le gustaban por su físico. “Me parecen tan aburridos. Hasta creen que van a gustarme esos que tienen cuadritos en el estómago”, dice. Me quedé pensando si lo decía por mí; no es por presumir. Y agregó con aires de emperatriz: “A mí me gustan por traer un buen traje, oler a un buen perfume”. Zácale, eso calienta, pensé y me fijé en mis pantalones de mezclilla que uso toda la semana. “¿Le atorarán con traje?”, pensé y lancé un vertiginoso contrataque: “No me cayó nada bien Isabel Madow”, refiriéndome a la intervención de la modelo en el programa de Big Brother. “Vieja toxicómana; fumaba desde que amanecía, todo el día con el cigarrote en la mano, así estará por dentro, tiznada como chimenea”, agregué. Bajó los ojos y miró su propio cigarrillo. Pero, no se si ingenuamente o sabiamente, un tío terció: “De todas formas está bien buena”.

Parece que mis comentarios estaban molestándola, pues comenzó a hacerse chiquita, todavía más de lo que es, y a sostener pequeñas y muy discretas pláticas con algunas primas en su rededor. Los demás seguimos conversando de cuestiones intrascendentes, como de nuestros juegos de fútbol por la tarde de los sábados, de los avances que tienen los niños en su crecimiento y hasta de las buenas tardeadas que los jueves ofrece la banda de música en el kiosco de la Plaza de Armas.


Pasaron las horas y llegó el momento de retirarnos. Al día siguiente volvió muy temprano a la ciudad donde vive. Lo hizo sin despedirse, sin siquiera llamarle por teléfono a su hermana y decirle que después volverían a verse. Parece que seguía molesta. Ojalá no volvamos a tener pronto una reunión como la de esa noche, porque verdaderamente no la soporto. Por lo pronto, espero que no vaya a ofenderse cuando vea este relato dentro de un libro exhibiéndose en los escaparates de Sanborns. Y diga: “Ay, un libro de mi cuñis. Vamos a ver qué tal”. Sorpresa que tendría al verse como personaje. Sanborns es una de esas tiendas a la que ella no puede faltar más de tres días a la semana, porque sufre terrible depresión.

San Luis Potosí, S.L.P., a 3 de Diciembre del 2003.

sábado, 23 de octubre de 2010

Altar de muerto

ALTAR DE MUERTO



Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

Allí está el altar. Levantado como una torre en la entrada principal. Me lo imagino como un zigurat de Ur. Hecho con tela de lo más blanco, impecable, planchada con esmero una noche antes por una mujer que le admiró. Sus telas semejan nubes del cielo. Una obra construida con devoción solamente a un ser angelical. Tiene sus correspondientes tres pisos. Uno representa el subsuelo a donde van los muertos, otro el suelo donde moran los vivos y otro el cielo donde dicen únicamente moran seres bondadosos.

Todo esto me lo explica Martha como si diera cátedra en sus grupos de primaria. Su conocimiento sobre los altares de muertos es casi enciclopédico. Me hace ver cómo el miedo a la existencia de un más allá extraterreno sigue encendido como brasa ardiente en el órgano de las creencias.

Martha es maestra. Siempre he creído que un enseñante debiera liberarse de esas fantasías. Tendrían que ser científicos. Martha habla de una “Gloria”. Es un sitio desconocido de lo existente a donde nuestras almas van al descarnarse. Lo dice como si fuese tratado de Euclides. Un sendero de hojas de cempasúchil crea una iluminada frontera mágica. Un andador de luz por donde caminará el muerto hacia su banquete. Una flama de sol naranja por donde vendrá el difunto en estado invisible a echar taco, fumar cigarro, mojar su lengua en ron huasteco y bailar merengue, mambo y chachachá.

Están allí sus ofrendas recién cocinadas en ollas de barro barnizado, velas igualmente blancas como simbolizando una vida sin manchas, cráneos de azúcar, cajetillas de cigarros y cuanto decían gustaba al muerto. Me extraña que hasta las moscas respeten ese altar de ofrendas. Mi mente científica me dice que es el frío que también las tiene tiesas como a nosotros y no su miedo a una potencia sobrenatural. Allí está su imagen. Su foto reflejada por un inteligente acto ilusionista sobre un espejo. Iluminada por un foco de cien watts. A su lado un libro que no escribió. Trata de asuntos educativos. Jamás se le conoció una idea elaborada en su cerebro y escrita por su mano. Es lo de menos. Importa que se haya dedicado al magisterio. Con eso puede admitirse que una persona de ese oficio todo hace en bien de la humanidad. Sabemos que no es así. En el magisterio hay pederastas, estafadores, corruptos, violadores y mediocres. Todo se perdona con la muerte. Aquel libro simboliza que dedicó su vida a predicar lo que otros habían conocido o experimentado. De él sólo supe cosas feas. Espero no las haya enseñado. Es una esperanza ilusa. No fue así. Fue maestro de abogados tracaleros, extorsionadores y abusivos. Un compañero fue de sus discípulos más aplicados. Se distingue por su voraz apetito por el dinero contante y sonante.

Encima de su foto una imagen de Nuestra Santísima Madre de Dios. Quizás impresa en Asia por manos infantiles esclavizadas. Como el molcajete de plástico donde hay una deliciosa salsa de jitomate y chiles. Platos, estos sí de barro barnizado, están al pie del altar. Piezas de una civilización casi de museo a causa de la cultura global del plástico y el desecho. Hay elotes cocidos, tostadas de maíz, panes de dulce y camote en caldo de piloncillo y canela. Como no fuese mi amigo, sino compañero de trabajo simplemente, desconozco si le gustaban esos guisos. O las gorditas de pollo entomatado, frijoles con queso, huevo con chile rojo y tacos de arroz con carne de puerco en salsa de chile cascabel (que llamamos “asado de boda”). Unas horas antes fueron devotamente guisados por secretarias de la escuela. Una botella de tequila puesta a centímetros de su foto. Quieren evitarle esfuerzo. Casi un cadáver forrado con cuero en sus últimos días. Pensarán que vendrá meneándose con dificultad, como perro fracturado por la calle.

Su alma vendrá tambaleándose por el sendero anaranjado de cempásuchil y verá su foto, proyectada en el espejo. Recordará su existencia encarnada. En el alcohol querrá olvidar sus despreciables acciones. Murió de cirrósis una noche. Fue conclusión de un día de disgustos. Había peleado en sesión del consejo. Recibió acusaciones de corrupción. Vendía o exigía caricias a cambio de exámenes de grado. Fue atacado por fuertes dolores.

Su esposa dijo en su velorio que el difunto sentía fuego en el estómago. Si yo fuese creyente pensaría que ya estaba siendo calcinado por flamas del purgatorio. Se ausentó de misa dominical. Aunque corrupto, creía en Dios. Prefirió quedarse en cama. Murió en ella. Sus compañeros más queridos impusieron su nombre a nuestro auditorio. Quienes desconozcan su historia pensarán que fue distinguido señor de luces. No sabrán que solamente seguía la brillante luz del dinero, de las botellas y de las medias de sus alumnas. Vendrá un día cuando el polvo se halla acumulado en la memoria. Y entonces se preguntarán qué de bueno hizo. Entonces una mano desconsiderada arrancará esa placa, impuesta en una farsa infame.

Pienso qué será más grande. Si la imbecilidad de nuestra gente o su hipocresía. Con sus honores buscan limpiarse de sus actos más despreciables. Creerán que otros harán por ellos eso mismo que ellos hacen por otros. Una historia escrita con la exaltación de hombres viles. Por olas vienen estos pensamientos, agitando a su paso las banderas de papel picado que simbolizan al viento. Veo su cruz en el suelo, hecha de tierra de su tumba. Me dan un taco de arroz con salsa cascabel y me lo como. Veo una gordita de frijoles y sacio mi hambre con ella. Todo me lo paso con café de olla, endulzado con piloncillo, calentándose en el anafre. Son ricos estos guisos que hicieron al muerto.

Y aquí está Martha a mi lado, echándose un elote cocido, hablándome de la “Gloria”. No le digo nada. Sólo pienso en las infamias de ese muerto. Mi lógica científica me dice que nunca vendrá y qué bueno será que suceda así. Ahora pienso que ese ser detestable reencarnó. Está en otros que aquí comen junto a mí. Devoran con sus bocas despreciables sus gorditas de carne deshebrada con caldillo. Diluyen ese abominable sabor de sangre en sus lenguas con tragos de ron en su recuerdo. Cuentan anécdotas suyas. Cuando embargó a una familia por una deuda. No dejó ni los juguetes de los niños.

En silencio escucho. Y me voy deseando que a ellos dediquemos el altar del próximo año.

San Luis Potosí, S.L.P., a 31 de octubre de 2007.

jueves, 21 de octubre de 2010

De los muertos

DE LOS MUERTOS

Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

Por temor a la burla muchos no aceptan que quienes mueren siguen en nuestro mundo. Sin embargo, ¿quién no está convencido de que quienes amamos nunca nos desamparan y vienen y van de entre los muertos en nuestra ayuda?

En realidad, no hay separación entre nuestros mundos, sino solamente una forma distinta de existencia de las cosas. Y es el amor y el apego el vínculo que comunica esos universos.
Me explicaré narrándoles mi propia experiencia.

Esto sucedió hace un año, en la víspera del día de muertos. Era 31 de octubre y muy temprano me disponía a colocar el altar. No podía hacerlo sola, porque esperaba a mi hermana, como acordáramos hacerlo.

Mientras llegaba, yo reunía algunos de los objetos que utilizaríamos en esa obra, entre ellos una foto de mi mamá. En eso timbró el teléfono y percibí una señal angustiante.

No contesté de inmediato y dejé que sonara dos veces más. A la tercera descolgué y pregunté intranquila:

—¿Quién?

Era la suegra de mi hermana. Sentí miedo, porque no era usual que ella hablara a casa.
—Anoche se llevaron a tu hermana al hospital. Le reventó la fuente —dijo.

Y agregó tratando de escucharse en calma:

—Acabo de volver. No dejan entrar a nadie a verla. Ella va lento y no puede dar a luz. La dejarán cuatro horas más para ver si en ese tiempo tiene al bebé.
Sus palabras me preocuparon. Me bañé rápidamente y enseguida prendí una veladora para orar a los santos para que todo saliera bien. Entonces fui a pedir por ella a la foto de mi madre.

Yo estaba realmente asustada y le apuré:

—Despierta, despierta. Tu hija ya está por aliviarse. Ve a ayudarla. No la dejes sola. Por favor, eres la única que puede estar allá. A nadie más dejan entrar a su cuarto en el hospital. Cuídala mucho, que no batalle.

Enseguida caminé hacia la salida de la casa y, de pronto, sonó el teléfono celular. Era mi cuñado:

—¡Felicidades! —me dijo y añadió emocionado: —Ya eres tía de una hermosa niña. Todo salió bien. Fue un parto normal. Ahorita no te conviene venir porque no están dejando entrar a nadie. Te marco más tarde para ponerte al tanto.

Él estaba feliz, porque no habían sucedido complicaciones y su bebé había nacido perfectamente, a pesar de los problemas que mi hermana había tenido durante los primeros meses de embarazo.

Mi mamá había escuchado mis ruegos y había corrido a proteger a su hija. Tomé una silla y me senté frente a su foto para conversar con ella. Enseguida sentí su mano en mi hombro y su voz susurrándome en el oído.

—No te preocupes. Ella está bien —oí claramente que decía.

A pesar de que esa era una situación extraña, no sentí miedo ni escalofríos. ¿Cómo puede una persona sentir temor al encontrarse junto a sus muertos más amados?

Como yo tenía la cara cubierta con las manos, me sorprendió que al retirarlas ante mis ojos apareció una foto en la cual mi hermana sonreía con una bella tranquilidad.

También le sonreí. Me levanté y acomodé la silla en la mesa. Enseguida me puse a adornar el altar.

Quité y puse, moví aquí y allá. Luego de un rato, por fin quedó. Mi mamá estaba al frente con su foto. Mis demás abuelos y tías complementaban el sitio con sus fotos. Quedó bonito, lleno de flores de cempasúchil.

Al día siguiente, ya primero de noviembre, fui a ver a mi hermana en cuanto supe que llegó a su casa y a dar la bienvenida a la nueva integrante de la familia. Estaba tan pequeña, frágil y delgada.

Todos peleaban por descubrirse un parecido entre sus gestos y por ver de cuál de ellos había sacado más rasgos. Yo solamente la vi y me quedé callada. No tenía caso buscar eso. La cargué y la pegué a mi pecho.

Luego pregunté a mi hermana cómo había estado todo:

—Salió perfecto. Mi mamá estuvo conmigo todo el tiempo. No me dejó sola. La vi afuera del cuarto y lo único que hice fue persignarme y encomendarme a ella y a Dios. Después me pasaron al quirófano, me pusieron una inyección en la espalda para bloquearme. Pensé que me dolería, pero no sentí nada.

Después contó cómo la prepararon en el quirófano y cómo la animaban los médicos en su trabajo de parto:

—Puje… puje, señora.

Pujaba, pero la niña no salía.

—Me dolía tanto que cerré los ojos y me dije: “¡Ay, Dios, que salga!”.

Finalmente el médico le dijo que él mismo tendría que ayudarla, porque la niña no nacía. Enseguida se recargó sobre su barriga y así fue como finalmente salió.

En aquel cuarto había dos médicos y dos enfermeras. Pero también había otra persona que no formaba parte del grupo. Era mi mamá. Ella estuvo durante todo el parto y no se movió para nada de allí.

Estuvo riéndose como siempre hacía. Nada más vio nacer a la niña y enseguida desapareció, desvaneciéndose como una nubecita de vapor en una mañana luminosa.

—Eso ha sido lo más hermoso que he tenido en mi vida —dijo mi hermana—. Vi nacer a mi niña y vi nuevamente a mi madre, en el mismo lugar y al mismo tiempo.

Yo me quedé callada. No supe que decir. Me dieron ganas de reír y de llorar al mismo tiempo. Pero no podía hacerlo, porque arruinaría aquel momento de enorme felicidad en la familia. Habíamos perdido a mi mamá, pero también habíamos ganado un ángel.

Ya el 2 de noviembre arreglé la casa para recibir a mis tías que vendrían a rezar a mi mamá. Al llegar ellas nos acomodamos frente al altar y oramos buena parte de la noche.

Después se fueron y quedé sola. Tenía la esperanza de volver a verla, aunque fuese un ratito o cuando menos sentir su aliento detrás de mis orejas. Así estuve concentrada por una hora, hasta que me ganó el sueño.

Fui a mi recámara a dormir con la esperanza de que cuando menos me diera un beso, como siempre hacía. Al otro día desperté pensando en si iría a visitarnos y me preguntaba por qué yo no la habría visto, como sí lo hiciera mi hermana.

Sólo observé que había unas manchas y unas morusas de comida en el mantel del altar. Todo aquello me animó al saber que las personas no dejan de estar con nosotros cuando mueren.

Vienen y van entre los mundos para ayudarnos, como si fuese su ocupación en ese estado. Ahora sé que mi mamá siempre estará con nosotros para ahuyentar las amenazas o las dificultades y protegernos de cualquier daño, como aquella vez.

Por eso digo que nuestros muertos jamás dejan de estar entre nosotros. Eso todos lo sabemos, aunque no lo aceptemos en forma abierta.

De verdad que la muerte sólo es un estado de la existencia: quienes mueren jamás se van y siguen apegados a quienes aman, según sea la intensidad del amor que expresan o les sea expresado.

Quienes mueren sólo transmutan su propiedad. Son seres de ambos mundos. De eso estoy convencida, porque me ha sucedido así, como han visto.

San Luis Potosí, S.L.P., a 23 de marzo de 2010.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Un muchachito torturado

UN MUCHACHITO TORTURADO


Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com


Escribo desolado estas palabras, con una extraña sensación en la garganta. Temprano alguien me mostró un video espantoso. Un muchachito desnudo aparece sentado en el piso, con un trapo cubriendo su cara, aterrorizado, adolorido, quizás en la frontera de la locura, con el dolor transpirando por cada uno de sus poros, perturbadas cada una de sus células. Pide a sus familiares pagar rescate a sus captores.

A través de su voz quebrada, como una frágil flor en un campo azotado por una intempestiva ráfaga de viento helado, sus bestiales captores piden 6 millones de pesos. Obedece cada indicación de esos inhumanos seres, como si él fuese un becerro destinado a degüello en un horrendo rastro para dar gusto a los amantes del sabor de carne y sangre.

Sin forma de oponerse, sin la capacidad física, intelectual o psicológica de hacerlo, repite cada palabra dictada por aquellos monstruos. Es apenas un muchachito incapaz de enfrentarse y pelear contra esas desquiciadas fuerzas vomitadas de algún agujero del universo habitado por seres abominables.

Después de hacerlo le golpean. Su hermoso cuerpo recibe incontables cinturonazos, en su bella cara, en su lindo pecho, en su suave espalda, en sus estupendos brazos. Me dicen que también le patearon la cara (mi horror y mi angustia me impidieron ver tan sádica e injusta flagelación).

Inútilmente implora perdón con su voz toda de niño. ¿De qué les pide perdón este precioso muchachito? ¿Qué les ha hecho? Su único pecado fue pertenecer a una familia en donde algún patrimonio económico pudo formarse.

Su cuerpito se enrojece por los cuerazos aplicados por un torturador cobarde y repugnante, sin una pequeña partícula de piedad o de amor en su genética, un espantoso producto de la naturaleza. ¿Quién será este carnicero, qué infancia tendría para carecer de emociones y golpear tan salvajemente a ese estupendo muchachito?

Imagino que en cada golpe que azota desahoga su propia furia. Quizás él mismo haya sido violado por algún hombre de neuronas enfermas o su madre haya sido una sádica mujer que gozara castigándolo, nomás por molestarle cambiar sus pañales.

Siento que con cada trueno el universo cruje y se estremece. Pero en el cielo ni una señal aparece. Nuestras entrañas se desgarran. No pude ver más y me aparté del monitor. Enmudecí un rato, sin pensamientos, hundido en el vacío. Mis sentidos me impedían admitir que esas crueldades tuvieran lugar entre nosotros. O solamente desconocía que eso y cosas peores sucedieran en las casas de las calles por donde camino.

Sentí algo raro en la nariz y de mis ojos salió agua. Pensé en mis propios hijos. Por un momento sentí que aquel bello muchachito fuese mi propio hijo que apenas ha dejado de ser niño. Fui al baño a ocultarme. Medité en cómo era posible que sobre nuestro mundo existieran ese tipo de gargajos. Podrían ser nuestros vecinos. Pensé en cómo y hasta dónde el dinero nos ha bestializado.

Entonces creí que en nuestro país debería haber pena de muerte para despedazar lentamente a esos desalmados, cercenarles pacientemente cada uno de sus miembros, inyectarles veneno en sus venas malditas, hacerlo con la misma insensibilidad como esos depravados han procedido con otras personas.

Pensé en cómo deberíamos matar a esa clase de brutos sin capacidad de experimentar asco o repudio para consumar acciones como la operada contra aquel muchachito.

Fue un rayo de locura el que nubló mis juicios. Enseguida pensé que ese castigo terminaría bestializándonos a todos, o bien lo utilizarían como pretexto para masacrar inocentes. Reconocí cómo aquellas máquinas de tortura son utilizadas por otros para matar campesinos alzados, quebrar huesos de obreros rebeldes, moler a golpes los cuerpos de estudiantes marchando hacia sus horizontes.

Todos los torturadores y secuestradores son costales de carne sin sentimientos, utilizados inmoralmente por otros descuartizadores. Sería mejor matarlos haciéndonos justicia nosotros mismos, como han hecho varios pueblos.

¿Quién sería ese muchachito? ¿En dónde le agarrarían? ¿Quiénes serían sus familiares? ¿Qué sentirían su padre y su madre al verlo en esas infames condiciones? ¿Cuánto se destrozaría el alma de ellos al verlo tan maltratado y ofendido, desnudo, con sus cuerpito enrojecido y los músculos molidos por los golpes? ¿Cómo podían tener el ánimo de cinturonearlo con tanto odio, cuando yo jamás he sido capaz de pegar una nalgada a mis propios hijos? ¿Qué les había hecho él para golpearlo con furia?

Me hice todas estas preguntas luego de ver aquellas horribles imágenes tomadas por alguien y después transmitidas por alguien más por correo electrónico. Sólo espero que aquel muchachito, bellísima creación de la naturaleza, se encuentre ya con sus padres, durmiendo nuevamente entre las suaves y cálidas sábanas de su cama, viajando su imaginación con las alas de una mariposa que vuela entre las flores.

¿Cómo hacemos entender a todos los torturadores y secuestradores que cada vez que atacan, vejan, golpean o masacran a alguien, al mismo tiempo desaparece una luz del universo?

San Luis Potosí, S.L.P., a 23 de septiembre de 2010.

sábado, 21 de agosto de 2010

martes, 17 de agosto de 2010

Híkuris

HÍKURIS

Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

Imagine una noche, mientras disfruta de sueños elásticos y dilatados, usted siente cómo de pronto en sus híkuris ha caído la tristeza y aquellos sueños dejan de ser quietos. Dormido aún, usted se aflige terriblemente, son lo mejor de la pequeña colección de cactáceas, dispuestas en cada espacio y rincón disponible de su vivienda, sobre una silla, entre los sillones de la sala de estar, en las ventanas, dentro de una vieja plancha de carbón, en un bote oxidado. Teme una enfermedad virosa fastidiando las entrañas de sus mágicas y admiradas criaturas por un patente color grisáceo en sus bulbos. En un punto de su conciencia observa que no han floreado a pesar del espléndido sol primaveral, cuyas flamas quemantes pasan por los cristales de las ventanas, calcinan muebles y hacen del suyo un verdadero hogar. Piensa que será culpa del recipiente, quizás equivocó en administrar la dosis de agua requerida. Debe cambiarlos y ponerlos en otro donde sientan un suelo con exacta humedad en sus raíces y del tamaño conveniente para extenderlas a sus anchas. Sale y camina hasta la Casa de Artesanías a un costado de La Merced. Revisa los inventarios y localiza una olla rústica de barro cuyo color crudo usted asocia con el mismo desierto prehistórico, un pedazo de hábitat de su híkuri creado con la tierra más nutricia. Paga y sale. Afuera llueve. No podía haber ocasión más propicia. Extiende la olla sobre sus brazos. Gruesas gotas de cielo caen adentro. Estas se transforman en peces de agua que terminan embebidos por el barro. Usted siente en sus manos un depósito de materia perfecta, convenientemente alimentado por vitaminas celestiales. Ya de vuelta los coloca en su nueva morada. Después de dormir espléndidamente y de soñar que ha salido, despierta y se lanza sobre los híkuris. Ahora mira cómo de esas metafísicas cactáceas brotan flores como peces de agua. También observa que afuera ha llovido y siente mojadas sus pantuflas. Sólo imagínelo.

San Luis Potosí, S.L.P., a 17 de agosto de 2010.

jueves, 22 de julio de 2010

El extraño caso del Sr. Tragauñas para una reflexión sobre la locura

EL EXTRAÑO CASO DEL SR. TRAGAUÑAS PARA UNA REFLEXIÓN SOBRE LA LOCURA

(Todos los derechos reservados)

Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

I

Hace unos días visité al encargado de comunicación social de una dependencia gubernamental y me sorprendió ver clavada con tachuelas en una de las paredes de su oficina una página de un periódico de este pueblo con una reseña sobre algunos simpáticos locos de la ciudad.

Como no había sido escrita por especialista en el tema ni por autor serio, en realidad no se trataba de un estudio profundo de la cuestión ni tenía más pretensiones que el de entretener a algún iletrado comprador de periódico mientras boleaba sus zapatos en algún sillón del centro de la ciudad o desechaba sus fluidos corporales en el baño.

En una ciudad en donde el analfabetismo afecta incluso a los egresados de las universidades, poco puede exigirse sobre las capacidades de lectura de su población o una mayor crítica sobre los temas de su predilección. Recuerdo, por ejemplo, cómo un reciente ejercicio escolar descubrió que un alto porcentaje de habitantes de esta ciudad creen en fantasmas, seres sobrenaturales y artes adivinatorias.

De modo que las frecuentes ocurrencias del autor de este banal artículo acerca de los locos del pueblo llegaban a ser festejadas como si hubiesen surgido de la pluma de M. Foucault o K. Kosik. (Entiendo que una enorme cantidad de habitantes de esta ciudad incluso ignoran la existencia de científicos eminentes, como los mencionados).

Por varias razones me sorprendió mirar aquel frívolo artículo clavado en una de las paredes de una oficina gubernamental. Una de ellas tenía que ver con el hecho de que quizás el encargado de ese despacho había mirado en su autor a un genial pensador del tamaño de J. Lacan o de A. Heller y que había encontrado muchas más verdades que en ellos (suponiendo que un funcionario de nuestras mediocres administraciones públicas llegara a conocerlos).

Otra razón por las que golpeó mis sentidos descubrir dicho escrito en aquel cubículo (mismo que hasta ese día ignoraba, pues no está en mis ocupaciones leer periódicos provincianos) fue que conocía perfectamente la personalidad de su autor, por lo que entonces exclamé como en automático:

—Aquí falta la mejor historia de los locos de nuestra ciudad. ¡Es la propia biografía de quien ha querido reseñarla!

Como los signos que nos han revelado la enfermedad de quien escribía esa crónica son populares, el funcionario reprimió una carcajada y únicamente estiró los labios. Bien que conocía algunos detalles de la personalidad patológica y perversa del autor de aquella insustancial nota periodística con pretensiones de ensayo.

—Quiere que le ayudemos con financiamiento para emprender un trabajo al respecto—, se disculpó el funcionario.

Este dato no me sorprendió; más bien acabó por confirmarme cuánto es difícil transformar el ECRO de un sujeto (como diría E. Pichón) sin ayuda de un profesional y sin la propia voluntad de hacerse otro tipo de individuo. Dicho personaje sólo había sabido vivir como parásito, medrando de su oficio periodístico y obteniendo dinero en grandes cantidades de los funcionarios gubernamentales, mientras el resto del mundo sufría por conseguir unos pesos para sobrevivir.

Por garabatear algunas alucinaciones venidas de las oscuras regiones de su locura o de sus eternas borracheras, como la referida, este personaje obtenía dinero público para vivir sin trabajar.

¿Cuáles eran algunos de los síntomas que a todos revelaban la gravedad de sus patologías? Uno de ellos tenía que ver con la extraña manía de cortarse las uñas con los dientes o incluso con herramientas de corte, como los cúter. Cierta vez, hace muchos años, lo observé rebanarse las uñas con una navaja de ese tipo, como si fuese sacapuntas de lápiz, hasta sangrarse los dedos.

Por esta razón a nuestro desquiciado personaje se le conoce ampliamente con el seudónimo de “El Tragauñas” (también se le ha conocido con otros motes, como el no menos ingenioso de “La Garlopa”, pues por esa manía parecería que en su boca trae ensamblado un cepillo de carpintero).

Siempre me ha intrigado aquel detalle de su personalidad y debe buscarse en la “Historia de la locura” de M. Foucault o en “Algunas reflexiones sobre el yo” de J. Lacan alguna pista que explique por qué una persona siente las uñas de sus dedos como si fuesen una entidad diabólica que debe cercenarse de tajo, aunque ella misma se cause daño.

Esta pista tiene el mismo valor simbólico que el que tendría el de alguien que creyéndose poseído por algún demonio él mismo termina prendiéndose fuego o despellejándose para arrancarse esa entidad de su propia piel.

Por tanto, decía que su propia biografía debía ser la más valiosa de cualquier reseña de locos de nuestra ciudad, aunque no dejaba de ser simpático que un loco escribiera precisamente sobre otros locos. Esto nos llevaría a establecer una hipótesis con valor heurístico de que estos enfermos tienen conciencia de esas patologías, aunque no las aceptan como propias. Es decir, el loco juzga a los demás como locos; en tanto él mismo se mira como “no-loco”.

Aunque hasta la fecha no he encontrado un psicólogo de nuestra Universidad que de explicación razonable a esta conducta, no falta quien especula que todas las patologías tienen origen en la infancia del sujeto. Con S. Freud se diría que nuestro personaje quedó atrapado en las fases del desarrollo infantil (anal, oral y fálica), debido probablemente a un obsesivo amor por su madre o a un acto sexual de ella que le conmocionó.

Quizás la haya observado en un encuentro sexual y ese recuerdo le cause dolor al extremo de querer arrancarse las uñas. O sea, padece un grave complejo edípico por alguna causa que sólo él mismo podría descubrir, tras largas sesiones de terapia psicoanalítica.

No dejan de tener sensatez esos diagnósticos que sobre su personalidad se hacen con frecuencia en los cafés a donde acuden científicos, políticos y artistas. Me confesó un psicólogo que cierta vez compartió tragos con nuestro sujeto a estudio y que hubo detalles de su conducta que también le impactaron. Por ejemplo, mencionó cómo éste tomaba un vaso con agua de la mesa y se echaba su contenido a la cabeza y enseguida se lavaba rostro y manos, en vez de hacerlo en el sitio socialmente establecido para refrescarse o limpiarse.

Parecía un evidente signo clínico de odio social generado en la infancia, pues necesitaba mostrar su rebeldía frente a las reglas establecidas. Aún sí, su bipolaridad es grave, pues finalmente ha terminado sucumbiendo ante ellas. Por ejemplo, con frecuencia expresa críticas hacia el modo de vida pequeño burgués y sin embargo vive en una zona residencial de la pequeña burguesía en una vivienda que pudo adquirir de hacer negocios corruptos con el gobierno.

Aquel día, ya totalmente borracho, terminó confesándole al especialista un detalle de su psicología que le reveló la gravedad de su situación emocional:

—¡Mi mamá tenía unas piernotas!— le dijo, mientras con los músculos de su cara hacía una mueca de éxtasis y buscaba reproducirlas con una expresión de sus manos.

Debido a su reprimida homosexualidad también adquieren bases sólidas aquellas hipótesis sobre su complejo de Edipo y sus castraciones infantiles como variables independientes o casuísticas de sus patologías. No es que sea malo ser homosexual; en realidad, quien escribe está de acuerdo en que cada quien debe disfrutar su propia sexualidad.

Lo patológico es reprimirla, ocultarla, hacerla surgir cuando se está bajo los efectos de alguna droga, como el alcohol, como sucedería en su caso. De esta conducta hay quien recuerda cómo cierta vez, luego de una prolongada noche de borrachera, intentó besar al director del periódico para el cual trabajaba y cómo éste terminó arrojándolo entre las sillas para librarse de su intento.

Es posible que en ese esfuerzo inconsciente por ocultar su homosexualidad, algunas veces tratara de hacer espectáculo de su masculinidad. Una periodista me ha dicho que su recuerdo de este personaje viene de su infancia y del tiempo en que su familia era vecina del “Señor Tragauñas”. Su imagen de él es verlo acostado semidesnudo en una cama con una mujer, apenas cubierto por una sábana, viendo el televisor y rascándose sus órganos reproductivos.

Esto sucedía porque había ubicado esa cama en el sitio destinado a la sala y a propósito dejaba abierta la puerta de entrada a su casa, de modo que cualquiera que caminara frente a ella podía verlo acostado en la cama, desnudo y con su acompañante. ¿Otro símbolo de su castración infantil?

Lamentablemente este loco no es de naturaleza inofensiva o sus extravagancias son simplemente jocosas, como otros memorables enajenados que nos han acompañado en nuestra ciudad, como “El pesero”, “Sujey”, “Juan Antonio Perfecto” o “Guanpole. Este es un loco peligroso y perverso que se oculta bajo el disfraz de intelectual y de estratega político.

Curiosamente al poco tiempo de haber publicado su crónica sobre algunos locos de la ciudad, el “Señor Tragauñas” fue designado encargado de comunicación social de todo el gobierno. Entonces muchos comenzaron a preguntarse si acaso también quien lo designó estará enfermo.

Quizás sea cierto, como propone J. Lacan, que no existe el “no-loco”. En tanto seres duales (es decir: animales socialmente adaptados) todos tenemos algo de locos. Sin embargo, los más peligrosos son quienes ocupan cargos de poder porque arrastran a todos en su locura.

II

Algo debe haber en mi ciudad que con frecuencia uno se tropieza en las calles con personas que conversan con el aire o manotean el viento como si dieran indicaciones a un ser invisible sobre alguna dirección o algún suceso.

Hay quienes creen que es a causa del aire. Contiene alguna espora, todavía ignorada por nuestros científicos, por cuya respiración vengan a producirse alteraciones en el cerebro de los frágiles.

Otros encuentran los orígenes de esa extraña conducta en el agua. Como nuestra ciudad se construyó sobre suelos ricos en minerales, podría ser que éstos quebraran las neuronas, como hace el flúor con los dientes.

Como yo procedo de las ciencias sociales, opino que esas personas que, de pronto, pasan gritando junto a nosotros o hacen banquetes en el suelo más bien fueron víctimas de algún ataque en algún momento de sus vidas.

Otra hipótesis a por qué vemos personas como si huyeran de un campo cuajado de pilas de sacos de huesos, como los de esas fotos de la 2ª guerra, es que la dialéctica de la existencia les reventó la sinapsis.

Uno de esos casos es el del “Señor Tragauñas”, quien (como una cosa extremadamente absurda) se desempeña como encargado de comunicación social del gobierno del estado, desde hace unas semanas.

Ya en la parte I dimos algunos detalles de su locura. Sin embargo, faltan muchos más por ser presentados en este esfuerzo que nos impusimos con una intención enteramente científica.

Nuestro objetivo con este ensayo es mostrar cómo también es necesario incluir exámenes psicométricos, junto a los toxicológicos y a los de no antecedentes penales, en la ley de la administración pública.

Con algo así blindaríamos a nuestros sistemas de gobierno, de por sí endebles y sometidos al embate de seres corruptos. Con aquellas pruebas cerraríamos la puerta del poder a individuos locos, drogadictos y hampones.

Si usted ignora quién es el “Señor Tragauñas” puede pasearse un día por la Plaza de Armas y seguro por ahí lo hallará. Pregunte a los boleros o a los policías y ellos podrán identificárselo.

Es un individuo de unos 57 años, con una gorra de beisbol puesta al revés (como “Memín Pinguín” o uno de esos miembros de la “Familia Burrón”, ambos personajes de las historietas mexicanas de los 50s).

En su estrafalario e invariable concepto de estética del vestido tiene lugar privilegiado el uso de pantalón de brinca charcos –curiosa adaptación masculina del femenino pantalón Capri.

También puede estar rascándose los testículos, como hacen los chimpancés de zoológico para matar el tedio. Como es un loco no estudiado en clínica, se desconoce si se trate de una manía o a consecuencia de un hongo.

Como sucede con esos tipos que andan manoteando el viento y hablando con criaturas invisibles, asimismo nuestro personaje permanece como autista, con la boca abierta, dialogando entre los árboles con algo así como dios.

Mientras está en ese trance no establece conexión con el mundo real. Algún conocido puede acercarse a saludarlo y éste sólo extiende su mano en el espacio, como si fuese un Monseñor con miedo a rasgar la fragilidad del cielo.

Después de hablar con esos seres fantásticos que le transmiten sus ideas, comienza su función de tragarse compulsivamente las uñas, conducta de donde proviene el seudónimo que el pueblo le ha impuesto.

Quienes lo padecieron como profesor en sus días de escolares (¡porque el “Señor Traguñas también fue catedrático universitario!), cuentan con sarcasmo cómo sufrían en el salón esa manía de rascarse los genitales y escupir uñas.

Sería bueno reflexionar acerca de cuántos locos hemos padecido ya sea como catedráticos o como funcionarios universitarios. Entre aquellos sobresalen el “Dr. Monroy” o “El Chicharronero”, y entre los últimos más de un rector.

Quizás ahora será un poco más difícil disfrutar de esa contribución del “Señor Tragauñas” a nuestro circo de perturbados. Como les decía, de unas semanas a la fecha ya despacha como funcionario del gobierno del estado.

Esta cuestión es mucho más delicada para nuestra sociedad, porque un desquiciado callejero que come tortas de aire como si lo hiciera en un banquete en los Campos Elíseos, es inofensivo para nuestras vidas.

En cambio no lo son estos locos hechos funcionarios, porque consuman actos detestables. No sólo usan el patrimonio público de manera privada. También urden políticas, leyes y programas con ideas estúpidas.

Ya “El Señor Tragauñas” había ocupado el cargo de asesor de otros locos hechos gobernadores, como uno de nombre Horacio y otro de nombre Fernando, en cuyos regímenes abundó el consumo de drogas y alcohol.

Quizás la deplorable situación en que vivimos la debamos a esas administraciones integradas por locos. Entre los empleados de la Casa de Gobernadores son memorables las fiestas de pervertidos de aquellos.

Les recuerdan bañándose desnudos en la alberca de esa mansión pagada por un pueblo miserable, totalmente intoxicados por el alcohol y las drogas, saltando y gritando como afiebradas ninfas acuáticas.

Para una documentación sobre la locura y el poder mencionemos que el “Señor Tragauñas” transcribía los mensajes dictados por seres etéreos en sus trances autistas y éstos luego eran repetidos por sus amigos gobernadores.

Entonces sus chifladuras no dejaban de tener más impacto social que el de ver sus comunicados divinos a grandes titulares en los periódicos. Ahora este pueblo tendrá que padecer sus perturbaciones desde el desempeño público.

Volvamos a nuestra hipótesis acerca del origen de la locura de este perverso y peligroso personaje. Ya planteamos que no creemos que ésta sea ocasionada por el aire que respiramos o por el agua que bebemos.

Tampoco tiene que ver en su enfermedad algún cisticerco que le esté devorando los sesos. Lo suyo es de naturaleza enteramente psiquiátrico. Quienes le conocen bien se remontan a los lejanos años de su infancia.

En eso existe un debate sordo entre quienes dicen que su daño fue ocasionado por haber visto a su madre en un encuentro sexual que le afectó, como ya habíamos dicho; y otros que hablan de un sacerdote.

Estos últimos dan anécdotas precisas de que el actual “Señor Tragauñas” servía a los 5 años de edad como acólito de un “Padre Juanito” en la brava colonia Centenario.

Por esas versiones, pensamos que dicho sacerdote debió ser un truhán, como tantos pederastas que regentean los templos católicos y viven como zánganos de las inocentes creencias de un pueblo analfabeto.

Mientras aquel niño echaba incienso a los santos, era atacado por el “Padre Juanito”. Así terminó convirtiéndose en esa criatura maniática, misógina y bipolar que conocemos con el seudónimo del “Señor Tragauñas”.

Es posible que su tendencia a adoptar poses pontificales, a orar como si sus frases procedieran de seres impalpables y a perderse en el autismo como si escuchara a los ángeles, sea una recreación de aquella infancia perdida.

No habita el mundo real, como todos los demás. Habita en aquel templo en donde fue violado, porque volver a la realidad le causa daño, sería reconocerse como víctima y reconocerse ahora como victimario.

Con quien habla entre las ramas de los árboles o en las nubes es con el “Padre Juanito”. O más bien, éste se transfirió al cuerpo del “Señor Tragauñas”, desapareciendo por completo su propia identidad.

Ante lo que nos encontraríamos no sería ante un personaje de Borges, sino ante un paciente de Freud. En su caso no existen fantasías ni mitificaciones. Es el más puro caso de la psiquiatría.

No estamos ante una circunstancia metafísica o ante un hecho que escape a la explicación científica, como él y sus amigos gobernadores afectados por el gusto literario quisieran que sucediera con los problemas del mundo.

Pretenden que los complejos asuntos del universo tienen pura existencia platónica, pues así escapan a los dolores que les causa reconocer que sus locuras son efecto de una causa. A ésta buscan esconderla entre castillos retóricos.

Si fuese un extraviado insignificante, el caso del “Señor Tragauñas” sería solamente asunto de literatura, como son los de otros locos a quienes vemos en las calles con los ojos incendiándose por un fuego interno.

Sin embargo, ha quedado dicho que sus versos, como antes, resuellan en la nuca del gobernador. Por eso, debemos evitar que nuestros sistemas de gobierno sean vulnerados por la locura de quienes llegan al poder.

III

Del “Señor Tragauñas” cuentan de cuando se inició como escribano de anodinos y superficiales discursos de los gobernadores. Sucedió cuando un loco de nombre Horacio asumió el poder político de esta región en el año de 1993.

Como en este retrasado país el gobernante civil es investido en un ritual como si fuese descendiente de una entidad sobrenatural, una de las cosas que ahí suceden es la pronunciación de discursos como si fuesen llaves mágicas del cielo.

Es como si tales bichos anormales, ungidos por la inmaterial sustancia del poder, pudiesen comunicarse con seres metafísicos a través de un lenguaje preciso y con ello hicieran puentes de ondas hacia ese reino supranatural.

Junto a los trajes que vestiría para trabajar convenientemente como cuasi dios, aquel orate pidió a un grupito de seres afectados por el lenguaje poético hacerle un discurso apropiado, con el cual hablar a tan elevadas dignidades.

Precisamente el “Señor Tragauñas” se hallaba entre dos o tres exquisitos, adictos a un habla afectada, la cual expresaban como si fuesen monitos de ventrílocuo sentados en las rodillas de potencias metafísicas.

Nuestro desquiciado personaje vio así materializados sus anhelados sueños de infiltrarse al primer círculo de cortesanos de Palacio; y, con ello, de ascender de nivel social, pues su infancia estuvo caracterizada por la precariedad y el maltrato.

Era tan grande su odio a su clase de origen que incluso sentía vómitos cuando le invitaban un café, pues asociaba dicha bebida con su época de privaciones cuando no comía más que esa pócima y caldo de frijoles.

Hasta maldecía a los pensadores socialistas o a los guerrilleros y activistas sociales, creyendo que la materialización de esa utopía afectaría sus delirios de riqueza. O que lo obligarían a trabajar realmente llegado un gobierno así.

—Invéntate una nota de que en Rusia matan escritores —ordenó un día en la redacción del periódico para el que trabajábamos— Pinches marxistas de mierda —agregó con fiereza como si fuese agente de gobernación o hijo de burgués.

Con Horacio, el nuevo perturbado gobernador con quien había hecho amistad mostrándose como gusano, vio la oportunidad de enriquecerse, cosa que logró hacer como hacen casi todos de quienes llegan a ocupar un lugar en el poder.

Entre sus negocios figuró el de colocación de forjas y herrajes en diversos sitios, como la Calzada de Juárez, gracias a los extraordinarios contratos autorizados por su amigo, el disparatado, alcohólico y pervertido jerarca.

Ya para entonces poseía una modesta construcción en el exclusivo fraccionamiento de ricos, ubicado entre los cerros del oriente de la ciudad, a través de extorsiones a funcionarios y andar de limosnero.

—Consígame unos durmientes o no vaya a quejarse después —exigió cierta vez al dirigente sindical de ferrocarriles. Quería emplearlos como vigas de su residencia a fin de imprimirle efectos de rusticidad.

Este detalle, así como otros referidos en esta historia, ilustran con justicia la psicología de este personaje. Es un ser corrupto cuyo único propósito en su existencia ha sido escapar de su origen social, como si su pasado fuese el infierno.

No es ilegítimo que alguien busque mejorar su existencia; lo ilegítimo son los medios empleados. En su caso no ha sido el verdadero trabajo un medio para salir de la miseria; su medio ha sido la extorsión, el robo, la calumnia, la depravación.

Así, llegó el día en que con retazos prosódicos de cada uno de sus amanerados poetas, el orate mandatario remendó su discurso y habló al presidente, personaje de mayor jerarquía en esa extraña pirámide al cielo.

Esa vez, su cabeza rozaba el Topos Uranus. Tratando de ganarse el afecto de este soberano de mayor potencia, el nuevo amo de la región pronunció su discurso, imitando el tono y la cadencia oratoria de aquel a quien adoraban.

—Felicidades, gobernador. Muy bueno su discurso —le dijo Carlos, el presidente, con falsa cortesía al término de la ceremonia en que Su Majestad ascendió al trono, afortunadamente por un breve tiempo de cuatro años.

Emborrachado por whiskey, alcohol al que siempre ha sido afecto, y por los hipócritas elogios del jefe superior, Horacio corrió como una mujer loca a transmitir esas felicitaciones a sus amanerados poetas.

—Le encantó el discurso al presidente —le dijo al “Señor Tragauñas”. —Desde ahora tú los harás—. Lo mismo confió a un cuentacuentos de mediana fama.

Todos se agarraron felices de las manos e hicieron extraños movimientos, como si fuesen bailarinas haciendo rondas infantiles. En su éxtasis no alcanzaban a descubrir el engaño de que habían sido víctimas del otro más perverso.

Después de la ceremonia el presidente acudió a saludar a la familia política del trastornado gobernador, a cuyo suegro recién fallecido debía realmente esa posesión. Y a sus cuñados, Carlos dio una opinión distinta.

—¿Quién le haría ese discurso a Horacio? —preguntó burlándose y enseguida agregó como si sus formas de balbucear le hubiesen revelado sus verdaderas personas: —¡Parecía de afeminados!

No estaba muy lejos de la realidad. Todos eran amariconados, aunque ocultaban sus verdaderos gustos sexuales con matrimonios monogámicos. Enfatizaré de nuevo que acepto la diversidad sexual, más no la impostura.

Este fue el origen del “Señor Tragauñas” como escribano de los intrascendentes y aburridos discursos del maniático que gobernó a esta región. Después lo sería también de Fernando y ahora volvió con “El Doctor”.

Por cierto, de este último no se sabe bien si es a su esposa a quien el perturbado “Señor Tragauñas” debe el puesto de comunicador oficial, porque ella es quien verdaderamente gobierna al Estado con arranques de loca histérica.

Si es así, este ser misógino y despreciable debió cautivar a esta mujer con sus profundas reflexiones acerca de “Las mil y una noches”, lectura a la que siempre ha sido afecto junto con las rondas de Mambrú, como si fuesen tesis científicas.

Con esto damos otro dato significativo que desvela aquellas personalidades de quienes ocupan cargos de poder civil en nuestro país. Ellos no son personas de ciencia o de filosofía, ocupadas en hallar soluciones de fondo a nuestros problemas.

En vez de eso, quienes gobiernan han sido y son criaturas que hallan en la anécdota, en el onirismo y en las canciones infantiles argumentos a sus actos, cosa que nos muestra el estado de alucinación en que se encuentran hundidos.

Pero como decimos líneas arriba, el “Señor Traguñas” no sólo es un ser obsesivo compulsivo, a consecuencia de actos sexuales cometidos en su contra o de otros de su madre que casualmente presenció. O de ambos simultáneamente.

Tampoco es solamente un ser corrupto capaz de consumar cualquier acción detestable para agradar a quien tiene el poder, como empinársele, y ascender en la pirámide social sin trabajar, a diferencia de cuantos hacen por ganarse un pan.

Junto a todo eso es también un ser misógino y ególatra. Son venerables su odio hacia las mujeres y su amor por sí mismo, como refieren quienes han sido víctimas de sus patologías y de sus perversiones.

—Me preguntan por qué tengo un mal concepto de este personaje. Si es porque me ha hecho algo o por qué cosa —me comentó una periodista que también le conoce.

—Y les hablo de cuando lo escuché quejarse una vez por haber perdido el premio de periodismo. “¡Cómo que esta pinche vieja me ganó, si yo soy el único que sabe escribir en este puto pueblo!”, le oí decir.

Es un ser amargado, cuyo odio a las mujeres y su amor por sí mismo son graves. En su misoginia y su narcicismo también se manifiestan los trastornos de este notable personaje de la historia de la locura en nuestra región.

¿Cuál es esa extraña maldición que nos ha condenado a ser gobernados por locos y maniáticos? ¿Acaso es imposible que al poder accedan filósofos y científicos y que en su lugar lleguen seres alucinados, como el “Señor Traguñas”?

San Luis Potosí, S.L.P., enero - marzo de 2010.