miércoles, 2 de diciembre de 2009

De plástico son los santos

DE PLÁSTICO SON LOS SANTOS

Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

Amanecieron sobre tejas barnizadas. Los Santos Reyes miran al horizonte con rigidez de plástico. Ni siquiera el frío causa un breve temblor en su piel sintética.
Monos tiesos de producción humana, recreación artificial de personajes mitológicos. Con todo lo que esa expresión tiene: mentira, falsedad, engaño, enajenación, fantasía, manipulación. ¿Existirían realmente? ¿Cuál cabecita los inventaría? ¿De verdad cruzaron países, durmieron en piedras, comieron yerbas amargas del monte, pasaron apuros nomás para deleitarse con el suave perfume de una criatura nacida entre bestias, estiércol, pacas duras de zacate? ¿Abandonaron su cálida alcoba y desafiaron bandoleros para sanar su espíritu en una pupila inocente?
Niño rubio, ojos azules, cara sonrosada. No quisiera y siempre viene a mí esa impresión. La tengo calcada en un sitio donde guardo mis recuerdos. Es decir, no la imagino, sino la saco del cajón como una foto de mi infancia. De cuando niño endulzaban mis fantasías esta clase de noches. Me gustaría admitirle de ojos, piel y cabello oscuros. Como mis niños, como sus niños, como los niños de las calles.
Presuntos magos, genios alquimistas, decodificadores de un signo extraño que anunció en las estrellas el milagro. Apuraban el paso, bajo una luz prendida en el cielo, para conocer al hijo nacido entre polvo de carne, hueso, malos humores, envidias, crueldades, apetecer mujeres de otros, hundir en cuerpos de manteca cuchillos afilados, azotar espaldas con mecates y obtener ganancias de su sangre.
Y también de soñar hombres de otras. De imaginar el olor de su cabello. De soñar sus barbas en el cuello y su gemido en los oídos. De ganas de probar sus músculos, morderlos, acariciarse con ellos. De guardarlos en el espacio más íntimo.
Nomás un perfeccionista debía trepar esos monos al techo. Alguien con paciencia suficiente de acomodar bestias de plástico; mientras detrás de las montañas azules mueren niños de leucemia y desnutrición. Mueren sin escándalo, ningún periódico da nota de ellos, como cuando extingue una velita: ¿quién siente tristeza cuando apaga su flamita? Tampoco merecen un ataúd del gobernante. A este interesa verse como actor: sonríe como idiota por las calles, lo hace con hipocresía, muestra sus dientes operados a quien cruza, quiere saberse amado.
Alguien quizás movido por la declinación del sol (que quiere decir igualmente: por la temporada, por un momento determinado del año capaz de endulzar hasta el vinagre) sintió necesidad de subir al techo animales de resina. Lo hizo cuidadosa, laboriosa, mansamente. Los ubicó junto a los Santos.
¿De verdad serían reyes? Bultos inmutables: hechura industrial a efecto de sanar corazones. Objetos de curación al remordimiento causado por la falta de compromiso. Es decir, con aquellos a quienes infinidad de punzantes laminitas hunden hasta los bronquios y matan de pulmonía. Con quienes de la buena comida nomás conocen sus olores y las formas en que los dientes clavan en lujosos restoranes. O puestos allí quizás por una conciencia atormentada, producto de ese mismo desprecio por los otros.
Fetiches de pasatiempo para quienes hasta los asuntos de fe pueden llevarse en carritos de supermercado. Ni el humo intoxicante de los camiones rasga sus narices. Allí un elefante, un caballo, un camello. Acomodados convenientemente, como en el cuento. Muy pacientemente dedicó la tarde a sacarlos del sótano. Luego les pasó un trapo encima y les quitó el polvo del año. Después trepó a la azotea y los fue acomodando.
Allí están esas cosas de polímero sin ánimo de moverse, sacudir la cola o echar un gas. Tampoco el zumbar de las máquinas entra por sus orejas. Ni el crujir de fierros al pasar. Un cerebro infantil creería que esperan la noche a fin de andar por las estrellas. De ir al cielo cuando nadie los observa y traer juguetes en costales. ¿De verdad solamente para los niños buenos?
Me pregunto: ¿Puestos allí por quién? ¿Por un ser piadoso? No creería que puestos allí por ocio, si no fuese tan desquiciado, escéptico, ateo, enfermo de resentimiento social. Me inquieta esa pregunta mientras paso frente a las imágenes. Digo: esas manos fueron gobernadas por una fuerza enajenante contra la que no solamente es difícil liberarse, sino también identificar y decir: “¡mírenla, allí está, es quien nos tiene atarugados!”. Ni siquiera una frase cuestionante. Ninguna Navidad es algo sin mentiras ni lacayos.
Paso frente a los bultos y me conmueve su indiferencia, como si nada más hubiera que una fiesta en las tragedias, que cocinar un cerdo con manzanas, en tanto almas infantiles acaban en ceniza de cometas. Sobre la tierra pueblan llanto, muerte, andar con piernas fracturadas y mirar con ojos fragmentados. Muchos no pasan su tiempo sino tirando piedras en las banquetas, respirando humo de motores, empanizados por el polvo de las llantas.
Otros, en cambio, esperan anhelantes la hora de los juguetes, el intercambio de regalos, las botellas para descorchar, entre inocencia y frivolidad. Me pregunto: ¿acaso esa gente, con tan grande paciencia de subir al techo monigotes, será consecuente con los valores que presume?, ¿practicará ciertamente el amor y la filantropía?, ¿renunciará un día al diabólico impulso de coleccionar objetos?, ¿compartiría por lo menos un minuto de abundancia con los otros?
Y así me digo que son cristianos de ocasión, de misa dominical y fechas iniciáticas, nomás de banquetes abundantes en aceite y sangre de animales. Mi juicio es un jugo destilado en el alambique de incontables decepciones. Y me digo al pasar frente a esas cosas trepadas en el techo: son de plástico esos santos, su interior tan hueco y su piel tan insensible como quienes allí los colocaron.
Y mientras me voy con su imagen retratada en el cerebro, al mismo tiempo me pregunto: ¿acaso un verdadero milagro podemos esperar?

San Luis Potosí, S.L.P., a 1 de diciembre del 2004.



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