jueves, 17 de diciembre de 2009

El intercambio de regalos

EL INTERCAMBIO DE REGALOS

Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

Como cada doce meses, llegó la fecha del año cuando todo el mundo enloquece por la cercanía de esa ocasión conocida como Nochebuena. A pesar de que esta celebración fue establecida en época remota como resultado de la dialéctica entre el movimiento del cosmos y el cerebro humano, su verdadero propósito es desconocido por los ciudadanos de esta civilización.
Dedicado inicialmente al nacimiento de un nuevo ciclo solar este momento de la danza del universo, ahora está instituido con el fin de regodearnos por el nacimiento de alguien designado como “hijo de dios”. Ya desde un mes antes de la Nochebuena todo el sistema basado en la producción y circulación de mercancías comienza a envenenar el cerebro y los sentimientos con el impulso irracional del deseo.
Radio, televisión, periódicos, vidrieras, incluso patios de edificios públicos, por todas partes por donde fluye la existencia humana proliferan mensajes que inyectan en las venas el deseo de adquirir cosas de las tiendas y regalarlas. Por más que existen esfuerzos de algunos grupos de acción filosófica para hacer conciencia sobre la estupidez de celebrar el cumpleaños del supuesto “niño de dios” comprando cosas en los centros comerciales, muy pocos escapan a la fascinación ejercida por los fetiches envueltos en celofán y cajas de plástico transparente.
Ni siquiera entre los sectores intelectuales hay quienes logran escapar a la hipnosis ocasionada por los objetos. Más bien todas las personas pasan cada segundo de esta época del año con los ojos pegados en las vidrieras de las tiendas y con las ilusiones alentadas por la posesión de cosas. Como si fuesen alquimistas, buscan convertir basura en dinero para comprar aquellos ídolos que les permitan mostrar su inmenso amor por otro. Así adoran al nuevo dios de esta civilización humana: la mercancía.
Nos hundimos en un tipo de autismo sin cura en que los colores, las formas y los movimientos de las hechuras industriales extraen el aliento de lo más profundo de las entrañas. Incluso llegan a ocasionar neurosis y tragedias. Una espesa bruma de tristeza oscurece el cuerpo emocional de las personas si en esta fecha carecen de dinero para materializar su amor por otras por medio de cosas venidas de las fábricas de la alegría. Unos deciden emplear una bala como medicamento, disparándosela en el cerebro, y otros lo hacen colgándose del cuello.
En medio de toda esta locura con la cual se recuerda el nacimiento de un inexistente “hijo de dios”, mito con el cual fuese sustituido por la iglesia católica un arcaico rito solar por la llegada de un momento en que la luz parece ser devorada por la oscuridad, supe hace poco de una familia. A causa de la escasez de dinero ocasionada por el neoliberalismo capitalista y la concentración de riqueza en unos pocos, esa pobre gente se encontraba afligida como todo el mundo por la cercanía de la Nochebuena y un vacío enorme en el pie del Árbol y del Nacimiento.
Reunidos cuantos integraban esa familia, desde la abuela, hijos y hasta nietos de diversas edades, discutían acerca de cómo festejarían a ese “hijo de dios” (lo mismo que significaría pedir por la reaparición del sol y sus prodigiosos rayos) y se entristecían al ver cómo carecían de dinero para alegrar su hogar con formas, colores y movimientos venidos del divino reino de los objetos. Empero, como la imaginación humana es también maravillosa, en los cerebros más jóvenes se generó la idea de organizar un intercambio de regalos. Ustedes dirán que eso no tiene nada de extraordinario, y tienen razón pues esta forma de obsequiar es vieja. Lo innovador era que se trataría de un intercambio de regalos personalizados.
Entre los viejos hubo quien objetó contra la estupenda idea de los muchachos de organizar una Nochebuena con alegría y sin derrochar dinero, bajo el argumento de que de las calles recogerían bachichas de cigarrillos y las adornarían con una caja con moños para obsequiarla a la tía fumadora, cuestión que no era válida, sino más bien ofensiva. Otro miembro de la generación decadente presentó la antítesis de que los muchachos llegarían a bajar zapatos colgados de los alambres de la calle para dárselos al más pobre, cosa que también sería delicada. Y uno más señaló que habría quien regalaría calzones íntimos con agujeros o con los resortes guangos a la cuñada gorda.
Nada de eso, respondieron a coro nietos y sobrinos y su voz batió como hacen las olas contra la piedra. Plantearon que los regalos debían ser cariñosos y sencillos, quizás extraídos de un torrent o un servidor de intercambio de internet, o libros fotocopiados, o elaboraciones venidas del horno del ingenio y no de la máquina de engendros masivos.
Como cada regalo debía ser personalizado, esto llevaría a todos a hurgar con el más cauteloso análisis en la psicología de los familiares, como hacen los exploradores de una tierra desconocida que se maravillan con el insecto o con la flor apenas encontrada. Y además deberían ocasionar risa para pasarla felices. Entonces hasta los más aburridos y cascados tíos por el devenir del tiempo y por las fuerzas gravitacionales aceptaron la propuesta y se hizo el intercambio.
Llegada la Nochebuena todos acudieron con sus regalos. Una jovencita inició la fiesta, regalando a un tío un disco de canciones de cuna que descargó de una página web y que luego quemó en su máquina. Todos se carcajearon por demostrar el buen conocimiento que tenía de su pariente, pues siempre se quedaba dormido en el sofá. Otro tío dio a un sobrino un espejo, empotrado en un marco recubierto con arena y adornado en los márgenes con conchitas de mar. Y las risas estallaron porque asociaron el objeto con la conducta metrosexual del muchacho (¿si saben lo que es metrosexual, verdad?). Uno de los nietos más atrevidos dio a la abuela una tarjeta de crédito cancelada por sobregiro, pues sabía de su compulsión por las compras. Entonces las risas fueron más bien discretas, aunque por dentro se alegraron de la ocurrencia.
Y así siguieron con cada uno. A una sobrina devota del teñido del cabello regalaron un bote de agua oxigenada. A una tía achacosa le dieron un parche de árnica. Otro tío recibió una caja del famoso brandy “Torres 10”, pero en su interior había una botella de una mezcla alcohólica de agave y caña. Hubo obsequios de carácter científico. Un primo regaló un microscopio de Leeuwenhoek, construido por él con laminitas y una lupa, según un modelo encontrado en el sitio “Cienciafacil.com”. Otro rescató una pecera abandonada en la azotea de su casa y en ella elaboró una colonia de hormigas. A alguien más dieron un frasco con larvas de mosquitos en donde se leía: “Circo Acuático”, por su afición a la biología. Uno muy talentoso se animó con una cámara estenopeica, dispuesta para ser estrenada esa noche.
De esta forma, aquella familia solucionó la neurosis y la angustia con que la civilización de la mercancía intoxica el cuerpo emocional de las personas en esta época del año, a pesar de que, como arriba se decía, en la antigüedad esta celebración sólo tenía como propósito orar por el renacimiento del sol, pues como dice el “Mago Jefa”: “Nace en el solsticio de invierno, después del día más corto del año (en el hemisferio boreal) y en la noche entre el 24 y el 25 de diciembre, la noche santa por excelencia en todo el año”.
Sin embargo, esto lo ignoran millones de personas que se afligen por no tener regalos para celebrar y llegan incluso a cortarse las venas empujadas por la angustia de no tener que dar, aunque una tarjeta electrónica con una imagen medieval de Jesucristo que se transmite por e-correo dice en un costado:
—“¿Dónde dije que debías comprar tantas cosas para celebrar mi cumpleaños?”.
Sin embargo, muy pocos hacen caso de esa advertencia. Inevitablemente nuestro pulmón donde radica el juicio parece intoxicado por la venenosa sustancia que la poderosa máquina de hacer fetiches arroja en el ambiente por sus chimeneas, junto al monóxido de carbono.

San Luis Potosí, S.L.P., a 16 de Diciembre de 2009.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

De plástico son los santos

DE PLÁSTICO SON LOS SANTOS

Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

Amanecieron sobre tejas barnizadas. Los Santos Reyes miran al horizonte con rigidez de plástico. Ni siquiera el frío causa un breve temblor en su piel sintética.
Monos tiesos de producción humana, recreación artificial de personajes mitológicos. Con todo lo que esa expresión tiene: mentira, falsedad, engaño, enajenación, fantasía, manipulación. ¿Existirían realmente? ¿Cuál cabecita los inventaría? ¿De verdad cruzaron países, durmieron en piedras, comieron yerbas amargas del monte, pasaron apuros nomás para deleitarse con el suave perfume de una criatura nacida entre bestias, estiércol, pacas duras de zacate? ¿Abandonaron su cálida alcoba y desafiaron bandoleros para sanar su espíritu en una pupila inocente?
Niño rubio, ojos azules, cara sonrosada. No quisiera y siempre viene a mí esa impresión. La tengo calcada en un sitio donde guardo mis recuerdos. Es decir, no la imagino, sino la saco del cajón como una foto de mi infancia. De cuando niño endulzaban mis fantasías esta clase de noches. Me gustaría admitirle de ojos, piel y cabello oscuros. Como mis niños, como sus niños, como los niños de las calles.
Presuntos magos, genios alquimistas, decodificadores de un signo extraño que anunció en las estrellas el milagro. Apuraban el paso, bajo una luz prendida en el cielo, para conocer al hijo nacido entre polvo de carne, hueso, malos humores, envidias, crueldades, apetecer mujeres de otros, hundir en cuerpos de manteca cuchillos afilados, azotar espaldas con mecates y obtener ganancias de su sangre.
Y también de soñar hombres de otras. De imaginar el olor de su cabello. De soñar sus barbas en el cuello y su gemido en los oídos. De ganas de probar sus músculos, morderlos, acariciarse con ellos. De guardarlos en el espacio más íntimo.
Nomás un perfeccionista debía trepar esos monos al techo. Alguien con paciencia suficiente de acomodar bestias de plástico; mientras detrás de las montañas azules mueren niños de leucemia y desnutrición. Mueren sin escándalo, ningún periódico da nota de ellos, como cuando extingue una velita: ¿quién siente tristeza cuando apaga su flamita? Tampoco merecen un ataúd del gobernante. A este interesa verse como actor: sonríe como idiota por las calles, lo hace con hipocresía, muestra sus dientes operados a quien cruza, quiere saberse amado.
Alguien quizás movido por la declinación del sol (que quiere decir igualmente: por la temporada, por un momento determinado del año capaz de endulzar hasta el vinagre) sintió necesidad de subir al techo animales de resina. Lo hizo cuidadosa, laboriosa, mansamente. Los ubicó junto a los Santos.
¿De verdad serían reyes? Bultos inmutables: hechura industrial a efecto de sanar corazones. Objetos de curación al remordimiento causado por la falta de compromiso. Es decir, con aquellos a quienes infinidad de punzantes laminitas hunden hasta los bronquios y matan de pulmonía. Con quienes de la buena comida nomás conocen sus olores y las formas en que los dientes clavan en lujosos restoranes. O puestos allí quizás por una conciencia atormentada, producto de ese mismo desprecio por los otros.
Fetiches de pasatiempo para quienes hasta los asuntos de fe pueden llevarse en carritos de supermercado. Ni el humo intoxicante de los camiones rasga sus narices. Allí un elefante, un caballo, un camello. Acomodados convenientemente, como en el cuento. Muy pacientemente dedicó la tarde a sacarlos del sótano. Luego les pasó un trapo encima y les quitó el polvo del año. Después trepó a la azotea y los fue acomodando.
Allí están esas cosas de polímero sin ánimo de moverse, sacudir la cola o echar un gas. Tampoco el zumbar de las máquinas entra por sus orejas. Ni el crujir de fierros al pasar. Un cerebro infantil creería que esperan la noche a fin de andar por las estrellas. De ir al cielo cuando nadie los observa y traer juguetes en costales. ¿De verdad solamente para los niños buenos?
Me pregunto: ¿Puestos allí por quién? ¿Por un ser piadoso? No creería que puestos allí por ocio, si no fuese tan desquiciado, escéptico, ateo, enfermo de resentimiento social. Me inquieta esa pregunta mientras paso frente a las imágenes. Digo: esas manos fueron gobernadas por una fuerza enajenante contra la que no solamente es difícil liberarse, sino también identificar y decir: “¡mírenla, allí está, es quien nos tiene atarugados!”. Ni siquiera una frase cuestionante. Ninguna Navidad es algo sin mentiras ni lacayos.
Paso frente a los bultos y me conmueve su indiferencia, como si nada más hubiera que una fiesta en las tragedias, que cocinar un cerdo con manzanas, en tanto almas infantiles acaban en ceniza de cometas. Sobre la tierra pueblan llanto, muerte, andar con piernas fracturadas y mirar con ojos fragmentados. Muchos no pasan su tiempo sino tirando piedras en las banquetas, respirando humo de motores, empanizados por el polvo de las llantas.
Otros, en cambio, esperan anhelantes la hora de los juguetes, el intercambio de regalos, las botellas para descorchar, entre inocencia y frivolidad. Me pregunto: ¿acaso esa gente, con tan grande paciencia de subir al techo monigotes, será consecuente con los valores que presume?, ¿practicará ciertamente el amor y la filantropía?, ¿renunciará un día al diabólico impulso de coleccionar objetos?, ¿compartiría por lo menos un minuto de abundancia con los otros?
Y así me digo que son cristianos de ocasión, de misa dominical y fechas iniciáticas, nomás de banquetes abundantes en aceite y sangre de animales. Mi juicio es un jugo destilado en el alambique de incontables decepciones. Y me digo al pasar frente a esas cosas trepadas en el techo: son de plástico esos santos, su interior tan hueco y su piel tan insensible como quienes allí los colocaron.
Y mientras me voy con su imagen retratada en el cerebro, al mismo tiempo me pregunto: ¿acaso un verdadero milagro podemos esperar?

San Luis Potosí, S.L.P., a 1 de diciembre del 2004.