sábado, 21 de noviembre de 2009

Guadalupe y sus milagros

GUADALUPE Y SUS MILAGROS

Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com


Muy temprano un cohete siseó en el vacío. Ascendió a través de un camino invisible en el espacio y tronó a pocos metros de altura, sin lograr estallar entre las montañas de vapor formadas en el cielo. Su estrépito hizo volar espantadas a las comunidades de palomas, de cuervos y de otros pájaros que anidaban entre los árboles.
Con aquella señal ellos buscaban sacar de su letargo a los presuntos moradores de las nubes. Luego de la explosión comenzaron a escucharse las cornetas y los tambores de una banda de guerra. Sus integrantes marcaban el desfile hacia el combate para el cual se habían preparado contra fuerzas inmateriales y oscuras. Con sus uniformes negros preparaban su destino en la lucha que sobrellevaban contra supuestos seres infernales, como si la luz hubiese desaparecido del mundo.
Detrás de ellos un grupo de danzantes comenzó a moverse y a sonar los cascabeles y las sandalias con suela de madera con las que aporreaban los adoquines de cantera con una fuerza extraída de su fe prehistórica y de la responsabilidad adquirida por un contrato de 500 dólares. Constituían el casi extinto linaje de los guerreros aztecas, cuya decadencia iniciara unos 500 años atrás, luego de ser masacrados en el Templo Mayor por soldados españoles al mando del sanguinario Pedro de Alvarado.
Sobrevivían a la lenta e inexorable acción del capitalismo en las comunidades de los alrededores o en las colonias proletarias de la ciudad y trabajaban como albañiles, empleados, costureras, lavanderas o sirvientas. Constituían un vestigio aferrado a mantener viva la cultura mesoamericana y, de paso, a tener con esas danzas un poco de mayor ingreso económico. Desafiaban el frío con sus breves ropas y el aire del norte tatuaba escamas en su piel. Sus penachos eran productos derivados del petróleo. Venían de China, pues las aves utilizadas por sus antepasados en esos adornos ya casi habían desaparecido.
Unos pasos detrás venía un escuadrón de hombres, mujeres y niños, encabezado por un sacerdote vestido de blanco. Sus manos portaban orgullosas un estandarte con la expresión: “Jesús Sumo y Supremo Sacerdote”. Si alguien hubiese disparado un balazo a su pecho, habría muerto feliz. A sus lados iban dos niños uniformados de blanco y de rojo, con incensarios en sus manos que movían de izquierda a derecha, a fin de impregnar cada mota de aire con humo de resinas.
Quienes formaban el grupo llevaban trapeadores, escobas y jabón, como ofrendas a su dios para mantener limpios sus templos y arrojar de sus puertas a las pestes y a las enfermedades. Por el espacio viajaron las ondas del tañido de campanas enormes, ubicadas en las torres del templo situado a un kilómetro de distancia, y enseguida respondieron otras, ubicadas en distintos templos de las inmediaciones.
Mientras redoblaban los tambores, animándolos para vencer a las presuntas esencias del inframundo en esa batalla de alcances epopéyicos, los integrantes de la peregrinación cantaban vehementes:
Desde el cielo una hermosa mañana… desde el cielo una hermosa mañana… La Guadalupana… la Guadalupana… la Guadalupana bajó al Tepeyac…
Entonces en el cielo y en la tierra comenzó a darse aquella supuesta guerra entre las tropas de ese dios y las hordas del infierno. Era la mañana de un domingo de finales de noviembre. Unos días antes, los primeros soldados de Cristo habían comenzado a andar por ese camino que consideraban milagroso, escasamente protegidos por escapularios, salmos y rosarios contra el músculo de los demonios.
Con el paso de los días y la cercanía del 12 de diciembre, fecha en que conmemorábase el día de la Virgen de Guadalupe, comenzaba a advertirse un notable aumento de estas fuerzas a lo largo de la calzada. Con sus oraciones inventaban un recio muro por medio del cual contendrían a los espíritus malignos que causaban dolores y lágrimas, sobre todo a los más miserables.
A uno de los costados del sitio todavía existe una casa estrecha no muy antigua, construida tal vez al concluir la primera mitad del siglo XX. Entonces era habitada por una familia de formación científica y racionalista. Entre sus miembros había una muchacha hermosa, de pensamiento crítico y conducta fiestera.
El cohete le arrebató del sabroso sueño que disfrutaba en su cama, ubicada frente a una ventana. Enojada por el suceso de que había sido víctima y con la intención de identificar a quienes habían violado su reposo, levantó su cuerpo y miró por la ventana, desde donde podía verse la calle.
—¿Por qué hacen eso? ¿A poco creen que con cohetes van a despertar a eso que creen son criaturas celestiales? Si eso ni existe. Y si existieran hasta creen que con esos truenos van a tener sus favores —pensó, después de observar a la milicia de Cristo moverse hacia la Basílica. Pese a que era sensata, intempestivamente gritó por la ventana:
—¡Cállense! ¡Dejen dormir!
Algunas mujeres de negro, con imágenes religiosas en metal grapadas en sus cuellos, pudieron escucharla cuando pasaban frente a la casa, pese al redoble de tambores y los sonidos de cornetas, así como de la danza de los concheros y de los rezos con que los combatientes de ese dios construían defensas contra todo posible ataque de los seres infames. Voltearon hacia la ventana de donde emergía aquella blasfemia y con sus dedos pintaron cruces en el viento para acorazar a sí y a la peregrinación del viento maléfico, expedido por la garganta de la joven. Ésta respondió haciéndoles una seña de silencio con los dedos y gritándoles nuevamente:
Shisttttt. ¡Dejen dormir!
Aquellas mujeres respondieron cantando con más énfasis:
Suplicante juntaba sus manos… suplicante juntaba sus manos… Y eran mexicanos… y eran mexicanos… y eran mexicanos su traje y su faz…
Concentrados en pedir favores a las potencias celestiales y entretenidos en avanzar entre las baldosas en donde todavía quedaban restos de vómitos, escupitajos y caca de perros y de pájaros, afortunadamente nadie más la escuchó entre los batallones de aquel dios. Quizás su exceso pudo llevarla a sufrir una agresión física. Con prudencia, las mujeres no dijeron nada y continuaron cantando y avanzando hacia la Basílica.
Junto al monte pasaba Juan Diego… junto al monte pasaba Juan Diego… y se acercó luego al oír cantar…
Detrás venía otra compañía de flagelados; eran los enfermos o pecadores que en su concepto sufrían castigos con alguna dolencia física, carencia económica o persecución judicial por cometer actos contra la voluntad de su dios o por haberlo negado. Una mujer avanzaba rezando de rodillas con un pequeño en brazos. Un hombre y otro niño tendían sábanas en el suelo en un intento por protegerla. Sus rodillas sangraban. Otros iban solos, sin alguien que les pusiera algo en el piso. Avanzaban penosamente, con las palmas de las manos extendidas al cielo, con rosarios en los dedos y con los ojos afligidos. Había quienes llevaban rodilleras de volibol para disminuir el dolor.
Sangre de Cristo, brotando en la flagelación... alivio de los enfermos... consuelo de los que lloran… esperanza de los que hacen penitencia. Sangre de Cristo…
Luego de haber visto interrumpido su sueño a causa del bullicio, la muchacha preguntó indignada a su madre:
—¿Por qué hacen esto? ¿No entienden que eso no existe? ¿Acaso no pueden rezar solos, en el templo y en silencio? ¿Acaso creen que allá arriba vive alguien? ¿Por qué no respetan a quienes vivimos aquí?
Mientras tanto, las guerrillas al servicio de aquel dios cantaban con vigor y su canto podía escucharse con tal fuerza y devoción que podían estar ciertos de que no encontrarían ente diabólico capaz de oponérseles.
A Juan Diego la Virgen le dijo… a Juan Diego la Virgen le dijo… este cerro elijo para hacer mi altar…
Razonable y paciente, la madre le pidió prudencia y abstenerse de gritar a los pelotones guadalupanos que en el pasado dieran muestra de fiereza. Le explicó que muchas mutilaciones y asesinatos de personas habían ocurrido a causa del fanatismo. Le contó de maestros rurales desorejados durante la guerra religiosa. Además le hizo ver que ellos mismos obtenían beneficios con tales creencias. Lo dijo mostrándole una hoja de metal en donde burilaba una imagen de la Virgen de Guadalupe.
—Debemos irnos preparando psicológicamente, pues todavía faltan muchos días de peregrinaciones. Acuérdate cómo hemos podido tener algo de dinero adicional para darles de comer, porque con el sueldo de tu padre no alcanzaría. Dentro de un rato vendrán unas monjas por estas imágenes y ellas las pondrán en un puesto en donde también venderán veladoras y estampas. Ya ves cómo es de milagrosa la virgencita —le explicó.
También le contó de un cínico abad, despedido por negar su existencia, a pesar de que por años vivió como magnate gracias a su culto. Comía langostas y galletitas de caviar, jugaba golf en un club de ricos, poseía autos de colección, entre otros gustos de emperador.
Ya de vuelta en su cama, resignada cerró los ojos y trató de volver a dormir, a pesar del escándalo. Recordó decir a su madre: “­Ten tolerancia, a todos nos deja algo”. Mientras tanto, a lo largo de aquella ruta, los guadalupanos cantaban desgañitándose en su lucha contra las supuestas esencias oscuras: 
Desde entonces para el mexicano… desde entonces para el mexicano… ser guadalupano es algo esencial…
Afuera un largo desfile de camiones urbanos correspondía a la imagen de una serpiente amarilla. Sus conductores demostraban su devoción por la Guadalupana con horribles pitidos de cornetas, hechos con el aire de los motores. Aquello era diabólicamente estruendoso. Todo el año mataban a personas con sus vehículos, maltrataban a los usuarios y llegaban a quedarse con las fracciones de dinero por el pago del boleto que debían devolver. Pero ahí estaban ahora, disfrazados de humildad, junto a esa enorme masa de creyentes, para pedir los milagros de aquella tela venerada por siglos.
Poco a poco iban acomodándose los puestos de los vendedores de elotes, de atoles, de tamales, de camisetas de equipos de futbol y de las cosas más insólitas. En un aparato de sonido se escuchaba a Los Huracanes del Norte. En la atmósfera se oía el repique de las campanas y la música de los juegos mecánicos. Desde la Basílica, en ondas desplazándose por el espacio, venían los acordes de los mariachis que le cantaban mañanitas a la Virgen. Por medio de un megáfono una monja animaba a los niños de un colegio a cantar:
—No se oye. Canten más fuerte, niños: La guadalupana… la guadalupana… la guadalupana bajó al Tepeyac…
Todo era inútil. Nadie los escucharía. Había más peso de realidad en las montañas de vapor formadas en el cielo, que en esa creencia por la cual habían incluso llegado a ir a la guerra contra las criaturas infernales o amenazaban con hacerlo.
Su culto había surgido en la antigüedad como adoración al sol que serpentea en el cielo hacia su renacimiento en el solsticio de invierno. Tal es el significado de la palabra Coatlallope (o Guadalupe en la lengua españolizada). Sin embargo, esa enorme masa de creyentes desconocía el origen de aquello a lo que ahora pedía sus milagros.

San Luis Potosí, S.L.P., a 20 de noviembre de 2009.

martes, 3 de noviembre de 2009

Ángeles de piedra llevan almas al cielo

ÁNGELES DE PIEDRA LLEVAN ALMAS AL CIELO

(Todos los derechos reservados)


Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

Un Cristo de fierro mira al cielo con ojos de terrible angustia y con la leyenda: “Dios bendice nuestro hogar”. Esa placa identifica a la familia Vázquez Almendárez como habitantes de la casa ubicada en el número 246 de la avenida Morales-Saucito. La vivienda se encuentra entre los panteones Nuestro Señor del Saucito y Valle de los Cedros. En el rumbo viven familias de obreros y campesinos recién llegados.

Allí son frecuentes las noches mutiladas por la ronca explosión de los petardos; los suicidios de gente enloquecida que, de pronto, aparece colgando de los árboles; o las mujeres abiertas a cuchillo por un marido embrutecido, después de haber ingerido mezcal con piedralumbre por días.

A pesar de su modestia, el vecindario es distinto a otros de la ciudad, en donde las casas tienen muros chuecos y fueron construidas con pedazos de ladrillo, encimados uno tras otro, sin pegadura de cemento, con techos de cartón, y agujeros en las paredes por donde el viento entra y sale. Las casas de por aquí fueron hechas en terrenos más o menos grandes, con bardas rectas, y muros revocados y encalados.

Además del Cristo, un anuncio escrito a mano en un cartón informa que los Vázquez Almendárez elaboran lápidas, criptas y estatuas. “Aquí hacemos monumentos funerarios”, dice el letrero. Al pasar frente a la casa puede apreciarse una fuerza que lo cobija a uno con paz celestial. A diferencia de otras del vecindario, aquí no se oyen cumbias a todo volumen ni se observan pleitos y discordias. Todo es silencio y calma.

Pero lo más extraordinario en esa vivienda son dos ángeles de piedra morena y cacariza, colocados en el portal, quienes aparecen como guarda templos de una ermita sagrada. Esos ángeles proyectan una energía perturbadora y dan la impresión de sobrevivir a una feroz guerra. Sus nombres son Boaz y Jaquín; y, al decir esas palabras, el vecindario implora sus favores.

Dichas voces fueron concedidas a los ángeles por un albañil una tarde de verano incendiada por un sol brutal, mentras metía a su garganta un delicioso y helado mar de cerveza clara, sentado en una piedra, y contemplaba aquellos portentosos ángeles.

A decir del dueño del abarrote En las fronteras del más allá, el albañil tenía por nombre Hiram. Así lo supo de unas letras inscritas en un triángulo dorado que colgaba del cuello del albañil.

—¿Ese es su nombre? —le preguntó.

Como el albañil era un hombre prudente y callado, solamente asintió con la cabeza con un ligero movimiento y siguió bebiendo cerveza. Hiram —como entonces llamaremos a dicho albañil— vestía pobremente, ataba el pantalón con un mecate, andaba en chanclas rotas y su piel estaba reseca por la cal y el sol. Después de entrar al abarrote pidió una cerveza y enseguida se acomodó sobre una piedra, colocada en la entrada. Luego se hundió en una silenciosa contemplación de aquellos gigantes de piedra, mientras daba pequeños tragos.

Debió sentirse oprimido por sus miradas, atrapado por su poder metafísico, angustiado como un insecto a quien aplasta una masa superior. Tumbado ahí en la piedra, los veía, sin más voluntad que esa de mirarlos y tomar cerveza. Varias veces el tendero intentó platicar con él, hasta impacientarse por su silencio.

—Son hermosas, ¿verdad? —le dijo y prosiguió, intentando conversar con el hombre. Y agregó imprudentemente.

—Fue don Pedro Vázquez quien las hizo. Tardó años, dedicándoles cada rato libre, como si nada existiera, sólo él y sus piedras. Cuantos pasan se quedan así atrapados viéndolas, como si les chuparan el alma. Ejercen una fuerza atrayente sobre las personas y dicen que son milagrosas. Por lo mismo, ya han querido comprarlas. ¡Vaya que le han hecho buenas ofertas! Yo mismo le he puesto dinero en sus manos, porque se verían muy bien aquí en las puertas de mi negocio y atraería más clientela. También de la iglesia han querido llevárselas. Pero don Pedro no ha querido venderlas. Él dice que son de allí, de ese lugar donde las ve.

Y siguió su relato, sin importarle que el albañil continuara ensimismado en los ángeles, indiferente a la conversación:

—El hombre tenía problemas de alcoholismo y un día enfermó gravemente uno de sus niños. No tenía dinero ni trabajo para curarlo, porque vivía borracho. Una noche soñó enterrando a su hijo con sus propias manos. Soñó excavando la tumba con las uñas, a mitad de un aguacero. De pronto, una fuerza invisible, como una mano poderosa, abría la tapa del ataúd, y un rayo luminosísimo se hundía en el vientre del niño. Luego, abrió los ojos y se levantó como viniendo de un sueño. Despertó asustado, rezando el Padre Nuestro y jurando dejar los tragos. Fue un misterio cómo sanó el muchacho, una cosa divina. Fue así como terminó consagrándose a embellecer el campo de los muertos con imágenes de piedra. Esos ángeles fueron sus primeras obras.

Después de escuchar al tendero, Hiram estiró las piernas y, por fin, salió de su silencio:

—Esos ángeles tienen nombre. Son Boaz y Jaquín. Boaz representa el trabajo y Jaquín a las virtudes. Diga a todos de por aquí que esos ángeles han sido construidos por el Gran Arquitecto del Universo, a través de las manos de don Pedro, para proteger a cuantos consagran su vida al trabajo y a las virtudes.

Fue todo cuanto dijo. Luego, en su lengua puso las últimas gotas de cerveza y se fue despacio, con la calma de quienes han hundido su huella en cuantos cerros hay sobre el planeta, mientras su figura iba desvaneciéndose en las bardas de los panteones con los últimos instantes de luz.

¿Qué de significativo tendría esa reunión y por qué trascendería, hasta convertirse en un momento fundamental de los días por venir, para un vecindario hundido en la violencia? Desde aquella tarde, fue más notable la presencia de los ángeles en el vecindario. No sólo aturdían la sensibilidad de las personas por sus perfiles casi humanos. También fueron convirtiéndose en objeto de culto y veneración, luego de misteriosos y extraños acontecimientos que comenzaron a hacerse cotidianos, desde aquella tarde que el albañil pronunciara sus nombres, y con los cuales fueron relacionados.

Una noche, a poco de ocurrida aquella, una enfermedad cayó en doña María, esposa de don Pedro. A eso de las tres de la mañana, Don Pedro soñaba que nadaba en un río inmenso y, a pesar del frescor del agua, sentía un calor sofocante. Despertó sudando. La cama parecía una hoguera. Notó que las mejillas de su mujer estaban coloradas y escuchó cómo de su lengua surgían voces incomprensibles.

—¡Mujer! —dijo, saltando de la cama—. ¿Te sucede algo? ¡Mira, pero si estás hirviendo!

Ella no tenía forma de pronunciar algo. Su cuerpo era sacudido por la fiebre y los dientes golpeaban unos con otros. El hombre corrió a la calle y, entre la oscuridad, deambuló hasta encontrar un médico. Volvió con uno, pero ella dormía entonces tranquilamente, sin rastros de enfermedad. Entre ambos la despertaron. El médico se acomodó a su lado, pasó la mano por su frente y puso un termómetro bajo su brazo. Notó que la fiebre había desaparecido.

—¿Cómo está, señora? —interrogó el médico, revisando el pulso de una de sus muñecas, mientras exploraba sus pupilas con la luz de una linterna—. Su esposo me dice que usted ardía en fiebre. ¿Tomó algo?

—Nada, doctor —dijo ella desconcertada—. Simplemente comencé a sentirme bien. No sé, de veras, qué haya pasado.

—¿Cómo? —preguntó don Pedro.

Apenas un rato antes su mujer ardía y aquella cama era un bracero.

—¿De veras estás bien? —preguntó nuevamente don Pedro, asombrado.

—Sí, mírame —dijo ella, tranquilamente.

Luego de agradecer al médico, ella narró a don Pedro cómo se había hundido en un profundo sueño. En éste, ella caminaba por un bosque, bajo un cielo cuajado de estrellas. Arriba podían verse claramente la Vía Láctea. De pronto, encontró un agujero en la tierra por donde se introdujo. Del techo escurrían hilos de agua parecidos al cristal. Esos hilos formaban esferas de colores que caían a un estanque y en el contacto se producía una música que resonaba en toda la caverna.

Siguió adentrándose, hasta llegar a un sitio con llamas que venían del fondo. Percibió que las llamas no eran de fuego, sino de algún otro elemento y formaban figuras humanas con expresiones aterradas. Tuvo el impulso de seguir adelante y avanzó hacia el núcleo. Experimentó un brusco aumento de temperatura. Sin embargo, no sentía miedo ni dolor. Comenzaba a fundirse con las llamas, cuando los ángeles aparecieron y le ayudaron a salir del interior de la caverna.

Hincados a ambos lados de la cama y produciendo un vientecito refrescante con sus alas, fueron ellos quienes le aplicaron toallas húmedas en las plantas de los pies y en la cabeza; le frotaron aceites perfumados en el cuerpo; y pronunciaron plegarias en lenguas extrañas. Podría jurar por la cruz que habían sido los ángeles quienes le habían auxiliado.

Don Pedro se sintió confundido. Intuyó que, por alguna misteriosa razón, sus humildes manos habían sido instrumento de una obra celestial. Su recámara olía a flores y durmieron el resto de la noche con su perfume. Ninguno agregó más; aunque, a la mañana siguiente, cada uno platicó del suceso entre sus conocidos. A partir de entonces comenzaron a otorgarse facultades prodigiosas a los ángeles de piedra, situados en la puerta de la casa de la familia Vázquez Almendárez.

Otro incidente sucedió una noche, cuando el sueño del vecindario se vio interrumpido por un fuego de artillería. Estimulados por una voz prehistórica, un grupo de pandilleros lanzó petardos contra Boaz y Jaquín, al pasar frente a ellos. Ya venían con las manos ensangrentadas y con los ojos enrojecidos de odio, cuando miraron a los ángeles con sus alas desplegadas y sus heladas e imperturbables expresiones. Empero, el estruendo de los petardos fue sofocado por otro más impresionante, venido de un cielo que se desgajaba, y los relámpagos daban cuenta de un mapa de guerra.

Cuando amaneció, las calles eran ríos, corría agua por todas partes y los muros de muchas casas estaban desplomados. Una tromba había inundado el sitio y comenzó a decirse que fuerzas divinas habían bañado a los habitantes de ese mundo, concediéndoseles así la paz del bautismo. Jaquín, el ángel del mediodía, exhibía un ala despostillada, resultado del combate, y sus ojos refulgían como brasas.

Desde entonces ahí han proliferado hechos inexplicables, cuya autoría es atribuida a los ángeles. Por eso, cuantos pasan frente a ellos se persignan y les ruegan concederles sus favores. Las personas depositan flores a sus pies y las historias de sus milagros se han propalado ya por toda la ciudad. Una de ellas cuenta que son los días de entierro cuando aquellos ángeles adquieren mayor actividad. Por las noches son vistos afanarse, encaminando almas al cielo de los muertos apenas enterrados.

Sin embargo, para verlos hacer esos prodigios, conversar con ellos y obtener sus dones es necesario tener fe.

Jacarandas, San Luis Potosí, S.L.P., a Marzo del 2000.