jueves, 15 de octubre de 2009

Yo también tengo celular

YO TAMBIÉN TENGO CELULAR


Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com


Salió de casa a una reunión en un café con un amigo. Conversarían sobre cuestiones insignificantes o sobre las que una persona común puede hacer poco o nada. Con frecuencia se entretenía hablando de la corrupción. Era una especie de autoflagelación. Terminaba con un sabor amargo y totalmente decepcionado. Tenía la certeza de que nada podía hacerse para impedirla. Su mujer dice que esos son ejercicios masoquistas. Únicamente pueden conocerse historias de corrupción e impunidad de personas mediocres y anodinas sin que puedan castigarlos. Por eso ella prefiere anestesiarse con revistas o programas de artistas de cine y televisión. Así evita preocuparse por lo que sucede y quedarse frustrada por una sensación de impotencia.

Esa reunión era pretexto para salir de casa y distraerse con el movimiento callejero y con los cuerpos de las mujeres que andaban afuera. Tampoco disfrutaba de la compañía de ese amigo. El tipo dábaselas de sabelotodo y siempre buscaba ponerlo en aprietos. Una vez que no aguantó sus exigencias de platicar con precisión, le dijo: “Contigo debo platicar con pie de página y bibliografía incluida. Si lo que hacemos es conversar, no escribir ensayos”. De verdad un ser odioso. Pero debía salir de casa con cualquier argumento.

Después de días de encierro con motivo de la convivencia navideña, estaba aburridísimo y algo debía hacer. Respirar aire y sentir el frío de los primeros días de invierno. Fue que a pocos pasos lo encontró tirado en la banqueta. Pasó encima de él y se detuvo enseguida. Estuvo parado unos minutos, como estudiando la situación. Quería cerciorarse de que no había alguien cerca, que regresaran por él o que estuvieran observándolo. Nervioso y agitado volvió a ese punto. Se agachó disimuladamente y bajó la mano para levantarlo. Metió el celular a una bolsa del pantalón y enseguida se alejó con actitud sospechosa. Sentía la presión de la sangre. Sabía que aquello era una acción indebida. El corazón iba a reventarle por la emoción de un acto indecente. Trató de tranquilizarse. Pensó que era un pequeño acto de expropiación de la riqueza.

Caminó hacia una parada y durante el trayecto del autobús echaba vistazos para cerciorarse que nadie le había visto cometer aquella cosa y que nadie le seguía. Entonces ignoraba cómo utilizar esa tecnología. Como estaba contaminado por información que sobreexaltaba las capacidades efectivas del gobierno para seguir teléfonos perdidos o robados, creía que podían estar rastreándolo desde un satélite. No pensó en la cantidad de policías y en la movilización de recursos que debían emplearse para algo así. Metió la mano al bolsillo del pantalón. Tomó discretamente el celular y lo apagó.

Estuvo angustiado toda la tarde. Temía que fuesen a sorprenderle y castigarle por su villanía. Pensó en diversas explicaciones en caso de ser interrogado. No tuvo reposo durante la conversación con su amigo. Ni seguía su conversación. Pensaba en lo que sucedería si le pescaban. En la vergüenza de ser señalado por los periódicos.

Terminó rápidamente y regresó. En casa tuvo tiempo de estudiarlo detenidamente, mirarlo y tocarlo. Así conoció cada función. Había un pequeño problema. No podía utilizarlo si desconocía el número. Marcó a casa y el número apareció registrado en el identificador. Enseguida borró los números de la agenda e introdujo los de sus conocidos. Le agradó que fuera nuevecito y con un saldo de mil pesos aire. Su dueño apenas lo había comprado. Ni una fractura tenía a pesar de la caída. Con los días pudo familiarizarse con su uso. Poco a poco fue desapareciendo el miedo de ser seguido por satélite. Compró una réplica barata del cargador en un súper. Enseguida comenzó a proporcionar el número entre sus amistades.

Antes de encontrarlo no creía necesario gastar dinero en algo semejante. No por incapacidad económica. Dichos artefactos no tenían un precio prohibitivo. La suya era una posición de carácter ético y político. Promovía la tesis de que los ciudadanos debían mantenerse fuera del consumo. Sostenía que las personas debían sobrevivir con los mínimos productos. A causa de la insatisfacción y del deseo por poseer cosas, decía, estamos destruyéndonos. Disparaba frases cargadas de ironía para referirse a quienes utilizaban el celular sólo para conversar de cosas cotidianas. Le disgustaba ver cómo hasta los limosneros cargaban con su teléfono en el cinto.

Sin embargo, la posesión del aparato transformó su personalidad y su relación con los demás. Poco a poco fue ocupando un lugar importante en su existencia. Pronto agotó el saldo en llamadas para decir a su mujer cuánto le amaba y enviarle mensajes afectuosos. Constantemente compraba tarjetas de tiempo aire. Su relación con el teléfono vino haciéndose enfermiza. Cuando dejó de funcionar a causa de varias caídas y por la conclusión de su vida útil, experimentó una sensación de pérdida.

Su mujer, que disfruta de sus mensajes con un “te quiero” o “besitos”, apreció que su marido necesitaba reponerlo. Con algo de ahorros le obsequió otro en Navidad. Este amigo fue así un consumidor ganado por la telefonía celular. Y no le ofende que su máquina sea modesta, frente a esos nuevos artefactos con cámaras fotográficas o microcircuitos para descargas de archivos con extensiones mp3 o jpg. Tampoco le preocupa que las frecuencias de radio puedan tostar su cerebro o que las ciudades continúen poblándose de antenas, como una maléfica enredadera de alambres y transmisores.

Ahora sólo le importa estar accesible cuando lo necesiten. Aunque sólo sea para decirle: “no llegues tarde”. O ponerlo sobre la mesa del café y decir a los demás: “Yo también tengo celular”.

San Luis Potosí, S.L.P., a 8 de enero del 2005.

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