viernes, 30 de octubre de 2009

Maldito ruido

MALDITO RUIDO


Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

No sé cómo vivan los habitantes de otras ciudades del mundo. Esta miseria que sufrimos en México nos tiene condenados a vivir en las mismas sucias, contaminadas y aburridas ciudades en donde nacimos y crecimos. Por eso desconozco cómo sea vivir en Barcelona, en París o en Copenhague. Supongo que ahí vivirán mejor que nosotros, porque son ciudades en donde seguro prevalece el buen juicio.

Lo que sí sé es que en esta ciudad en la que vivo parecería no existir gobierno. O más bien dicho, sí lo hay, pero quienes lo integran están más interesados en acumular riquezas personales, que en hacer de nuestra ciudad un sitio agradable a la existencia. Y además quienes aquí vivimos parece que hemos perdido la razón. Tengo todos los elementos para afirmarlo así.

Hace unos meses escribí un artículo en donde denunciaba cómo mis gestiones como ciudadano en el ayuntamiento fueron inútiles para conseguir que la propietaria de un salón vecino de mi casa fuese obligada a reducir el volumen de las bocinas que utilizaba para amenizar sus fiestas.

En ese texto denuncié cómo me trajeron como pelota los directores de Comercio y de Ecología Municipal, pues uno echaba la responsabilidad al campo del otro y viceversa, con todo y que en el primero de ellos despachaba mi supuesto amigo Gerardo Arredondo.

A las pocas semanas de iniciadas mis gestiones desistí en mi propósito de que el ayuntamiento obligara a bajar el volumen del ruido de dichas fiestas a una mujer en cuyo horizonte no existía entonces, y no existe hoy, más interés que su propio beneficio personal y uno de los detalles que distinguen su psicología es el de pasar por encima del que se pueda. Es una de esas tantas personas que crecen como yerba por todas partes, cuya única filosofía es ganar dinero sin importar cómo hacerlo.

Ocasionalmente llegó un empleado del Departamento de Ecología, cosa que sucedió un sábado por la noche en que había una boda en el Mont Blanc, que es como tiene por nombre ese salón. Desde que estuvo frente a las puertas de nuestra casa, aquel burócrata percibió cómo nuestra familia era víctima de una ráfaga de decibeles que nos enfermaba y que nos impedía dormir o gozar del placer de la tranquilidad, cosa que cada vez parece ser más difícil de conseguir en las ciudades y que seguramente deberá incluirse en los manifiestos de reivindicaciones sociales de los años por venir, así como lo son todavía la jornada laboral de ocho horas, las vacaciones anuales pagadas o los séptimos días de descanso.

Con sus propios tímpanos reventándose a causa de sonidos graves y agudos desplazándose por el espacio en horribles ondas que retumbaban en los cristales de las ventanas casi hasta fracturarlos, el empleado reconoció que la nuestra era una experiencia espantosa. Aún así, quiso cerciorarse de cuál era exactamente el tamaño de la intoxicación de decibeles que sufríamos mientras en la edificación vecina había gente que bailaba salsas y merengues en un ambiente de alegría y totalmente ajena a nuestra tortura.

Tomó un aparato que traía atado al cinto y lo dirigió enseguida en diversas direcciones, como si buscara ovnis en el cielo o fantasmas en la oscuridad. Nos explicó que aquello era un detector para conocer la magnitud del ruido. En cuanto observó la pantalla de registro, meneó la cabeza de un lado a otro y emitió breves sonidos con la boca en una clara señal de reprobación.

—No, esto no puede permitirse —reconoció el burócrata, quien ofreció presentarse inmediatamente con la dueña para exigirle bajar el nivel de aquella tormenta acústica que sufríamos sus vecinos; y además que así lo hiciera siempre, cada que tuviera fiesta, bajo amenaza de clausura. Pensé que, por fin, habíamos recuperado nuestros añorados días de descanso, perdidos desde que nos cambiamos de casa.

—Esto es una violación al Bando de Policía y Buen Gobierno. Ustedes están sufriendo un daño terrible. ¿Cómo han aguantado tanto? Y parece que la dueña ni permiso tiene para operar este negocio —dijo el burócrata en quien esa noche vimos como un ser extraordinario que acudía en nuestra salvación.

Todavía le compartimos limonada y le ofrecimos algún bocado, cosa que cortésmente rechazó, porque deseaba entrevistarse inmediatamente con aquella fea mujer. Cuando salió de nuestra casa para entrevistarse con la propietaria, mi esposa y yo nos vimos a los ojos y nos abrazamos totalmente felices. Por fin dormiríamos a nuestras horas, sin aguantarnos a hacerlo hasta la 1 o 2 de la madrugada, cuando generalmente terminaban las fiestas del otro lado.

Sin embargo, nuestra alegría fue apachurrándose como uva en proceso de convertirse en pasa cuando tristemente observamos que transcurrían los días y cada fin de semana continuaban realizándose escandalosos banquetes, bodas, quince años y toda clase de fiestas en aquel maldito salón.

Rabia y ultraje creo que esas son las palabras justas para referirme a las sensaciones que nos provocó el hecho de que mientras nosotros teníamos que aguantar con el ojo abierto su infernal escándalo, aquellos ocasionales vecinos movían las caderas al compás de Payaso de Rodeo de Caballo Dorado o de La Plaga de Los Teen Tops, y luego largábanse de madrugada a dormir con el cuerpo machacado de tanto baile y el espíritu anestesiado de alcohol.

Parecía evidente que aquel burócrata nos había usado solamente como pretexto para extorsionar a la empresaria. De manera que preferí no volver a quejarme en el ayuntamiento ni demandar de nuevo respeto a mi derecho al sueño y al descanso, como el que creo tiene todo habitante de la ciudad, según entiendo.

No saben cómo me decepcioné incluso de mi amigo Gerardo Arredondo, quien apareció revelado ante mis ojos como un corrupto más, como tanto parásito que habita en la administración pública, y preferí no sufrir nuevas decepciones y dar por anticipado que en el ayuntamiento existían (como hasta la fecha) funcionarios que sólo buscaban obtener dinero adicional a su salario, en vez de concentrarse en idear fórmulas que hicieran de nuestra ciudad un mejor sitio para vivir.

En vez de seguir perdiendo el tiempo y hacerme de piedras en la vesícula a causa de los corajes por recibir un trato inmerecido como persona en pleno uso de sus derechos, mejor escribí aquel artículo del que les platicaba, a fin de denunciar lo sucedido. Ya verían esos mequetrefes cómo levantaría toda una corriente de opinión ciudadana en contra de su incapacidad para gobernar; una mayúscula incompetencia que exhibían con su indiferencia para remediar el maldito ruido que ha venido contaminando a nuestra ciudad, con consecuencias tan graves para nuestra salud emocional como lo es una exhalación de arsénico para nuestra sangre, como sucedía en nuestro caso.

Creí entonces que esto debía ser discutido ampliamente por mi comunidad y que el tema debía ser incluido en la agenda pública. De modo que me puse a escribir aquel texto que intitulé precisamente como Ruido. Advertía a los encargados de mejorar nuestras atmósferas urbanas que pasarían cosas graves si no detenían cuanto antes ese vendaval de ondas sonoras que afectaba a nuestra vida hogareña y que irrumpía en nuestras casas como un horrible aliento expulsado del averno, quitándonos horas de sueño y de descanso.

En plan de imaginativo gobernante, propuse por ejemplo un reglamento en donde existiera un horario muy bien determinado para las fiestas. Éstas deberían organizarse por la mañana o por la tarde y debían suspenderse antes de las 12 de la noche. Preguntaba a qué extraña lógica obedecía eso de que las fiestas memorables fuesen después de las 11 de la noche y concluyeran hasta de madrugada. ¿Acaso no podían hacerse durante el día?

En mi exposición de motivos reflexionaba en el hecho de que nuestra ciudad había dejado de ser aquel caserío semiurbano y todavía de influencia rural, como lo fuese hacía unos 30 años, en donde las tertulias podían hacerse incluso en las propias viviendas de los festejados o a mitad de las calles. A diferencia de aquellos apacibles pueblos, en donde un coche cruzaba frente a nuestras casas cada media hora, en el presente nos encontrábamos ante una población sumida en una febril actividad económica, que reclamaba horas de descanso y de tranquilidad para recuperarse del trabajo o de la neurosis ocasionada por una existencia totalmente enajenada.

Como este artículo fue publicado en diversos periódicos y estábamos en tiempo de elecciones, ilusamente pensé que cuando menos habría un candidato que tomaría con toda seriedad el asunto de la contaminación acústica y haría suya esta sabia y oportuna propuesta mía de poner orden a las oleadas de ruido que asfixiaban nuestra estabilidad emocional, como si nos pusieran una liga en el pescuezo.

Ustedes ya adivinarán qué sucedió. Aquella mujer del Mont Blanc siguió haciendo sus fiestas y parece que todavía más a propósito le subió de volumen al sonido, como para ponernos banderillas en el lomo. Tuvimos que soportar nuevos fines de semana escuchando sus mediocres programaciones musicales, abundantes en canciones idiotas como esa de Recostada en la cama de El Chapo o A mis enemigos de Valentín Elizalde, inyectadas al espacio con brutales dosis de volumen.

Así, mientras en un café reflexionaba acerca de esta incapacidad o indiferencia del ayuntamiento para enfrentar la contaminación acústica en mi ciudad, supe que esta cuestión ha comenzado a cobrar sus primeras víctimas. Leí en un periódico que una persona balaceó a otra en la madrugada por tener el estéreo del coche a todo volumen afuera de su casa. Después de haberle pedido atenta e inútilmente que no lo hiciera, llamó a la policía denunciando el hecho, pues como lo he contado, existe un Bando de Buen Gobierno que prohíbe contaminar a la ciudad con ruido. Pero nadie hizo caso. Si no lo hacen para ir en ayuda de alguien que es secuestrado violentamente de su casa, menos lo harán para callar a un desalmado que escucha música a todo volumen en la madrugada.

Conocer acerca de este gesto de coraje de alguien dispuesto a hacer valer sus derechos al sueño y a la tranquilidad ante la incapacidad del gobierno de imponerse a tan sicóticos infractores, me llevó a levantarme enseguida de la mesa en donde leía el periódico para dirigirme de inmediato a comprar una pistola. Ya vería esa mujer que no estoy dispuesto a sufrir más intoxicación sonora ni aguantar otro fin de semana sin dormir. Sólo espero que si ocasionalmente ustedes saben de alguien que tomó la justicia en sus manos por esta causa, no me juzguen tan mal. Si acaso únicamente digan que en nuestra ciudad perdimos el buen juicio a consecuencia del maldito ruido.

San Luis Potosí, S.L.P., a 30 de octubre de 2009.

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