jueves, 22 de octubre de 2009

Una taza de Corn Flakes

UNA TAZA DE CORN FLAKES



Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

Cada vez que recuerdo mis ya lejanos días como estudiante de licenciatura en la Facultad de Contaduría irremediablemente viene a mi memoria lo sucedido a Rodolfo.

Al recordar esos días llenos de proyectos acerca del futuro que construiríamos, pienso en cómo poco a poco van desapareciendo de nuestro escenario muchas personas con quienes compartimos un pedazo de ilusiones.

No tenía mucha amistad con Rodolfo. En un grupo de unos 40 estudiantes era difícil tenerla con todos. Aunque quizás sea cierto eso de la teoría del vínculo y su hipótesis de la transferencia.

Es posible que uno establezca buenas o malas relaciones con quienes nos rodean a partir de nuestra historia psíquica, la cual se hunde como un taladro en las oscuras cavernas de nuestro pasado.

Más que el número del grupo, quizás su voz, su forma de vestir o hasta su modo de mirar hayan sido detalles de su personalidad que me hicieron tomar distancia de él, sin que yo fuese completamente consciente de eso.

No lo sé ni tengo ahora por qué excavar en las placas más profundas de mi inconsciente como para dar respuesta a esa indiferencia con que siempre nos tratamos. Ahora estoy ocupado en contarles algo de lo que pasó con él.

Han transcurrido tantos años de que compartimos un espacio de este mundo que ya incluso he olvido algunos detalles de su personalidad. Vagamente recuerdo su tono de voz que me parecía despreciable, como de cuervo.

Y ahora mismo recuerdo un ligero destello de maldad en su mirada. Espero no ser injusto con su memoria al decir esto. Tampoco estoy seguro si ese fugaz relámpago que le miraba era producto de mis propios miedos.

Con Felipe es con quien yo sí tenía buena amistad. Éste era un muchacho amable, modesto y apacible. Su tranquilidad hizo que conviviera con él desde que comenzamos los estudios hasta que los concluimos.

A diferencia mía, Felipe sí tenía buena relación con Rodolfo, aunque ignoro por qué. Ellos acostumbraban a ir de parranda los fines de semana. Yo prefería ir a las discotecas Bocaccio o The Number One con otros amigos.

Ahora que recuerdo, en realidad Felipe y yo teníamos poco en común. Sin embargo, nuestra amistad era desinteresada y su centro de gravedad se localizaba en gozar a carcajadas todo instante de nuestra vida escolar.

Nuestro grupo se desintegró al terminar los estudios y muchos de mis compañeros volvieron a sus pueblos de origen, entre ellos Rodolfo quien era de Río Verde, un pueblo de atmósfera caliente y reconocido por su violencia.

Una vez llegaron a decirme que en Río Verde podían matarlo a uno solamente por ver a alguien, si esa persona interpretaba en la mirada una señal de insulto o veía un asomo de menosprecio.

En los años 70 eso había ocasionado que esa población, ubicada hacia el oriente de San Luis Potosí, ocupase un sitio prominente entre los centros humanos más violentos del mundo.

Allí no existía noche sin asesinatos. Los hombres mataban a sus mujeres a machetazos nomás por encontrar piedras en los frijoles, o las mujeres apuñalaban a sus hombres locas de celos o sedientas de otro amor.

En las cantinas era preferible tener los ojos pegados a la mesa y cuidarse de rozar la mirada de otro, porque irremediablemente surgía el duelo. Ser hombre en aquel pueblo significaba tener el cuerpo rayado a navajazos.

Desconozco si hubieran sido ciertas estas versiones sobre un pueblo en donde florecían los naranjos y las mandarinas y en donde con el aire lamía una lengua de fuego en las épocas de zafra.

Muchos las daban por verdaderas y preferían abstenerse de visitar a Río Verde o pasaban rápido por ahí, a pesar de sus bellos parajes, como el manantial de la Media Luna, un sitio sagrado para los pueblos prehispánicos de la zona.

Transcurrieron unos 8 años de concluidos nuestros estudios y de que cada uno los miembros de mi grupo tomara sus propios caminos, cuando por casualidad volví a encontrar a Felipe en una calle del centro.

Creo recordar que fue en la plaza de San Francisco en donde nos vimos. Después de ese largo tiempo sin saber de nuestras vidas, nos dimos un fuerte abrazo y conversamos animadamente.

Luego de platicar de lo que hicimos en esos años y de lo que hacíamos en el presente, hablamos de lo que había sido de nuestros compañeros. Así supe de lo sucedido a Rodolfo.

Fue desagradable saber cómo había dejado de existir una de las personas con quienes yo había compartido un trozo de existencia y además de la forma en que desapareció.

Es un golpe duro saber que alguien a quien conocieron dejó de existir y sobre todo en forma violenta, aunque tuvieran relación superficial con ella; y es todavía más impactante ver cómo va desapareciendo la generación de uno.

—Sospechan de la esposa—, me dijo Felipe.

Aunque los asesinatos eran cosa común ahí, como les digo, su muerte fue noticia en los periódicos. Éstos daban materia para distraerse en las pláticas sobre las banquetas, durante las somnolientas y calientes tardes de Río Verde.

Uno de los detalles que me contó Felipe sobre el caso hundió una huella profunda en mí, tanto que todavía lo recuerdo, debido a su descaro. Era un detalle sorprendente, propio de una psicología compleja.

—Su mujer ­—agregó Felipe— dice que fue un suicidio. Ella supo de su muerte hasta la madrugada. Sintió hambre y se despertó. Fue a la cocina a hacerse un plato de Corn Flakes. Comió tranquilamente y después fue al baño.

Dice que allí encontró una escena horrible. Rodolfo colgaba de la regadera, atada a su cuello la cortina de plástico del baño. Estaba tieso, totalmente inanimado como el bote del champú o el rastrillo de depilación.

Me pareció extraordinario ese argumento. Me pregunté si ella no supo que Rodolfo no dormía en la cama cuando despertó y si tampoco le extrañó no verlo por ahí cuando fue a prepararse su plato de Corn Flakes.

Extrañamente la mujer no se hallaba detenida. Según Felipe, en los comentarios periodísticos llegó a filtrarse la versión de que la mujer era amante del jefe policíaco. Se trataba de la aburrida historia del triángulo amoroso.

Por los periódicos, Felipe estaba seguro de que Rodolfo había sido estrangulado por el amante y su mujer. Luego le colgaron de la regadera como toalla. Estas versiones se hicieron certeza porque la mujer siguió libre.

Desconocía las causas por las que esa mujer había traicionado a nuestro compañero. Sin embargo, parecía que las lenguas de fuego que soplaban en Río Verde habían calcinado el alma de los homicidas.

Jamás supe cuál fue el motivo que llevó a los amantes a asesinarlo. Quizás sólo querían quitárselo de en medio para seguir amándose sin obstáculo. Sin embargo, nunca me ha dejado en paz una imagen en la cabeza.

En ella miro a la mujer comer lentamente su plato de Corn Flakes frente al cadáver de Rodolfo. Sentada en la taza del baño la veo saborear una por una las hojuelas de maíz, mojadas en leche.

Lo hace mientras mira a sus ojos, ya sin esa siniestra luz que tenían. Hasta ahora que escribo soy consciente de cuánto me turbara esa expresión que revelaba la existencia de un espíritu calcinado por el horno de esa tierra.

—Te maté, maldito, antes de que me mataras—, le dice ella, mientras sus propios ojos se encienden como en la campiña lo hace la hojarasca por el calor.

Después de aquel encuentro con Felipe no volvimos a vernos. Espero no encontrarme con él en las notas rojas de los periódicos ni saber de su muerte por otro compañero. Quizás el próximo en irse seré yo.

Y así otro y otro más, hasta pudrirse totalmente una generación de seres oscuros e insignificantes.

San Luis Potosí, S.L.P., a 22 de octubre de 2009.

1 comentario:

angl_wow dijo...

uff... Una Historia un tanto estremesedora...mas sin embargo, apesar de ser ficción, como lo comenta su autor... Se escucha tan real, como de esos sucesos que ocurren día con día.

Felicitaciones, por regalarnos una vez más lecturas para educar nuestros oidos..¡¡

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