martes, 13 de octubre de 2009

Una falla del sistema

UNA FALLA DEL SISTEMA


Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com


Con emoción y esperanza en acabar sus estudios, volvió a la escuela después de un largo y forzado receso. Imaginaba cómo serían sus nuevos compañeros. Extrañaba el ambiente escolar; sus días de carcajadas y bromas con sus amigas; sus conversaciones con ellas en las esquinas, mientras esperaban el camión y chupaban paletas heladas, luego de terminar sedientas sus clases.

Por un año estuvo fuera de la escuela, después de un incidente con una prefecta. No fue a causa de cosa delicada. Entre sus compañeros había quienes vendían marihuana, anfetaminas o cocaína. Introducían esa droga en sus calzones, calcetines o mochilas. También había jóvenes dedicados a robar pertenencias de sus compañeros, como teléfonos celulares, calculadoras, carpetas y cualquier objeto que pudieran vender a otros. Había una especie de mercado clandestino en la escuela y sus autores gozaban de impunidad de la dirección, porque sus padres eran policías o guardaespaldas de personas con poder político o económico.

Era buena niña. Sólo buscaba crearse una identidad y jugar con su apariencia, como cualquier adolescente en un clima de libertad y respeto a su persona. Por accidente, comenzó a encontrar nuevos sonidos musicales, formas estéticas, posiciones y argumentos políticos en plazas y tiendas a donde iban los muchachos. Aunque muy probablemente no hubiese tenido esos encuentros y vínculos con expresiones humanas casi proscritas por el sistema, si ella no hubiese tenido un ambiente liberal en casa.

Sus padres criaban a sus hijos en un clima de libertad y respeto, del que estaban fuera gritos, golpes, humillaciones y maltratos. Era entonces natural que tuviese interés por aproximarse a tribus de jóvenes que poblaban plazas, antros, esquinas y tiendas. A sus ojos adolescentes venía una explosiva fiesta humana de rastafanes, anarkopunks, darketos, emos, hippies. Así comenzó a aficionarse por Bob Marley, Sargento García y Alika; a oír del movimiento de espacios liberados e ir casi todas las tardes a una de esas casas a encontrarse con estudiantes de antropología, estética, danza, historia, psicología, literatura, cine, fotografía; y a ensayar con su cuerpo nuevas expresiones estéticas.

Una tarde decidió ir con los hippies que compartían banqueta con indios de alguna etnia para mí desconocida en la plaza. Quería colgarse del cabello una delgada trenza de estambre de colores. Llegó a casa presumiendo a sus padres su adorno y estos la vieron hermosa. Veían en su rostro una luz intensa y en sus ojos una fe en sí misma del tamaño del cielo. Su madre le vio dormir con una tranquila sonrisa. Creyó que su pequeña soñaba en la admiración de sus compañeros cuando veían esa trenza de colores en su cabello.

Con esa misma sonrisa y actitud serena, salió al amanecer a su escuela. Conmocionó aquella trenza. Como pasa siempre, la envidia de unos late junto a la felicidad de otros. Llegó pronto a oídos de la prefecta, mujer que imagino como celadora de prisión, que una alumna violentaba el reglamento. Tomó unas tijeras y apuró el paso.

Quién sabe qué cosa haya causado que, sólo oír de una estudiante con un adorno proscrito, esa mujer viese desatada su ira. Pronto estuvo frente a ella cuando presumía su trenza con sus dedos a sus amigos y ellos la veían hermosa y desafiante. De un tijeretazo cortó los estambres y ella sintió aquellas navajas desgarrándola por dentro. En sus ojos apareció una nube sin agua. Nunca había sufrido una agresión como esa.

Con una mezcla de tristeza y enojo volvió a casa. Comunicó a sus padres su deseo de abandonar una escuela en donde no había respeto por la identidad y forma de ser del otro. Ellos apoyaron su decisión. Con los meses comenzó a extrañar el ambiente escolar, pese a que había experimentado y aprendido muchas más cosas con tribus urbanas con quienes vagaba por las calles, que si hubiese ido a la escuela.

Decía que con emoción y esperanza volvió a una preparatoria pública. Estaba decidida a concluir estudios en ese nivel y continuar por alguna línea de las humanidades. Suspiraba llena de ilusiones, viéndose como antropóloga entre pueblos primitivos. Pero llegó el primer período de exámenes y ella comenzó a experimentar tensiones y miedos. Dedicada a estudiar y hacer tareas, había dejado incluso a sus amigos. Pasó todas las materias, menos una.

Tuvo cinco de calificación en matemáticas, más que otros con doces, unos y hasta ceros, pero insuficiente para aprobar el mes. Hubiese caído en depresión si no fuese por el apoyo de sus padres. Con coraje en el intestino, su padre la consoló y le hizo ver que sólo era víctima del sistema. Siguió empeñada en sobrevivir en el ambiente del tradicionalismo memorístico y disciplinario de las escuelas que debía sufrir, como muchos.

Un profesor que proyectara sobre ella sus frustraciones y enajenaciones no impediría su ilusión de hacerse de aquella profesión, donde, por cierto, las matemáticas son inútiles.

San Luis Potosí, S.L.P., a 7 de septiembre del 2007.

No hay comentarios:

Publicar un comentario