martes, 6 de octubre de 2009

Un hombre insolvente

UN HOMBRE INSOLVENTE

Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

Contaré de uno entre millones de personas en esta sociedad cuyo energético es dinero plástico para comprar mercancías, incluso básicas para vivir, como tortillas, verduras, lácteos, papel sanitario, jabón, estropajo, pasta de dientes y cuantas cosas vean indispensables para existir.
Hablamos de personas sin medios para producir incluso frijoles. Y, por supuesto, también hay quienes usan dinero de fantasía para concretar sueños, elaborados a cada segundo por una fábrica de antojos, como son coches, viajes o noches de antro con mujeres de portada de revista y anuncio de televisión. Si ponen dinero en la mano, ni modo de no gastarlo en cosas más estimulantes que un sobre de Nescafé.
O sea este personaje del cuento no es excepcional. Es uno cualquiera, como ese que miran en la calle, en un camión urbano, detrás de un escritorio. Incluso su compañero de oficina, un vecino, hermano o ustedes mismos. Uno entre la masa de gente atrapada en las redes del crédito bancario, en una sociedad donde carecemos de medios para vivir y nuestra glándula de los deseos vive estimulada por mensajes de mujeres con bocas pintadas de carmín que miran a nuestros ojos, como pidiéndonos mínimo una chupadita, o coches de colores y accesorios que prometen llevarnos a una experiencia orgásmica.
Si algo hay excepcional en esta historia no es de quien hablamos, hundido hasta el cuello, como se dice, por deudas con tarjetas de crédito, adquiridas a veces para darse gusto de llenar el carrito del súper con latas y bolsas de alimentos, como muy ocasionalmente había podido hacerlo en su miserable existencia. Y a veces también para llevar a sus hijos a conocer el mar cuando todavía eran pequeños y obsequiarles un artefacto electrónico de esos que los chicos miraban en manos de otros y en los programas de televisión.
Excepcional eso sí que bancos y supermercados otorguen plásticos con ligereza a una chusma de insolventes a sabiendas que carecen de medios para cumplir y a quienes paran en las calles, hablan a sus teléfonos particulares o escriben directamente a sus correos electrónicos. Y esto de autorizar créditos lo hacen por miles, igual a quien carece de propiedades, una viuda que subsiste penosamente con una pensión de su finado esposo, o quien tiene un sueldo de donde no paga ni lo más indispensable. Y no pregunten a causa de qué sea esto posible, porque parece que el gobierno es cómplice de estas operaciones. De que hay gato encerrado, sin duda. Pero a saber qué ganen con eso. Nomás recordemos que una vez, hace años, reventó este mismo jueguito y banqueros y gobierno pasaron deudas incobrables a la nación, sin que por eso protestáramos. Y nadie lo hizo, porque parece que todos vivimos felices con esta especulación.
Pero de quien deseo conversar es de este hombre, seguramente como ustedes, que comenzó a ser víctima del crédito por gastar dinero ficticio de bancos, supermercados y tiendas departamentales, hasta que debió declararse insolvente. Sus deudas fueron creciendo poco a poco y fue imposible hacer pagos mínimos a bancos y supermercados. Su salario era insuficiente, como esa chusma de quien les digo, acosada por promotores de tarjetas en cada esquina de la ciudad. De modo que ya no tenía forma de dar abonos cuando las deudas fueron acumulándose y lo llevaron al punto en que debía decidir entre pagar o dar techo y comida a su familia. Obvio que prefirió esto último, porque quién puede aguantarse sin comer, dónde dormir y defecar a gusto, y decidió aguantar embestidas de cobradores y abogados.
Desconocía cómo funcionaba exactamente el sistema. Por una fuente de información de origen desconocido, en algún callcenter fueron enterados de su existencia. Quizás por alguna base de datos robada en donde aparecía su identidad. Y así fue cómo empezó a escribir su expediente en el buró de crédito, especie de entidad gubernamental, presentada como algo siniestro por los propios acreedores. Comenzó a recibir numerosas llamadas de promotoras de tarjetas de crédito en su domicilio y en su oficina. En un inicio reacio a dejarse atrapar en esa fina tela de seducciones, terminó cayendo tontamente como millones de sujetos en el mecanismo de la compra del placer mediante una firma y del pago por supuesto imposible.
Poco a poco fue reuniendo plásticos en una billetera donde sólo había monedas de baja denominación. Pensó guardar esas tarjetas para ocasiones extraordinarias y no caer en tentación de adquirir cosas que le dieran efímera felicidad y eternas horas de insomnio. Primero fue bueno llevar al niño al estadio de futbol, después invitar a la familia a comer un domingo al restorán, como nunca lo habían hecho, llevarlos a navegar por el mar, comprar tenis y pantalones que hacían falta, completar el gasto con disposiciones en efectivo, porque ya no ajustaba. Sus deudas fueron aumentando y haciéndose duro cubrirlas. Nomás muerto puede uno negarse a gozar del placer envuelto en la sedosa piel de una mujer, en las extravagantes formas de los envases o en los mágicos aromas de los químicos.
En un principio era incómodo escuchar el sonido insistente del teléfono de casa o llamadas de empleados bancarios a la oficina, reclamándole. A menudo eran bastante intensos, al extremo de recibir telefonazos de madrugada, procedentes de grabadoras programadas, recordándole que debía pagar. Optó por dormir con el aparato descolgado y evitar interrupciones al sueño. En casa, los niños bien instruidos de que no debían ofrecer información, comenzaron a hacerse diestros en identificar cobradores telefónicos y a desarrollar un sentido de la interpretación del tono de voz del otro extremo. Con escuchar cómo iniciaban una conversación o cómo vocalizaban, de inmediato identificaban al emisor y colgaban.
Sobre todo era molesto recibir esas llamadas en los primeros meses; más cuando comenzaron a intentar aterrorizarlo, diciéndole que incurría en fraude y sería procesado penalmente. Sintió miedo las primeras veces. Alguna madrugada tuvo insomnio por su alucine de que esos cobradores entrarían abruptamente a casa, destruyendo cerraduras, y se llevarían sus escasas pertenencias, incluso el juguete del niño, comprado a crédito. Así pasó la noche, alerta por el menor ruido de la calle. Dejaban recados igualmente desafiantes con sus compañeros, quienes los reproducían con un marcado acento de perversidad.
Poco a poco fue acostumbrándose a vivir con esas amenazas. Tampoco aquellos abogados y cobradores tenían suficiente información de sus habilidades. Era un diestro navegante de Internet. Comenzó a buscar información en Google del delito que quizás cometía si dejaba de pagar esas tarjetas. Descubrió la existencia de muchas personas en situación semejante, que buscaban desesperadamente un consejo de expertos acerca de cómo debían proceder.
Hizo una estrategia a partir de su investigación. Como supo que esas deudas no pueden reclamarse penalmente, incluso ni por vía civil, decidió ponerse una concha y soportar las embestidas de los acreedores y hasta demandarlos por amenazas y molestias en su domicilio o en su empleo. También debía soportar a sus compañeros que deseaban verlo en problemas judiciales para curar en él sus propias frustraciones. Con eso consiguió tranquilizarse.
Ahora, mientras pasan los días en espera de ser puesto en el libro de cuentas incobrables y el teléfono suena, piensa en esos pobres hombres endeudados como él, paralizados por el terror de ser encarcelados o embargados. Por eso, sería bueno hacer para ellos una estrategia informativa y divulgar en hojas sueltas su descubrimiento. Organizaría una resistencia masiva de insolventes. Ya verían los banqueros cómo ellos eran coautores de lo sucedido.
Sin plásticos para comprar objetos y sensaciones del inmenso escaparate de antojos, en una conspiración es ahora como se entretiene.

San Luis Potosí, S.L.P., a 26 de septiembre de 2007.

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