miércoles, 21 de octubre de 2009

¡Que se mueran los guapos!

¡QUE SE MUERAN LOS GUAPOS!


Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com


Un domingo, después de disfrutar un riquísimo espagueti a la mayonesa y cuando ya estábamos en el café y las agüitas, tuve una pequeña diferencia de opinión con mis suegros (especialmente con mi suegra).

No es que sea necia ni que yo acostumbre pelear con ellos. Mi suegra es una mujer compasiva y prudente. Nomás para darles idea de su generosidad, acostumbraba recoger animalitos de la calle, hasta que lamentablemente descubrimos que mi niño “El Morris” sufría alergia asmática y abruptamente debió cortar con esa devoción de hospedar “solovinos” de muy diversa especie, todo con el noble propósito de no perjudicar de rebote a su nietecito.

Intempestivamente (y deveras ignoro por qué) ella, que es una conchita de chocolate mojada en leche y de carácter más tranquilo que el estado del agua bendita en una pila de parroquia, mutó en algo semejante a una fierecilla.

Como para tener asunto de conversación, entre que los niños pedían algo de refresco y todavía decidía yo si daba una última y golosa mordida a un pedazo de gordita enchilada de queso y frijoles que sobraba en una cazuela, tocó el caso de unos motociclistas del show “Sólo para mujeres”, atropellados en una avenida de alta velocidad en la ciudad de México.

Todos sabíamos a qué hacía referencia, porque dicho asunto había sido ampliamente divulgado por casi todos los medios de difusión (y más concretamente por los canales de televisión, que, sin necesidad de emplear algún complejo instrumento científico, puedo afirmar son la única fuente de conocimiento de las personas de nuestros días).

Empezó a ponerse difícil aquella situación, porque, como se dice, me descloché cuando ya estaba por meterme a la boca un pedazo de aquella antojosa gordita de chile rojo; de manera que me fui patinando directito al choque:

—También ellos tuvieron culpa de lo sucedido. Por no decir que fueron quienes lo provocaron. Si ese Mayer es un prepotente—, sentencié con una convicción que ya quisiera tener el juez a quien habría de consignarse tan trágico y sonado incidente de tránsito en la capital del país.

Me pregunto si mejor no debí entretenerme con los deliciosos sabores de aquella fruta de masa de maíz frita en aceite y extraviarme de cuanto sucedía en mi entorno.

Dije aquello como si algo dentro de mí estuviese afectándome y tuviera necesidad de echar fuera. Como un erupto o un gas que debía expulsar, porque no había forma de reprimirlo o asimilarlo en las tripas, e intoxicaba mi cuerpo.

Creo me reventó apreciar cómo mi afectuosísima suegrita (a quien verdaderamente quiero como si fuese mi mamita) reproducía, sin crítica o sin un cuidadoso filtrado a través de su conciencia, discursos emitidos por quienes han sustituido a todos los sacerdotes y magos y dictan nuevos sacramentos a las multitudes, entendiéndose con ello a quienes poseen el dominio de esos artefactos tecnológicos que conocemos bajo el nombre de “medios electrónicos”.

Ella estaba segurísima, porque había visto un video con sus ojos que Dios Santísimo le dio, cómo el conductor del automóvil había embestido a los motociclistas; y, en consecuencia, estábamos ante un criminal que merecía las más drásticas penas corporales, en castigo por el daño infligido a esos tan inocentes e inofensivos muchachos.

De verdad que no deseaba engancharme en ese tema. Sin embargo, sentí mis pelos erizarse y así inadecuadamente fue como planteé aquella otra posibilidad.

También intervino mi suegro y la cosa fue poniéndose dura. Estaban convencidísimos de que el sujeto del coche había actuado con toda sangre fría y premeditación.

Ambos narraban con tanta seguridad sobre lo sucedido en aquella avenida de una ciudad que escasamente conocemos, como si verdaderamente hubiesen estado en el sitio y momento de la fatal colisión. Hablaban de un video que en realidad yo desconocía, una grabación como las de los noticieros gringos, que mostraba detenidamente cómo el sujeto había incluso virado para centrarlos en la trompa del vehículo y arrollarlos.

Todo a propósito, hecho con toda la maldad de un asesino. Imaginé al tipo utilizar el centro del cofre de su auto como mira o alza de rifle y dirigirse velozmente hacia los motociclistas, como un misil disparado contra un blanco. ¿Acaso estarán envenenados mis suegros con tantas películas sangrientas y reality shows como ven?, pienso al escribir de ese encuentro familiar, como una terapia para hurgar en mi inconsciente.

—Sucede que iban como dueños de la ciudad. No pidieron permiso para filmar, viajaban a treinta kilómetros por hora en un carril de alta velocidad, e impedían el tránsito en los tres carriles. Fue él quien expuso a sus compañeros—, argumenté.

Por el tono de la voz de mi estimadísima suegrita, noté que le había crispado mi opinión de que Sergio Mayer (el jefe del escuadrón de motociclistas) era copartícipe de lo sucedido. Quizás incluso enteramente culpable.

A continuación siguieron treinta minutos de un silencio tan denso que podía tentarse con los dedos. Opté por fundirme en un programa de televisión (ya no recuerdo si era La Academia o qué cosa), y después de hacer un cálculo sobre el terreno dispuse la retirada de mi gente.

Otro día conversé del tema con una buena compañera con años en la lucha por la equidad del género, que por igual defiende prostitutas, sidosos y homosexuales, y que también promueve el uso del condón desde la adolescencia. Sobre una mesa en un café del centro de esta ciudad aseguró que el mismo automovilista, motivo del ácido percance con mis suegros un domingo anterior, debía ser castigado con cincuenta años de cárcel por criminal.

—Fue una cobarde y demencial venganza de los feos contra los guapos—, me dijo. Incluso aportaba un testimonio, el cual utilizaba como prueba científica de su argumento, de que el móvil había sido lo que llamó “cultura falócrata” de los hombres.

—A propósito, un tipo me dijo —añadió ella para dar más fuerza a su tesis— que si él hubiera tropezado con los motociclistas, habría lanzado el coche a todos y no habría dejado uno vivo. Eso merecían por enseñar su cuerpo a las muchachas y nomás por eso ganar mucha fama y dinero.

Y agregó enseguida con una convicción de hierro:

—No pueden aceptar que una pague por disfrutar cuando menos mirarlos, ya no digamos tenerlos aunque sea un rato.

Aquellas afirmaciones me han hecho pasar horas de reflexión sobre el asunto. ¿Tenía razón mi queridísima suegrita en indignarse conmigo? Díganme, por favor, ¿hay un video de aquel incidente contra los muchachos de “Sólo para mujeres” que efectivamente muestre con claridad, como esas imágenes de la televisión gringa que nos muestran malhechores huyendo de la justicia, grabados por una cámara en un helicóptero, hasta que terminan destripados por varias volteretas o por las balas de la policía?

Esto es importante para mí. Necesito saber si mis juicios también están contaminados de envidia por la existencia de estrípers guapos y que me es insoportable saber que ellos puedan vivir simplemente de mostrárselos a las chicas, mientras yo me exprimo los huesos para obtener unos cuantos pesos.

Díganmelo, por favor, no quiero vivir con esta duda ni cargar con algún elemento inconsciente de la “cultura falócrata” y por ello cometer algo semejante.

San Luis Potosí, S.L.P., a 11 de mayo del 2005.

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