martes, 6 de octubre de 2009

No somos pobres

NO SOMOS POBRES


Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com
Una vez edité un panfleto. Sólo hice un número, porque me ocupé de otras cosas. Era una publicación bastante modesta, de una hoja tamaño carta, impresa por ambos lados.

En su cintillo, en la parte superior y debajo del cabezal, decía: “Es un medio de expresión de personas pobres y humilladas en lucha por el reconocimiento de todos sus derechos, como tú”.

En aquella única edición me concentré en un aumento a la tarifa del transporte urbano, autorizado por un gobernador asqueroso, acusado de muchos actos de corrupción y quien disfrazaba su espíritu malévolo con trajes de afamados diseñadores, como Ermenegildo Zegna.

En lo personal, consideraba aquel acto como un agravio contra la población miserable y veía en éste una serie de acciones de grupos de poder en contra de miles de familias hundidas en situación desesperada.

Con indignación miraba cómo las empresas informativas no hacían propia esa vida de miseria que estábamos obligados a llevar y dar a nuestros hijos. Sus propietarios estaban ocupados en hacer negocio con el dinero de ese mismo pueblo desdichado y vender su silencio al gobernante.

Este ladrón, que caminaba por las calles con el pecho inflamado y una sonrisa hipócrita con dientes de ortodoncia, desde luego, aceptaba los chantajes de los burgueses de publicar propaganda disfrazada de información con dinero que debía llevarse a los pobres en obras y programas.

Yo estaba concentrado en la elaboración de mi hoja, cuando una compañera de trabajo entró al cubículo que ocupaba, y, con la intención de analizar su reacción, le di un ejemplar. Apenas empezó a leer vi que se incomodó y, de inmediato, me cuestionó:

—¡Pero si tú no eres pobre! Un pobre vive con 10 pesos diarios… O con menos. ¡No, tú no eres pobre!

El compañero con quien compartía ese cubículo tenía más o menos la misma ecuación de ella en su cerebro. Por algo, sentían identidad y llevaban una bonita relación. En vano me esforcé en hacerles ver que también éramos pobres, aunque ganáramos un poco más que esos miserables que mencionaban y tuviésemos un trabajo estable que nos daba un ingreso quincenal.

Cuando mucho ganábamos 200 pesos diarios, equivalentes a más o menos 20 dólares de esos días. Ni siquiera podíamos vernos como de clase media acomodada por más que fuéramos al súper a comprar una pequeña provisión de víveres o pagáramos mensualmente una letra del crédito del coche.

Me tiraron a loco y continuaron una conversación muy animada en la que hablaban de zapatos, celulares y gadgets comprados con dinero de plástico, artistas, programas idiotas de televisión y moda. Todo eso con un tonito bastante molesto de voz.

No ocultaré mi decepción y molestia con estas personas, porque ambas tenían estudios universitarios. Y, sin embargo, carecían del juicio más elemental para aceptar su pobreza, frente a las fabulosas riquezas de unos pocos. Pensé, por ejemplo, en Carlos Slim o en Emilio Azcárraga.

Un extraño mecanismo psicológico hacía a estos compañeros creerse iguales a empresarios o personajes de televisión cuyas fortunas son extraordinarias. Muchos consideran a la pobreza como un estado mental, como si fuese producto de la conciencia, y se niegan a mirarla como una situación concreta, material y tangible, pensé.

Y he ahí, queridos amigos, que la vida es una dura y despiadada profesora, cuyas lecciones nomás un cerebro hueco no entiende. A los pocos días, llegó mi compañero de cubículo arrastrando los pies.

De pronto, una piedra, del tamaño de una canica, había revelado su existencia en los ductos urinarios. Me hablaba de sus dolores, cuando llegó otro compañero; un intendente sin estudios universitarios, pues con dificultades había pasado la secundaria.

Comenzamos a platicar sobre su enfermedad. Por miedo al bisturí y al quirófano, había decidido no operarse inmediatamente en la clínica pública a que ellos tenían derecho (yo estaba en peores circunstancias por ser trabajador de honorarios). Él quería una pulverización de la piedra con láser y debía esperar cita en otro hospital del mismo sistema público de atención, fuera de la ciudad.

—¿Y cómo cuánto te hubiese costado ir a un hospital privado?— preguntó inocentemente el limpiaguaters.

—Unos 25 mil pesos— respondió entre dientes, como si decirlo así como es, le hiciera daño.

Compadecido de su situación, evité comentar y no causarle más dolores. Pero sí pensé cómo podía ser posible que una persona que no se consideraba pobre, careciera de dinero para pagar una operación y aliviarse pronto.

No sólo eso. Mi compañero de la piedra es dueño de un coche para andar de un lado a otro. Desconozco cuál sea el mecanismo psicológico que le hace tener un apego a ese objeto más grande que si fuese una muchacha de breve cintura y grandes caderas y pechos, como mi amiga Nylvia. El suyo era un apego de dimensiones sagradas.

Una mañana no hacía mucho había llegado tarde y apesadumbrado a la oficina.

—Se descompuso mi coche. Tuve que venirme en camión. Y no creas, se siente feo.

Yo que sólo empleo mis dos piernas para andar kilómetros entre mi casa y el trabajo y para ahorrar unos centavos muy de vez en cuando uso camión, ahora ya incluso ni cuando llueve, en serio que no entendí su pesar.

Pasaron unas ocho semanas desde que aquella piedra hizo saber su presencia en el sistema renal de mi compañero y éste seguía soportándola heroicamente, orinando a través de un catéter, en espera de una cita para su destrucción con láser, en un hospital a varios cientos de kilómetros de distancia.

No quise verme coágulo con él, pero sí pensé preguntarle, como ahora lo hago a ustedes: ¿Por qué una persona evidentemente pobre, pues de no serlo habría corrido al hospital más caro y poner billete sobre billete a fin de extirparse aquel guijarro maldito, no acepta su condición?, ¿por qué incluso teniendo un bien para curarse un mal, se aferra a su posesión para no sentirse más pobre?

Son preguntas que me intrigaron por días. Hoy todavía, mientras pensaba en esto, informan de una investigación científica. Dicen que es cosa de neuronas. Quien sabe si sea cierto. Sería bueno que lo fuera. Podríamos curarnos la imbecilidad con un bote de pastillas o con la inyección de una sustancia desestupidizante.

Vino el receso académico y mi compañero volvió de vacaciones ya operado. No diré si en el fondo estaba satisfecho de haber recuperado su salud y, al mismo tiempo, conservado su coche. Al menos nadie le miraría como un pobre diablo, ni en su vecindario ni en su trabajo; como seguramente nos ven a esos perdedores que vamos a pie por las calles y con las manos en bolsillos donde apenas traemos una moneda.

San Luis Potosí, S.L.P., a 11 de septiembre de 2007.

1 comentario:

viikiss dijo...

muy buen blog,,,graxx,,,,

Publicar un comentario