martes, 13 de octubre de 2009

Iniciación

INICIACIÓN

Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

Debieron caminar sigilosa y silenciosamente por las oscuras callecitas de los antiguos barrios, hasta llegar frente de la casa. Todo el vecindario estaba sumergido en sus historias dentro de la nebulosa del sueño, incluido yo mismo y mi familia. También fue su cómplice esa negrura de abismo oceánico de la noche. Debieron ir directo al sitio donde cometerían su fechoría, en forma tan exacta como si obedecieran a un plan debidamente calculado, pues de otra forma no se explica cómo ejecutaron ese delito en forma tan perfecta. Funcionaban como piezas de una maquinaría exacta. Tuvieron cuidado de no emitir sollozo y reprimir la respiración, pues haberlo hecho habría rasgado la frágil y sedosa barcaza por donde navegábamos a esas horas en las galaxias del sueño. De esa forma, su objetivo se habría frustrado y seguro habrían sido detenidos. Dieron uno o dos serruchazos cuyo ruido inexplicablemente a nadie despertó. Todavía me preguntó cómo pudieron ahogar el sonido causado por la herramienta cuando consumaron su fechoría. Debieron trabajar en ella pocos segundos, apenas los justos para evitar ser aprehendidos. Quizás también haya sido su cómplice el propio sueño o la desidia de la policía. Fue hasta al amanecer cuando supimos de tan detestable acción cometida en la puerta de la casa. Me preparaba para ir al trabajo cuando escuché el grito de mi mujer y bajé saltando escalones. Afuera ya corría un río calles abajo. De la banqueta brotaba un chorro de líquido cristalino. Se habían robado nuestro medidor de consumo de agua sin que nadie se hubiera dado cuenta. Me pregunté cuánto ganarían por unos cuantos gramos del cobre de la tubería y arriesgarse por tan poco a ser encarcelados. Después supe por la policía que ese acto formaba parte de una especie de ceremonia de iniciación a que eran sometidos quienes deseaban formar parte de una banda de criminales. Comenzaban serruchando tubos en sus primeros días en esa escuela y obtenían sus doctorados metiendo cuerpos vivos a tambos con ácido para desintegrar enemigos. Fue hasta entonces que me sentí amenazado y mis noches han sido una eterna vigilia, pues cualquier ruido en la calle me hace creer que serruchan ya no el tubo del medidor de agua, sino los huesos de alguien.

San Luis Potosí, S.L.P., a 10 de octubre de 2009.

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