martes, 27 de octubre de 2009

Enterrando muertos

ENTERRANDO MUERTOS

Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com


El cementerio se desplegaba como un extenso manto en donde el sol con su pincel, como un artista extraordinario, había puesto cada una de las tonalidades obtenidas de las complejas relaciones con el universo. Ese día estaban reunidos ahí púrpuras, violetas, anaranjados, verdes, azules y todos los colores imaginados por ese poderoso creador. Igual sucedía con los olores, fabricados en el laboratorio de aquel genial diseñador, los cuales se movían por toda la luminosa sábana a capricho del viento, como una nube invisible, solamente perceptible al olfato.

Era día de muertos y, como cada 2 de noviembre, en su país había costumbre de inundar el cementerio con cántaros de pintura floral que se diluía en los ojos como agua de más de mil tonos. En altorrelieve, del lienzo verde brotaban gladiolas, rosales, siempre vivas, cempasúchil, nubes, aves del paraíso, lirios, gardenias y todas las flores inventadas por el sol.

Ese día se suspendía la agitada y violenta existencia de las personas, con el propósito de dialogar en un lenguaje mudo y por medio de una conexión espiritual con seres descarnados a quienes habían amado en su existencia. Desde el amanecer, entre el tumulto de gente ahí estaba ella, como cada año desde hacía 24, cuando él murió.


Entró junto a la multitud que esperaba a las puertas del cementerio a que éstas fueran abiertas. Caminó meneándose de un lado a otro, como si en cada paso descansara el anterior, y así avanzó un largo trecho hasta que por fin se posó frente a la tumba. Entonces serenamente miró el rectángulo de tierra con motas esmeraldas y amarillas del césped que crecía vigilado por los jardineros con habilidad de cirujano. Ya en la tumba ajustó sus pensamientos para conversar con él en ese código especial con el cual solamente puede hablarse con los muertos.

—Viejo —le dijo ella con sus pensamientos—, aquí estoy. ¿Cómo has estado?

Con un dolor semejante al causado por mil agujas en la espalda, se agachó a levantar un bote para depositar flores, colocado junto a la pequeña lápida de cemento, en donde se halla inscrito el nombre del difunto y los años en que nació y murió. Tardó varios segundos en hacer ese movimiento, que en su juventud habría logrado con toda agilidad, hasta que finalmente logró tener el bote en sus manos temblorosas. A sus 74 años ya era difícil gobernar cada músculo y cada articulación del cuerpo, aunque los pensamientos en su cerebro seguían relampagueando incesantemente. Luego puso en su interior un manojo de violetas y nubes, flores éstas que tanto le gustaran a él.

—Estaban muy bonitas las gardenias y no costaban caro. Pero ya sé que nunca te gustaron, porque olían a panteón —continuó ella, conversando con él en un diálogo sin voces. En el suelo puso una bolsa con varios contenedores de comida y bebida. Enseguida se persignó y comenzó a rezar con devoción, buscando ser convincente con las potencias metafísicas en cuya existencia creía, para que dieran buen trato a su marido. Después de varios padres nuestros y aves marías, observó que las dos tumbas vecinas se hallaban abandonadas, como siempre advertía cuando iba al cementerio.

—¿Acaso estos pobres muertitos no tienen familia? —preguntó, como acostumbraba hacerlo. No hubo respuesta. Sólo escuchó ecos de oraciones religiosas que el viento traía con la fragancia de las dalias, azaleas, girasoles, petunias, orquídeas, claveles y todos los tipos de flores ahí congregadas para incendiar de luces y perfumes aquel microcosmos donde sólo quedaban despojos, llantos y recuerdos. En un gesto de misericordia, de nuevo con la pasmosa lentitud de un camaleón moviéndose en una rama, se agachó para tomar algunas flores de la tumba y colocarlas en las otras vecinas.

—Van a sentirse muy mal si no compartimos estas flores con ellos. Quizás hasta vayan a molestarse contigo y no te dejen dormir tranquilo esta noche —le dijo. Como respuesta sólo tuvo barullo y gritos de niños que brincaban entre las tumbas.

A diferencia de aquellas fosas con las cuales compartía espacio, la suya jamás había dejado de tener flores frescas y agua en el bote para prolongar su color y perfume. Acostumbraba ir a visitarlo cuando menos una vez cada cuatro domingos. En un principio sus propios hijos la llevaban al cementerio. Sólo que ellos habían seguido sus propios cauces, como cada uno debe hacerlo inevitablemente en la existencia. Ella se resistió a abandonarlo y prefirió quedarse en el mismo pueblo.

—Uno es de donde están enterrados sus muertos —les dijo, aferrándose a la tierra. En cambio, ellos siguieron su propio camino, como si buscaran una ruta establecida en las estrellas.

Sus visitas al cementerio se habían hecho más frecuentes en los últimos meses. Poco a poco iban muriendo amigos, vecinos y conocidos suyos. De pronto, sus troncos caían quebrados por una poderosa fuerza invisible que les hacía caer inanimados. Morían de cáncer en distintas zonas del cuerpo, de infartos cardíacos, de neumonías, hasta de cansancio; y ella siempre les acompañaba en sus funerales. Aprovechaba aquellos entierros para visitarlo y dejarle algunas flores en su tumba.

—Aquí me tienes enterrando muertos —, le dijo mientras venían a su cerebro imágenes de él, como un carrusel de fotos fijas. Le recordó con su enorme copete, el holgado traje con hombreras de pachuco y el picante olor de tabaco. Otra vez sólo escuchó el murmullo del viento y el rumor de voces de la multitud.

—¿Sí te acuerdas que hace ocho días murió Jaime, el esposo de Sonia, verdad? Te lo conté ahora la última vez que vine. Siempre has sido muy desmemoriado. Él era un viejo muy canijo. Muy enamorado. La hizo sufrir mucho con tanta vieja que tenía. Le dio cirrosis. Siempre fue muy borracho, hasta que murió. 
Antes no le dio gonorrea o alguna de esas enfermedades venéreas o a la mejor yo no lo supe —le dijo.

No hubo respuesta. Ninguna. Sólo aire, llanto de niños y algunos lamentos que se confundían con el silbar del viento, causado al atravesar las hojas de los árboles. Aun así, ella estaba segura de que ambos platicaban en ese idioma indescifrable.

—Llévame contigo. Ya estoy cansada. Ya ves, ya ni los muchachos están conmigo. Diles ahí arriba que manden un angelito y me lleve, algo en forma de rayo que me mate en un instante. Ya me cansé de estar enterrando muertos. Anda, diles que esa tarea ya se la den a otro. Te extraño, viejo —le dijo y mientras lo hacía buscó una señal en el transparente e inalterable azul de la bóveda celeste. No encontró una. En el mundo sólo parecía existir el lenguaje humano, el soplo del viento y los ruidos de los pájaros.

Tranquila y sin exasperarse por el silencio en que estaban sumidos los pobladores de aquel otro mundo, se dispuso a desayunar con él. Con mucho cuidado y lentitud logró sentarse sobre la tumba. Sintió la humedad del zacate, a consecuencia de las lluvias. No tuvo ánimos de levantarse y extendió un mantel de algodón con hermosas imágenes tejidas con hilaza por ella cuando todavía tenía control de sus dedos.

—Te traje unos taquitos de pollo. Mira, van a gustarte. También te traje un tequilita y refresco. Aquí te acompañaré a comer. Ándale, ya arrímate, viejo —y de la bolsa en el suelo extrajo aquellos contenedores que llevaba con comida y bebida. De la misma bolsa sus ancianas manos sacaron un pequeño tocadiscos. También lo puso en el suelo y lo encendió. Comenzó a escucharse un mambo de Pérez Prado. Su cara se iluminó, sus ojos recuperaron su alegría y apareció una sonrisa en los labios, discretamente pintados de rosa pálido.

—También traje tu música favorita. Yo sé que aquí estás conmigo. Aquí te siento. Mira, ya cada vez está más difícil que venga a visitarte. ¿Has visto cómo apenas puedo moverme? Y no hay quien me traiga. Anda, diles que ya me lleven contigo. Ya no quiero seguir enterrando muertos.

Mezcló tequila con refresco en dos vasos y, como si saboreara sus últimos minutos sobre la Tierra, 
comió lentamente aquellos taquitos de pollo hasta que el plato quedó vacío. En el tocadiscos se reproducía la melodía “Poco pelo”, un chachachá de moda cuando fue el bautizo del primero de sus hijos, y en su cara apareció una hermosa sonrisa cuando le cayeron encima esos recuerdos.

Entonces el frío viento de noviembre en la nuca la hizo estremecerse, porque supuso que ahí estaba él con otras criaturas celestes y así le comunicaban su presencia. Aquel soplo helado se tradujo en un calambre en la espalda y en el pecho y le pintó un rojo intenso en las mejillas, como si le hubiese dado una bofetada.

Deseó recostarse sobre la tumba y lo hizo pausadamente, como si diera un amoroso abrazo a su marido, de cuya existencia sólo quedara polvo en el subsuelo. Sintió que habían escuchado sus oraciones. Cerró los ojos y emitió un ligero suspiro. Luego murió.

Frente a su cadáver el cementerio se extendía como un cromo en donde explotaban todos los colores y los aromas ideados por el sol, mientras algunos niños sollozaban sobre las tumbas, todavía sin recuperarse por la muerte que apenas les había golpeado.

San Luis Potosí, S.L.P., a 24 de octubre de 2009.

2 comentarios:

ivan dijo...

excelente tio hablas de quien creo? o tiene fragmentos? atte j ivan alvarado

Moléculas de Cafeína dijo...

Hola, Jimmie. ¡Qué agradable sorpresa me dió encontrarte por aquí! ¿Cómo hiciste para dar con mi blog? Ojalá pronto podamos vernos y platicar un buen rato. Te quiero, te deseo lo mejor en tus proyectos y te dejo muchos abrazos.

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