martes, 6 de octubre de 2009

Andreyita quiere un piercing

ANDREYITA QUIERE UN PIERCING



Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

Fue discusión familiar. Andreyita quiere un piercing. Les dije a su abuela y a su tía. Sucedió cuando comíamos un domingo. Tampoco fue una discusión grave. Sólo expusieron sus puntos de vista. Ella no estaba con nosotros. A sus catorce años comenzaba a separarse. Su abuela y su tía escuchaban y veían con atención. Abuelo miraba su programa deportivo. Seguro también él seguía mi relato. Andreyita se acostó a mi lado como gatita. Comenzó a platicarme de sus amigas. Me tomaba de la mano y veía tiernamente con sus ojos de aceituna. Me contó cómo se habían puesto piercings: algunas en la lengua, otras en el ombligo y en las cejas. Me veía y acariciaba mi mano. Enseguida preguntó: ¿dejarías ponerme uno? Seguro que todos estaban pendientes. Miré sus ojitos y traté de evadirla. Si ya tienes agujeros en las orejas. No pasará nada con otros. ¿Para qué quieres más? Dejó de acariciarme. Quiero uno en la lengua. No me gustaría que siguieras perforándote. Abuela y tía intentaron meterse. Ni vaya a ocurrírseles. Andreyita cuestionó por qué dejé a su abuela horadar sus orejas. Tenía pocos días de nacida. ¿Sí, verdad? Entonces no pensaste en mí. No te fijaste en que podría dolerme. Su tía recomendó cirugía. Un médico profesional. Una intervención impecable, aséptica, indolora. Orgullosa, movió sus bubis, infladas de silicón. Pero otra tía se agujeró en un tianguis. Sufrió infección. Debieron inyectarle penicilina. Abuelo continuó en su programa. Ni un movimiento en su cara. Sutilmente pasamos a conversar de cortes de pelo y parientes lejanos. Días después, Andreyita cargó. Sólo te pido permiso. De todas formas me pondré un piercing. Me dolerá que lo hagas. Como mi prima: en la lengua. Siento tu cuerpo como si fuera mío. No dolerá. Tendrás agujeros innecesarios. Ya tengo dos en las orejas y me los hicieron de bebé con una aguja. Cedí. Pero quiero saber con quién. Es donde van mis amigas. Tu madre irá contigo. Entonces ya no quiero. Advertí de las enfermedades de riesgo. Si ya las conozco: hepatitis c y sida. Precisé de mis obligaciones. Relató de un video en la escuela. Papá si ya sé muchas cosas. Un video de abortos. Había fetos tirados en el piso como vísceras de pollo. ¿Cuántos años crees que tengo? Volví a ceder. Surgió de nuevo el verde en sus ojos. Sentí su mano en mi mano. Su madre opinó. Estoy preocupada. Igual yo. Ni modo de prohibirle vivir o atarla con una cadena. Es una iniciación. Inventé una teoría sociológica del piercing. Arriesgarse para ser integrada al grupo. Valor, entereza y desafío. Ser distinta, sobre todo de sus mayores. Diferenciarse de la decadencia. Porque pueden excluirla. No tener amigas. Y nadie es feliz fuera del grupo. Ser como sus iguales es traer piercing. Como tocar tres veces una puerta. Fumarse el primer cigarrito a los trece. Un toquecito de marihuana. Recordé mi primera borrachera a los diecisiete. Submarinos de cerveza y tequila en un barecito del centro. Aquellos mariguanos de León. Jamás supe más de ellos. Sentí un golpazo en la cabeza. Terminé echando las tripas en una llanta. Frente a la Parroquia y todavía con luz. Mi mujer sintió alivio. Ay, diosito. ¡Ah, verdad! No que muy ateo. Es una expresión. Sólo me aterra pensar en el sitio. Dile que debemos investigar. No quiere. Debe ser un negocio seguro. Habla con las otras mamás. Ninguna sabe. No pidieron permiso. A otras se los negaron. En casa esconden sus piercings en la bolsa. Vuelven a ponérselos en la calle. Me asustan las enfermedades. ¿Me dejarías ponerme uno en la nariz? Ni que fuera tu padre para decidirlo. Haz lo que prefieras. Otra tarde volvió de la escuela. No estaba su madre. Yo comía solo. Muy oronda se me presentó. Mira. Y se descubrió el ombligo. En su vientre lucía dos piercings rosados. También me presumió una gotita de cristal incrustada en la nariz. No que lo querías en la lengua. Te apena enseñar panza. Tengo el frenillo corto. Me mostró. Sentí un escalofrío en la espalda. Dejé de comer. Intentaron horadarle con pinzas. Decidieron no hacerlo. Podrían trozarle y después requerir cirugía. Fue una señora de lo más profesional. Tiene permiso. No me gusta que estés perforándote el cuerpo. Desde chiquita lo hicieron. Tengo necesidad de decirlo. Cuando llegó mi mujer le conté. Mira que me impresioné. Creo que estás sintiéndote viejo. Ese es tu susto, me dijo. Quizás tenga razón. Ahora Andreyita es como sus iguales. También trae sus piercing. Sólo le faltan sus cejas. Nomás una cosa la detiene para ponérselos ahí: en su escuela están prohibidos.

San Luis Potosí, S.L.P., a 17 de Noviembre del 2005.

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