viernes, 30 de octubre de 2009

Maldito ruido

MALDITO RUIDO


Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

No sé cómo vivan los habitantes de otras ciudades del mundo. Esta miseria que sufrimos en México nos tiene condenados a vivir en las mismas sucias, contaminadas y aburridas ciudades en donde nacimos y crecimos. Por eso desconozco cómo sea vivir en Barcelona, en París o en Copenhague. Supongo que ahí vivirán mejor que nosotros, porque son ciudades en donde seguro prevalece el buen juicio.

Lo que sí sé es que en esta ciudad en la que vivo parecería no existir gobierno. O más bien dicho, sí lo hay, pero quienes lo integran están más interesados en acumular riquezas personales, que en hacer de nuestra ciudad un sitio agradable a la existencia. Y además quienes aquí vivimos parece que hemos perdido la razón. Tengo todos los elementos para afirmarlo así.

Hace unos meses escribí un artículo en donde denunciaba cómo mis gestiones como ciudadano en el ayuntamiento fueron inútiles para conseguir que la propietaria de un salón vecino de mi casa fuese obligada a reducir el volumen de las bocinas que utilizaba para amenizar sus fiestas.

En ese texto denuncié cómo me trajeron como pelota los directores de Comercio y de Ecología Municipal, pues uno echaba la responsabilidad al campo del otro y viceversa, con todo y que en el primero de ellos despachaba mi supuesto amigo Gerardo Arredondo.

A las pocas semanas de iniciadas mis gestiones desistí en mi propósito de que el ayuntamiento obligara a bajar el volumen del ruido de dichas fiestas a una mujer en cuyo horizonte no existía entonces, y no existe hoy, más interés que su propio beneficio personal y uno de los detalles que distinguen su psicología es el de pasar por encima del que se pueda. Es una de esas tantas personas que crecen como yerba por todas partes, cuya única filosofía es ganar dinero sin importar cómo hacerlo.

Ocasionalmente llegó un empleado del Departamento de Ecología, cosa que sucedió un sábado por la noche en que había una boda en el Mont Blanc, que es como tiene por nombre ese salón. Desde que estuvo frente a las puertas de nuestra casa, aquel burócrata percibió cómo nuestra familia era víctima de una ráfaga de decibeles que nos enfermaba y que nos impedía dormir o gozar del placer de la tranquilidad, cosa que cada vez parece ser más difícil de conseguir en las ciudades y que seguramente deberá incluirse en los manifiestos de reivindicaciones sociales de los años por venir, así como lo son todavía la jornada laboral de ocho horas, las vacaciones anuales pagadas o los séptimos días de descanso.

Con sus propios tímpanos reventándose a causa de sonidos graves y agudos desplazándose por el espacio en horribles ondas que retumbaban en los cristales de las ventanas casi hasta fracturarlos, el empleado reconoció que la nuestra era una experiencia espantosa. Aún así, quiso cerciorarse de cuál era exactamente el tamaño de la intoxicación de decibeles que sufríamos mientras en la edificación vecina había gente que bailaba salsas y merengues en un ambiente de alegría y totalmente ajena a nuestra tortura.

Tomó un aparato que traía atado al cinto y lo dirigió enseguida en diversas direcciones, como si buscara ovnis en el cielo o fantasmas en la oscuridad. Nos explicó que aquello era un detector para conocer la magnitud del ruido. En cuanto observó la pantalla de registro, meneó la cabeza de un lado a otro y emitió breves sonidos con la boca en una clara señal de reprobación.

—No, esto no puede permitirse —reconoció el burócrata, quien ofreció presentarse inmediatamente con la dueña para exigirle bajar el nivel de aquella tormenta acústica que sufríamos sus vecinos; y además que así lo hiciera siempre, cada que tuviera fiesta, bajo amenaza de clausura. Pensé que, por fin, habíamos recuperado nuestros añorados días de descanso, perdidos desde que nos cambiamos de casa.

—Esto es una violación al Bando de Policía y Buen Gobierno. Ustedes están sufriendo un daño terrible. ¿Cómo han aguantado tanto? Y parece que la dueña ni permiso tiene para operar este negocio —dijo el burócrata en quien esa noche vimos como un ser extraordinario que acudía en nuestra salvación.

Todavía le compartimos limonada y le ofrecimos algún bocado, cosa que cortésmente rechazó, porque deseaba entrevistarse inmediatamente con aquella fea mujer. Cuando salió de nuestra casa para entrevistarse con la propietaria, mi esposa y yo nos vimos a los ojos y nos abrazamos totalmente felices. Por fin dormiríamos a nuestras horas, sin aguantarnos a hacerlo hasta la 1 o 2 de la madrugada, cuando generalmente terminaban las fiestas del otro lado.

Sin embargo, nuestra alegría fue apachurrándose como uva en proceso de convertirse en pasa cuando tristemente observamos que transcurrían los días y cada fin de semana continuaban realizándose escandalosos banquetes, bodas, quince años y toda clase de fiestas en aquel maldito salón.

Rabia y ultraje creo que esas son las palabras justas para referirme a las sensaciones que nos provocó el hecho de que mientras nosotros teníamos que aguantar con el ojo abierto su infernal escándalo, aquellos ocasionales vecinos movían las caderas al compás de Payaso de Rodeo de Caballo Dorado o de La Plaga de Los Teen Tops, y luego largábanse de madrugada a dormir con el cuerpo machacado de tanto baile y el espíritu anestesiado de alcohol.

Parecía evidente que aquel burócrata nos había usado solamente como pretexto para extorsionar a la empresaria. De manera que preferí no volver a quejarme en el ayuntamiento ni demandar de nuevo respeto a mi derecho al sueño y al descanso, como el que creo tiene todo habitante de la ciudad, según entiendo.

No saben cómo me decepcioné incluso de mi amigo Gerardo Arredondo, quien apareció revelado ante mis ojos como un corrupto más, como tanto parásito que habita en la administración pública, y preferí no sufrir nuevas decepciones y dar por anticipado que en el ayuntamiento existían (como hasta la fecha) funcionarios que sólo buscaban obtener dinero adicional a su salario, en vez de concentrarse en idear fórmulas que hicieran de nuestra ciudad un mejor sitio para vivir.

En vez de seguir perdiendo el tiempo y hacerme de piedras en la vesícula a causa de los corajes por recibir un trato inmerecido como persona en pleno uso de sus derechos, mejor escribí aquel artículo del que les platicaba, a fin de denunciar lo sucedido. Ya verían esos mequetrefes cómo levantaría toda una corriente de opinión ciudadana en contra de su incapacidad para gobernar; una mayúscula incompetencia que exhibían con su indiferencia para remediar el maldito ruido que ha venido contaminando a nuestra ciudad, con consecuencias tan graves para nuestra salud emocional como lo es una exhalación de arsénico para nuestra sangre, como sucedía en nuestro caso.

Creí entonces que esto debía ser discutido ampliamente por mi comunidad y que el tema debía ser incluido en la agenda pública. De modo que me puse a escribir aquel texto que intitulé precisamente como Ruido. Advertía a los encargados de mejorar nuestras atmósferas urbanas que pasarían cosas graves si no detenían cuanto antes ese vendaval de ondas sonoras que afectaba a nuestra vida hogareña y que irrumpía en nuestras casas como un horrible aliento expulsado del averno, quitándonos horas de sueño y de descanso.

En plan de imaginativo gobernante, propuse por ejemplo un reglamento en donde existiera un horario muy bien determinado para las fiestas. Éstas deberían organizarse por la mañana o por la tarde y debían suspenderse antes de las 12 de la noche. Preguntaba a qué extraña lógica obedecía eso de que las fiestas memorables fuesen después de las 11 de la noche y concluyeran hasta de madrugada. ¿Acaso no podían hacerse durante el día?

En mi exposición de motivos reflexionaba en el hecho de que nuestra ciudad había dejado de ser aquel caserío semiurbano y todavía de influencia rural, como lo fuese hacía unos 30 años, en donde las tertulias podían hacerse incluso en las propias viviendas de los festejados o a mitad de las calles. A diferencia de aquellos apacibles pueblos, en donde un coche cruzaba frente a nuestras casas cada media hora, en el presente nos encontrábamos ante una población sumida en una febril actividad económica, que reclamaba horas de descanso y de tranquilidad para recuperarse del trabajo o de la neurosis ocasionada por una existencia totalmente enajenada.

Como este artículo fue publicado en diversos periódicos y estábamos en tiempo de elecciones, ilusamente pensé que cuando menos habría un candidato que tomaría con toda seriedad el asunto de la contaminación acústica y haría suya esta sabia y oportuna propuesta mía de poner orden a las oleadas de ruido que asfixiaban nuestra estabilidad emocional, como si nos pusieran una liga en el pescuezo.

Ustedes ya adivinarán qué sucedió. Aquella mujer del Mont Blanc siguió haciendo sus fiestas y parece que todavía más a propósito le subió de volumen al sonido, como para ponernos banderillas en el lomo. Tuvimos que soportar nuevos fines de semana escuchando sus mediocres programaciones musicales, abundantes en canciones idiotas como esa de Recostada en la cama de El Chapo o A mis enemigos de Valentín Elizalde, inyectadas al espacio con brutales dosis de volumen.

Así, mientras en un café reflexionaba acerca de esta incapacidad o indiferencia del ayuntamiento para enfrentar la contaminación acústica en mi ciudad, supe que esta cuestión ha comenzado a cobrar sus primeras víctimas. Leí en un periódico que una persona balaceó a otra en la madrugada por tener el estéreo del coche a todo volumen afuera de su casa. Después de haberle pedido atenta e inútilmente que no lo hiciera, llamó a la policía denunciando el hecho, pues como lo he contado, existe un Bando de Buen Gobierno que prohíbe contaminar a la ciudad con ruido. Pero nadie hizo caso. Si no lo hacen para ir en ayuda de alguien que es secuestrado violentamente de su casa, menos lo harán para callar a un desalmado que escucha música a todo volumen en la madrugada.

Conocer acerca de este gesto de coraje de alguien dispuesto a hacer valer sus derechos al sueño y a la tranquilidad ante la incapacidad del gobierno de imponerse a tan sicóticos infractores, me llevó a levantarme enseguida de la mesa en donde leía el periódico para dirigirme de inmediato a comprar una pistola. Ya vería esa mujer que no estoy dispuesto a sufrir más intoxicación sonora ni aguantar otro fin de semana sin dormir. Sólo espero que si ocasionalmente ustedes saben de alguien que tomó la justicia en sus manos por esta causa, no me juzguen tan mal. Si acaso únicamente digan que en nuestra ciudad perdimos el buen juicio a consecuencia del maldito ruido.

San Luis Potosí, S.L.P., a 30 de octubre de 2009.

martes, 27 de octubre de 2009

Enterrando muertos

ENTERRANDO MUERTOS

Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com


El cementerio se desplegaba como un extenso manto en donde el sol con su pincel, como un artista extraordinario, había puesto cada una de las tonalidades obtenidas de las complejas relaciones con el universo. Ese día estaban reunidos ahí púrpuras, violetas, anaranjados, verdes, azules y todos los colores imaginados por ese poderoso creador. Igual sucedía con los olores, fabricados en el laboratorio de aquel genial diseñador, los cuales se movían por toda la luminosa sábana a capricho del viento, como una nube invisible, solamente perceptible al olfato.

Era día de muertos y, como cada 2 de noviembre, en su país había costumbre de inundar el cementerio con cántaros de pintura floral que se diluía en los ojos como agua de más de mil tonos. En altorrelieve, del lienzo verde brotaban gladiolas, rosales, siempre vivas, cempasúchil, nubes, aves del paraíso, lirios, gardenias y todas las flores inventadas por el sol.

Ese día se suspendía la agitada y violenta existencia de las personas, con el propósito de dialogar en un lenguaje mudo y por medio de una conexión espiritual con seres descarnados a quienes habían amado en su existencia. Desde el amanecer, entre el tumulto de gente ahí estaba ella, como cada año desde hacía 24, cuando él murió.


Entró junto a la multitud que esperaba a las puertas del cementerio a que éstas fueran abiertas. Caminó meneándose de un lado a otro, como si en cada paso descansara el anterior, y así avanzó un largo trecho hasta que por fin se posó frente a la tumba. Entonces serenamente miró el rectángulo de tierra con motas esmeraldas y amarillas del césped que crecía vigilado por los jardineros con habilidad de cirujano. Ya en la tumba ajustó sus pensamientos para conversar con él en ese código especial con el cual solamente puede hablarse con los muertos.

—Viejo —le dijo ella con sus pensamientos—, aquí estoy. ¿Cómo has estado?

Con un dolor semejante al causado por mil agujas en la espalda, se agachó a levantar un bote para depositar flores, colocado junto a la pequeña lápida de cemento, en donde se halla inscrito el nombre del difunto y los años en que nació y murió. Tardó varios segundos en hacer ese movimiento, que en su juventud habría logrado con toda agilidad, hasta que finalmente logró tener el bote en sus manos temblorosas. A sus 74 años ya era difícil gobernar cada músculo y cada articulación del cuerpo, aunque los pensamientos en su cerebro seguían relampagueando incesantemente. Luego puso en su interior un manojo de violetas y nubes, flores éstas que tanto le gustaran a él.

—Estaban muy bonitas las gardenias y no costaban caro. Pero ya sé que nunca te gustaron, porque olían a panteón —continuó ella, conversando con él en un diálogo sin voces. En el suelo puso una bolsa con varios contenedores de comida y bebida. Enseguida se persignó y comenzó a rezar con devoción, buscando ser convincente con las potencias metafísicas en cuya existencia creía, para que dieran buen trato a su marido. Después de varios padres nuestros y aves marías, observó que las dos tumbas vecinas se hallaban abandonadas, como siempre advertía cuando iba al cementerio.

—¿Acaso estos pobres muertitos no tienen familia? —preguntó, como acostumbraba hacerlo. No hubo respuesta. Sólo escuchó ecos de oraciones religiosas que el viento traía con la fragancia de las dalias, azaleas, girasoles, petunias, orquídeas, claveles y todos los tipos de flores ahí congregadas para incendiar de luces y perfumes aquel microcosmos donde sólo quedaban despojos, llantos y recuerdos. En un gesto de misericordia, de nuevo con la pasmosa lentitud de un camaleón moviéndose en una rama, se agachó para tomar algunas flores de la tumba y colocarlas en las otras vecinas.

—Van a sentirse muy mal si no compartimos estas flores con ellos. Quizás hasta vayan a molestarse contigo y no te dejen dormir tranquilo esta noche —le dijo. Como respuesta sólo tuvo barullo y gritos de niños que brincaban entre las tumbas.

A diferencia de aquellas fosas con las cuales compartía espacio, la suya jamás había dejado de tener flores frescas y agua en el bote para prolongar su color y perfume. Acostumbraba ir a visitarlo cuando menos una vez cada cuatro domingos. En un principio sus propios hijos la llevaban al cementerio. Sólo que ellos habían seguido sus propios cauces, como cada uno debe hacerlo inevitablemente en la existencia. Ella se resistió a abandonarlo y prefirió quedarse en el mismo pueblo.

—Uno es de donde están enterrados sus muertos —les dijo, aferrándose a la tierra. En cambio, ellos siguieron su propio camino, como si buscaran una ruta establecida en las estrellas.

Sus visitas al cementerio se habían hecho más frecuentes en los últimos meses. Poco a poco iban muriendo amigos, vecinos y conocidos suyos. De pronto, sus troncos caían quebrados por una poderosa fuerza invisible que les hacía caer inanimados. Morían de cáncer en distintas zonas del cuerpo, de infartos cardíacos, de neumonías, hasta de cansancio; y ella siempre les acompañaba en sus funerales. Aprovechaba aquellos entierros para visitarlo y dejarle algunas flores en su tumba.

—Aquí me tienes enterrando muertos —, le dijo mientras venían a su cerebro imágenes de él, como un carrusel de fotos fijas. Le recordó con su enorme copete, el holgado traje con hombreras de pachuco y el picante olor de tabaco. Otra vez sólo escuchó el murmullo del viento y el rumor de voces de la multitud.

—¿Sí te acuerdas que hace ocho días murió Jaime, el esposo de Sonia, verdad? Te lo conté ahora la última vez que vine. Siempre has sido muy desmemoriado. Él era un viejo muy canijo. Muy enamorado. La hizo sufrir mucho con tanta vieja que tenía. Le dio cirrosis. Siempre fue muy borracho, hasta que murió. 
Antes no le dio gonorrea o alguna de esas enfermedades venéreas o a la mejor yo no lo supe —le dijo.

No hubo respuesta. Ninguna. Sólo aire, llanto de niños y algunos lamentos que se confundían con el silbar del viento, causado al atravesar las hojas de los árboles. Aun así, ella estaba segura de que ambos platicaban en ese idioma indescifrable.

—Llévame contigo. Ya estoy cansada. Ya ves, ya ni los muchachos están conmigo. Diles ahí arriba que manden un angelito y me lleve, algo en forma de rayo que me mate en un instante. Ya me cansé de estar enterrando muertos. Anda, diles que esa tarea ya se la den a otro. Te extraño, viejo —le dijo y mientras lo hacía buscó una señal en el transparente e inalterable azul de la bóveda celeste. No encontró una. En el mundo sólo parecía existir el lenguaje humano, el soplo del viento y los ruidos de los pájaros.

Tranquila y sin exasperarse por el silencio en que estaban sumidos los pobladores de aquel otro mundo, se dispuso a desayunar con él. Con mucho cuidado y lentitud logró sentarse sobre la tumba. Sintió la humedad del zacate, a consecuencia de las lluvias. No tuvo ánimos de levantarse y extendió un mantel de algodón con hermosas imágenes tejidas con hilaza por ella cuando todavía tenía control de sus dedos.

—Te traje unos taquitos de pollo. Mira, van a gustarte. También te traje un tequilita y refresco. Aquí te acompañaré a comer. Ándale, ya arrímate, viejo —y de la bolsa en el suelo extrajo aquellos contenedores que llevaba con comida y bebida. De la misma bolsa sus ancianas manos sacaron un pequeño tocadiscos. También lo puso en el suelo y lo encendió. Comenzó a escucharse un mambo de Pérez Prado. Su cara se iluminó, sus ojos recuperaron su alegría y apareció una sonrisa en los labios, discretamente pintados de rosa pálido.

—También traje tu música favorita. Yo sé que aquí estás conmigo. Aquí te siento. Mira, ya cada vez está más difícil que venga a visitarte. ¿Has visto cómo apenas puedo moverme? Y no hay quien me traiga. Anda, diles que ya me lleven contigo. Ya no quiero seguir enterrando muertos.

Mezcló tequila con refresco en dos vasos y, como si saboreara sus últimos minutos sobre la Tierra, 
comió lentamente aquellos taquitos de pollo hasta que el plato quedó vacío. En el tocadiscos se reproducía la melodía “Poco pelo”, un chachachá de moda cuando fue el bautizo del primero de sus hijos, y en su cara apareció una hermosa sonrisa cuando le cayeron encima esos recuerdos.

Entonces el frío viento de noviembre en la nuca la hizo estremecerse, porque supuso que ahí estaba él con otras criaturas celestes y así le comunicaban su presencia. Aquel soplo helado se tradujo en un calambre en la espalda y en el pecho y le pintó un rojo intenso en las mejillas, como si le hubiese dado una bofetada.

Deseó recostarse sobre la tumba y lo hizo pausadamente, como si diera un amoroso abrazo a su marido, de cuya existencia sólo quedara polvo en el subsuelo. Sintió que habían escuchado sus oraciones. Cerró los ojos y emitió un ligero suspiro. Luego murió.

Frente a su cadáver el cementerio se extendía como un cromo en donde explotaban todos los colores y los aromas ideados por el sol, mientras algunos niños sollozaban sobre las tumbas, todavía sin recuperarse por la muerte que apenas les había golpeado.

San Luis Potosí, S.L.P., a 24 de octubre de 2009.

jueves, 22 de octubre de 2009

Una taza de Corn Flakes

UNA TAZA DE CORN FLAKES



Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

Cada vez que recuerdo mis ya lejanos días como estudiante de licenciatura en la Facultad de Contaduría irremediablemente viene a mi memoria lo sucedido a Rodolfo.

Al recordar esos días llenos de proyectos acerca del futuro que construiríamos, pienso en cómo poco a poco van desapareciendo de nuestro escenario muchas personas con quienes compartimos un pedazo de ilusiones.

No tenía mucha amistad con Rodolfo. En un grupo de unos 40 estudiantes era difícil tenerla con todos. Aunque quizás sea cierto eso de la teoría del vínculo y su hipótesis de la transferencia.

Es posible que uno establezca buenas o malas relaciones con quienes nos rodean a partir de nuestra historia psíquica, la cual se hunde como un taladro en las oscuras cavernas de nuestro pasado.

Más que el número del grupo, quizás su voz, su forma de vestir o hasta su modo de mirar hayan sido detalles de su personalidad que me hicieron tomar distancia de él, sin que yo fuese completamente consciente de eso.

No lo sé ni tengo ahora por qué excavar en las placas más profundas de mi inconsciente como para dar respuesta a esa indiferencia con que siempre nos tratamos. Ahora estoy ocupado en contarles algo de lo que pasó con él.

Han transcurrido tantos años de que compartimos un espacio de este mundo que ya incluso he olvido algunos detalles de su personalidad. Vagamente recuerdo su tono de voz que me parecía despreciable, como de cuervo.

Y ahora mismo recuerdo un ligero destello de maldad en su mirada. Espero no ser injusto con su memoria al decir esto. Tampoco estoy seguro si ese fugaz relámpago que le miraba era producto de mis propios miedos.

Con Felipe es con quien yo sí tenía buena amistad. Éste era un muchacho amable, modesto y apacible. Su tranquilidad hizo que conviviera con él desde que comenzamos los estudios hasta que los concluimos.

A diferencia mía, Felipe sí tenía buena relación con Rodolfo, aunque ignoro por qué. Ellos acostumbraban a ir de parranda los fines de semana. Yo prefería ir a las discotecas Bocaccio o The Number One con otros amigos.

Ahora que recuerdo, en realidad Felipe y yo teníamos poco en común. Sin embargo, nuestra amistad era desinteresada y su centro de gravedad se localizaba en gozar a carcajadas todo instante de nuestra vida escolar.

Nuestro grupo se desintegró al terminar los estudios y muchos de mis compañeros volvieron a sus pueblos de origen, entre ellos Rodolfo quien era de Río Verde, un pueblo de atmósfera caliente y reconocido por su violencia.

Una vez llegaron a decirme que en Río Verde podían matarlo a uno solamente por ver a alguien, si esa persona interpretaba en la mirada una señal de insulto o veía un asomo de menosprecio.

En los años 70 eso había ocasionado que esa población, ubicada hacia el oriente de San Luis Potosí, ocupase un sitio prominente entre los centros humanos más violentos del mundo.

Allí no existía noche sin asesinatos. Los hombres mataban a sus mujeres a machetazos nomás por encontrar piedras en los frijoles, o las mujeres apuñalaban a sus hombres locas de celos o sedientas de otro amor.

En las cantinas era preferible tener los ojos pegados a la mesa y cuidarse de rozar la mirada de otro, porque irremediablemente surgía el duelo. Ser hombre en aquel pueblo significaba tener el cuerpo rayado a navajazos.

Desconozco si hubieran sido ciertas estas versiones sobre un pueblo en donde florecían los naranjos y las mandarinas y en donde con el aire lamía una lengua de fuego en las épocas de zafra.

Muchos las daban por verdaderas y preferían abstenerse de visitar a Río Verde o pasaban rápido por ahí, a pesar de sus bellos parajes, como el manantial de la Media Luna, un sitio sagrado para los pueblos prehispánicos de la zona.

Transcurrieron unos 8 años de concluidos nuestros estudios y de que cada uno los miembros de mi grupo tomara sus propios caminos, cuando por casualidad volví a encontrar a Felipe en una calle del centro.

Creo recordar que fue en la plaza de San Francisco en donde nos vimos. Después de ese largo tiempo sin saber de nuestras vidas, nos dimos un fuerte abrazo y conversamos animadamente.

Luego de platicar de lo que hicimos en esos años y de lo que hacíamos en el presente, hablamos de lo que había sido de nuestros compañeros. Así supe de lo sucedido a Rodolfo.

Fue desagradable saber cómo había dejado de existir una de las personas con quienes yo había compartido un trozo de existencia y además de la forma en que desapareció.

Es un golpe duro saber que alguien a quien conocieron dejó de existir y sobre todo en forma violenta, aunque tuvieran relación superficial con ella; y es todavía más impactante ver cómo va desapareciendo la generación de uno.

—Sospechan de la esposa—, me dijo Felipe.

Aunque los asesinatos eran cosa común ahí, como les digo, su muerte fue noticia en los periódicos. Éstos daban materia para distraerse en las pláticas sobre las banquetas, durante las somnolientas y calientes tardes de Río Verde.

Uno de los detalles que me contó Felipe sobre el caso hundió una huella profunda en mí, tanto que todavía lo recuerdo, debido a su descaro. Era un detalle sorprendente, propio de una psicología compleja.

—Su mujer ­—agregó Felipe— dice que fue un suicidio. Ella supo de su muerte hasta la madrugada. Sintió hambre y se despertó. Fue a la cocina a hacerse un plato de Corn Flakes. Comió tranquilamente y después fue al baño.

Dice que allí encontró una escena horrible. Rodolfo colgaba de la regadera, atada a su cuello la cortina de plástico del baño. Estaba tieso, totalmente inanimado como el bote del champú o el rastrillo de depilación.

Me pareció extraordinario ese argumento. Me pregunté si ella no supo que Rodolfo no dormía en la cama cuando despertó y si tampoco le extrañó no verlo por ahí cuando fue a prepararse su plato de Corn Flakes.

Extrañamente la mujer no se hallaba detenida. Según Felipe, en los comentarios periodísticos llegó a filtrarse la versión de que la mujer era amante del jefe policíaco. Se trataba de la aburrida historia del triángulo amoroso.

Por los periódicos, Felipe estaba seguro de que Rodolfo había sido estrangulado por el amante y su mujer. Luego le colgaron de la regadera como toalla. Estas versiones se hicieron certeza porque la mujer siguió libre.

Desconocía las causas por las que esa mujer había traicionado a nuestro compañero. Sin embargo, parecía que las lenguas de fuego que soplaban en Río Verde habían calcinado el alma de los homicidas.

Jamás supe cuál fue el motivo que llevó a los amantes a asesinarlo. Quizás sólo querían quitárselo de en medio para seguir amándose sin obstáculo. Sin embargo, nunca me ha dejado en paz una imagen en la cabeza.

En ella miro a la mujer comer lentamente su plato de Corn Flakes frente al cadáver de Rodolfo. Sentada en la taza del baño la veo saborear una por una las hojuelas de maíz, mojadas en leche.

Lo hace mientras mira a sus ojos, ya sin esa siniestra luz que tenían. Hasta ahora que escribo soy consciente de cuánto me turbara esa expresión que revelaba la existencia de un espíritu calcinado por el horno de esa tierra.

—Te maté, maldito, antes de que me mataras—, le dice ella, mientras sus propios ojos se encienden como en la campiña lo hace la hojarasca por el calor.

Después de aquel encuentro con Felipe no volvimos a vernos. Espero no encontrarme con él en las notas rojas de los periódicos ni saber de su muerte por otro compañero. Quizás el próximo en irse seré yo.

Y así otro y otro más, hasta pudrirse totalmente una generación de seres oscuros e insignificantes.

San Luis Potosí, S.L.P., a 22 de octubre de 2009.

miércoles, 21 de octubre de 2009

¡Que se mueran los guapos!

¡QUE SE MUERAN LOS GUAPOS!


Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com


Un domingo, después de disfrutar un riquísimo espagueti a la mayonesa y cuando ya estábamos en el café y las agüitas, tuve una pequeña diferencia de opinión con mis suegros (especialmente con mi suegra).

No es que sea necia ni que yo acostumbre pelear con ellos. Mi suegra es una mujer compasiva y prudente. Nomás para darles idea de su generosidad, acostumbraba recoger animalitos de la calle, hasta que lamentablemente descubrimos que mi niño “El Morris” sufría alergia asmática y abruptamente debió cortar con esa devoción de hospedar “solovinos” de muy diversa especie, todo con el noble propósito de no perjudicar de rebote a su nietecito.

Intempestivamente (y deveras ignoro por qué) ella, que es una conchita de chocolate mojada en leche y de carácter más tranquilo que el estado del agua bendita en una pila de parroquia, mutó en algo semejante a una fierecilla.

Como para tener asunto de conversación, entre que los niños pedían algo de refresco y todavía decidía yo si daba una última y golosa mordida a un pedazo de gordita enchilada de queso y frijoles que sobraba en una cazuela, tocó el caso de unos motociclistas del show “Sólo para mujeres”, atropellados en una avenida de alta velocidad en la ciudad de México.

Todos sabíamos a qué hacía referencia, porque dicho asunto había sido ampliamente divulgado por casi todos los medios de difusión (y más concretamente por los canales de televisión, que, sin necesidad de emplear algún complejo instrumento científico, puedo afirmar son la única fuente de conocimiento de las personas de nuestros días).

Empezó a ponerse difícil aquella situación, porque, como se dice, me descloché cuando ya estaba por meterme a la boca un pedazo de aquella antojosa gordita de chile rojo; de manera que me fui patinando directito al choque:

—También ellos tuvieron culpa de lo sucedido. Por no decir que fueron quienes lo provocaron. Si ese Mayer es un prepotente—, sentencié con una convicción que ya quisiera tener el juez a quien habría de consignarse tan trágico y sonado incidente de tránsito en la capital del país.

Me pregunto si mejor no debí entretenerme con los deliciosos sabores de aquella fruta de masa de maíz frita en aceite y extraviarme de cuanto sucedía en mi entorno.

Dije aquello como si algo dentro de mí estuviese afectándome y tuviera necesidad de echar fuera. Como un erupto o un gas que debía expulsar, porque no había forma de reprimirlo o asimilarlo en las tripas, e intoxicaba mi cuerpo.

Creo me reventó apreciar cómo mi afectuosísima suegrita (a quien verdaderamente quiero como si fuese mi mamita) reproducía, sin crítica o sin un cuidadoso filtrado a través de su conciencia, discursos emitidos por quienes han sustituido a todos los sacerdotes y magos y dictan nuevos sacramentos a las multitudes, entendiéndose con ello a quienes poseen el dominio de esos artefactos tecnológicos que conocemos bajo el nombre de “medios electrónicos”.

Ella estaba segurísima, porque había visto un video con sus ojos que Dios Santísimo le dio, cómo el conductor del automóvil había embestido a los motociclistas; y, en consecuencia, estábamos ante un criminal que merecía las más drásticas penas corporales, en castigo por el daño infligido a esos tan inocentes e inofensivos muchachos.

De verdad que no deseaba engancharme en ese tema. Sin embargo, sentí mis pelos erizarse y así inadecuadamente fue como planteé aquella otra posibilidad.

También intervino mi suegro y la cosa fue poniéndose dura. Estaban convencidísimos de que el sujeto del coche había actuado con toda sangre fría y premeditación.

Ambos narraban con tanta seguridad sobre lo sucedido en aquella avenida de una ciudad que escasamente conocemos, como si verdaderamente hubiesen estado en el sitio y momento de la fatal colisión. Hablaban de un video que en realidad yo desconocía, una grabación como las de los noticieros gringos, que mostraba detenidamente cómo el sujeto había incluso virado para centrarlos en la trompa del vehículo y arrollarlos.

Todo a propósito, hecho con toda la maldad de un asesino. Imaginé al tipo utilizar el centro del cofre de su auto como mira o alza de rifle y dirigirse velozmente hacia los motociclistas, como un misil disparado contra un blanco. ¿Acaso estarán envenenados mis suegros con tantas películas sangrientas y reality shows como ven?, pienso al escribir de ese encuentro familiar, como una terapia para hurgar en mi inconsciente.

—Sucede que iban como dueños de la ciudad. No pidieron permiso para filmar, viajaban a treinta kilómetros por hora en un carril de alta velocidad, e impedían el tránsito en los tres carriles. Fue él quien expuso a sus compañeros—, argumenté.

Por el tono de la voz de mi estimadísima suegrita, noté que le había crispado mi opinión de que Sergio Mayer (el jefe del escuadrón de motociclistas) era copartícipe de lo sucedido. Quizás incluso enteramente culpable.

A continuación siguieron treinta minutos de un silencio tan denso que podía tentarse con los dedos. Opté por fundirme en un programa de televisión (ya no recuerdo si era La Academia o qué cosa), y después de hacer un cálculo sobre el terreno dispuse la retirada de mi gente.

Otro día conversé del tema con una buena compañera con años en la lucha por la equidad del género, que por igual defiende prostitutas, sidosos y homosexuales, y que también promueve el uso del condón desde la adolescencia. Sobre una mesa en un café del centro de esta ciudad aseguró que el mismo automovilista, motivo del ácido percance con mis suegros un domingo anterior, debía ser castigado con cincuenta años de cárcel por criminal.

—Fue una cobarde y demencial venganza de los feos contra los guapos—, me dijo. Incluso aportaba un testimonio, el cual utilizaba como prueba científica de su argumento, de que el móvil había sido lo que llamó “cultura falócrata” de los hombres.

—A propósito, un tipo me dijo —añadió ella para dar más fuerza a su tesis— que si él hubiera tropezado con los motociclistas, habría lanzado el coche a todos y no habría dejado uno vivo. Eso merecían por enseñar su cuerpo a las muchachas y nomás por eso ganar mucha fama y dinero.

Y agregó enseguida con una convicción de hierro:

—No pueden aceptar que una pague por disfrutar cuando menos mirarlos, ya no digamos tenerlos aunque sea un rato.

Aquellas afirmaciones me han hecho pasar horas de reflexión sobre el asunto. ¿Tenía razón mi queridísima suegrita en indignarse conmigo? Díganme, por favor, ¿hay un video de aquel incidente contra los muchachos de “Sólo para mujeres” que efectivamente muestre con claridad, como esas imágenes de la televisión gringa que nos muestran malhechores huyendo de la justicia, grabados por una cámara en un helicóptero, hasta que terminan destripados por varias volteretas o por las balas de la policía?

Esto es importante para mí. Necesito saber si mis juicios también están contaminados de envidia por la existencia de estrípers guapos y que me es insoportable saber que ellos puedan vivir simplemente de mostrárselos a las chicas, mientras yo me exprimo los huesos para obtener unos cuantos pesos.

Díganmelo, por favor, no quiero vivir con esta duda ni cargar con algún elemento inconsciente de la “cultura falócrata” y por ello cometer algo semejante.

San Luis Potosí, S.L.P., a 11 de mayo del 2005.

jueves, 15 de octubre de 2009

Bajo el pánico / Relato del miedo

BAJO EL PÁNICO


Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com


Fueron minutos de pánico para quienes nos encontrábamos en las inmediaciones del sitio del tiroteo entre pistoleros y policías ese jueves 29 de noviembre en pleno centro histórico de esta ciudad de San Luis Potosí.

Unos estábamos desconcertados porque desconocíamos qué sucedía en el trecho de la calle de Independencia, entre Carranza y la Plaza de Aranzazú. Y otros huían despavoridos del punto de la confrontación.

Estaba parado frente a la estatua de Juan del Jarro, en el Jardín de San Francisco, minutos antes de las 8 de la noche, cuando escuché el tableteo de los temibles AK 47 y unos breves destellos de luz blanca.

Claro que en ese momento no sabía que ese ruido era provocado por esos rifles de fabricación soviética que misteriosamente han caído por centenares en manos de pandillas criminales.

A causa del ruido miré en dirección del callejón que va por un costado del templo de San Francisco y da hacia la Plaza de Aranzazu. En el fondo del callejón ví personas huyendo aprisa y otras dirigirse hacia allá.

Pensé que había tronado un transformador de electricidad y había sucedido un incendio. Creí que eso era porque además comencé a ver una tenue nube de humo.

Iba acompañado de dos estudiantes de una escuela ubicada sobre la calle de Vallejo. Regresábamos a casa y ellas iban a tomar sus camiones. En la esquina de Universidad se entretuvieron a mirar un restorán.

Les reprendí por su distraída forma de andar por la ciudad.

–¿No ven que está sucediendo algo? ¿No tienen sentido de la realidad? ¡Aquí está pasando algo y no se dan cuenta! –les corregí, tomándome en serio mi papel de profesor.

No sabía lo que sucedía a cien metros. Un policía en una moto de cuatro llantas pasó veloz a nuestro lado. Sentí las llantas en mis pies. Trepó al jardín por una rampa y siguió por el callejón hacia Aranzazú.

Miré una cara tensa. Mis alumnas y yo nos quedamos viendo. Una de ellas movió nuestra curiosidad y junto con nuestra curiosidad también se movieron nuestras piernas. Fuimos allá.

Empezamos a caminar por el callejón y ya nos encontrábamos a mitad del camino del sitio del enfrentamiento, justo a la entrada de un restorán. Entonces vimos correr hacia nosotros a dos jóvenes.

Eran policías vestidos de civil. No llevaban armas o al menos no las ví. Solamente ví que traían radios de intercomunicación en sus manos. Estaban alterados. Ví miedo en la cara de la mujer policía.

–¡Protéjanse! ¡Asegúrense! ¡Métanse a los puestos, a los restoránes, al templo! ¡Rápido, protéjanse! –gritaban a las personas, entre indios, hippies y transeúntes, que nos encontrábamos en el callejón.

Después, ya sin la sensación de esa tarde, me dio gracia eso de protegernos en los puestos de aluminio de los vendedores. Otro día ví los hoyos de más de una pulgada en las paredes, causados por las balas.

De nada nos hubiera servido escondernos detrás de una frágil lámina. Pero entonces no me dio gracia esa ocurrencia, sino simplemente pensé en salir rápidamente del callejón.

Aceleré mis pasos para volver hacia el jardín y salir del sitio en que ahora estábamos. Dejé atrás de mí una puerta abierta de un consultorio médico. Mis ideas me decían que debíamos salir del callejón.

Volteé a ver mis alumnas para cerciorarme que también caminaban aprisa detrás de mí. Pero las miré congeladas en el mismo punto en que nos encontramos con los policías.

–¡Corran, niñas! ¡Rapidito, vénganse! –les grité.

Parece que mi voz las hizo reaccionar, porque salieron de ese trance en que habían caído y comenzaron a correr hacia donde yo estaba. A pocos metros estaba otra puerta abierta de una vieja casona.

Otro grupo de policías en motos y con sirena abierta pasó velozmente junto a nosotros. Tuvimos que hacernos a un lado de un brinco para evitar ser atropellados.

Aquella casa es ocupada por el Instituto de la Juventud. Delante de mí estaban entrando ya otras personas. Pensé que lo mejor sería refugiarnos allí y no seguir hacia el jardín. Allí nos metimos.

Encontramos empleados desconcertados. Nos preguntaban por qué estábamos allí y qué sucedía. El titular del despacho hacía llamadas por celular. Ví a Martha, a quien conocía de antes.

Ella es la jefa de comunicación social de esa oficina. Sus hermosos y grandes ojos negros estaban todavía más grandes y ahora no expresaban su habitual calma, sino turbación.

Con nosotros entraron una indígena y muchachos dedicados a elaborar trenzas y collares. Junto a mí un chico tenía una risita nerviosa. Trenzaban su cabello con hilaza cuando llegaron los policías.

Dijimos a los empleados lo poco que sabíamos. Escuchamos nuevas detonaciones. Entonces supe que eran armas. Un rato después abrimos la puerta. Aguzamos nuestros oídos para saber si ya podíamos salir.


Aparentemente todo había cesado allí y salimos de la casa. Entonces caminamos rápido hacia el jardín de San Francisco, tomamos Vallejo para dirigirnos hacia la Plaza de Armas. Todo era turbación y angustia.

Sobre Vallejo encontré a dos funcionarios de gobierno caminar muy aprisa hacia el jardín. Eran María Luisa Paulín, jefa de comunicación social del gobierno, y Jesús Zarzoza, encargado de asuntos políticos.

Paulín, a quien también conozco, me saludó nerviosa. Ambos llevaban el pánico puesto en sus rostros como máscaras. Pensé que algo grave sucedía. Detrás Toño Meza quería correr con sus más de cien kilos de peso.

Como también es empleado de comunicación social, le pregunté qué pasaba.

–A eso voy. No lo sé –, me dijo agitado y siguió corriendo hacia San Francisco.

Llegamos a las puertas de las Cajas Reales, justo detrás del Palacio de Gobierno. Un grupo de personas preguntaban a un policía qué sucedía. Era joven, delgado, con uniforme muy bien puesto.

Pero también se notaba cómo su cuerpo estaba sacudido por los nervios. Batallaba por verse sereno y en línea vertical. Sólo nos indicó que debíamos retirarnos de allí, que nos moviéramos hacia la Alamada.

Ya entonces todo el centro de la ciudad estaba invadido de policías. Sonaban sirenas y chicharras por todas partes. Ajenas a aquello que sucedía, escuché a una mujer decir a otra que la fiesta debía estar buena.

Llegamos a la Alameda. Acompañé a las estudiantes a su parada de camión, frente a una vieja máquina de tren que hay allí como monumento a nuestra antigua, rica y ya destruida cultura ferrocarrilera.

Yo atravesé por la Alameda y caminé hacia el puente de avenida Universidad. Por el puente descendían ambulancias y patrullas con sirenas abiertas. Venían del rumbo del Distribuidor Juárez.

Como ya entonces sabía que había ocurrido una balacera en la calle de Independencia, deduje que había sucedido otro enfrentamiento en otro punto muy distante de aquel sector donde estábamos.

Pensé que aquellas ambulancias llevaban heridos. De otra forma no llevarían encendidas sus sirenas en dirección del Edificio de Seguridad Pública.

Oficialmente nada se sabe de una balacera en el rumbo de la carretera 57 o de la Diagonal Sur. Pero el pueblo tiene versiones de otros combates entre pistoleros y policías en algún punto en esa dirección.

Llegué a casa y platiqué a mi esposa lo sucedido. Se preocupó y hablamos por celular a nuestra niña que se encontraba en el centro. Le pedimos volver rápido a casa.

–¡Súbete al primer camión que veas! ¡Hubo una balacera! –le dijimos, nerviosos.

Ella sabía ya de otras dos balaceras. Mi esposa platicó que un día antes había sido asesinado un veterinario. Lo supo por su madre, quien trabaja en el Hispano Mexicano.

En ese colegio estaban tristes porque aquella persona dejó a su pequeño hijo en la puerta del preescolar. Todavía platicó del progreso del niño con sus maestros. Volvió a casa y allí lo mataron.

Fue asesinado con una bolsa de plástico en la cabeza. Su crimen lo firmó la mafia. Exactamente una semana antes, un artefacto explotó en una zona residencial, cuando pasaba Cesáreo Carvajal, jefe policiaco.

Esperamos las noticias. Pero Javier Alatorre ni mencionó lo sucedido y Joaquín López Dóriga dio menos de cinco segundos para una balacera con muertos en pleno centro de la ciudad de San Luis Potosí.

Aún así, el pueblo crea sus propios canales de información, cuando aquellos instituidos para esa función se niegan a informar ampliamente. Muchas versiones he escuchado de lo sucedido la noche de aquel jueves.

Una que me ha impactado refiere cómo fueron los segundos de pánico que vivieron los adolescentes de la Secundaria José Ciriaco Cruz, a varios kilómetros de la Plaza de Aranzazú, donde yo estaba.

Como el comando de pistoleros huyó del centro en línea recta por la calle de Independencia (cosa inexplicable por lo angosto y transitado de esa ruta), éste llegó al entronque con avenida Himno Nacional.

Allí estaba una patrulla de policía cerrando el paso a los criminales. Pero éstos arrojaron al menos una granada al vehículo y dispararon sus armas. Eso pasó mientras centenares de jovencitos salían de clases.

Refieren los mismos muchachos que trataron de subirse a los camiones, pero los choferes cerraban las puertas y desesperadamente también trataban de huir del sitio.

Estudiantes de secundaria quedaron parados en las banquetas, a merced de la metralla de las AK 47 que disparaba el comando, a veces al aire, para obligar a los automovilistas a hacerse a un lado.

También se escuchan versiones de ese mismo pueblo a quien se le niega su derecho a estar informado. Así se habla de que entre los muertos hay un ciudadano. Pasaba por el templo de Acción Católica, ajeno a todo.

A una semana de aquella noche de pánico no sólo no existen suficientes explicaciones oficiales que nos informen qué sucedió exactamente, sino que han ocurrido nuevos hechos criminales.

Un día después de la matanza en el centro, un hombre fue supuestamente acribillado en las inmediaciones de la Zona Militar. Enfermeras de la Cruz Roja dicen que fue un soldado.

En la colonia Santa Fe, un hombre fue asesinado a balazos, apenas el domingo siguiente de la balacera en el centro. Sin embargo, la posición oficial y sus medios insiste en ocultarnos lo que es evidente.

San Luis Potosí es una zona más del territorio mexicano donde mafias criminales se disputan su control y su gobierno. Necesariamente creemos que esto es a consecuencia de nefastos gobiernos panistas.

San Luis Potosí, S.L.P., a 6 de diciembre de 2007.

Yo también tengo celular

YO TAMBIÉN TENGO CELULAR


Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com


Salió de casa a una reunión en un café con un amigo. Conversarían sobre cuestiones insignificantes o sobre las que una persona común puede hacer poco o nada. Con frecuencia se entretenía hablando de la corrupción. Era una especie de autoflagelación. Terminaba con un sabor amargo y totalmente decepcionado. Tenía la certeza de que nada podía hacerse para impedirla. Su mujer dice que esos son ejercicios masoquistas. Únicamente pueden conocerse historias de corrupción e impunidad de personas mediocres y anodinas sin que puedan castigarlos. Por eso ella prefiere anestesiarse con revistas o programas de artistas de cine y televisión. Así evita preocuparse por lo que sucede y quedarse frustrada por una sensación de impotencia.

Esa reunión era pretexto para salir de casa y distraerse con el movimiento callejero y con los cuerpos de las mujeres que andaban afuera. Tampoco disfrutaba de la compañía de ese amigo. El tipo dábaselas de sabelotodo y siempre buscaba ponerlo en aprietos. Una vez que no aguantó sus exigencias de platicar con precisión, le dijo: “Contigo debo platicar con pie de página y bibliografía incluida. Si lo que hacemos es conversar, no escribir ensayos”. De verdad un ser odioso. Pero debía salir de casa con cualquier argumento.

Después de días de encierro con motivo de la convivencia navideña, estaba aburridísimo y algo debía hacer. Respirar aire y sentir el frío de los primeros días de invierno. Fue que a pocos pasos lo encontró tirado en la banqueta. Pasó encima de él y se detuvo enseguida. Estuvo parado unos minutos, como estudiando la situación. Quería cerciorarse de que no había alguien cerca, que regresaran por él o que estuvieran observándolo. Nervioso y agitado volvió a ese punto. Se agachó disimuladamente y bajó la mano para levantarlo. Metió el celular a una bolsa del pantalón y enseguida se alejó con actitud sospechosa. Sentía la presión de la sangre. Sabía que aquello era una acción indebida. El corazón iba a reventarle por la emoción de un acto indecente. Trató de tranquilizarse. Pensó que era un pequeño acto de expropiación de la riqueza.

Caminó hacia una parada y durante el trayecto del autobús echaba vistazos para cerciorarse que nadie le había visto cometer aquella cosa y que nadie le seguía. Entonces ignoraba cómo utilizar esa tecnología. Como estaba contaminado por información que sobreexaltaba las capacidades efectivas del gobierno para seguir teléfonos perdidos o robados, creía que podían estar rastreándolo desde un satélite. No pensó en la cantidad de policías y en la movilización de recursos que debían emplearse para algo así. Metió la mano al bolsillo del pantalón. Tomó discretamente el celular y lo apagó.

Estuvo angustiado toda la tarde. Temía que fuesen a sorprenderle y castigarle por su villanía. Pensó en diversas explicaciones en caso de ser interrogado. No tuvo reposo durante la conversación con su amigo. Ni seguía su conversación. Pensaba en lo que sucedería si le pescaban. En la vergüenza de ser señalado por los periódicos.

Terminó rápidamente y regresó. En casa tuvo tiempo de estudiarlo detenidamente, mirarlo y tocarlo. Así conoció cada función. Había un pequeño problema. No podía utilizarlo si desconocía el número. Marcó a casa y el número apareció registrado en el identificador. Enseguida borró los números de la agenda e introdujo los de sus conocidos. Le agradó que fuera nuevecito y con un saldo de mil pesos aire. Su dueño apenas lo había comprado. Ni una fractura tenía a pesar de la caída. Con los días pudo familiarizarse con su uso. Poco a poco fue desapareciendo el miedo de ser seguido por satélite. Compró una réplica barata del cargador en un súper. Enseguida comenzó a proporcionar el número entre sus amistades.

Antes de encontrarlo no creía necesario gastar dinero en algo semejante. No por incapacidad económica. Dichos artefactos no tenían un precio prohibitivo. La suya era una posición de carácter ético y político. Promovía la tesis de que los ciudadanos debían mantenerse fuera del consumo. Sostenía que las personas debían sobrevivir con los mínimos productos. A causa de la insatisfacción y del deseo por poseer cosas, decía, estamos destruyéndonos. Disparaba frases cargadas de ironía para referirse a quienes utilizaban el celular sólo para conversar de cosas cotidianas. Le disgustaba ver cómo hasta los limosneros cargaban con su teléfono en el cinto.

Sin embargo, la posesión del aparato transformó su personalidad y su relación con los demás. Poco a poco fue ocupando un lugar importante en su existencia. Pronto agotó el saldo en llamadas para decir a su mujer cuánto le amaba y enviarle mensajes afectuosos. Constantemente compraba tarjetas de tiempo aire. Su relación con el teléfono vino haciéndose enfermiza. Cuando dejó de funcionar a causa de varias caídas y por la conclusión de su vida útil, experimentó una sensación de pérdida.

Su mujer, que disfruta de sus mensajes con un “te quiero” o “besitos”, apreció que su marido necesitaba reponerlo. Con algo de ahorros le obsequió otro en Navidad. Este amigo fue así un consumidor ganado por la telefonía celular. Y no le ofende que su máquina sea modesta, frente a esos nuevos artefactos con cámaras fotográficas o microcircuitos para descargas de archivos con extensiones mp3 o jpg. Tampoco le preocupa que las frecuencias de radio puedan tostar su cerebro o que las ciudades continúen poblándose de antenas, como una maléfica enredadera de alambres y transmisores.

Ahora sólo le importa estar accesible cuando lo necesiten. Aunque sólo sea para decirle: “no llegues tarde”. O ponerlo sobre la mesa del café y decir a los demás: “Yo también tengo celular”.

San Luis Potosí, S.L.P., a 8 de enero del 2005.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Frente a tus ojos

FRENTE A TUS OJOS


Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

He visto tus ojos. En ellos contemplo una historia de los tiempos. Al mirarlos estoy ante un espejo pulido por una lluvia de protones. Me transportan por un túnel en donde observo todas las edades existentes. Son una espiral de polvo cósmico y de viento que golpea y estremece mis entrañas. Hay en ellos una descomunal fuerza atómica: miles de bolas siderales en donde el cosmos se crea a cada instante. Allí están mi origen, mi presente y mi futuro, impreso en un código divino. En ellos encuentro respuesta a todas mis preguntas. De dónde vengo y por qué existo son falsos dilemas en tus ojos. Una voz precisa escucho en ellos. En su destello hay un lenguaje que revela cada franja oscura de mi mundo. Cada misterio se resuelve en el inmenso océano de tus ojos. Un manto cuajado de cuásares brilla a cada instante, ecos de los primeros instantes de la creación, cuando éramos moléculas de carbono haciendo el amor entre nubes de gas y explosiones. Luz de unicornio en una cámara oscura que me imprime siluetas y formas de una dimensión antes desconocida. Tus ojos son una sinfonía hecha por la música del tiempo en cuyo lenguaje escucho las verdades más ocultas. Por eso te digo: He visto tus ojos en el momento del origen que ya había olvidado.

San Luis Potosí, S.L.P., a 17 de junio de 2008.

Mis chiquitos

MIS CHIQUITOS


Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com


Tengo bebés nuevos: son dos retoños preciosos. Llevan tres semanas de nacidos. Apenas toman unas gotitas de agua y mucha luz. Estoy feliz con ellos y los presumo a cuantos a casa van: “¡Ya los vieron, qué tiernos, qué sedosos, qué bonitos están!”. Mis amigos, mi madre, mis sobrinos, a quien los muestre, admiten su hermosura. Cuando los miran expresan de inmediato palabras lindas. Debido a su fragilidad, mis chiquitos esperarán seis meses en un recipiente, ubicado al pie de un ventanal, donde tomarán cuanta luz necesiten. Pasado ese tiempo sabremos si tendrán oportunidad de vivir. A diario les doy sus vueltas, estudio la humedad, rozo con cuidado sus cabecitas o descubro un nuevo detalle; mientras hago planes para ellos. Me pregunto sobre el sitio de la casa donde más disfrutarán, cuánto crecerán o cómo deberá ser la maceta donde pasarán sus primeros años. Estos hilitos de vida en el pie del ventanal me permiten dormir a gusto y despertar al día siguiente con entusiasmo. Mis “bonetes de obispo”, como les llamamos por la forma de sus cabecitas, me dan ahora buenos motivos para existir.

San Luis Potosí, S.L.P., 20 de Junio del 2002.

Ellas lo hacían en el baño

ELLAS LO HACÍAN EN EL BAÑO



Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com


Estaban dos moscas amándose en la pared del baño. Debido a su inmovilidad, era evidente que viajaban por las muy gratas dimensiones de la felicidad y el placer, a través de sus intercambios húmedos, aprisionamientos y penetraciones. El más mínimo estremecimiento de un ala o el parpadeo de uno de sus tantos ojos, dilatados por la calentura del acto, las haría tomar conciencia irremediablemente de su marginalidad y suspender aquel momento sin duda delicioso.

No me advirtieron. De seguro habían desenchufado sus sentidos, dejándose ir únicamente por el vértigo del apogeo. Con cuidado abrí la regadera, pronto hice un buche de agua y lo escupí hacia ellas con increíble puntería. Tomadas por sorpresa o ausentes en absoluto del mundo tridimensional y sus peligros, no pudieron eludirla con su habilidoso vuelo y cayeron al piso, donde se había formado ya un charco. Seguían pegadas e inmutables, como idas, cuando desaparecieron tragadas por la coladera.

Perdidas en su éxtasis, hinchadas de tanto amor, las moscas fueron deslizándose por el agua de la cañería, rumbo a un rincón despoblado del universo, donde nadie las interrumpiera. Simplemente deslizándose por las corrientes de un río interminable de cachondez y delicia, sin preocuparse porque a su alrededor sólo existiera porquería y hediondez.

Jacarandas, San Luis Potosí, S.L.P., 1995.

martes, 13 de octubre de 2009

Una falla del sistema

UNA FALLA DEL SISTEMA


Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com


Con emoción y esperanza en acabar sus estudios, volvió a la escuela después de un largo y forzado receso. Imaginaba cómo serían sus nuevos compañeros. Extrañaba el ambiente escolar; sus días de carcajadas y bromas con sus amigas; sus conversaciones con ellas en las esquinas, mientras esperaban el camión y chupaban paletas heladas, luego de terminar sedientas sus clases.

Por un año estuvo fuera de la escuela, después de un incidente con una prefecta. No fue a causa de cosa delicada. Entre sus compañeros había quienes vendían marihuana, anfetaminas o cocaína. Introducían esa droga en sus calzones, calcetines o mochilas. También había jóvenes dedicados a robar pertenencias de sus compañeros, como teléfonos celulares, calculadoras, carpetas y cualquier objeto que pudieran vender a otros. Había una especie de mercado clandestino en la escuela y sus autores gozaban de impunidad de la dirección, porque sus padres eran policías o guardaespaldas de personas con poder político o económico.

Era buena niña. Sólo buscaba crearse una identidad y jugar con su apariencia, como cualquier adolescente en un clima de libertad y respeto a su persona. Por accidente, comenzó a encontrar nuevos sonidos musicales, formas estéticas, posiciones y argumentos políticos en plazas y tiendas a donde iban los muchachos. Aunque muy probablemente no hubiese tenido esos encuentros y vínculos con expresiones humanas casi proscritas por el sistema, si ella no hubiese tenido un ambiente liberal en casa.

Sus padres criaban a sus hijos en un clima de libertad y respeto, del que estaban fuera gritos, golpes, humillaciones y maltratos. Era entonces natural que tuviese interés por aproximarse a tribus de jóvenes que poblaban plazas, antros, esquinas y tiendas. A sus ojos adolescentes venía una explosiva fiesta humana de rastafanes, anarkopunks, darketos, emos, hippies. Así comenzó a aficionarse por Bob Marley, Sargento García y Alika; a oír del movimiento de espacios liberados e ir casi todas las tardes a una de esas casas a encontrarse con estudiantes de antropología, estética, danza, historia, psicología, literatura, cine, fotografía; y a ensayar con su cuerpo nuevas expresiones estéticas.

Una tarde decidió ir con los hippies que compartían banqueta con indios de alguna etnia para mí desconocida en la plaza. Quería colgarse del cabello una delgada trenza de estambre de colores. Llegó a casa presumiendo a sus padres su adorno y estos la vieron hermosa. Veían en su rostro una luz intensa y en sus ojos una fe en sí misma del tamaño del cielo. Su madre le vio dormir con una tranquila sonrisa. Creyó que su pequeña soñaba en la admiración de sus compañeros cuando veían esa trenza de colores en su cabello.

Con esa misma sonrisa y actitud serena, salió al amanecer a su escuela. Conmocionó aquella trenza. Como pasa siempre, la envidia de unos late junto a la felicidad de otros. Llegó pronto a oídos de la prefecta, mujer que imagino como celadora de prisión, que una alumna violentaba el reglamento. Tomó unas tijeras y apuró el paso.

Quién sabe qué cosa haya causado que, sólo oír de una estudiante con un adorno proscrito, esa mujer viese desatada su ira. Pronto estuvo frente a ella cuando presumía su trenza con sus dedos a sus amigos y ellos la veían hermosa y desafiante. De un tijeretazo cortó los estambres y ella sintió aquellas navajas desgarrándola por dentro. En sus ojos apareció una nube sin agua. Nunca había sufrido una agresión como esa.

Con una mezcla de tristeza y enojo volvió a casa. Comunicó a sus padres su deseo de abandonar una escuela en donde no había respeto por la identidad y forma de ser del otro. Ellos apoyaron su decisión. Con los meses comenzó a extrañar el ambiente escolar, pese a que había experimentado y aprendido muchas más cosas con tribus urbanas con quienes vagaba por las calles, que si hubiese ido a la escuela.

Decía que con emoción y esperanza volvió a una preparatoria pública. Estaba decidida a concluir estudios en ese nivel y continuar por alguna línea de las humanidades. Suspiraba llena de ilusiones, viéndose como antropóloga entre pueblos primitivos. Pero llegó el primer período de exámenes y ella comenzó a experimentar tensiones y miedos. Dedicada a estudiar y hacer tareas, había dejado incluso a sus amigos. Pasó todas las materias, menos una.

Tuvo cinco de calificación en matemáticas, más que otros con doces, unos y hasta ceros, pero insuficiente para aprobar el mes. Hubiese caído en depresión si no fuese por el apoyo de sus padres. Con coraje en el intestino, su padre la consoló y le hizo ver que sólo era víctima del sistema. Siguió empeñada en sobrevivir en el ambiente del tradicionalismo memorístico y disciplinario de las escuelas que debía sufrir, como muchos.

Un profesor que proyectara sobre ella sus frustraciones y enajenaciones no impediría su ilusión de hacerse de aquella profesión, donde, por cierto, las matemáticas son inútiles.

San Luis Potosí, S.L.P., a 7 de septiembre del 2007.

Un locker para año nuevo

UN LOCKER PARA AÑO NUEVO


Eduardo José Alvarado Isunza.
ealvaradois@yahoo.com


Llegó nuestro nuevo jefe y se presentó.

--Soy su nuevo jefe--, nos dijo.

Sentados frente a las computadoras, nos quedamos viéndolo de arriba abajo. Lo primero que preguntó fue si teníamos un locker. Me sorprendió su forma de iniciar una relación. Fue directo al punto, sin titubear, ni caso tenía preguntar qué hacíamos o contarnos sus planes.

--¿Un locker?--, dije.

--Sí, un locker--, subrayó él.

Y agregó:

--Para guardar sus cosas personales, café, cucharas, casetes, suéter. Un cajón metálico, con su llave, nomás ustedes podrán usarlo.

Mi compañero y yo nos miramos; luego volvimos a las computadoras y seguimos trabajando. Hasta entonces no habíamos pensado en la trascendencia de poseer una de esas cosas.

--Para Año Nuevo lo tendrán--, ofreció categórico.

--Qué buen jefe tenemos--, pensé. El hombre tiene espíritu de cambio, es un transformador de la realidad. Vamos a tener un locker, totalmente nuestro, con todo y llave.

Hacía mucho no sentía esta dicha. Pero con la promesa de un locker, las cosas cambian. Un locker es un locker; y no sabes de lo que estás hablando si nunca lo has tenido y menos sabes para qué puede servirte. Ahora me siento la persona más realizada del mundo.

Y hasta lo voy a escribir para que todos se enteren y el escrito se lo voy a mostrar a mi tocayo: él es mi compañero.

--Nada que no quieres locker--, le dije. Un locker es algo de lo que ni tú ni yo sabíamos cuanto necesitábamos, pero por ignorancia.

Bendito jefe, vino a quitarnos la venda. Es un solecito encandilador. Cuánto deseo la llegada del Año Nuevo. Mientras viene ese día, pensaré a cada rato cuál será el mejor espacio de la oficina para colocarlo.

Deberá ser un sitio especial, como esos de las casas donde ponen al San Juditas, nomás sobarlo y cargarse de energía. Y pensar en toda esa gente que desconoce la importancia de tener su propio locker.

Qué afortunados somos con nuestro nuevo jefe.

San Luis Potosí, S.L.P., Diciembre del 2001.

Experimento sobre un vaso vacío

EXPERIMENTO SOBRE UN VASO VACÍO



Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

Hice un descubrimiento magnífico. Descubrí que un vaso al revés no es igual a un vaso boca arriba. Pude darme cuenta el otro día, cuando hice caer agua sobre un vaso boca abajo y noté que el agua salpicaba y escurría por sus paredes; el agua no caía dentro del vaso. Por supuesto, aquello hizo un charco en la mesa. Pero no me importó, porque así descubrí que un vaso al revés no es igual a un vaso boca arriba.

Hice este hallazgo cuando mis padres no estaban en casa, pues de haberse encontrado ellos me hubiesen impedido hacer mi experimento. Claro que de todas formas un día lo habría hecho, porque a mí me gusta saber cómo son exactamente las cosas por medio de experimentos, pero seguramente me habrían regañado.

Descubrí de esa forma que cuando escurre agua por un vaso boca abajo, ésta no queda dentro del mismo vaso, sino que resbala por sus paredes. Me habían dicho que así era y que ni pensara en intentar comprobarlo. Pero no lo sabía por mí mismo y a mí me gusta comprobar cómo son las cosas. Y sí, efectivamente así fue.

Cuando supe esto, bebí unas gotas que quedaron sobre la base del vaso y me supieron riquísimas. No me importo que después me jalaran de las orejas cuando mis padres supieron del experimento.

Morelia, Mich., 16 de Julio de 2002.

Iniciación

INICIACIÓN

Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

Debieron caminar sigilosa y silenciosamente por las oscuras callecitas de los antiguos barrios, hasta llegar frente de la casa. Todo el vecindario estaba sumergido en sus historias dentro de la nebulosa del sueño, incluido yo mismo y mi familia. También fue su cómplice esa negrura de abismo oceánico de la noche. Debieron ir directo al sitio donde cometerían su fechoría, en forma tan exacta como si obedecieran a un plan debidamente calculado, pues de otra forma no se explica cómo ejecutaron ese delito en forma tan perfecta. Funcionaban como piezas de una maquinaría exacta. Tuvieron cuidado de no emitir sollozo y reprimir la respiración, pues haberlo hecho habría rasgado la frágil y sedosa barcaza por donde navegábamos a esas horas en las galaxias del sueño. De esa forma, su objetivo se habría frustrado y seguro habrían sido detenidos. Dieron uno o dos serruchazos cuyo ruido inexplicablemente a nadie despertó. Todavía me preguntó cómo pudieron ahogar el sonido causado por la herramienta cuando consumaron su fechoría. Debieron trabajar en ella pocos segundos, apenas los justos para evitar ser aprehendidos. Quizás también haya sido su cómplice el propio sueño o la desidia de la policía. Fue hasta al amanecer cuando supimos de tan detestable acción cometida en la puerta de la casa. Me preparaba para ir al trabajo cuando escuché el grito de mi mujer y bajé saltando escalones. Afuera ya corría un río calles abajo. De la banqueta brotaba un chorro de líquido cristalino. Se habían robado nuestro medidor de consumo de agua sin que nadie se hubiera dado cuenta. Me pregunté cuánto ganarían por unos cuantos gramos del cobre de la tubería y arriesgarse por tan poco a ser encarcelados. Después supe por la policía que ese acto formaba parte de una especie de ceremonia de iniciación a que eran sometidos quienes deseaban formar parte de una banda de criminales. Comenzaban serruchando tubos en sus primeros días en esa escuela y obtenían sus doctorados metiendo cuerpos vivos a tambos con ácido para desintegrar enemigos. Fue hasta entonces que me sentí amenazado y mis noches han sido una eterna vigilia, pues cualquier ruido en la calle me hace creer que serruchan ya no el tubo del medidor de agua, sino los huesos de alguien.

San Luis Potosí, S.L.P., a 10 de octubre de 2009.

Azufre

AZUFRE



Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

Bonita quiere con Gnóstico. Ella pide invitarla a ver una película. Gnóstico quiere con Bonita, pero teme ver contaminada su energía. Le han enseñado que ésta se aloja en el vientre y en el cine moran almas que pueden corrompérsela. Gnóstico pide consejo. Su maestro le recomienda echar polvo de azufre en sus calcetines. Así protegerá su energía, purificada en meses de ayuno y vigilia. Gnóstico sigue el consejo y cumple el deseo de Bonita. Después de un rato, Bonita se levanta horrorizada de la butaca y corre sin decir algo. Por más que Gnóstico le guste, no aguanta ese olor a huevo podrido en sus pies. Gnóstico ve cómo escapan de sus manos las hermosas caderas de Bonita y se lamenta unos segundos. Luego sigue viendo tranquilamente la película. Piensa que Bonita huyó porque era de esas almas negativas que amenazan su energía, como esas otras que también huyen corriendo alrededor suyo.

San Luis Potosí, S.L.P., a 13 de octubre de 2009.

sábado, 10 de octubre de 2009

Sueño

SUEÑO

Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

Escuché gritos de muchachos en la calle. Quise matarlos, pero no pude levantarme. Más tarde su gritería volvió a destruir el silencio de la noche. De nuevo desee matarlos, pero tampoco pude. Mis piernas estaban endurecidas por el sueño. Igual pasó más tarde. Entonces sí tomé una ametralladora que tenía a mi costado, los rocié de balas uno por uno. Me complacía ver cada bala en el aire y ellos caer en cámara lenta. Seguí durmiendo profundamente.

San Luis Potosí, S.L.P., a 27 de octubre de 2007.

Escarabajos

ESCARABAJOS

Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

Los escarabajos son unas potentes máquinas de amor. Por eso están así de negros y gordos y andan con una lentitud envidiable. Hacen el amor toda la noche y pueden seguir pegados al otro día, uno encima del otro, contorsionándose muy suavemente. De vez en cuando giran para comer un resto de molusco que dejaron en las piedras o la punta de una hoja. Los he visto hacerse más prietos e inflarse como si fueran a reventar cuando están en el acto. También los he oído gemir, principalmente a ellos, más a ellos que a ellas. No todos tienen oído para escuchar su gemido. Eso es algo a aprender. ¿A quién tratan de impresionar con ese desplante de energía? Debemos estudiar su dieta. Quizás ese sea su secreto. Ahora que tal vez sea la luna que les hace tener esa apreciable ímpetu amoroso. Uno sabe cuando eyaculan porque es precisamente cuando arrojan ese aroma a tréboles convertidos en metano que hace apretar nuestras narices. Para ellos resulta un perfume estremecedor, de una calidad olfativa mayor que cualquier sustancia embotellada. Mis escarabajos salen por la noche. Nomás les brillan en sus ojos los blancos rayos de la luna y las escarabajas se carcajean de tanto amor. Y sólo es así cuando hay luna. Si no hay, prefieren pasar la noche contándose historias debajo de una maceta húmeda, con los ojos pegados al cielo, esperando esos plateados hilos que caen de allá, frotándose las patitas para hacer el amor.

San Luis Potosí, S.L.P., a 31 de agosto de 2007.

jueves, 8 de octubre de 2009

Un cuerpo en el colchón

UN CUERPO EN EL COLCHÓN

Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

Quiso borrar su cuerpo, marcado como un molde en el colchón. Por más que lo intentó: pisándolo, golpeándolo con los puños, volteándolo, subiéndole encima un televisor y lotes de libros, irremediablemente volvía a formarse su contorno. Entonces decidió bajarlo al patio y quemarlo allí. Debía deshacerse de su huella. No dormiría otra noche sobre un colchón hundido por el cuerpo de ese hombre. Sólo pensarlo hacía crujir su alma.

San Luis Potosí, S.L.P., a 30 de octubre de 2007.

Lápiz labial en tu taza

LÁPIZ LABIAL EN TU TAZA

Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

Me gusta tomar de tu taza. Poner mis labios en ella. Probar de tu café. Mirar tus ojos cuando lo hago. Descifrar en ellos tu alegría por besarte de esa forma. Descubrir en ese líquido tus secretos. En la mezcla de tu saliva conoceré cuánto me amas. Humedecer mi boca con tus mieles y así pasearte por las rutas interiores de mi cuerpo. En tu taza descubro nuevos sabores. Otro dulce. De un manantial profundo viene su azúcar. Satisfago mi sed de amarte en tu taza. Dar lamidas a tu lengua. Frente a esa taza corren las horas y con ella y tu boca me hipnotizo. Te marco así con lápiz labial y digo a todas que eres mío. No importa que este momento sea efímero, como esta mañana del verano que pasamos sentados en la mesa de frente a la plaza. Mi felicidad dura cada gota que tomas del labial de mis labios puestos en tu taza. Dirás que soy infantil. Y te preguntaría si el amor no nos hace serlo.

San Luis Potosí, S.L.P., octubre de 2006.

martes, 6 de octubre de 2009

Un hombre insolvente

UN HOMBRE INSOLVENTE

Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

Contaré de uno entre millones de personas en esta sociedad cuyo energético es dinero plástico para comprar mercancías, incluso básicas para vivir, como tortillas, verduras, lácteos, papel sanitario, jabón, estropajo, pasta de dientes y cuantas cosas vean indispensables para existir.
Hablamos de personas sin medios para producir incluso frijoles. Y, por supuesto, también hay quienes usan dinero de fantasía para concretar sueños, elaborados a cada segundo por una fábrica de antojos, como son coches, viajes o noches de antro con mujeres de portada de revista y anuncio de televisión. Si ponen dinero en la mano, ni modo de no gastarlo en cosas más estimulantes que un sobre de Nescafé.
O sea este personaje del cuento no es excepcional. Es uno cualquiera, como ese que miran en la calle, en un camión urbano, detrás de un escritorio. Incluso su compañero de oficina, un vecino, hermano o ustedes mismos. Uno entre la masa de gente atrapada en las redes del crédito bancario, en una sociedad donde carecemos de medios para vivir y nuestra glándula de los deseos vive estimulada por mensajes de mujeres con bocas pintadas de carmín que miran a nuestros ojos, como pidiéndonos mínimo una chupadita, o coches de colores y accesorios que prometen llevarnos a una experiencia orgásmica.
Si algo hay excepcional en esta historia no es de quien hablamos, hundido hasta el cuello, como se dice, por deudas con tarjetas de crédito, adquiridas a veces para darse gusto de llenar el carrito del súper con latas y bolsas de alimentos, como muy ocasionalmente había podido hacerlo en su miserable existencia. Y a veces también para llevar a sus hijos a conocer el mar cuando todavía eran pequeños y obsequiarles un artefacto electrónico de esos que los chicos miraban en manos de otros y en los programas de televisión.
Excepcional eso sí que bancos y supermercados otorguen plásticos con ligereza a una chusma de insolventes a sabiendas que carecen de medios para cumplir y a quienes paran en las calles, hablan a sus teléfonos particulares o escriben directamente a sus correos electrónicos. Y esto de autorizar créditos lo hacen por miles, igual a quien carece de propiedades, una viuda que subsiste penosamente con una pensión de su finado esposo, o quien tiene un sueldo de donde no paga ni lo más indispensable. Y no pregunten a causa de qué sea esto posible, porque parece que el gobierno es cómplice de estas operaciones. De que hay gato encerrado, sin duda. Pero a saber qué ganen con eso. Nomás recordemos que una vez, hace años, reventó este mismo jueguito y banqueros y gobierno pasaron deudas incobrables a la nación, sin que por eso protestáramos. Y nadie lo hizo, porque parece que todos vivimos felices con esta especulación.
Pero de quien deseo conversar es de este hombre, seguramente como ustedes, que comenzó a ser víctima del crédito por gastar dinero ficticio de bancos, supermercados y tiendas departamentales, hasta que debió declararse insolvente. Sus deudas fueron creciendo poco a poco y fue imposible hacer pagos mínimos a bancos y supermercados. Su salario era insuficiente, como esa chusma de quien les digo, acosada por promotores de tarjetas en cada esquina de la ciudad. De modo que ya no tenía forma de dar abonos cuando las deudas fueron acumulándose y lo llevaron al punto en que debía decidir entre pagar o dar techo y comida a su familia. Obvio que prefirió esto último, porque quién puede aguantarse sin comer, dónde dormir y defecar a gusto, y decidió aguantar embestidas de cobradores y abogados.
Desconocía cómo funcionaba exactamente el sistema. Por una fuente de información de origen desconocido, en algún callcenter fueron enterados de su existencia. Quizás por alguna base de datos robada en donde aparecía su identidad. Y así fue cómo empezó a escribir su expediente en el buró de crédito, especie de entidad gubernamental, presentada como algo siniestro por los propios acreedores. Comenzó a recibir numerosas llamadas de promotoras de tarjetas de crédito en su domicilio y en su oficina. En un inicio reacio a dejarse atrapar en esa fina tela de seducciones, terminó cayendo tontamente como millones de sujetos en el mecanismo de la compra del placer mediante una firma y del pago por supuesto imposible.
Poco a poco fue reuniendo plásticos en una billetera donde sólo había monedas de baja denominación. Pensó guardar esas tarjetas para ocasiones extraordinarias y no caer en tentación de adquirir cosas que le dieran efímera felicidad y eternas horas de insomnio. Primero fue bueno llevar al niño al estadio de futbol, después invitar a la familia a comer un domingo al restorán, como nunca lo habían hecho, llevarlos a navegar por el mar, comprar tenis y pantalones que hacían falta, completar el gasto con disposiciones en efectivo, porque ya no ajustaba. Sus deudas fueron aumentando y haciéndose duro cubrirlas. Nomás muerto puede uno negarse a gozar del placer envuelto en la sedosa piel de una mujer, en las extravagantes formas de los envases o en los mágicos aromas de los químicos.
En un principio era incómodo escuchar el sonido insistente del teléfono de casa o llamadas de empleados bancarios a la oficina, reclamándole. A menudo eran bastante intensos, al extremo de recibir telefonazos de madrugada, procedentes de grabadoras programadas, recordándole que debía pagar. Optó por dormir con el aparato descolgado y evitar interrupciones al sueño. En casa, los niños bien instruidos de que no debían ofrecer información, comenzaron a hacerse diestros en identificar cobradores telefónicos y a desarrollar un sentido de la interpretación del tono de voz del otro extremo. Con escuchar cómo iniciaban una conversación o cómo vocalizaban, de inmediato identificaban al emisor y colgaban.
Sobre todo era molesto recibir esas llamadas en los primeros meses; más cuando comenzaron a intentar aterrorizarlo, diciéndole que incurría en fraude y sería procesado penalmente. Sintió miedo las primeras veces. Alguna madrugada tuvo insomnio por su alucine de que esos cobradores entrarían abruptamente a casa, destruyendo cerraduras, y se llevarían sus escasas pertenencias, incluso el juguete del niño, comprado a crédito. Así pasó la noche, alerta por el menor ruido de la calle. Dejaban recados igualmente desafiantes con sus compañeros, quienes los reproducían con un marcado acento de perversidad.
Poco a poco fue acostumbrándose a vivir con esas amenazas. Tampoco aquellos abogados y cobradores tenían suficiente información de sus habilidades. Era un diestro navegante de Internet. Comenzó a buscar información en Google del delito que quizás cometía si dejaba de pagar esas tarjetas. Descubrió la existencia de muchas personas en situación semejante, que buscaban desesperadamente un consejo de expertos acerca de cómo debían proceder.
Hizo una estrategia a partir de su investigación. Como supo que esas deudas no pueden reclamarse penalmente, incluso ni por vía civil, decidió ponerse una concha y soportar las embestidas de los acreedores y hasta demandarlos por amenazas y molestias en su domicilio o en su empleo. También debía soportar a sus compañeros que deseaban verlo en problemas judiciales para curar en él sus propias frustraciones. Con eso consiguió tranquilizarse.
Ahora, mientras pasan los días en espera de ser puesto en el libro de cuentas incobrables y el teléfono suena, piensa en esos pobres hombres endeudados como él, paralizados por el terror de ser encarcelados o embargados. Por eso, sería bueno hacer para ellos una estrategia informativa y divulgar en hojas sueltas su descubrimiento. Organizaría una resistencia masiva de insolventes. Ya verían los banqueros cómo ellos eran coautores de lo sucedido.
Sin plásticos para comprar objetos y sensaciones del inmenso escaparate de antojos, en una conspiración es ahora como se entretiene.

San Luis Potosí, S.L.P., a 26 de septiembre de 2007.