jueves, 17 de diciembre de 2009

El intercambio de regalos

EL INTERCAMBIO DE REGALOS

Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

Como cada doce meses, llegó la fecha del año cuando todo el mundo enloquece por la cercanía de esa ocasión conocida como Nochebuena. A pesar de que esta celebración fue establecida en época remota como resultado de la dialéctica entre el movimiento del cosmos y el cerebro humano, su verdadero propósito es desconocido por los ciudadanos de esta civilización.
Dedicado inicialmente al nacimiento de un nuevo ciclo solar este momento de la danza del universo, ahora está instituido con el fin de regodearnos por el nacimiento de alguien designado como “hijo de dios”. Ya desde un mes antes de la Nochebuena todo el sistema basado en la producción y circulación de mercancías comienza a envenenar el cerebro y los sentimientos con el impulso irracional del deseo.
Radio, televisión, periódicos, vidrieras, incluso patios de edificios públicos, por todas partes por donde fluye la existencia humana proliferan mensajes que inyectan en las venas el deseo de adquirir cosas de las tiendas y regalarlas. Por más que existen esfuerzos de algunos grupos de acción filosófica para hacer conciencia sobre la estupidez de celebrar el cumpleaños del supuesto “niño de dios” comprando cosas en los centros comerciales, muy pocos escapan a la fascinación ejercida por los fetiches envueltos en celofán y cajas de plástico transparente.
Ni siquiera entre los sectores intelectuales hay quienes logran escapar a la hipnosis ocasionada por los objetos. Más bien todas las personas pasan cada segundo de esta época del año con los ojos pegados en las vidrieras de las tiendas y con las ilusiones alentadas por la posesión de cosas. Como si fuesen alquimistas, buscan convertir basura en dinero para comprar aquellos ídolos que les permitan mostrar su inmenso amor por otro. Así adoran al nuevo dios de esta civilización humana: la mercancía.
Nos hundimos en un tipo de autismo sin cura en que los colores, las formas y los movimientos de las hechuras industriales extraen el aliento de lo más profundo de las entrañas. Incluso llegan a ocasionar neurosis y tragedias. Una espesa bruma de tristeza oscurece el cuerpo emocional de las personas si en esta fecha carecen de dinero para materializar su amor por otras por medio de cosas venidas de las fábricas de la alegría. Unos deciden emplear una bala como medicamento, disparándosela en el cerebro, y otros lo hacen colgándose del cuello.
En medio de toda esta locura con la cual se recuerda el nacimiento de un inexistente “hijo de dios”, mito con el cual fuese sustituido por la iglesia católica un arcaico rito solar por la llegada de un momento en que la luz parece ser devorada por la oscuridad, supe hace poco de una familia. A causa de la escasez de dinero ocasionada por el neoliberalismo capitalista y la concentración de riqueza en unos pocos, esa pobre gente se encontraba afligida como todo el mundo por la cercanía de la Nochebuena y un vacío enorme en el pie del Árbol y del Nacimiento.
Reunidos cuantos integraban esa familia, desde la abuela, hijos y hasta nietos de diversas edades, discutían acerca de cómo festejarían a ese “hijo de dios” (lo mismo que significaría pedir por la reaparición del sol y sus prodigiosos rayos) y se entristecían al ver cómo carecían de dinero para alegrar su hogar con formas, colores y movimientos venidos del divino reino de los objetos. Empero, como la imaginación humana es también maravillosa, en los cerebros más jóvenes se generó la idea de organizar un intercambio de regalos. Ustedes dirán que eso no tiene nada de extraordinario, y tienen razón pues esta forma de obsequiar es vieja. Lo innovador era que se trataría de un intercambio de regalos personalizados.
Entre los viejos hubo quien objetó contra la estupenda idea de los muchachos de organizar una Nochebuena con alegría y sin derrochar dinero, bajo el argumento de que de las calles recogerían bachichas de cigarrillos y las adornarían con una caja con moños para obsequiarla a la tía fumadora, cuestión que no era válida, sino más bien ofensiva. Otro miembro de la generación decadente presentó la antítesis de que los muchachos llegarían a bajar zapatos colgados de los alambres de la calle para dárselos al más pobre, cosa que también sería delicada. Y uno más señaló que habría quien regalaría calzones íntimos con agujeros o con los resortes guangos a la cuñada gorda.
Nada de eso, respondieron a coro nietos y sobrinos y su voz batió como hacen las olas contra la piedra. Plantearon que los regalos debían ser cariñosos y sencillos, quizás extraídos de un torrent o un servidor de intercambio de internet, o libros fotocopiados, o elaboraciones venidas del horno del ingenio y no de la máquina de engendros masivos.
Como cada regalo debía ser personalizado, esto llevaría a todos a hurgar con el más cauteloso análisis en la psicología de los familiares, como hacen los exploradores de una tierra desconocida que se maravillan con el insecto o con la flor apenas encontrada. Y además deberían ocasionar risa para pasarla felices. Entonces hasta los más aburridos y cascados tíos por el devenir del tiempo y por las fuerzas gravitacionales aceptaron la propuesta y se hizo el intercambio.
Llegada la Nochebuena todos acudieron con sus regalos. Una jovencita inició la fiesta, regalando a un tío un disco de canciones de cuna que descargó de una página web y que luego quemó en su máquina. Todos se carcajearon por demostrar el buen conocimiento que tenía de su pariente, pues siempre se quedaba dormido en el sofá. Otro tío dio a un sobrino un espejo, empotrado en un marco recubierto con arena y adornado en los márgenes con conchitas de mar. Y las risas estallaron porque asociaron el objeto con la conducta metrosexual del muchacho (¿si saben lo que es metrosexual, verdad?). Uno de los nietos más atrevidos dio a la abuela una tarjeta de crédito cancelada por sobregiro, pues sabía de su compulsión por las compras. Entonces las risas fueron más bien discretas, aunque por dentro se alegraron de la ocurrencia.
Y así siguieron con cada uno. A una sobrina devota del teñido del cabello regalaron un bote de agua oxigenada. A una tía achacosa le dieron un parche de árnica. Otro tío recibió una caja del famoso brandy “Torres 10”, pero en su interior había una botella de una mezcla alcohólica de agave y caña. Hubo obsequios de carácter científico. Un primo regaló un microscopio de Leeuwenhoek, construido por él con laminitas y una lupa, según un modelo encontrado en el sitio “Cienciafacil.com”. Otro rescató una pecera abandonada en la azotea de su casa y en ella elaboró una colonia de hormigas. A alguien más dieron un frasco con larvas de mosquitos en donde se leía: “Circo Acuático”, por su afición a la biología. Uno muy talentoso se animó con una cámara estenopeica, dispuesta para ser estrenada esa noche.
De esta forma, aquella familia solucionó la neurosis y la angustia con que la civilización de la mercancía intoxica el cuerpo emocional de las personas en esta época del año, a pesar de que, como arriba se decía, en la antigüedad esta celebración sólo tenía como propósito orar por el renacimiento del sol, pues como dice el “Mago Jefa”: “Nace en el solsticio de invierno, después del día más corto del año (en el hemisferio boreal) y en la noche entre el 24 y el 25 de diciembre, la noche santa por excelencia en todo el año”.
Sin embargo, esto lo ignoran millones de personas que se afligen por no tener regalos para celebrar y llegan incluso a cortarse las venas empujadas por la angustia de no tener que dar, aunque una tarjeta electrónica con una imagen medieval de Jesucristo que se transmite por e-correo dice en un costado:
—“¿Dónde dije que debías comprar tantas cosas para celebrar mi cumpleaños?”.
Sin embargo, muy pocos hacen caso de esa advertencia. Inevitablemente nuestro pulmón donde radica el juicio parece intoxicado por la venenosa sustancia que la poderosa máquina de hacer fetiches arroja en el ambiente por sus chimeneas, junto al monóxido de carbono.

San Luis Potosí, S.L.P., a 16 de Diciembre de 2009.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

De plástico son los santos

DE PLÁSTICO SON LOS SANTOS

Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

Amanecieron sobre tejas barnizadas. Los Santos Reyes miran al horizonte con rigidez de plástico. Ni siquiera el frío causa un breve temblor en su piel sintética.
Monos tiesos de producción humana, recreación artificial de personajes mitológicos. Con todo lo que esa expresión tiene: mentira, falsedad, engaño, enajenación, fantasía, manipulación. ¿Existirían realmente? ¿Cuál cabecita los inventaría? ¿De verdad cruzaron países, durmieron en piedras, comieron yerbas amargas del monte, pasaron apuros nomás para deleitarse con el suave perfume de una criatura nacida entre bestias, estiércol, pacas duras de zacate? ¿Abandonaron su cálida alcoba y desafiaron bandoleros para sanar su espíritu en una pupila inocente?
Niño rubio, ojos azules, cara sonrosada. No quisiera y siempre viene a mí esa impresión. La tengo calcada en un sitio donde guardo mis recuerdos. Es decir, no la imagino, sino la saco del cajón como una foto de mi infancia. De cuando niño endulzaban mis fantasías esta clase de noches. Me gustaría admitirle de ojos, piel y cabello oscuros. Como mis niños, como sus niños, como los niños de las calles.
Presuntos magos, genios alquimistas, decodificadores de un signo extraño que anunció en las estrellas el milagro. Apuraban el paso, bajo una luz prendida en el cielo, para conocer al hijo nacido entre polvo de carne, hueso, malos humores, envidias, crueldades, apetecer mujeres de otros, hundir en cuerpos de manteca cuchillos afilados, azotar espaldas con mecates y obtener ganancias de su sangre.
Y también de soñar hombres de otras. De imaginar el olor de su cabello. De soñar sus barbas en el cuello y su gemido en los oídos. De ganas de probar sus músculos, morderlos, acariciarse con ellos. De guardarlos en el espacio más íntimo.
Nomás un perfeccionista debía trepar esos monos al techo. Alguien con paciencia suficiente de acomodar bestias de plástico; mientras detrás de las montañas azules mueren niños de leucemia y desnutrición. Mueren sin escándalo, ningún periódico da nota de ellos, como cuando extingue una velita: ¿quién siente tristeza cuando apaga su flamita? Tampoco merecen un ataúd del gobernante. A este interesa verse como actor: sonríe como idiota por las calles, lo hace con hipocresía, muestra sus dientes operados a quien cruza, quiere saberse amado.
Alguien quizás movido por la declinación del sol (que quiere decir igualmente: por la temporada, por un momento determinado del año capaz de endulzar hasta el vinagre) sintió necesidad de subir al techo animales de resina. Lo hizo cuidadosa, laboriosa, mansamente. Los ubicó junto a los Santos.
¿De verdad serían reyes? Bultos inmutables: hechura industrial a efecto de sanar corazones. Objetos de curación al remordimiento causado por la falta de compromiso. Es decir, con aquellos a quienes infinidad de punzantes laminitas hunden hasta los bronquios y matan de pulmonía. Con quienes de la buena comida nomás conocen sus olores y las formas en que los dientes clavan en lujosos restoranes. O puestos allí quizás por una conciencia atormentada, producto de ese mismo desprecio por los otros.
Fetiches de pasatiempo para quienes hasta los asuntos de fe pueden llevarse en carritos de supermercado. Ni el humo intoxicante de los camiones rasga sus narices. Allí un elefante, un caballo, un camello. Acomodados convenientemente, como en el cuento. Muy pacientemente dedicó la tarde a sacarlos del sótano. Luego les pasó un trapo encima y les quitó el polvo del año. Después trepó a la azotea y los fue acomodando.
Allí están esas cosas de polímero sin ánimo de moverse, sacudir la cola o echar un gas. Tampoco el zumbar de las máquinas entra por sus orejas. Ni el crujir de fierros al pasar. Un cerebro infantil creería que esperan la noche a fin de andar por las estrellas. De ir al cielo cuando nadie los observa y traer juguetes en costales. ¿De verdad solamente para los niños buenos?
Me pregunto: ¿Puestos allí por quién? ¿Por un ser piadoso? No creería que puestos allí por ocio, si no fuese tan desquiciado, escéptico, ateo, enfermo de resentimiento social. Me inquieta esa pregunta mientras paso frente a las imágenes. Digo: esas manos fueron gobernadas por una fuerza enajenante contra la que no solamente es difícil liberarse, sino también identificar y decir: “¡mírenla, allí está, es quien nos tiene atarugados!”. Ni siquiera una frase cuestionante. Ninguna Navidad es algo sin mentiras ni lacayos.
Paso frente a los bultos y me conmueve su indiferencia, como si nada más hubiera que una fiesta en las tragedias, que cocinar un cerdo con manzanas, en tanto almas infantiles acaban en ceniza de cometas. Sobre la tierra pueblan llanto, muerte, andar con piernas fracturadas y mirar con ojos fragmentados. Muchos no pasan su tiempo sino tirando piedras en las banquetas, respirando humo de motores, empanizados por el polvo de las llantas.
Otros, en cambio, esperan anhelantes la hora de los juguetes, el intercambio de regalos, las botellas para descorchar, entre inocencia y frivolidad. Me pregunto: ¿acaso esa gente, con tan grande paciencia de subir al techo monigotes, será consecuente con los valores que presume?, ¿practicará ciertamente el amor y la filantropía?, ¿renunciará un día al diabólico impulso de coleccionar objetos?, ¿compartiría por lo menos un minuto de abundancia con los otros?
Y así me digo que son cristianos de ocasión, de misa dominical y fechas iniciáticas, nomás de banquetes abundantes en aceite y sangre de animales. Mi juicio es un jugo destilado en el alambique de incontables decepciones. Y me digo al pasar frente a esas cosas trepadas en el techo: son de plástico esos santos, su interior tan hueco y su piel tan insensible como quienes allí los colocaron.
Y mientras me voy con su imagen retratada en el cerebro, al mismo tiempo me pregunto: ¿acaso un verdadero milagro podemos esperar?

San Luis Potosí, S.L.P., a 1 de diciembre del 2004.



sábado, 21 de noviembre de 2009

Guadalupe y sus milagros

GUADALUPE Y SUS MILAGROS

Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com


Muy temprano un cohete siseó en el vacío. Ascendió a través de un camino invisible en el espacio y tronó a pocos metros de altura, sin lograr estallar entre las montañas de vapor formadas en el cielo. Su estrépito hizo volar espantadas a las comunidades de palomas, de cuervos y de otros pájaros que anidaban entre los árboles.
Con aquella señal ellos buscaban sacar de su letargo a los presuntos moradores de las nubes. Luego de la explosión comenzaron a escucharse las cornetas y los tambores de una banda de guerra. Sus integrantes marcaban el desfile hacia el combate para el cual se habían preparado contra fuerzas inmateriales y oscuras. Con sus uniformes negros preparaban su destino en la lucha que sobrellevaban contra supuestos seres infernales, como si la luz hubiese desaparecido del mundo.
Detrás de ellos un grupo de danzantes comenzó a moverse y a sonar los cascabeles y las sandalias con suela de madera con las que aporreaban los adoquines de cantera con una fuerza extraída de su fe prehistórica y de la responsabilidad adquirida por un contrato de 500 dólares. Constituían el casi extinto linaje de los guerreros aztecas, cuya decadencia iniciara unos 500 años atrás, luego de ser masacrados en el Templo Mayor por soldados españoles al mando del sanguinario Pedro de Alvarado.
Sobrevivían a la lenta e inexorable acción del capitalismo en las comunidades de los alrededores o en las colonias proletarias de la ciudad y trabajaban como albañiles, empleados, costureras, lavanderas o sirvientas. Constituían un vestigio aferrado a mantener viva la cultura mesoamericana y, de paso, a tener con esas danzas un poco de mayor ingreso económico. Desafiaban el frío con sus breves ropas y el aire del norte tatuaba escamas en su piel. Sus penachos eran productos derivados del petróleo. Venían de China, pues las aves utilizadas por sus antepasados en esos adornos ya casi habían desaparecido.
Unos pasos detrás venía un escuadrón de hombres, mujeres y niños, encabezado por un sacerdote vestido de blanco. Sus manos portaban orgullosas un estandarte con la expresión: “Jesús Sumo y Supremo Sacerdote”. Si alguien hubiese disparado un balazo a su pecho, habría muerto feliz. A sus lados iban dos niños uniformados de blanco y de rojo, con incensarios en sus manos que movían de izquierda a derecha, a fin de impregnar cada mota de aire con humo de resinas.
Quienes formaban el grupo llevaban trapeadores, escobas y jabón, como ofrendas a su dios para mantener limpios sus templos y arrojar de sus puertas a las pestes y a las enfermedades. Por el espacio viajaron las ondas del tañido de campanas enormes, ubicadas en las torres del templo situado a un kilómetro de distancia, y enseguida respondieron otras, ubicadas en distintos templos de las inmediaciones.
Mientras redoblaban los tambores, animándolos para vencer a las presuntas esencias del inframundo en esa batalla de alcances epopéyicos, los integrantes de la peregrinación cantaban vehementes:
Desde el cielo una hermosa mañana… desde el cielo una hermosa mañana… La Guadalupana… la Guadalupana… la Guadalupana bajó al Tepeyac…
Entonces en el cielo y en la tierra comenzó a darse aquella supuesta guerra entre las tropas de ese dios y las hordas del infierno. Era la mañana de un domingo de finales de noviembre. Unos días antes, los primeros soldados de Cristo habían comenzado a andar por ese camino que consideraban milagroso, escasamente protegidos por escapularios, salmos y rosarios contra el músculo de los demonios.
Con el paso de los días y la cercanía del 12 de diciembre, fecha en que conmemorábase el día de la Virgen de Guadalupe, comenzaba a advertirse un notable aumento de estas fuerzas a lo largo de la calzada. Con sus oraciones inventaban un recio muro por medio del cual contendrían a los espíritus malignos que causaban dolores y lágrimas, sobre todo a los más miserables.
A uno de los costados del sitio todavía existe una casa estrecha no muy antigua, construida tal vez al concluir la primera mitad del siglo XX. Entonces era habitada por una familia de formación científica y racionalista. Entre sus miembros había una muchacha hermosa, de pensamiento crítico y conducta fiestera.
El cohete le arrebató del sabroso sueño que disfrutaba en su cama, ubicada frente a una ventana. Enojada por el suceso de que había sido víctima y con la intención de identificar a quienes habían violado su reposo, levantó su cuerpo y miró por la ventana, desde donde podía verse la calle.
—¿Por qué hacen eso? ¿A poco creen que con cohetes van a despertar a eso que creen son criaturas celestiales? Si eso ni existe. Y si existieran hasta creen que con esos truenos van a tener sus favores —pensó, después de observar a la milicia de Cristo moverse hacia la Basílica. Pese a que era sensata, intempestivamente gritó por la ventana:
—¡Cállense! ¡Dejen dormir!
Algunas mujeres de negro, con imágenes religiosas en metal grapadas en sus cuellos, pudieron escucharla cuando pasaban frente a la casa, pese al redoble de tambores y los sonidos de cornetas, así como de la danza de los concheros y de los rezos con que los combatientes de ese dios construían defensas contra todo posible ataque de los seres infames. Voltearon hacia la ventana de donde emergía aquella blasfemia y con sus dedos pintaron cruces en el viento para acorazar a sí y a la peregrinación del viento maléfico, expedido por la garganta de la joven. Ésta respondió haciéndoles una seña de silencio con los dedos y gritándoles nuevamente:
Shisttttt. ¡Dejen dormir!
Aquellas mujeres respondieron cantando con más énfasis:
Suplicante juntaba sus manos… suplicante juntaba sus manos… Y eran mexicanos… y eran mexicanos… y eran mexicanos su traje y su faz…
Concentrados en pedir favores a las potencias celestiales y entretenidos en avanzar entre las baldosas en donde todavía quedaban restos de vómitos, escupitajos y caca de perros y de pájaros, afortunadamente nadie más la escuchó entre los batallones de aquel dios. Quizás su exceso pudo llevarla a sufrir una agresión física. Con prudencia, las mujeres no dijeron nada y continuaron cantando y avanzando hacia la Basílica.
Junto al monte pasaba Juan Diego… junto al monte pasaba Juan Diego… y se acercó luego al oír cantar…
Detrás venía otra compañía de flagelados; eran los enfermos o pecadores que en su concepto sufrían castigos con alguna dolencia física, carencia económica o persecución judicial por cometer actos contra la voluntad de su dios o por haberlo negado. Una mujer avanzaba rezando de rodillas con un pequeño en brazos. Un hombre y otro niño tendían sábanas en el suelo en un intento por protegerla. Sus rodillas sangraban. Otros iban solos, sin alguien que les pusiera algo en el piso. Avanzaban penosamente, con las palmas de las manos extendidas al cielo, con rosarios en los dedos y con los ojos afligidos. Había quienes llevaban rodilleras de volibol para disminuir el dolor.
Sangre de Cristo, brotando en la flagelación... alivio de los enfermos... consuelo de los que lloran… esperanza de los que hacen penitencia. Sangre de Cristo…
Luego de haber visto interrumpido su sueño a causa del bullicio, la muchacha preguntó indignada a su madre:
—¿Por qué hacen esto? ¿No entienden que eso no existe? ¿Acaso no pueden rezar solos, en el templo y en silencio? ¿Acaso creen que allá arriba vive alguien? ¿Por qué no respetan a quienes vivimos aquí?
Mientras tanto, las guerrillas al servicio de aquel dios cantaban con vigor y su canto podía escucharse con tal fuerza y devoción que podían estar ciertos de que no encontrarían ente diabólico capaz de oponérseles.
A Juan Diego la Virgen le dijo… a Juan Diego la Virgen le dijo… este cerro elijo para hacer mi altar…
Razonable y paciente, la madre le pidió prudencia y abstenerse de gritar a los pelotones guadalupanos que en el pasado dieran muestra de fiereza. Le explicó que muchas mutilaciones y asesinatos de personas habían ocurrido a causa del fanatismo. Le contó de maestros rurales desorejados durante la guerra religiosa. Además le hizo ver que ellos mismos obtenían beneficios con tales creencias. Lo dijo mostrándole una hoja de metal en donde burilaba una imagen de la Virgen de Guadalupe.
—Debemos irnos preparando psicológicamente, pues todavía faltan muchos días de peregrinaciones. Acuérdate cómo hemos podido tener algo de dinero adicional para darles de comer, porque con el sueldo de tu padre no alcanzaría. Dentro de un rato vendrán unas monjas por estas imágenes y ellas las pondrán en un puesto en donde también venderán veladoras y estampas. Ya ves cómo es de milagrosa la virgencita —le explicó.
También le contó de un cínico abad, despedido por negar su existencia, a pesar de que por años vivió como magnate gracias a su culto. Comía langostas y galletitas de caviar, jugaba golf en un club de ricos, poseía autos de colección, entre otros gustos de emperador.
Ya de vuelta en su cama, resignada cerró los ojos y trató de volver a dormir, a pesar del escándalo. Recordó decir a su madre: “­Ten tolerancia, a todos nos deja algo”. Mientras tanto, a lo largo de aquella ruta, los guadalupanos cantaban desgañitándose en su lucha contra las supuestas esencias oscuras: 
Desde entonces para el mexicano… desde entonces para el mexicano… ser guadalupano es algo esencial…
Afuera un largo desfile de camiones urbanos correspondía a la imagen de una serpiente amarilla. Sus conductores demostraban su devoción por la Guadalupana con horribles pitidos de cornetas, hechos con el aire de los motores. Aquello era diabólicamente estruendoso. Todo el año mataban a personas con sus vehículos, maltrataban a los usuarios y llegaban a quedarse con las fracciones de dinero por el pago del boleto que debían devolver. Pero ahí estaban ahora, disfrazados de humildad, junto a esa enorme masa de creyentes, para pedir los milagros de aquella tela venerada por siglos.
Poco a poco iban acomodándose los puestos de los vendedores de elotes, de atoles, de tamales, de camisetas de equipos de futbol y de las cosas más insólitas. En un aparato de sonido se escuchaba a Los Huracanes del Norte. En la atmósfera se oía el repique de las campanas y la música de los juegos mecánicos. Desde la Basílica, en ondas desplazándose por el espacio, venían los acordes de los mariachis que le cantaban mañanitas a la Virgen. Por medio de un megáfono una monja animaba a los niños de un colegio a cantar:
—No se oye. Canten más fuerte, niños: La guadalupana… la guadalupana… la guadalupana bajó al Tepeyac…
Todo era inútil. Nadie los escucharía. Había más peso de realidad en las montañas de vapor formadas en el cielo, que en esa creencia por la cual habían incluso llegado a ir a la guerra contra las criaturas infernales o amenazaban con hacerlo.
Su culto había surgido en la antigüedad como adoración al sol que serpentea en el cielo hacia su renacimiento en el solsticio de invierno. Tal es el significado de la palabra Coatlallope (o Guadalupe en la lengua españolizada). Sin embargo, esa enorme masa de creyentes desconocía el origen de aquello a lo que ahora pedía sus milagros.

San Luis Potosí, S.L.P., a 20 de noviembre de 2009.

martes, 3 de noviembre de 2009

Ángeles de piedra llevan almas al cielo

ÁNGELES DE PIEDRA LLEVAN ALMAS AL CIELO

(Todos los derechos reservados)


Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

Un Cristo de fierro mira al cielo con ojos de terrible angustia y con la leyenda: “Dios bendice nuestro hogar”. Esa placa identifica a la familia Vázquez Almendárez como habitantes de la casa ubicada en el número 246 de la avenida Morales-Saucito. La vivienda se encuentra entre los panteones Nuestro Señor del Saucito y Valle de los Cedros. En el rumbo viven familias de obreros y campesinos recién llegados.

Allí son frecuentes las noches mutiladas por la ronca explosión de los petardos; los suicidios de gente enloquecida que, de pronto, aparece colgando de los árboles; o las mujeres abiertas a cuchillo por un marido embrutecido, después de haber ingerido mezcal con piedralumbre por días.

A pesar de su modestia, el vecindario es distinto a otros de la ciudad, en donde las casas tienen muros chuecos y fueron construidas con pedazos de ladrillo, encimados uno tras otro, sin pegadura de cemento, con techos de cartón, y agujeros en las paredes por donde el viento entra y sale. Las casas de por aquí fueron hechas en terrenos más o menos grandes, con bardas rectas, y muros revocados y encalados.

Además del Cristo, un anuncio escrito a mano en un cartón informa que los Vázquez Almendárez elaboran lápidas, criptas y estatuas. “Aquí hacemos monumentos funerarios”, dice el letrero. Al pasar frente a la casa puede apreciarse una fuerza que lo cobija a uno con paz celestial. A diferencia de otras del vecindario, aquí no se oyen cumbias a todo volumen ni se observan pleitos y discordias. Todo es silencio y calma.

Pero lo más extraordinario en esa vivienda son dos ángeles de piedra morena y cacariza, colocados en el portal, quienes aparecen como guarda templos de una ermita sagrada. Esos ángeles proyectan una energía perturbadora y dan la impresión de sobrevivir a una feroz guerra. Sus nombres son Boaz y Jaquín; y, al decir esas palabras, el vecindario implora sus favores.

Dichas voces fueron concedidas a los ángeles por un albañil una tarde de verano incendiada por un sol brutal, mentras metía a su garganta un delicioso y helado mar de cerveza clara, sentado en una piedra, y contemplaba aquellos portentosos ángeles.

A decir del dueño del abarrote En las fronteras del más allá, el albañil tenía por nombre Hiram. Así lo supo de unas letras inscritas en un triángulo dorado que colgaba del cuello del albañil.

—¿Ese es su nombre? —le preguntó.

Como el albañil era un hombre prudente y callado, solamente asintió con la cabeza con un ligero movimiento y siguió bebiendo cerveza. Hiram —como entonces llamaremos a dicho albañil— vestía pobremente, ataba el pantalón con un mecate, andaba en chanclas rotas y su piel estaba reseca por la cal y el sol. Después de entrar al abarrote pidió una cerveza y enseguida se acomodó sobre una piedra, colocada en la entrada. Luego se hundió en una silenciosa contemplación de aquellos gigantes de piedra, mientras daba pequeños tragos.

Debió sentirse oprimido por sus miradas, atrapado por su poder metafísico, angustiado como un insecto a quien aplasta una masa superior. Tumbado ahí en la piedra, los veía, sin más voluntad que esa de mirarlos y tomar cerveza. Varias veces el tendero intentó platicar con él, hasta impacientarse por su silencio.

—Son hermosas, ¿verdad? —le dijo y prosiguió, intentando conversar con el hombre. Y agregó imprudentemente.

—Fue don Pedro Vázquez quien las hizo. Tardó años, dedicándoles cada rato libre, como si nada existiera, sólo él y sus piedras. Cuantos pasan se quedan así atrapados viéndolas, como si les chuparan el alma. Ejercen una fuerza atrayente sobre las personas y dicen que son milagrosas. Por lo mismo, ya han querido comprarlas. ¡Vaya que le han hecho buenas ofertas! Yo mismo le he puesto dinero en sus manos, porque se verían muy bien aquí en las puertas de mi negocio y atraería más clientela. También de la iglesia han querido llevárselas. Pero don Pedro no ha querido venderlas. Él dice que son de allí, de ese lugar donde las ve.

Y siguió su relato, sin importarle que el albañil continuara ensimismado en los ángeles, indiferente a la conversación:

—El hombre tenía problemas de alcoholismo y un día enfermó gravemente uno de sus niños. No tenía dinero ni trabajo para curarlo, porque vivía borracho. Una noche soñó enterrando a su hijo con sus propias manos. Soñó excavando la tumba con las uñas, a mitad de un aguacero. De pronto, una fuerza invisible, como una mano poderosa, abría la tapa del ataúd, y un rayo luminosísimo se hundía en el vientre del niño. Luego, abrió los ojos y se levantó como viniendo de un sueño. Despertó asustado, rezando el Padre Nuestro y jurando dejar los tragos. Fue un misterio cómo sanó el muchacho, una cosa divina. Fue así como terminó consagrándose a embellecer el campo de los muertos con imágenes de piedra. Esos ángeles fueron sus primeras obras.

Después de escuchar al tendero, Hiram estiró las piernas y, por fin, salió de su silencio:

—Esos ángeles tienen nombre. Son Boaz y Jaquín. Boaz representa el trabajo y Jaquín a las virtudes. Diga a todos de por aquí que esos ángeles han sido construidos por el Gran Arquitecto del Universo, a través de las manos de don Pedro, para proteger a cuantos consagran su vida al trabajo y a las virtudes.

Fue todo cuanto dijo. Luego, en su lengua puso las últimas gotas de cerveza y se fue despacio, con la calma de quienes han hundido su huella en cuantos cerros hay sobre el planeta, mientras su figura iba desvaneciéndose en las bardas de los panteones con los últimos instantes de luz.

¿Qué de significativo tendría esa reunión y por qué trascendería, hasta convertirse en un momento fundamental de los días por venir, para un vecindario hundido en la violencia? Desde aquella tarde, fue más notable la presencia de los ángeles en el vecindario. No sólo aturdían la sensibilidad de las personas por sus perfiles casi humanos. También fueron convirtiéndose en objeto de culto y veneración, luego de misteriosos y extraños acontecimientos que comenzaron a hacerse cotidianos, desde aquella tarde que el albañil pronunciara sus nombres, y con los cuales fueron relacionados.

Una noche, a poco de ocurrida aquella, una enfermedad cayó en doña María, esposa de don Pedro. A eso de las tres de la mañana, Don Pedro soñaba que nadaba en un río inmenso y, a pesar del frescor del agua, sentía un calor sofocante. Despertó sudando. La cama parecía una hoguera. Notó que las mejillas de su mujer estaban coloradas y escuchó cómo de su lengua surgían voces incomprensibles.

—¡Mujer! —dijo, saltando de la cama—. ¿Te sucede algo? ¡Mira, pero si estás hirviendo!

Ella no tenía forma de pronunciar algo. Su cuerpo era sacudido por la fiebre y los dientes golpeaban unos con otros. El hombre corrió a la calle y, entre la oscuridad, deambuló hasta encontrar un médico. Volvió con uno, pero ella dormía entonces tranquilamente, sin rastros de enfermedad. Entre ambos la despertaron. El médico se acomodó a su lado, pasó la mano por su frente y puso un termómetro bajo su brazo. Notó que la fiebre había desaparecido.

—¿Cómo está, señora? —interrogó el médico, revisando el pulso de una de sus muñecas, mientras exploraba sus pupilas con la luz de una linterna—. Su esposo me dice que usted ardía en fiebre. ¿Tomó algo?

—Nada, doctor —dijo ella desconcertada—. Simplemente comencé a sentirme bien. No sé, de veras, qué haya pasado.

—¿Cómo? —preguntó don Pedro.

Apenas un rato antes su mujer ardía y aquella cama era un bracero.

—¿De veras estás bien? —preguntó nuevamente don Pedro, asombrado.

—Sí, mírame —dijo ella, tranquilamente.

Luego de agradecer al médico, ella narró a don Pedro cómo se había hundido en un profundo sueño. En éste, ella caminaba por un bosque, bajo un cielo cuajado de estrellas. Arriba podían verse claramente la Vía Láctea. De pronto, encontró un agujero en la tierra por donde se introdujo. Del techo escurrían hilos de agua parecidos al cristal. Esos hilos formaban esferas de colores que caían a un estanque y en el contacto se producía una música que resonaba en toda la caverna.

Siguió adentrándose, hasta llegar a un sitio con llamas que venían del fondo. Percibió que las llamas no eran de fuego, sino de algún otro elemento y formaban figuras humanas con expresiones aterradas. Tuvo el impulso de seguir adelante y avanzó hacia el núcleo. Experimentó un brusco aumento de temperatura. Sin embargo, no sentía miedo ni dolor. Comenzaba a fundirse con las llamas, cuando los ángeles aparecieron y le ayudaron a salir del interior de la caverna.

Hincados a ambos lados de la cama y produciendo un vientecito refrescante con sus alas, fueron ellos quienes le aplicaron toallas húmedas en las plantas de los pies y en la cabeza; le frotaron aceites perfumados en el cuerpo; y pronunciaron plegarias en lenguas extrañas. Podría jurar por la cruz que habían sido los ángeles quienes le habían auxiliado.

Don Pedro se sintió confundido. Intuyó que, por alguna misteriosa razón, sus humildes manos habían sido instrumento de una obra celestial. Su recámara olía a flores y durmieron el resto de la noche con su perfume. Ninguno agregó más; aunque, a la mañana siguiente, cada uno platicó del suceso entre sus conocidos. A partir de entonces comenzaron a otorgarse facultades prodigiosas a los ángeles de piedra, situados en la puerta de la casa de la familia Vázquez Almendárez.

Otro incidente sucedió una noche, cuando el sueño del vecindario se vio interrumpido por un fuego de artillería. Estimulados por una voz prehistórica, un grupo de pandilleros lanzó petardos contra Boaz y Jaquín, al pasar frente a ellos. Ya venían con las manos ensangrentadas y con los ojos enrojecidos de odio, cuando miraron a los ángeles con sus alas desplegadas y sus heladas e imperturbables expresiones. Empero, el estruendo de los petardos fue sofocado por otro más impresionante, venido de un cielo que se desgajaba, y los relámpagos daban cuenta de un mapa de guerra.

Cuando amaneció, las calles eran ríos, corría agua por todas partes y los muros de muchas casas estaban desplomados. Una tromba había inundado el sitio y comenzó a decirse que fuerzas divinas habían bañado a los habitantes de ese mundo, concediéndoseles así la paz del bautismo. Jaquín, el ángel del mediodía, exhibía un ala despostillada, resultado del combate, y sus ojos refulgían como brasas.

Desde entonces ahí han proliferado hechos inexplicables, cuya autoría es atribuida a los ángeles. Por eso, cuantos pasan frente a ellos se persignan y les ruegan concederles sus favores. Las personas depositan flores a sus pies y las historias de sus milagros se han propalado ya por toda la ciudad. Una de ellas cuenta que son los días de entierro cuando aquellos ángeles adquieren mayor actividad. Por las noches son vistos afanarse, encaminando almas al cielo de los muertos apenas enterrados.

Sin embargo, para verlos hacer esos prodigios, conversar con ellos y obtener sus dones es necesario tener fe.

Jacarandas, San Luis Potosí, S.L.P., a Marzo del 2000.

viernes, 30 de octubre de 2009

Maldito ruido

MALDITO RUIDO


Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

No sé cómo vivan los habitantes de otras ciudades del mundo. Esta miseria que sufrimos en México nos tiene condenados a vivir en las mismas sucias, contaminadas y aburridas ciudades en donde nacimos y crecimos. Por eso desconozco cómo sea vivir en Barcelona, en París o en Copenhague. Supongo que ahí vivirán mejor que nosotros, porque son ciudades en donde seguro prevalece el buen juicio.

Lo que sí sé es que en esta ciudad en la que vivo parecería no existir gobierno. O más bien dicho, sí lo hay, pero quienes lo integran están más interesados en acumular riquezas personales, que en hacer de nuestra ciudad un sitio agradable a la existencia. Y además quienes aquí vivimos parece que hemos perdido la razón. Tengo todos los elementos para afirmarlo así.

Hace unos meses escribí un artículo en donde denunciaba cómo mis gestiones como ciudadano en el ayuntamiento fueron inútiles para conseguir que la propietaria de un salón vecino de mi casa fuese obligada a reducir el volumen de las bocinas que utilizaba para amenizar sus fiestas.

En ese texto denuncié cómo me trajeron como pelota los directores de Comercio y de Ecología Municipal, pues uno echaba la responsabilidad al campo del otro y viceversa, con todo y que en el primero de ellos despachaba mi supuesto amigo Gerardo Arredondo.

A las pocas semanas de iniciadas mis gestiones desistí en mi propósito de que el ayuntamiento obligara a bajar el volumen del ruido de dichas fiestas a una mujer en cuyo horizonte no existía entonces, y no existe hoy, más interés que su propio beneficio personal y uno de los detalles que distinguen su psicología es el de pasar por encima del que se pueda. Es una de esas tantas personas que crecen como yerba por todas partes, cuya única filosofía es ganar dinero sin importar cómo hacerlo.

Ocasionalmente llegó un empleado del Departamento de Ecología, cosa que sucedió un sábado por la noche en que había una boda en el Mont Blanc, que es como tiene por nombre ese salón. Desde que estuvo frente a las puertas de nuestra casa, aquel burócrata percibió cómo nuestra familia era víctima de una ráfaga de decibeles que nos enfermaba y que nos impedía dormir o gozar del placer de la tranquilidad, cosa que cada vez parece ser más difícil de conseguir en las ciudades y que seguramente deberá incluirse en los manifiestos de reivindicaciones sociales de los años por venir, así como lo son todavía la jornada laboral de ocho horas, las vacaciones anuales pagadas o los séptimos días de descanso.

Con sus propios tímpanos reventándose a causa de sonidos graves y agudos desplazándose por el espacio en horribles ondas que retumbaban en los cristales de las ventanas casi hasta fracturarlos, el empleado reconoció que la nuestra era una experiencia espantosa. Aún así, quiso cerciorarse de cuál era exactamente el tamaño de la intoxicación de decibeles que sufríamos mientras en la edificación vecina había gente que bailaba salsas y merengues en un ambiente de alegría y totalmente ajena a nuestra tortura.

Tomó un aparato que traía atado al cinto y lo dirigió enseguida en diversas direcciones, como si buscara ovnis en el cielo o fantasmas en la oscuridad. Nos explicó que aquello era un detector para conocer la magnitud del ruido. En cuanto observó la pantalla de registro, meneó la cabeza de un lado a otro y emitió breves sonidos con la boca en una clara señal de reprobación.

—No, esto no puede permitirse —reconoció el burócrata, quien ofreció presentarse inmediatamente con la dueña para exigirle bajar el nivel de aquella tormenta acústica que sufríamos sus vecinos; y además que así lo hiciera siempre, cada que tuviera fiesta, bajo amenaza de clausura. Pensé que, por fin, habíamos recuperado nuestros añorados días de descanso, perdidos desde que nos cambiamos de casa.

—Esto es una violación al Bando de Policía y Buen Gobierno. Ustedes están sufriendo un daño terrible. ¿Cómo han aguantado tanto? Y parece que la dueña ni permiso tiene para operar este negocio —dijo el burócrata en quien esa noche vimos como un ser extraordinario que acudía en nuestra salvación.

Todavía le compartimos limonada y le ofrecimos algún bocado, cosa que cortésmente rechazó, porque deseaba entrevistarse inmediatamente con aquella fea mujer. Cuando salió de nuestra casa para entrevistarse con la propietaria, mi esposa y yo nos vimos a los ojos y nos abrazamos totalmente felices. Por fin dormiríamos a nuestras horas, sin aguantarnos a hacerlo hasta la 1 o 2 de la madrugada, cuando generalmente terminaban las fiestas del otro lado.

Sin embargo, nuestra alegría fue apachurrándose como uva en proceso de convertirse en pasa cuando tristemente observamos que transcurrían los días y cada fin de semana continuaban realizándose escandalosos banquetes, bodas, quince años y toda clase de fiestas en aquel maldito salón.

Rabia y ultraje creo que esas son las palabras justas para referirme a las sensaciones que nos provocó el hecho de que mientras nosotros teníamos que aguantar con el ojo abierto su infernal escándalo, aquellos ocasionales vecinos movían las caderas al compás de Payaso de Rodeo de Caballo Dorado o de La Plaga de Los Teen Tops, y luego largábanse de madrugada a dormir con el cuerpo machacado de tanto baile y el espíritu anestesiado de alcohol.

Parecía evidente que aquel burócrata nos había usado solamente como pretexto para extorsionar a la empresaria. De manera que preferí no volver a quejarme en el ayuntamiento ni demandar de nuevo respeto a mi derecho al sueño y al descanso, como el que creo tiene todo habitante de la ciudad, según entiendo.

No saben cómo me decepcioné incluso de mi amigo Gerardo Arredondo, quien apareció revelado ante mis ojos como un corrupto más, como tanto parásito que habita en la administración pública, y preferí no sufrir nuevas decepciones y dar por anticipado que en el ayuntamiento existían (como hasta la fecha) funcionarios que sólo buscaban obtener dinero adicional a su salario, en vez de concentrarse en idear fórmulas que hicieran de nuestra ciudad un mejor sitio para vivir.

En vez de seguir perdiendo el tiempo y hacerme de piedras en la vesícula a causa de los corajes por recibir un trato inmerecido como persona en pleno uso de sus derechos, mejor escribí aquel artículo del que les platicaba, a fin de denunciar lo sucedido. Ya verían esos mequetrefes cómo levantaría toda una corriente de opinión ciudadana en contra de su incapacidad para gobernar; una mayúscula incompetencia que exhibían con su indiferencia para remediar el maldito ruido que ha venido contaminando a nuestra ciudad, con consecuencias tan graves para nuestra salud emocional como lo es una exhalación de arsénico para nuestra sangre, como sucedía en nuestro caso.

Creí entonces que esto debía ser discutido ampliamente por mi comunidad y que el tema debía ser incluido en la agenda pública. De modo que me puse a escribir aquel texto que intitulé precisamente como Ruido. Advertía a los encargados de mejorar nuestras atmósferas urbanas que pasarían cosas graves si no detenían cuanto antes ese vendaval de ondas sonoras que afectaba a nuestra vida hogareña y que irrumpía en nuestras casas como un horrible aliento expulsado del averno, quitándonos horas de sueño y de descanso.

En plan de imaginativo gobernante, propuse por ejemplo un reglamento en donde existiera un horario muy bien determinado para las fiestas. Éstas deberían organizarse por la mañana o por la tarde y debían suspenderse antes de las 12 de la noche. Preguntaba a qué extraña lógica obedecía eso de que las fiestas memorables fuesen después de las 11 de la noche y concluyeran hasta de madrugada. ¿Acaso no podían hacerse durante el día?

En mi exposición de motivos reflexionaba en el hecho de que nuestra ciudad había dejado de ser aquel caserío semiurbano y todavía de influencia rural, como lo fuese hacía unos 30 años, en donde las tertulias podían hacerse incluso en las propias viviendas de los festejados o a mitad de las calles. A diferencia de aquellos apacibles pueblos, en donde un coche cruzaba frente a nuestras casas cada media hora, en el presente nos encontrábamos ante una población sumida en una febril actividad económica, que reclamaba horas de descanso y de tranquilidad para recuperarse del trabajo o de la neurosis ocasionada por una existencia totalmente enajenada.

Como este artículo fue publicado en diversos periódicos y estábamos en tiempo de elecciones, ilusamente pensé que cuando menos habría un candidato que tomaría con toda seriedad el asunto de la contaminación acústica y haría suya esta sabia y oportuna propuesta mía de poner orden a las oleadas de ruido que asfixiaban nuestra estabilidad emocional, como si nos pusieran una liga en el pescuezo.

Ustedes ya adivinarán qué sucedió. Aquella mujer del Mont Blanc siguió haciendo sus fiestas y parece que todavía más a propósito le subió de volumen al sonido, como para ponernos banderillas en el lomo. Tuvimos que soportar nuevos fines de semana escuchando sus mediocres programaciones musicales, abundantes en canciones idiotas como esa de Recostada en la cama de El Chapo o A mis enemigos de Valentín Elizalde, inyectadas al espacio con brutales dosis de volumen.

Así, mientras en un café reflexionaba acerca de esta incapacidad o indiferencia del ayuntamiento para enfrentar la contaminación acústica en mi ciudad, supe que esta cuestión ha comenzado a cobrar sus primeras víctimas. Leí en un periódico que una persona balaceó a otra en la madrugada por tener el estéreo del coche a todo volumen afuera de su casa. Después de haberle pedido atenta e inútilmente que no lo hiciera, llamó a la policía denunciando el hecho, pues como lo he contado, existe un Bando de Buen Gobierno que prohíbe contaminar a la ciudad con ruido. Pero nadie hizo caso. Si no lo hacen para ir en ayuda de alguien que es secuestrado violentamente de su casa, menos lo harán para callar a un desalmado que escucha música a todo volumen en la madrugada.

Conocer acerca de este gesto de coraje de alguien dispuesto a hacer valer sus derechos al sueño y a la tranquilidad ante la incapacidad del gobierno de imponerse a tan sicóticos infractores, me llevó a levantarme enseguida de la mesa en donde leía el periódico para dirigirme de inmediato a comprar una pistola. Ya vería esa mujer que no estoy dispuesto a sufrir más intoxicación sonora ni aguantar otro fin de semana sin dormir. Sólo espero que si ocasionalmente ustedes saben de alguien que tomó la justicia en sus manos por esta causa, no me juzguen tan mal. Si acaso únicamente digan que en nuestra ciudad perdimos el buen juicio a consecuencia del maldito ruido.

San Luis Potosí, S.L.P., a 30 de octubre de 2009.

martes, 27 de octubre de 2009

Enterrando muertos

ENTERRANDO MUERTOS

Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com


El cementerio se desplegaba como un extenso manto en donde el sol con su pincel, como un artista extraordinario, había puesto cada una de las tonalidades obtenidas de las complejas relaciones con el universo. Ese día estaban reunidos ahí púrpuras, violetas, anaranjados, verdes, azules y todos los colores imaginados por ese poderoso creador. Igual sucedía con los olores, fabricados en el laboratorio de aquel genial diseñador, los cuales se movían por toda la luminosa sábana a capricho del viento, como una nube invisible, solamente perceptible al olfato.

Era día de muertos y, como cada 2 de noviembre, en su país había costumbre de inundar el cementerio con cántaros de pintura floral que se diluía en los ojos como agua de más de mil tonos. En altorrelieve, del lienzo verde brotaban gladiolas, rosales, siempre vivas, cempasúchil, nubes, aves del paraíso, lirios, gardenias y todas las flores inventadas por el sol.

Ese día se suspendía la agitada y violenta existencia de las personas, con el propósito de dialogar en un lenguaje mudo y por medio de una conexión espiritual con seres descarnados a quienes habían amado en su existencia. Desde el amanecer, entre el tumulto de gente ahí estaba ella, como cada año desde hacía 24, cuando él murió.


Entró junto a la multitud que esperaba a las puertas del cementerio a que éstas fueran abiertas. Caminó meneándose de un lado a otro, como si en cada paso descansara el anterior, y así avanzó un largo trecho hasta que por fin se posó frente a la tumba. Entonces serenamente miró el rectángulo de tierra con motas esmeraldas y amarillas del césped que crecía vigilado por los jardineros con habilidad de cirujano. Ya en la tumba ajustó sus pensamientos para conversar con él en ese código especial con el cual solamente puede hablarse con los muertos.

—Viejo —le dijo ella con sus pensamientos—, aquí estoy. ¿Cómo has estado?

Con un dolor semejante al causado por mil agujas en la espalda, se agachó a levantar un bote para depositar flores, colocado junto a la pequeña lápida de cemento, en donde se halla inscrito el nombre del difunto y los años en que nació y murió. Tardó varios segundos en hacer ese movimiento, que en su juventud habría logrado con toda agilidad, hasta que finalmente logró tener el bote en sus manos temblorosas. A sus 74 años ya era difícil gobernar cada músculo y cada articulación del cuerpo, aunque los pensamientos en su cerebro seguían relampagueando incesantemente. Luego puso en su interior un manojo de violetas y nubes, flores éstas que tanto le gustaran a él.

—Estaban muy bonitas las gardenias y no costaban caro. Pero ya sé que nunca te gustaron, porque olían a panteón —continuó ella, conversando con él en un diálogo sin voces. En el suelo puso una bolsa con varios contenedores de comida y bebida. Enseguida se persignó y comenzó a rezar con devoción, buscando ser convincente con las potencias metafísicas en cuya existencia creía, para que dieran buen trato a su marido. Después de varios padres nuestros y aves marías, observó que las dos tumbas vecinas se hallaban abandonadas, como siempre advertía cuando iba al cementerio.

—¿Acaso estos pobres muertitos no tienen familia? —preguntó, como acostumbraba hacerlo. No hubo respuesta. Sólo escuchó ecos de oraciones religiosas que el viento traía con la fragancia de las dalias, azaleas, girasoles, petunias, orquídeas, claveles y todos los tipos de flores ahí congregadas para incendiar de luces y perfumes aquel microcosmos donde sólo quedaban despojos, llantos y recuerdos. En un gesto de misericordia, de nuevo con la pasmosa lentitud de un camaleón moviéndose en una rama, se agachó para tomar algunas flores de la tumba y colocarlas en las otras vecinas.

—Van a sentirse muy mal si no compartimos estas flores con ellos. Quizás hasta vayan a molestarse contigo y no te dejen dormir tranquilo esta noche —le dijo. Como respuesta sólo tuvo barullo y gritos de niños que brincaban entre las tumbas.

A diferencia de aquellas fosas con las cuales compartía espacio, la suya jamás había dejado de tener flores frescas y agua en el bote para prolongar su color y perfume. Acostumbraba ir a visitarlo cuando menos una vez cada cuatro domingos. En un principio sus propios hijos la llevaban al cementerio. Sólo que ellos habían seguido sus propios cauces, como cada uno debe hacerlo inevitablemente en la existencia. Ella se resistió a abandonarlo y prefirió quedarse en el mismo pueblo.

—Uno es de donde están enterrados sus muertos —les dijo, aferrándose a la tierra. En cambio, ellos siguieron su propio camino, como si buscaran una ruta establecida en las estrellas.

Sus visitas al cementerio se habían hecho más frecuentes en los últimos meses. Poco a poco iban muriendo amigos, vecinos y conocidos suyos. De pronto, sus troncos caían quebrados por una poderosa fuerza invisible que les hacía caer inanimados. Morían de cáncer en distintas zonas del cuerpo, de infartos cardíacos, de neumonías, hasta de cansancio; y ella siempre les acompañaba en sus funerales. Aprovechaba aquellos entierros para visitarlo y dejarle algunas flores en su tumba.

—Aquí me tienes enterrando muertos —, le dijo mientras venían a su cerebro imágenes de él, como un carrusel de fotos fijas. Le recordó con su enorme copete, el holgado traje con hombreras de pachuco y el picante olor de tabaco. Otra vez sólo escuchó el murmullo del viento y el rumor de voces de la multitud.

—¿Sí te acuerdas que hace ocho días murió Jaime, el esposo de Sonia, verdad? Te lo conté ahora la última vez que vine. Siempre has sido muy desmemoriado. Él era un viejo muy canijo. Muy enamorado. La hizo sufrir mucho con tanta vieja que tenía. Le dio cirrosis. Siempre fue muy borracho, hasta que murió. 
Antes no le dio gonorrea o alguna de esas enfermedades venéreas o a la mejor yo no lo supe —le dijo.

No hubo respuesta. Ninguna. Sólo aire, llanto de niños y algunos lamentos que se confundían con el silbar del viento, causado al atravesar las hojas de los árboles. Aun así, ella estaba segura de que ambos platicaban en ese idioma indescifrable.

—Llévame contigo. Ya estoy cansada. Ya ves, ya ni los muchachos están conmigo. Diles ahí arriba que manden un angelito y me lleve, algo en forma de rayo que me mate en un instante. Ya me cansé de estar enterrando muertos. Anda, diles que esa tarea ya se la den a otro. Te extraño, viejo —le dijo y mientras lo hacía buscó una señal en el transparente e inalterable azul de la bóveda celeste. No encontró una. En el mundo sólo parecía existir el lenguaje humano, el soplo del viento y los ruidos de los pájaros.

Tranquila y sin exasperarse por el silencio en que estaban sumidos los pobladores de aquel otro mundo, se dispuso a desayunar con él. Con mucho cuidado y lentitud logró sentarse sobre la tumba. Sintió la humedad del zacate, a consecuencia de las lluvias. No tuvo ánimos de levantarse y extendió un mantel de algodón con hermosas imágenes tejidas con hilaza por ella cuando todavía tenía control de sus dedos.

—Te traje unos taquitos de pollo. Mira, van a gustarte. También te traje un tequilita y refresco. Aquí te acompañaré a comer. Ándale, ya arrímate, viejo —y de la bolsa en el suelo extrajo aquellos contenedores que llevaba con comida y bebida. De la misma bolsa sus ancianas manos sacaron un pequeño tocadiscos. También lo puso en el suelo y lo encendió. Comenzó a escucharse un mambo de Pérez Prado. Su cara se iluminó, sus ojos recuperaron su alegría y apareció una sonrisa en los labios, discretamente pintados de rosa pálido.

—También traje tu música favorita. Yo sé que aquí estás conmigo. Aquí te siento. Mira, ya cada vez está más difícil que venga a visitarte. ¿Has visto cómo apenas puedo moverme? Y no hay quien me traiga. Anda, diles que ya me lleven contigo. Ya no quiero seguir enterrando muertos.

Mezcló tequila con refresco en dos vasos y, como si saboreara sus últimos minutos sobre la Tierra, 
comió lentamente aquellos taquitos de pollo hasta que el plato quedó vacío. En el tocadiscos se reproducía la melodía “Poco pelo”, un chachachá de moda cuando fue el bautizo del primero de sus hijos, y en su cara apareció una hermosa sonrisa cuando le cayeron encima esos recuerdos.

Entonces el frío viento de noviembre en la nuca la hizo estremecerse, porque supuso que ahí estaba él con otras criaturas celestes y así le comunicaban su presencia. Aquel soplo helado se tradujo en un calambre en la espalda y en el pecho y le pintó un rojo intenso en las mejillas, como si le hubiese dado una bofetada.

Deseó recostarse sobre la tumba y lo hizo pausadamente, como si diera un amoroso abrazo a su marido, de cuya existencia sólo quedara polvo en el subsuelo. Sintió que habían escuchado sus oraciones. Cerró los ojos y emitió un ligero suspiro. Luego murió.

Frente a su cadáver el cementerio se extendía como un cromo en donde explotaban todos los colores y los aromas ideados por el sol, mientras algunos niños sollozaban sobre las tumbas, todavía sin recuperarse por la muerte que apenas les había golpeado.

San Luis Potosí, S.L.P., a 24 de octubre de 2009.

jueves, 22 de octubre de 2009

Una taza de Corn Flakes

UNA TAZA DE CORN FLAKES



Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

Cada vez que recuerdo mis ya lejanos días como estudiante de licenciatura en la Facultad de Contaduría irremediablemente viene a mi memoria lo sucedido a Rodolfo.

Al recordar esos días llenos de proyectos acerca del futuro que construiríamos, pienso en cómo poco a poco van desapareciendo de nuestro escenario muchas personas con quienes compartimos un pedazo de ilusiones.

No tenía mucha amistad con Rodolfo. En un grupo de unos 40 estudiantes era difícil tenerla con todos. Aunque quizás sea cierto eso de la teoría del vínculo y su hipótesis de la transferencia.

Es posible que uno establezca buenas o malas relaciones con quienes nos rodean a partir de nuestra historia psíquica, la cual se hunde como un taladro en las oscuras cavernas de nuestro pasado.

Más que el número del grupo, quizás su voz, su forma de vestir o hasta su modo de mirar hayan sido detalles de su personalidad que me hicieron tomar distancia de él, sin que yo fuese completamente consciente de eso.

No lo sé ni tengo ahora por qué excavar en las placas más profundas de mi inconsciente como para dar respuesta a esa indiferencia con que siempre nos tratamos. Ahora estoy ocupado en contarles algo de lo que pasó con él.

Han transcurrido tantos años de que compartimos un espacio de este mundo que ya incluso he olvido algunos detalles de su personalidad. Vagamente recuerdo su tono de voz que me parecía despreciable, como de cuervo.

Y ahora mismo recuerdo un ligero destello de maldad en su mirada. Espero no ser injusto con su memoria al decir esto. Tampoco estoy seguro si ese fugaz relámpago que le miraba era producto de mis propios miedos.

Con Felipe es con quien yo sí tenía buena amistad. Éste era un muchacho amable, modesto y apacible. Su tranquilidad hizo que conviviera con él desde que comenzamos los estudios hasta que los concluimos.

A diferencia mía, Felipe sí tenía buena relación con Rodolfo, aunque ignoro por qué. Ellos acostumbraban a ir de parranda los fines de semana. Yo prefería ir a las discotecas Bocaccio o The Number One con otros amigos.

Ahora que recuerdo, en realidad Felipe y yo teníamos poco en común. Sin embargo, nuestra amistad era desinteresada y su centro de gravedad se localizaba en gozar a carcajadas todo instante de nuestra vida escolar.

Nuestro grupo se desintegró al terminar los estudios y muchos de mis compañeros volvieron a sus pueblos de origen, entre ellos Rodolfo quien era de Río Verde, un pueblo de atmósfera caliente y reconocido por su violencia.

Una vez llegaron a decirme que en Río Verde podían matarlo a uno solamente por ver a alguien, si esa persona interpretaba en la mirada una señal de insulto o veía un asomo de menosprecio.

En los años 70 eso había ocasionado que esa población, ubicada hacia el oriente de San Luis Potosí, ocupase un sitio prominente entre los centros humanos más violentos del mundo.

Allí no existía noche sin asesinatos. Los hombres mataban a sus mujeres a machetazos nomás por encontrar piedras en los frijoles, o las mujeres apuñalaban a sus hombres locas de celos o sedientas de otro amor.

En las cantinas era preferible tener los ojos pegados a la mesa y cuidarse de rozar la mirada de otro, porque irremediablemente surgía el duelo. Ser hombre en aquel pueblo significaba tener el cuerpo rayado a navajazos.

Desconozco si hubieran sido ciertas estas versiones sobre un pueblo en donde florecían los naranjos y las mandarinas y en donde con el aire lamía una lengua de fuego en las épocas de zafra.

Muchos las daban por verdaderas y preferían abstenerse de visitar a Río Verde o pasaban rápido por ahí, a pesar de sus bellos parajes, como el manantial de la Media Luna, un sitio sagrado para los pueblos prehispánicos de la zona.

Transcurrieron unos 8 años de concluidos nuestros estudios y de que cada uno los miembros de mi grupo tomara sus propios caminos, cuando por casualidad volví a encontrar a Felipe en una calle del centro.

Creo recordar que fue en la plaza de San Francisco en donde nos vimos. Después de ese largo tiempo sin saber de nuestras vidas, nos dimos un fuerte abrazo y conversamos animadamente.

Luego de platicar de lo que hicimos en esos años y de lo que hacíamos en el presente, hablamos de lo que había sido de nuestros compañeros. Así supe de lo sucedido a Rodolfo.

Fue desagradable saber cómo había dejado de existir una de las personas con quienes yo había compartido un trozo de existencia y además de la forma en que desapareció.

Es un golpe duro saber que alguien a quien conocieron dejó de existir y sobre todo en forma violenta, aunque tuvieran relación superficial con ella; y es todavía más impactante ver cómo va desapareciendo la generación de uno.

—Sospechan de la esposa—, me dijo Felipe.

Aunque los asesinatos eran cosa común ahí, como les digo, su muerte fue noticia en los periódicos. Éstos daban materia para distraerse en las pláticas sobre las banquetas, durante las somnolientas y calientes tardes de Río Verde.

Uno de los detalles que me contó Felipe sobre el caso hundió una huella profunda en mí, tanto que todavía lo recuerdo, debido a su descaro. Era un detalle sorprendente, propio de una psicología compleja.

—Su mujer ­—agregó Felipe— dice que fue un suicidio. Ella supo de su muerte hasta la madrugada. Sintió hambre y se despertó. Fue a la cocina a hacerse un plato de Corn Flakes. Comió tranquilamente y después fue al baño.

Dice que allí encontró una escena horrible. Rodolfo colgaba de la regadera, atada a su cuello la cortina de plástico del baño. Estaba tieso, totalmente inanimado como el bote del champú o el rastrillo de depilación.

Me pareció extraordinario ese argumento. Me pregunté si ella no supo que Rodolfo no dormía en la cama cuando despertó y si tampoco le extrañó no verlo por ahí cuando fue a prepararse su plato de Corn Flakes.

Extrañamente la mujer no se hallaba detenida. Según Felipe, en los comentarios periodísticos llegó a filtrarse la versión de que la mujer era amante del jefe policíaco. Se trataba de la aburrida historia del triángulo amoroso.

Por los periódicos, Felipe estaba seguro de que Rodolfo había sido estrangulado por el amante y su mujer. Luego le colgaron de la regadera como toalla. Estas versiones se hicieron certeza porque la mujer siguió libre.

Desconocía las causas por las que esa mujer había traicionado a nuestro compañero. Sin embargo, parecía que las lenguas de fuego que soplaban en Río Verde habían calcinado el alma de los homicidas.

Jamás supe cuál fue el motivo que llevó a los amantes a asesinarlo. Quizás sólo querían quitárselo de en medio para seguir amándose sin obstáculo. Sin embargo, nunca me ha dejado en paz una imagen en la cabeza.

En ella miro a la mujer comer lentamente su plato de Corn Flakes frente al cadáver de Rodolfo. Sentada en la taza del baño la veo saborear una por una las hojuelas de maíz, mojadas en leche.

Lo hace mientras mira a sus ojos, ya sin esa siniestra luz que tenían. Hasta ahora que escribo soy consciente de cuánto me turbara esa expresión que revelaba la existencia de un espíritu calcinado por el horno de esa tierra.

—Te maté, maldito, antes de que me mataras—, le dice ella, mientras sus propios ojos se encienden como en la campiña lo hace la hojarasca por el calor.

Después de aquel encuentro con Felipe no volvimos a vernos. Espero no encontrarme con él en las notas rojas de los periódicos ni saber de su muerte por otro compañero. Quizás el próximo en irse seré yo.

Y así otro y otro más, hasta pudrirse totalmente una generación de seres oscuros e insignificantes.

San Luis Potosí, S.L.P., a 22 de octubre de 2009.